DE RERUM NOVARUM
Muy respetado e injustamente denostado Muro,
En estos tiempos en que el mundo parece haberse vuelto en su contra por sus logros a la hora de impartir sabiduría a los cuatro vientos cibernéticos, quiero mostrarle mi apoyo y, de paso, aprovechar para exponer mi experiencia personal y contribuir, de este modo, a ayudar aún más, si cabe, al pueblo urdú, que tanto lo necesita.
Por lo que he observado, es costumbre de sus lectores el comenzar con unos breves apuntes autobiográficos que sirvan de modo introductorio para aclarar el contexto en que la experiencia a narrar ha tenido lugar. No seré yo una excepción.
Yo nací en un pueblecito de la serranía bilbaína, de madre euskalduna pero de padre español. Como no podía ser de otro modo, mi padre fue de siempre un profundo represor que no dejaba expresarse en libertad a mi madre, por lo que crecí en un ambiente poco propicio para desarrollar mis aptitudes naturales. Aún así, un profundo sentido del deber hizo que mi infancia no fuese lo infeliz que cabría esperar.
Sin embargo, y para mi desgracia, a la tierna edad de 16 años descubrí que era homosexual, aparte de sincero y sensible. Al principio caí en la desesperación, ya que consideraba impropio de mi cultura y de mis profundas creencias religiosas el tener unas tendencias sucias e inmorales. Sin embargo, casualmente, cayeron en mis manos unas copias prohibidas de los escritos censurados de Gandalf y de Juan Leal Sanz. Gracias a sus enseñanzas, pude descubrir que el mío no era un caso perdido y que mi enfermedad podía ser curada con perseverancia y fuerza de voluntad. Aún me considero lejos de estar completamente curado, pero mis lecturas de los clásicos grecolatinos (en especial de Catulo) así como las sesiones de autoflagelación a las que me someto a diario dan sus frutos. Ya casi puedo considerarme normal.
Pues bien, una vez descrito mi bagaje vital, procederé a exponer el caso que me ha conducido hasta esta página:
No se trata de una experiencia personal, sino de la de un amigo. Quiero dar a conocer su caso para que sirva de ejemplo a los lectores. Mi amigo, que para mí es como un hermano, es, sensitivo y numerólogo, y desde pequeño ha tenido el poder de contactar con los no-vivos. Cuando digo no-vivos no me refiero a los espíritus de los ya fallecidos, sino que también puede comunicarse con los que aún no han nacido.
Esto, como puede apreciarse a simple vista, es una ventaja sin igual, ya que de este modo, puede conocer hechos ya acaecidos en el pasado, a la par que los que aún no han tenido lugar. Mi amigo, que para mí es como un hermano, con una elegancia que no va reñida con la sencillez, es capaz, de este modo, de tener un cognoscimiento selectivo del futuro gracias a su facilidad natural para la transcomunicación instrumental. Los más materialistas de entre los lectores estarán ya haciendo cábalas y pensando que, de esta forma, mi amigo debería ser el hombre más rico del mundo. Y tienen razón, sin embargo, mi amigo, que para mí es como un hermano, tiene un corazón puro y no se deja corromper por el materialismo dialéctico que predomina en nuestra sociedad, manchando todos los estamentos, incluyendo el eclesiástico, que mantiene a la plebe anestesiada mediante sermones, panegíricos y sopa boba.
Para probar la veracidad de sus palabras y su sinceridad y sensibilidad, mi amigo está apuntando puntualmente los resultados de quinielas, loterías y demás apuestas del Estado que nos alimenta a pesar de nuestro desagradecimiento. Mi amigo, que para mí es como un hermano, como creo que ya he dicho, me ha prometido que el día que él falte, me dejará en su última voluntad, sus apuntes con dichos números, así como la información más pertinaz que me asegure un futuro acomodado y falto de sobresaltos. Esperemos que ese día llegue pronto.
Atentamente,
Juan Pacheco Leal
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