EL MAL DE OJO
Hemos recibido la siguiente carta sobre el mal de ojo:
Señores, está muy claro que este tan viejo maleficio existe, y está presente con mucha más frecuencia de lo que todos imaginamos.
Es indignante, sí, muy indignante, que tanta gente se ría de los expertos que nos dedicamos a este mal tan común y extendido en nuestros días. Lo que se debe hacer es escuchar y no insultar, como hacen esos hijos de puta asquerosos que no tienen educación.
Lo que voy a relatar es absolutamente verídico y quienes no lo crean, personas de poca fe, que sigan su camino tenebroso a través de las junglas de la vida.
Una mañana de agosto, recién tomado un café en el bar del Cabeza, un amigo mío, me dirigí como de costumbre a saludar a mi amigo el Picaúra, que es peón de albañil de profesión. Es lector de Borges y aficionado a las películas de indios.
Pues bien, cuando llegué a la obra me encontré que estaba tirado en el suelo a pie de obra, con dos compañeros intentando reanimarlo con bastante éxito. “Estoy malísimo, llevadme a la taberna”, exclamó. Había tenido un accidente, y para relatarlo adjunto una copia del informe que mi amigo remitió a su empresa aseguradora:
En respuesta a su pedido de informaciones adicionales declaro: en el ítem
Nº1 sobre mi participación en los acontecimientos, mencioné: "tratando de
ejecutar la tarea y sin ayuda", como la causa de mi accidente. Me piden en
su carta que dé una declaración más detallada, por lo que espero que lo que
sigue aclare de una vez por todas sus dudas.
Soy albañil desde hace 10 años. El día del accidente estaba trabajando sin
ayuda, colocando los ladrillos en una pared del sexto piso del edificio en
construcción en esta ciudad. Finalizadas mis tareas, verifiqué que habían
sobrado aproximadamente 250 kilos de ladrillos. En vez de cargarlos hasta la
planta baja a mano, decidí colocarlos en un barril, y bajarlos con ayuda de
una roldana que felizmente se hallaba fijada en una viga en el techo del
sexto piso.
Bajé hasta la planta baja, até el barril con la soga y, con la ayuda de la
roldana, lo levanté hasta el sexto piso, atando el extremo de la soga en una
columna de la planta baja. Luego subí y cargué los ladrillos en el barril.
Volví a la planta baja, desaté la soga, y la agarré con fuerza de modo que
los 250 kilos de ladrillos bajasen suavemente (debo indicar que en el ítem 1
de mi declaración a la policía he indicado que mi peso corporal es de 80
kilos). Sorpresivamente, mis pies se separaron del suelo y comencé a
ascender rápidamente. arrastrado por la soga. Debido al susto, perdí mi
presencia de espíritu e irreflexivamente me aferré más aún a la soga,
mientras ascendía a gran velocidad.
En las proximidades del tercer piso me encontré con el barril que bajaba a
una velocidad aproximadamente similar a la de mi subida, y me fue imposible
evitar el choque. Creo que allí se produjo la fractura de cráneo.
Continué subiendo hasta que mis dedos se engancharon dentro de la roldana,
lo que provocó la detención de mi subida y también las quebraduras múltiples
de los dedos y de la muñeca. A esta altura (de los acontecimientos), ya
había recuperado me presencia de espíritu, y pese a los dolores continué
aferrado a la cuerda. Fue en ese instante que el barril chocó contra el
piso, su fondo se partió, y todos los ladrillos se desparramaron.
Sin ladrillos, el barril pesaba aproximadamente 25 kilos. Debido a un
principio simplismo comencé a descender rápidamente hacia la planta baja.
Aproximadamente al pasar por el tercer piso me encontré con el barril vacío
que subía. En el choque que sobrevino estoy casi seguro que se produjeron
las fracturas de tobillos y nariz. Este choque felizmente disminuyó la
velocidad de mi caída, de manera que cuando aterricé sobre la montaña de
ladrillos me quebré tres vértebras.
Lamento sin embargo informar que, cuando me encontraba caído encima de los
ladrillos, con dolores insoportables, sin poder moverme y viendo encima de
mí el barril, perdí nuevamente mi presencia de espíritu y solté la soga.
Debido a que el barril pesaba más que la cuerda, descendió rápidamente y
cayó sobre mis piernas, quebrándoseme las dos tibias.
Esperando haber aclarado definitivamente las causas y desarrollo de los
acontecimientos, me despido atentamente.
Éste es el final del informe. Lo que mi amigo no mencionó fue que todo tenía su origen en una maldición gitana que le echó una que vendía romero por la calle y que quería leerle la mano. Por lo visto, la gitana se enfadó y le formó un pollo en mitad de la calle. Mi amigo, como buen ciudadano español, lo creyó todo y ya han leído los hechos.
Juzguen ustedes mismos y se darán cuenta de que los payos estamos muy en desventaja.
Benito Buzón Batalla