De los modos y usos de los sevillanos para alcanzar la luz y la plenitud mística.

 

 

Amigos, lectores y detractores, porque a todos por igual os concierne lo que tengo que desvelar aquí hoy: hay algo que me obsesiona y una idea que me persigue constantemente. No puedo conciliar el sueño por las noches y, por fin, después de largas y penosas investigaciones, al menos puedo permanecer sin temblores durante el día.

 

Todo gira en torno a la salvación. Como ustedes sabrán, los seres humanos mueren al final de su vida, o más bien, les llega el final de la vida cuando fallecen. Sabido esto, he de recordar a los lectores que, desde los albores de la historia, el hombre ha tratado en vano de encontrar un modo de sobrevivir a la muerte, de prolongar su vida indefinidamente. Pues bien, esto se ha logrado en la vetusta ciudad de Sevilla, en el suroccidente español.

 

Desde que Hércules fundara esta maravillosa ciudad, muchos han sido los investigadores de lo oculto que han llevado a cabo investigaciones y experimentos varios para llegar a vencer la muerte. Los mismos fueron infructuosos hasta hace cuatro años, cuando llegó a la alcaldía don Alfredo Sánchez Montepajín, que financió diversas líneas de investigación y ha logrado, con la ayuda inestimable del partido de don Alejandro Pajas Marcas, que los científicos de lo oculto lleguen a convertir al hombre en inmortal.

 

Un amigo mío, que también sufre de trastornos mentales, me informó que para iniciar mis estudios debía primero dirigirme a una casa vieja y medio abandonada que hay en la calle Muro de los Navarros, en el casco histórico de la ciudad. Allí, en un sótano iluminado por antorchas de aspecto medieval, es donde se reúnen normalmente los licántropos de Sevilla. Les pregunté, porque ellos son conocedores de esta ciencia, qué hay que hacer para obtener oro a partir de los botos de macarras de San Jerónimo con el pelo de pincho. Me dijeron la fórmula, que no revelaré aquí por discreción, y me indicaron qué debía hacer para seguir con mis investigaciones.

 

Estoy asustado mientras escribo este artículo, pero debo continuar. Por lo visto, estos hombres-lobo sevillanos viven un suplicio eterno. Las noches de Luna llena deben acudir a las riberas del río Guadalquillín para aullar. Cuando ya les han salido colmillos y pelo por todo el cuerpo, se hacen vulnerables a las palizas de los gamberros e indigentes de la ciudad, que saben de su debilidad y aprovechan para golpearles durante un rato y así descargar su odio hacia personajes como don Pedro Vicente Rodríguez Aguilar, filólogo y ciclista. Sin embargo, sólo ellos, los licántropos, saben que con sus aullidos lograrán que algún día el cielo se torne del color de la sangre y que se pongan los cimientos del principio del fin del Real Betis Balompié. Es una forma de al canzar la inmortalidad, creo que está lo suficientemente claro.

 

Los hombres-lobo me remitieron a los ecuatorianos soterrados, que también poseen claves importantes para la consecución de la inmortalidad. Tuve que desplazarme, para conocerles, a una alcantarilla que hay cerca de la estación de Santa Justa, justo en el lugar donde se quemó en la hoguera a don Luis Ocaña del Río, filólogo y jugador de chapas. Fui allí pasada la medianoche y me introdujé en el subsuelo de la calle de José Pijillo, donde me encontré con los susodichos ecuatorianos. Estos indocumentados se dedican a correr por el subsuelo de la ciudad sin sentido, sólo por el placer de hacerlo y convencidos de que alcanzarán el Nirvana superior por medio de sus carreras en la oscuridad. A mí, sinceramente, me merece mucho respeto esto y comparto algunos puntos de sus creencias, pero decidí no unirme a ellos por padecer de angina de perro.

 

Finalmente, y por recomendación de los ecuatorianos maratonianos, me dirigí al noble barrio de Los Remedios para entrevistarme con un grupo de chicos de bien y de extrema derecha. Algunos de ellos, además, son satánicos, pero sólo se dedican a sus rituales cuando han apaleado a un número significativo de arios y de rubias con ojos azules. Les pregunté qué debía hacer para llegar a ser inmortal y me confesaron que no lo sabían y que, por si acaso, ellos pasaban sus ratos libres apaleando y lapidando a gente, porque así, me explicaron, consiguen dos objetivos primordiales: congraciarse con el dios Palo y, al mismo tiempo, enviar mártires al Erebo, donde son torturados eternamente por las bestias alienígenas del barrio de Empalmete.

 

Y ahora yo explicaré mis conclusiones y qué tipo de religión he fundado. En primer lugar, me hice de extrema derecha, porque creo en la superioridad de la raza africana y odio a los fascistas. En segundo, decidí reconvertir mi piso en templo dedicado al dios Lobo Charly y consagrarlo el día 6 de octubre, coincidiendo con el aniversario de la ablación de don Emilio Soto Buzón. Y, finalmente, ahora estoy planeando colocar barrenos por el subsuelo de Sevilla para que ésta se hunda y podamos así todos correr de forma soterrada sin necesidad de bajar.

 

Espero que los jovencitos y los niños de la ciudad tomen buena nota de mis enseñanzas y que no lean, porque eso es dañino y podrían pudrírseles los cerebros. Creed sólo en mí, el dios Leal y sabréis igual que yo por qué quiero liquidar a don Miguel Ángel Suárez Menacho y a toda su secta de cabezas de garbanzo. Seréis mis testigos.

 

 

       Don Antonio Leal y Herranz, señor de la Extrema Derecha Sindicalista Española (EDSE).

 

 

 

 

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