CARTA ABIERTA A MURO
Estimado señor Muro Parapsicológico:
Le remito el presente mensaje para denunciar lo que me sucedió hace dos semanas, y que está íntimamente relacionado con la ocultación de datos por parte de los gobiernos occipitales.
Hará cosa de un mes decidí emprender un viaje que me iba a llevar primero a Myanmar y luego a Malasia, lugares a los que siempre había deseado viajar. Sin embargo, cuando ya sólo quedaban veinte minutos para aterrizar en el aeropuerto de Rangún, un hecho terrible acaeció. Un pirata aéreo que se dijo musulmán, y que posiblemente tuviera como religión el Islam, secuestró el avión y lo desvió hacia el Pacífico, al sureste de las Florentinas. Sin embargo, no logró sus objetivos, porque la escopeta de caza con la que nos encañonaba se atascó y tuvo que deponer su actitud. El piloto, después de comer pescado, sufrió un ataque epiléptico, lo cual obligó al copiloto, un turco que padecía agorafobia, a amerizar en medio de los espasmos y miradas enloquecidas del capitán, que deliraba gritando: “¡La caca! ¡Pisa la caca! ¡La caca…!”
El avión empezaba a hundirse cuando logramos salir todos los pasajeros menos un ciudadano etíope, que decidió quedarse en el avión para poner fin a sus días, ya que decía que el meteorito Tango Chalie Golfo iba a a chocar con la Tierra en menos de quince horas. Así, cuando el avión se hundió del todo, los demás nadamos hacia la orilla de un atolón frondoso y lleno de cocoteros enanos.
Arrastrándonos sobre lodazales de brea negra, llegamos al bosque de los búhos invisibles, uno de los primeros prodigios que presencié allí. No cantaban ni se veían, pero yo sabía que estaban allí, posados en las ramas de los helechos gigantes. Y lo peor es que creo que me criticaban, como tanta otra gente desaprensiva.
Por fin, después de dos horas, yo solo llegué a un poblado rodeado de palos con calaveras ensartadas en ellos. Pregunté dónde estaba y un amable hombre con taparrabo me dijo que era la aldea de los chamanes caníbales. A cambio de su información, me solicitaron que me dejara depredar una oreja, pero decidí escapar a toda prisa hacia la playa de arenas roja y gualda.
Allí, pude ver una nave espacial en forma de pastel de merengue, la cual me abdujo. Los extraterrestres, que tenían cierto parecido con los esquimales de Mali, me sometieron a todo tipo de pruebas, incluido un enema y una raboscopia. No sufrí en absoluto. Y, además, logré enterarme de qué isla era la que había visitado. Me informaron que se trataba de La Zorra, la Isla Maligna Volante que se posa sobre los océanos de color fucsia de Kronos, el planeta de los simios francófonos…
Desde entonces, vivo sin vivir en mí, sufro ataques de pánico y accesos de locura transitoria, me he comprado un hacha (que transporto en el maletero de mi coche) e incluso me autolesiono por las noches para así atraer los meteoritos que pasan rozando la Tierra. Confío, más aún, CREO, que pronto vendrán a recogerme las salamandras gomosas que, según algunas tribus de Polonia, trajeron la vida al Congo Belga y a Mauritania.
No tengo más que decir, que cada cual saque sus propias conclusiones. Deseo fervientemente que nadie erre.
Salvador Saá Lida
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