LA TIRANÍA DEL CAA
Queridos lectores de esta noble y digna página de verdades y argumentos:
Soy un conductor de camiones chileno, afiliado al sindicato mayoritario de la nación y católico practicante. Por tanto, siendo yo un creyente convencido, no quiero que crean ustedes que soy un crédulo cualquiera de los que tan frecuentemente se encuentran en foros como éste y en las cunetas de Santiago. Creamos, por tanto, en el Gran Pájaro Blanco, y dejémonos ya de historias raras.
Hay más de lo que vemos en el mundo, señores. No sé qué opinarán ustedes sobre esto, pero yo estoy totalmente convencido de que no estamos solos ni en la Tierra ni en el universo. De hecho, opino que existen más de dos dimensiones; eso cuando menos.
Una prueba clara de lo que estoy diciendo puedo ofrecerla ahora mismo. Conducía yo mi camión en dirección sur, hacia Puerto Montt, de noche cuando vi un grupo de lugareños arremolinados en torno a un mojón kilométrico. Detuve mi camión en el arcén y me aproximé a los individuos y cuál no sería mi sorpresa cuando me percaté de que se están masturbando de forma electrizante cambiando de mano compulsivamente. ¿A qué se debería eso? Les pregunté y me dijeron que lo hacían para convocar a Salomón, el mismísimo Príncipe de las Tinieblas Chilenas (PTC).
Extrañado, seguí mi viaje hacia el sur y, de repente, me di cuenta de que me seguía un coche. Detuve de nuevo mi camión en el arcén y el coche hizo lo propio. Se apeó de él un hombre canoso uniformado que me pidió mi carnet de afiliado al CAA (Comité de Adoctrinamiento Antiargentino). Como yo no soy miembro de éste, el agente (que pertenecía sin duda alguna al Cuerpo Chileno de Lucha Antiriver) se enojó y me pidió que lo acompañara a la comisaria más cercana, en la ciudad de Temuco. Había en esta ciudad un conciliábulo de la escisión más radical del CAA, en el que se debatía la conveniencia de hacer correcciones a la edición marxista de la Sagrada Biblia de Malvinas, que data de 1915.
Se me interrogó y torturó a petición expresa mía y no confesé por qué no era simpatizante del CAA. Lo único que estuve en disposición de decirles es que era súbdito de un Dios diferente al suyo, uno que habita en los pozos más profundos que pasan por el paralelo 45º de latitud sur. No me creyeron, así que me forzaron a hacerme súbdito del CAA, y ahora dispongo del carnet de socio presúbdito, en espera de mi carnet definitivo, que me dará acceso al Archivo General Antiché.
No me avergüenzo de ser un miembro del CAA y súbdito incondicional de los enemigos de Duhalde, pero sí quiero dejar claro que aún adoro a mi Dios de los pozos por encima de todo. Sepan ustedes, que en las profundidades andinas, en esos pozos que he mencionado, hay legiones de Soldados de Salami dedicados exclusivamente a escribir notitas criticando a todos y cada uno de los habitantes de la ciudad de Valparaíso, sentados en mesas habilitades para esa tarea. Es una envergüenza que no deberíamos tolerar más, señores. Sin embargo, yo soy cobarde y no puedo hacer nada, salvo dejar que me sobrevuelen los buitres mecánicos cada vez que intento poner fin a mi vida.
Les saluda:
Salomón Picacho Simpene, camionero y súbdito.
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