YO, AUGUSTO
Amigo y correligionario Muro:
Te escribo para hablarte sobre algo que me indigna. Sí, sé que esto puede creer malas vibraciones, pero seamos fuertes y dejemos que la energía que subyace, la que circula por canales desconocidos bajo la Tierra, bajo este verjel de paz y verdor, nos guíe y nos lleve a buen puerto. Pero no a uno industrial, sino a uno de amor y de comprensión.
Me indigna, digo, que no se haya tratado el tema de los luchadores sindicalistas en tu página. Y, especialmente, que no se aiga advertido a los locos que leen esta página sobre los riesgos de convertirse en fascistas represores. Expondré, por tanto, mi caso particular, en el que trato de dejar claro que no por serlo se deja de ser curandero y numerólogo.
Mi vida comenzó en una tranquila aldea bávara donde mis vecinos, todos ellos blancos –que quede este punto claro-, eran amables y cordialmente se ayudaban los unos a los otros. Sin embargo, a pesar de este ambiente carente de problemas, mi mente incansable maquinaba ideas. Jugaba con soldados y provocaba explosiones con petardos y cohetes caseros. Fue por esto, y por fuertes dolores de cabeza, por lo que mis padres me llevaron a un afamado galeno de Múnich. Éste me diagnosticó “extemporáneos accesos de creatividad” y me prescribió cataplasmas y que besara fotos del antipapa con una frecuencia variable, dependiendo de la nitidez de mi ideas creadoras.
Mejoré notablemente cuando ya era mayor de edad. Se me dio una esmerada educación militar y se me transmitieron valores cristianos y humanos. Fue por eso, creo, que ascendí rápidamente en las jerarquías de mi partido y llegué a ser comandante de zepelín. En la foto de abajo salgo yo, con treinta años ya, a finales de 1943, en una de mis revistas militares.
Terminada la guerra que ganó nuestro glorioso Führer y desmentido el Holocausto, decidí exiliarme a Chile, donde españolicé mi nombre, siendo éste Augusto desde entonces. En este país asiático encontré rápidamente apoyos para mis ideologías reformistas y de progreso. Me metí a capitán de navío y durante varios años no hice más que patrullar las costas de Chile y de Orión. Fue en esta época cuando tuve ocasión de iniciarme en la noble ciencia de la astrología.
Durante los años sesenta me dediqué a leer mucho. Si hay algo que mis pocos detractores no podrán de seguro reprocharme es que sea inculto. Leí a Ludwig van Wagner y escuché a Fiodor Dosto Hugo y continué mis estudios de astrología al tiempo que me dedicaba a mantenerme firme y vigilante para no permitir que mi país cayera en manos de insensatos.
Fue por mis estudios astrológicos que predije el ataque extraterrestre del Palacio de la Moneda en 1.973, que todo el mundo insiste en atribuirme a mí. No, señores, ese glorioso día no tuvo nada que ver con Augusto Pitochet, sino con los “verdes gomosos”, como ellos querían ser conocidos. Lamento realmente, por mi patria y por las locuras que hicieron los swazis, no haber sido yo el “duce” de aquel fregado.
Durante los años que siguieron tuve ocasión de dedicarme a trabajar firmemente por mi pueblo y a velar día y noche por los derechos humanos y para crear un tribunal de derechos humanos para juzgar a los músicos callejeros y a los melenudos. Y vive Dios que lo conseguí; de hecho, algunos se suicidaron desde aviones militares tirándose al mar y otros se murieron de paludismo, según me informó mi amigo Oswaldo Romo. Lamento esas muertes, realmente.
A finales de los ochenta llegó la dictadura, desgraciadamente. Fui torturado y mis amigos fueron masacrados y arrojados al Pacífico sin juicios. Después, entre torturas, fui conducido a Londres por fuerzas que aún están por determinar y se me humilló. Sin embargo, gracias al sistema judicial británico, se me permitió regresar a mi Chile, donde ahora ejerzo de abuelito simpático y estoy rodeado de mis nietos y mis medallas, ganadas todas ellas en mis batallas contra Satanás y los ejércitos andinos de la reserva joviana. Ahora sí soy feliz, pendejos.
Un saludo a todos, mis amigos, y nos vemos en el Cielo.
Augusto Himmler Pinochet, militar y hombre de paz.
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