En 1998 el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires ofrecía
recompensa por la captura de trece homicidas prófugos: diez eran
policías y, entre éstos, cinco eran altos oficiales.
Realidades similares son tristemente comunes a casi todos los países latinoamericanos. Pero en lugar de simplemente cargar las tintas contra la
policía, bueno sería que buscáramos algunos de los motivos que las
generan..
El deterioro de la fuerza policial y la responsabilidad del poder
político o la policía como víctima del poder político.
El discurso político respecto de las fuerzas de seguridad se divide
tradicionalmente en dos etapas claramente distinguibles:
En la primera, mantienen policías con recursos y salarios miserables,
pero le permiten recaudar por medios ilícitos. Con ello aseguran
subordinación a cambio de ámbitos de recaudación.
Afirman tener la mejor policía del mundo y descalifican como infundios lo
obvio.
Cuando los escándalos se tornan incontrolables, el desorden de la
institución le resta toda eficacia preventiva, y no pueden contener la
información sobre homicidios, narcotráfico, robos y otros delitos, ensayan
su segundo discurso: se horrorizan y atribuyen todos los males a los
policías. A esta altura la policía esta destruida.
Toda persona razonable, se percata de la contradicción insalvable que
implica admitir que la policía encargada de la prevención del delitos, recaude
recursos mediante el delito.
También se da cuenta que con ello el personal:
decae en su autoestima profesional;
entra en el juego del doble discurso;
emprende una escalada delictiva que se torna imparable;
se desjerarquiza y desorganiza;
degrada su imagen pública;
abre una brecha insalvable con la sociedad;
pierde eficacia funcional.
Sin embargo, en lo político, por hipocresía, necedad, miedo o impotencia,
se mantiene el discurso que debería ser denunciado, no sólo por esos efectos,
sino porque también produce demasiadas muertes.
Muertes policiales: policías asesinados.
Muertes institucionales: fusilados y torturados.
Muertes por imprudencia: personas muertas por violencia innecesaria
Muertes por negligencia: personas muertas por defectos de prevención.
Muertes silenciadoras: venganzas y supresión de testigos.
Muertes políticas: por encargo del poder.
Ello nos lleva a la conclusión que la corrupción policial no existe, porque
no es más que corrupción política.