Demasiada agua bajo el puente ha pasado desde la última
vez que pude sentarme a actualizar este sitio.
En el plano internacional se destaca, por su absurdo y por
la victimización que provocara (provoca), la guerra en Afganistán (si es que se puede
llamar así a la campaña militar desplegada por EE.UU. con el único objetivo
de eliminar a un terrorista; terrorista que, entre paréntesis, todavía
vive).
En el plano local, la agudización de la situación
económica trajo apareada la lógica agudización de la situación social
llevándola a extremos inimaginables.
La desocupación alcanza la cifra más alta de la historia
de Argentina (21,5% de la PEA). La cantidad de personas
que buscan trabajo en el área metropolitana alcanza al 53 por ciento de la
población activa –más de la mitad de los que están condición de trabajar.
Están en esta situación, obviamente, los desocupados (21,5 por ciento de la
Población Económicamente Activa); los sub-ocupados (19,5 por ciento), que
trabajan menos de 35 horas semanas y desean trabajar más; y los ocupados
demandantes de empleo (12 por ciento), que buscan otro trabajo porque con la
remuneración que tienen no les alcanza para vivir.
La mitad de los argentinos viven
bajo la línea de pobreza. Y uno de cada cuatro sobreviven en la indigencia.
Diariamente hay 2.500 nuevos
pobres en la región urbana.
La pobreza pasó de octubre a mayo del 35,4 por ciento al 49,7.
La indigencia, después de estabilizarse en el 7 por ciento por años, tuvo un
fuerte pico y pasó del 7,5 en mayo del 2000 al 17,8 en abril de 2002, un
incremento del 137 por ciento en dos años. Esto significa 1.625 nuevos
indigentes por día, de los cuales 600 son niños. A mayo el 23 por ciento de
la población del Gran Buenos Aires (casi una de cada cuatro personas)
sobrevivían bajo la línea de indigencia.
En Capital Federal y Gran Buenos Aires, son cinco millones de pobres, 44,3%,
y casi dos millones de indigentes, 17,8%.
La inseguridad se vive cotidianamente en las calles................
La clase política sufre (merecidamente) el descrédito de toda la población
(el quiebre del contrato social entre los políticos y
el resto de la sociedad se expresa en guarismos: un 34,5 por ciento
considera a la dirigencia de los partidos como el principal tema de
preocupación en la sociedad. Por si fuera poco, el 62 por ciento de los
consultados considera negativa la gestión del gobierno nacional, un
apabullante 95 por ciento cree que el país no está logrando salir de la
crisis, el 82 por ciento expone su desacuerdo con las medidas económicas
adoptadas por el Gobierno y un 54 por ciento de los entrevistados considera
que el presidente Eduardo Duhalde no terminará su mandato).
No olvidemos que la consigna aglutinadora del
descontento social expresión de la crisis de representatividad
compartida por el movimiento, que luego se denominó cacerolazos, fue "...que
se vayan todos...".
El escepticismo y la desesperanza son moneda corriente y
visibles en los rostros de los jóvenes (como dato
ilustrativo podemos mencionar que la tasa de
suicidio entre los varones jóvenes pasó de 6,1 cada cien mil en 1980 a 10,7
en 2000, es decir que prácticamente se duplicó).
El presupuesto educativo y de asistencia social se reduce
constantemente.
Resumiendo: desde el inicio de la
recesión, en 1998, la desocupación creció el 74,2 por ciento, la pobreza el
67 por ciento y la indigencia el 180 por ciento.
Vale la pena recordar que estas cifras reflejan (o
intentan hacerlo infructuosamente) las condiciones de vida de muchos seres
humanos, hombres, mujeres y niños, y que no son simples estadísticas que
puedan ser depositadas en el escritorio de un funcionario a la
espera de soluciones a largo plazo. Como diría Serrat mucho más poética y
sintéticamente "...detrás esta la gente...".
Frente a este panorama tan desalentador cabe preguntarse
qué salida intentar (que no pase por emigrar, alternativa que ya han elegido entre los años 2000 y 2001 unas 140 mil personas. y que en dos años podría
duplicarse según los expertos).
Ciertamente no se trata de seguir aplicando tozudamente un modelo que
reproduce desocupados y pobres.
Es que luego de 48 meses de recesión
las proyecciones sobre la evolución de indicadores clave
de la economía no permiten prever, al menos en el corto plazo, mejoras en la
situación del empleo. Exportaciones, demanda interna e inversiones no
muestran señales de recuperación. En un contexto caracterizado por la
precarización generalizada las perspectivas más sombrías se ubican sobre los
puestos de trabajo formal. Mientras la devaluación, descontrolada tras la
explosión de la convertibilidad, explica una parte del aumento de la pobreza
y la marginalidad, la persistencia del modelo de concentración económica y
desarticulación productiva continúa mostrando su rostro más crudo.
Los servicios fueron el sector demandante de mano de obra por excelencia
durante la década del 90. Agotado ese ciclo tras el "corralito" y la
devaluación, las previsiones más optimistas estiman que en el sector
financiero los alrededor de 100 mil empleos que existían a fines de 2001 se
reducirán, en el mejor de los casos, a la mitad. En el comercio las
perspectivas son similares. La retracción de la demanda retroalimenta la
concentración en los supermercados con la consecuente destrucción de empleos
en los pequeños y medianos establecimientos.
Pero si se observa la evolución de las nuevas variables de la economía
argentina, el panorama tampoco es alentador. A pesar de la ganancia de
competitividad por la devaluación, las áreas vinculadas a las exportaciones
no están generando nuevos puestos de trabajo. Agotados los efectos benéficos
del comercio internacional, en el mercado interno no aparecen señales de
salida de la recesión. Antes bien, la caída de ingresos por la devaluación
significó un duro impacto para la demanda doméstica. En este marco, el
inminente aumento de tarifas, impactará de lleno en el ingreso disponible y
significará un nuevo golpe contra la demanda agregada y, por lo tanto,
contra el producto, el empleo y, en consecuencia, la extensión de la
pobreza.
En esta situación difícilmente uno
se puede ubicar como un espectador analítico, como un simple
investigador social que recopila e interpreta la realidad que lo rodea.
Es que la realidad es demasiado dolorosa para permitirse ese lujo.
Se impone dentro del marco de la democracia que tanto nos ha costado a
los argentinos, y a los latino americanos en general, reconstruir. Pues
aun con sus graves falencias existen dentro del sistema mecanismos para
revertir esta crisis económica política y social.
Pero ciertamente no se trata como ya dije con anterioridad de insistir
tozudamente en las mismas conocidas recetas.
Deberíamos ser capaces de generar nuevas formas de participación, de
representación y de expresión de la voluntad. De la voluntad de todos y
no solo, como siempre, de los mismos.
Ya se vislumbran algunas
modificaciones importantes: la presencia de vecinos organizados en Asambleas
Barriales que surgieran a raíz de los cacerolazos; la existencia de clubes
de trueques donde las personas intercambian aquello que le sobra por aquello
que le falta (incluyendo servicios profesionales y oficios técnicos), y
muchas más alternativas que se imponen dentro de un marco como el presente.
Evitar aquello que señalara Chomsky
de que "el miedo busca líderes poderosos", podría llegar a ser un buen
principio. Y esta afirmación no es casual. La hago en un momento donde las
añoranzas de épocas de plomo resurge en algunos sectores que se vieron
beneficiados por esos "líderes poderosos". Pues fueron estos líderes los que
nos llevaron a este momento histórico. La crisis es estructural y ese
modelo, que consistió en la sistemática aplicación de medidas económicas que
garantizaron un descomunal traslado de recursos públicos y sociales hacia
grandes grupos económicos locales y externos, en detrimento de los
patrimonios nacionales y los ingresos de las mayorías sociales es el
principal responzable.
Discutir un proyecto de país
significa partir de la base de que hay un mínimo común denominador y no sólo
una sumatoria de reivindicaciones. El problema a superar radica en encontrar
las condiciones para que esta sumatoria heterogénea se transforme en una
articulación con coherencia, en un nuevo modelo de sociedad que permita la
inserción de todos con condiciones básicas de bienestar. Si acá se deja al
40 por ciento de la población en la pobreza, el país se vuelve inviable en
muy poco tiempo.
Como todos, no tengo tantas
respuestas como preguntas. Tanta certeza como dudas, tanta alegría como
dolor.
Seguiré reflexionando y tratando de compartir estas reflexiones con Uds.
para, entre todos, tratar de recuperar la esperanza. Esa que no alimenta a
los miles de hambrientos de los cuales ya les hablé, pero que es un
punto de inicio para intentar transitar hacia una alternativa de existencia
digna y respetuosa de los derechos humanos.