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                 Stiglitz: 

     "Identificamos los intereses de Wall Street con los del país"

 
 

 

 

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El economista Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía, es conocido por sus feroces críticas a los efectos de la globalización sobre los pobres, pero ahora ha enfocado sus baterías contra un nuevo objetivo: él mismo.

Reuters
13/10/2003 (15:59h.)

El año pasado, Stiglitz atacó en su libro "La Globalización y sus Descontentos" las políticas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, lo que lo convirtió en toda una celebridad en distintos lugares, como Latinoamérica. Pero algunos en Washington se quejaron de que aceptó muy poco de su propia responsabilidad cuando ocupó el puesto de economista jefe del Banco Mundial.

Ahora, en su nuevo libro "Los Estruendosos Noventa" dice que el equipo económico del presidente Bill Clinton, en el que él participó, condenó la misma recuperación que estaba tratando de engendrar al poner a la par los intereses de Wall Street con los del país en general. "Había una fe exagerada, incluso ingenua, en el mercado", dijo Stiglitz durante una entrevista con Reuters.

"Tuvimos la oportunidad de tratar de darle forma a la globalización, de darle forma al nuevo orden económico con base en una nueva serie de principios. En cambio, terminamos dándole forma para reflejar nuestros intereses comerciales y financieros". Peor aún, Estados Unidos exportó una versión más dura y extrema de sus errores a las naciones en desarrollo, con consecuencias desastrosas, dijo Stiglitz, quien presidió el Consejo de Asesores Económicos de Clinton de 1995 a 1997.

"Nosotros, en el gobierno de Clinton, no teníamos una visión de un nuevo orden internacional tras la Guerra Fría, pero la comunidad empresarial la tenía. Ellos vieron nuevas oportunidades de ganancias", dice Stiglitz en su libro.

CUERPOS DE PAZ VS WALL STREET

Para Stiglitz, de 60 años, la pregunta de cuál filosofía debería apuntalar la economía global va mucho más allá de la batalla teórica entre los mercados libres de restricciones y las regulaciones gubernamentales. "La batalla es más profunda que eso. Tiene que ver con la clase de sociedad en la que queremos vivir", dijo Stiglitz. "Hace 20 años, mis mejores estudiantes iban a los Cuerpos de paz. En los noventas, todos fueron a Wall Street".

A pesar de las duras críticas a Clinton y sus asesores económicos, los recortes de impuestos y el derroche fiscal en gastos de defensa del presidente George W. Bush no eran exactamente el tipo de gasto deficitario que Stiglitz tenía en mente. "Yo califico con base en una curva y aunque soy duro con Clinton, él se merece una 'A' comparado con lo que vino después", dijo.

Stiglitz dijo que los funcionarios de la Reserva Federal, en lugar de contener los peligrosos excesos que caracterizaron a la década de 1990, estaban demasiado ensimismados en sus logros como para intervenir en el momento adecuado para moderar los mercados.

El famoso discurso de Alan Greenspan sobre la "exuberancia irracional" de 1996, cuando advirtió que los precios de las acciones podrían estar subiendo demasiado rápido, fue de hecho una prueba de la percepción exagerada que el presidente de la Fed tenía respecto a sus propios poderes. "Parecía que esperaba domar la burbuja -y salvar a la nación del estallido de la burbuja- sólo con palabras. Greenspan había sobreestimado su influencia", escribió Stiglitz en el libro.

El golpe de gracia de los excesos de la década de 1990 fue la capacidad de los inversores por atraer al juego financiero al ciudadano medio. A los estadounidenses de clase media y baja se les dijo que ellos también podían sacar una tajada del pastel de la Nueva Economía, si estaban dispuestos a arriesgarlo todo en la bolsa de valores, incluyendo sus ahorros para el retiro y sus pensiones. El resultado fue una caída estrepitosa del mercado, de la que la economía todavía no se recupera completamente.

Como antídoto a la exuberancia del libre mercado, Stiglitz esboza lo que llama un "Nuevo Idealismo Democrático", que defiende como una alternativa humanista al fervor de los puristas de la economía. Su propuesta prevé una contínua dependencia en los mercados pero también un papel activo del gobierno en la salud, la educación y la creación de empleos.

"Hay una visión alternativa, basada en la justicia social global y un papel equilibrado para el gobierno y el mercado", escribió Stiglitz. "Es por esa visión por la que deberíamos esforzarnos".

 

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