| Recital de Natalia Oreiro. Músicos:
Héctor D'Aviero y Marcelo Wengrovski, en
guitarras, Daniel Avila en batería.,Julio
Morales en percusión, Custavo Luciani en
bajo, Ervin Stutz en trompeta, Alejo
Vonder Pahlen en saxo, Juan Scalona en
trombón, Magalí Bachor y Dora Chávez
en coros, Diego Ortells en teclados y
dirección musical y cuerda de tambores
de Foca Machado. El viernes y el sábado,
en el teatro Gran Rex. Nuestra opinión:
malo.
Desde su butaca el hombre mira más allá
de lo que ve. Vino con sus dos hijas, de
9 y 13 años, aproximadamente, y está
viviendo uno de esos momentos familiares.
Los tres tienen motivos suficientes para
sentirse felices, pero no es difícil
darse cuenta de que las satisfacciones
son muy disímiles. Ellas gozan con la
estrella de la TV, con la Cholito de
"Muñeca brava", con la chica
que soñó con ser una estrella de la
canción en "Un argentino en Nueva
York" y que a la vuelta de la
esquina convertiría la ficción en
estricta realidad. El se detiene en las
curvas que esta uruguaya de 23 años
ostenta. Y sueña.
En la noche del viernes, en el teatro
Gran Rex sólo se podrá soñar. Natalia Oreiro
intentará ser una femme fatale, una
joven cándida idolatrada por los bajitos,
una estrella de la canción pop latina,
una bailarina, una cantante consumada. En
todos los rubros hará agua, en todos el
saldo será negativo.
Con una producción envidiable, la
actriz y cantante sale al ruedo para
mostrar sus dos discos, "Natalia Oreiro",
de 1998, y el reciente "Tu veneno".
El vestuario se lo ha diseñado Renata
Schussheim, las coreografías le
pertenecen a Teresa Duggan, las luces son
de Juan Carlos Baglietto, pero, a la hora
de pararse en escena, todo ello quedará
en un segundo plano.
Desde lo alto, una Oreiro
"gatubelesca" hace su aparición.
Enfundada en negro arremete con "Tu
veneno" y enseguida la platea -infantil
en gran número-, entra en éxtasis, como
si estuviera observando a Caramelito o un
espectáculo de "Chiquititas".
A lo largo de un poco más de una hora
y media, la estrella de la tele rendirá
examen, porque así parece sentirse y
porque así lo confirman las miradas de
los chimenteros y los columnistas de la
farándula.
Sin música, pero con público
La sala está colmada, pero muchos
disfrutan de haber ingresado sin pagar.
Su club de fans, a pleno, y los invitados,
en gran número. Muñecos de peluche,
gorras, flores, cualquier objeto vale a
la hora de demostrar el afecto que tienen
por la cantante. Incondicionales, acompañarán
cada pasaje del show, aunque desde arriba
no habrá motivos para corresponder tanta
emoción.
Natalia
cumple cuidadosamente con la lista de
temas, con los movimientos estudiados,
con los leves cambios de vestuario y con
el incesante meneo de su cadera, el máximo
acierto de la noche.
Por momentos, entre acróbatas, músicos
y una cuerda de tambores, el escenario se
parece más a la calle Florida que a un
concierto. La inseguridad de la aspirante
a diva se hace evidente, pero todo está
controlado. Como la participación protagónica
de Magalí y Dora, las chicas que, más
allá de hacer coros, socorren a menudo a
la protagonista.
Natalia
quiso estar segura de que estaba haciendo
lo correcto, por eso editó dos discos
antes de afrontar al público porteño.
Entre las cantantes latinas, jugó a
asemejarse a la mexicana Thalía y su
gente le diseñó una carrera bastante
similar. Pero ni siquiera ese pequeño
objetivo logró sortear.
Que quede claro: los chicos y
adolescentes que fueron a verla no se
sintieron defraudados. Tener a la chica
de la tele a unos metros era todo lo que
pedían. Pero la cantante no estaba ahí,
quizás aún aguardaba detrás de escena,
tomando un té, la hora del debut.
|