RECITAL
DE NATALIA OREIROLugar.
Velódromo Municipal.
Fecha.
Sábado 28 de octubre.
No es el
público habitual de un recital nocturno
el que la sigue. Lo que se ve en las
largas colas de ingreso se reitera
adentro: la mayoría son jovencitos pero
además es muy notoria la presencia de niños
que andan entre los 4 y 10 años. El Velódromo
se llena casi por completo, apenas sobran
asientos en los extremos de la tribuna
mayor pero hasta el lejísimo palco
oficial se desborda. La espera se combate
agitando carteles que en su mayoría
dicen apenas "Natalia" y el
nombre de una ciudad o barrio, como si
fueran sacados de los programas
veraniegos de la televisión argentina.
Hasta que un juego de luces da la señal
de largada.
La
realidad es mucho más linda que la
imagen mediática. Natalia aparece en lo
más alto del escenario, entre el humo,
enfundada en un apretadísimo traje de
cuero negro totalmente coherente con la
escenografía gótica que simula el
interior de un castillo, con un enorme
ventilador en su parte superior y dos
cabezas diabólicas colgando del techo,
que observan al público con ojos rojos.
El negro se extiende a la ropa de los músicos
y de las dos muchachas del coro, mientras
el gris domina las paredes del escenario.
El espacio es ideal para disparar una
artillería de colores con una batería
de luces bastante pesada. Además Natalia
es ganadora. En medio de semejante marco
da su primer gran golpe porque arranca
con Tu veneno y la gente queda en estado
de trance, mientras las bien dispuestas
sillas del sector Vip no cumplen con su
función original. Todo el mundo se para
en los asientos para cantar, bailar y
estar un poco más cerca del cielo.
ENCANTOS.
El tema termina y se registra un ligero
cambio de vestuario. Natalia se saca la
chaqueta, queda con un sostén de cuero
negro que se recorta en su piel clarita y
dice "qué frío". En la platea
las bufandas desaparecen en respuesta,
pero ella cambia el clima haciendo temas
de su primer disco que estimulan un
ambiente más tierno, llenos de te quiero
y no estás. Una parejita de quinceañeros
en la fila trece se besa con tanta devoción
que terminan cinco segundos antes que la
canción finalice. Mejor cortina sonora
no pueden pedir.
El barrio
no está lejos. Una bata larga le da un
aire familiar, como si recién hubiera
salido de la cama. Dos osos de peluche de
tamaño considerable vuelan hacia el
escenario, ella los recoge y hasta parece
cantarle a uno. Con todo cuidado los
entrega a sus asistentes. Cuando habla la
voz se le vuelve más nasal y parece
propia de una mimosa. Después le tiran
cartas, cartulinas, flores y alguna otra
cosita que igualmente son levantados por
su destinataria en señal de que esas
cosas le importan. El aire de familia se
multiplica cuando la cantante adopta un
tono confesional recordando algo ocurrido
en un bar de Sevilla, cuando escuchó una
canción que interpretaba junto a su
madre. "¿Se están divirtiendo?"
pregunta, "sí" contesta la
gente que después corea "Natalia,
Natalia, Natalia". Y ella, con unos
apliques que simulan una pollera andaluza,
arranca hacia los aires flamencos de Luna
brava, el clima se pica y hasta abre paso
para que la buena orquesta que la acompaña
ataque con un rock pesado debidamente
comentado por la cantante que a esa
altura luce una chaquetita rojo fuego.
URUGUAY.
El barrio está cerca. Pide que la gente
no abandone sus sueños y canta Aburrida,
título bastante equívoco para un tema
que es un pequeño manifiesto contra la
indiferencia y la injusticia, incluido en
el disco que ahora presenta. El nombre
Uruguay no sólo lo usó como título de
un tema grabado en su primer compacto,
sino que además aparece de contrabando
en una canción ("que soy uruguaya",
improvisa Natalia) y en los
agradecimientos. Se nota que hablar del
país, confesar su origen, es más una
necesidad de ella que de la gente, que no
se entusiasma demasiado cuando Oreiro
grita "Uruguay, Uruguay, Uruguay".
Queda muy claro que busca espejos donde
mirarse y reafirmar una identidad, por más
que la propuesta escénica obece a un
imaginario tan lejano como la ciudad
custodiada por Batman, Robin y Gatúbela.
Tres tamboriles asoman por el costado
derecho del escenario encabezados por una
Mama Vieja y su compañero. Es señal
clarísima de que el retorno de la hija
pródiga prepara su climax y estalla
cuando la emblemática comparsita queda
alineada en medio del escenario y ella se
asoma por detrás con una camiseta
celeste que lleva el número 10 en la
espalda. Gol.
Tras Río
de la Plata se alejan los tambores,
mientras los músicos de la orquesta los
aplauden con ganas. Después de eso es
difícil mantener el ánimo tan arriba y
se descarga la despedida. Cambio dolor,
obvio. No lo es tanto Me muero de amor
que había interpretado bastante antes en
una versión que sorprendió a la gente,
porque la voz de Natalia no sube de tono
en los estribillos, queda en una misma
cuerda y hasta parece tropezar en ella.
Pero el inmediatismo en la comunicación
se reintegra con la nueva aparición de
Tu veneno, luciendo un cambio coreográfico
que aprovecha mejor a los dos bien
formados muchachos destinados a
reverenciarla. En medio de los bises el
escenario queda vacío de golpe, Natalia
se sienta en el borde, a poquitos centímetros
de los fanáticos. De vuelta agradece,
sostiene que con ella aquello de que
nadie es profeta en su tierra no se
cumplió, subraya con orgullo su condición
uruguaya y 'a capella' canta una estrofa
de Jaime Roos: "vamo, vamo arriba la
celeste, vamo, de Colonia a Bella Unión,
vamo, como dijo el Negro Jefe, los de
afuera son de palo, Uruguay que no ni no...".
Está a punto de un extravío hiper
nacionalista pero se detiene; un
muchachito recibe el beso que todo el
resto envidia; dice adiós pero vuelve
porque también sus músicos son cómplices
de esta actuación histórica para ella.
El guitarrista agita las manos hacia
arriba, pidiendo al público que redoble
el entusiasmo, como diciendo "Natalia
se lo merece". Pero a esa altura, el
casamiento de la cantante con la actriz
ya ha dado todos sus frutos y mostró
toda su eficacia. El público adicto lo
sabía y se declaraba más que satisfecho.
Afuera
esperaban los puestitos improvisados de
vendedores de fotos, llaveros, camisetas,
apliques para el pelo. Jóvenes y niños
daban rienda suelta al entusiasmo. Todo
tenía la cara de Natalia Oreiro, hasta
las bolsitas de maíz acaramelado.
Un fenómeno en
expansión
Es la
uruguaya más conocida en el mundo. Un
fenómeno que creció en Argentina y se
expandió por América Latina, algunos países
europeos, hasta alcanzar Rumania e Israel.
Dicen que hasta rechazó propuestas de la
industria norteamericana de cine para
dedicarse este año a cantar, solamente.
Lo que
consigue es increíble. Porque la primera
en reconocer los límites es la propia
Natalia, que no aceptó cantar en público
hasta ahora, cuando ya tiene grabados dos
compactos. Sabe que es una cantante en
proceso, que necesita conocimientos mínimos
de música para desarrollar lo que quiere
y se volcó a estudiar. Pero no paró la
máquina y asumió más riesgos. Elige
temas que no le exigen un gran despliegue
vocal, y para interpretarlos se recuesta
en una banda de buena musicalidad. La
movilidad, su gracia y entusiasmo hacen
el 'plus' para que el espectáculo
funcione.
|