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“El
rock más sexy “Yo no hago rock, hago pop”, aclara. Combinación de niña
ingenua y mujer fatal, Natalia regresa para presentar su segundo disco,
Tu veneno. ”

“Chica
audaz Las curvas perfectas, la mirada sexy, el estilo Natalia sin
inhibiciones. El disco Tu veneno fue grabado entre Buenos Aires,
Madrid, y Los Angeles, en Estados Unidos. Son quince canciones con una
fusión de estilos que abarcan el pop, el funk, la música andaluza, el
blues y la balada. Natalia hace dúo con el grupo español Siempre así, e
interpreta un tema escrito especialmente por Andrés Calamaro. “En este
disco me involucré desde otro lugar. Amo al primero, pero en éste me
siento más representada. En octubre voy a presentarlo en Buenos Aires,
y me encantaría invitar a mi mamá para que suba conmigo a cantar. Ella
será mi estrella invitada”, dijo Natalia. ”



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Natalia
Oreiro "Me gusta arriesgar y provocar"
Hola, ¿a quién buscás? –A Natalia. –Ah,
esperá que ya viene. El que pregunta y responde en la casa-estudio
musical de Natalia Oreiro en Palermo Viejo no es un mayordomo, ni una
mucama, ni siquiera un jefe de prensa o un secretario. Es un albañil que,
subido a un andamio, hace las veces de anfitrión inesperado.
Primera sorpresa entonces para el periodista cargado de prejuicios. No
hay séquitos alrededor de la estrella. Apenas un albañil que interrumpió
su tarea por unos segundos.
Un minuto después, Natalia Oreiro aparece corriendo, como saltando
charquitos, detrás de la enorme ventana de su estudio de grabación. Abre
con fuerza la puerta, saluda y ofrece un café o un vaso de agua. Ella
misma llena con agua un vaso de plástico y se sienta en un banquito
mínimo. Tiene puestos unos jeans algo gastados y un suéter color beige
que no se sabe si le queda chico o si es un toque de estilo. Su look
despertaría el comentario cariñoso de cualquier abuela (“Nena, por Dios,
arreglate un poco”), pero todos saben que las abuelas no entienden mucho
de cómo se conquista desde la informalidad. Natalia Oreiro, 23 años,
uruguaya, actriz-cantante o viceversa, parece haber nacido con ese don.
No necesita –aunque a veces pueda vestirlos– de Armani, Versace, Dolce
& Gabbana o cualquier otro representante de la alta costura para
impresionar a quien se le ponga enfrente.
Sentada entonces, con las piernas estiradas y el pelo desordenado,
Natalia cuenta con orgullo indisimulable: “Este es mi mundo. Aquí es
donde vienen los músicos cada día para trabajar. Elegí vivir en un barrio
muy tranquilo y la idea era respetarlo. Por eso construí este estudio con
todo lo necesario para no molestar a los vecinos. Si yo busco
tranquilidad, no puedo quitarle eso al que vive en la casa de al lado”,
dice.
Detrás de la enorme ventana del estudio se recorta la casa en
remodelación. La casa, hay que decirlo, no es poca cosa. Y mucho menos
para una mujer de apenas 23 años que llegó hace nada más que seis desde
Montevideo, con la ilusión de triunfar en la televisión. La casa,
entonces, sirve para acercarse al origen.
“Cuando llegué a Buenos Aires, con lo que ganaba en la novela
Inconquistable Corazón, que era nada, me pagaba una habitación con un
baño en la casa de una señora mayor. Allí viví un año.”
–¿Apenas una habitación?
La respuesta llega con un gesto. El gesto inconfundible de alguien que
explica “era un lugar así de chiquitito”. Y luego, ya con palabras,
detalla: “Ahí me pasó de todo, pero no les podía decir a mis padres que
estaba sufriendo… bueno, que estaba sufriendo suena tremendo, pero de
alguna manera tener 17 años y estar sola, esperando que las cosas te
salgan bien, sin conocer a nadie, queriendo hacer un montón de amigos y
en un ambiente bravo es difícil. Pero si yo les decía que la estaba
pasando mal, me iban a responder que volviera. Entonces nunca los quise
preocupar. Pero estaba triste. El primer año fue muy difícil en lo
emocional. Me acuerdo de que el primer cumpleaños en el que no me
desperté con una rosa roja en la mesita de luz fue a los 18, que fue el
primero que pasé acá en Buenos Aires. En vez de una rosa, como me dejaba
mi papá, me desperté con una cucaracha enorme en el medio del pecho. Pero
me la banqué. Tuve que crecer, hacer una evolución, porque tenía que
vivir de mí”.
La casa nueva, otra vez, es el testimonio perfecto de que la niña que
llegó desde Uruguay supo hacer esa evolución y sobrevivir. Y que hoy su
edad dice 23, pero su temperamento, su madurez, su interior, tal vez
indiquen varios más.
Natalia debe determinar sobre negocios que involucran fama y dinero como
si tuviera 50. Y no se acobardó cuando eligió alejarse de la televisión
(y abandonar los 25 puntos de rating que tenía Muñeca Brava, la novela en
la que era protagonista), para dedicarse a la música y a la grabación de
su segundo compacto.
“Una cosa va atada a la otra. Hubo países donde mi primer disco pegó por
la telenovela, y otros donde la telenovela pegó gracias al disco.
Entonces tuve que elegir, porque actuar y cantar al mismo tiempo no podía
hacerlo. Además, en Muñeca Brava puse tanto de mí, que no podía terminar
en diciembre y volver en marzo con otro personaje. Porque cuando regrese
a la televisión –y lo estoy planeando para fines del 2001–, quiero hacer
un personaje. De eso se trata actuar. No sólo de hacer una novela con la
fórmula ’ hacemos esto y funciona seguro, vos sos simpática, la gente te
quiere y de paso ganás unos buenos mangos’. No se trata de eso. Yo este
año decidí no ganar plata, porque lo que gano con la música, lo
reinvierto en este estudio, en pagarles a los músicos, en un montón de
cosas.”
–¿Y no le preocupa resignar un lugar?
–Siempre puede aparecer alguien que pegue en el público. Por eso me
molesta que me comparen con un artista que en teoría tiene una carrera
más importante que la mía. Porque a veces pasa, y no sólo en la
televisión, que en vez de mirar al otro para aprender qué hizo bien y el
coraje que tuvo, están esperando a que se caiga. Yo tengo amigas actrices
y les he presentado a mis productores, traté de darles una mano, y mucha
gente me dijo: ‘pero vos estás loca’.
–¿Y no está loca?
–Yo soy actriz. Mi lugar es mío y no me lo va a quitar nadie. Porque
soy única. Como también lo es fulana de tal. Hacemos cosas diferentes. A
mí me gusta preocuparme por lo que yo hago, no por lo que hace el otro.
–Pero las estrellas no duran para siempre.
–No, pero también depende del lugar que uno quiera ocupar. Yo sabía
que bajarme de la televisión para muchos era una locura. Cómo iba a dejar
25 puntos de rating. En el canal no querían, de verdad fue una lucha muy
fuerte. Pero yo siempre fui de frente. Ahora empecé a conversar sobre la
vuelta, y ya estoy pensando con qué volver. Porque no voy a esperar a que
alguien me lo diga. Me puedo equivocar, puedo volver a la televisión y no
gustarle a nadie, pero prefiero equivocarme yo, y no que se equivoque
otro por mí. No soy dueña de la verdad y mi carrera es corta, es cierto,
pero también tengo una gran intuición para elegir, y si me va mal no
quiero echarle la culpa a nadie.
Natalia habla y habla de un modo arrollador. Esa, tal vez, sea su segunda
característica personal más notoria. Y dice palabras como “sé” y “decidí”
y “elegí” y “me propuse”, a cada momento. Y uno la imagina sentada,
peleando con pasión un contrato con los gerentes de Telefé o BMG, y
entiende un poco mejor que una estrella no sólo se hace con ángel o
carisma. “Tengo gente que me aconseja y me acompaña. Pero siempre discuto
yo mis contratos, mi dinero, mi participación en tal o cual cosa”,
aclara. En dos horas debe viajar a Los Angeles, Estados Unidos, para
participar de la entrega de los Teen Choice Awards, que organiza la
cadena Fox. Allí compartirá escenario con Britney Spears, Enrique
Iglesias, los Backstreet Boys y otros. Natalia será la única
representante de América Latina. El viaje sirve como disparador para que
ella cuente lo que más quiere contar: el lanzamiento de su nuevo compacto
Tu veneno. “Es un trabajo musical en el que decidí involucrarme desde
otro lugar. Yo amo mi primer disco, pero musicalmente me reconozco más en
este. Me junté con los autores, hablamos de lo que yo quería decir, de
los instrumentos, de los ritmos. No quería quedarme en la posición fácil
y repetir una fórmula. Mucha gente puede creer que soy un producto y que
tengo 50 personas pensando y diciendo qué debo hacer, y la verdad es que
soy una obsesiva del laburo y somos un equipo de mucha gente, pero a
ellos yo les digo lo que me gustaría hacer, y juntos encontramos la
fórmula.”
–No es necesario que se defienda. Nadie atacó todavía.
–Es cierto. Pero tampoco soy monedita de oro para gustarle a todo el
mundo. Más allá de que el artista tenga un ego bastante grande y trabaje
para que la gente lo acepte y lo quiera. Esto se habla mucho en terapia.
De alguna forma tengo esta cosa desmedida de querer que me acepten.
Entonces lo que hago, y no debería hacer, es justificarme. Pero, ¿por qué
me justifico? Porque trato de mostrar desde qué lugar trabajo. Porque es
cierto que hay mucha gente en este medio que es un producto, y le dicen
qué ponerse, qué cantar, cómo bailar. Yo no soy así. Trabajo desde muy
chica por lo que quiero. Pero eso también es una tortura.
–¿Terapia, Natalia? ¿Psicoanálisis, acaso?
–Sí, empecé hace menos de un año. Soy una persona que abre el corazón
y sufro horrores, y me han ca…. mucho. Incluso gente que ha laburado
conmigo. Entonces la terapia me sirvió. No porque me haya cambiado la
vida. Me ayudó a organizarme para tener un tiempo por semana solamente
para hablar de mis sentimientos, de las cosas que me pasan. Hay gente a
la que no le sirve, o que ha dado con malos terapeutas. A mí me ayudó.
Antes decía: ‘yo no necesito terapia’. El terapeuta no me cambió la
manera de pensar ni me hizo ser otra persona. Sí me potencia lo que
quiero ser, me hace ser más consciente de lo que elegí.
–¿Y con él habla de Pablo Echarri? ¿O prefiere evitar ese tema, como
hace con los periodistas?
–Es cierto, no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada, pero
tengo razones para eso. Mi vida es ya demasiado pública. Lo que siento
por Pablo es más que conocido. Lo nuevo es la salida del disco. Porque yo
no soy un personaje que necesite figurar, que gana plata por ir a
fiestas. Soy alguien que se rompe el traste para hacer lo que hace. Y a
partir de eso figuro. Siempre ha sido así.
–Pero, Natalia. Ambos son lindos, jóvenes, exitosos.
–Sí, lo sabemos. Y si le preguntan al Presidente por el romance del
hijo, cómo no nos van a preguntar a nosotros, ¿no? Porque mirá que el
Presidente tiene cosas importantes que explicar. Pero no, le preguntan
eso…
–Le pregunto eso entonces. ¿Cómo va la vida con Echarri? Los dos tan
exitosos, los dos tan ocupados, los dos con tantas tentaciones.
–Estamos muy bien. El es un hombre increíble, y está a la vista. Lo
demás es algo que no se piensa. Si se pensara mucho, sería un problema.
Es un sentimiento y es recíproco. Yo confío, vos confiás. Yo te amo, vos
me amás. Y cuando eso no sea así, chau, hemos pasado un muy buen tiempo
juntos. Es una cuestión de confianza, los celos se manejan.
–¿Imagina el resto de su vida junto a él?
–Pienso e imagino el hoy. Y mañana pensaré en mañana. No sé qué puede
pasar en mi vida. Esto de decir ‘me quiero casar’ no, porque no es
cierto. Nosotros nos adoramos hoy, confiamos y anhelamos que eso suceda.
Pero ahora te puedo responder por hoy, porque es lo más sincero que te
puedo decir.
–No hay razón para enojarse con nadie, entonces.
–Yo cometí un error y me hago cargo. En mis primeros pasos como
artista hablé de nuestros sentimientos. Porque estábamos bárbaro y lo
contábamos. No porque nos gustara leerlo en las revistas, sino para ser
consecuentes con la persona que te pregunta. Después, cuando las cosas no
estuvieron tan bien, la gente se metió y nos lastimó muchísimo. Entonces
entendimos que uno abre la puerta y se hace cargo, o no la abre. Y yo
decidí no abrirla.
Toma otro vaso de agua y respira. No ha sonado el teléfono ni nadie interrumpió
en casi una hora de charla. La diva soñada y anticipada por algunos,
parece ser sólo parte del imaginario popular. “¿Diva? La verdad es que
depende de qué se entienda por diva. Aquí en la Argentina es una persona
que anda en limousine con quince asistentes a su lado, y yo no tengo nada
de eso. Trabajo de artista y eso impone algunas cosas, pero no me
considero una diva, ni sueño con llegar a serlo. Prefiero jeans y
zapatillas. Lo que me molesta es el prejuicio. Si una noche uso un
supervestido es sólo parte del show. Si el público paga una entrada para
verte en un escenario te quiere ver espectacular, no vestida como en tu
casa”, explica. Natalia, o al menos una parte de ella, prefiere el rol de
vecina promedio. Claro que con un pequeño inconveniente: ella trabaja en
televisión y en los escenarios. Y hace fotos (como las publicadas en
estas páginas, que dejan a hombres y mujeres con la boca abierta, por
diferentes razones). “Es cierto, las fotos están jugadas. Dudé mucho
antes de hacerlas, pero repito lo mismo: es parte del show. Yo no estoy
seduciendo todo el día a todo el mundo. Al contrario, en un grupo siempre
doy como la chica simpática.”
–Pero lo físico tiene su importancia. Las fotos y los videos la
muestran joven y provocadora.
–A ver… trabajo para tener una imagen particular. No me interesa
parecerme ni que me comparen con nadie (no lo dice, pero se refiere a
Shakira y Thalía). Sé que para subir a un escenario necesito estar bien,
seducir, jugar con el cuerpo. Pero detesto a la gente hiperflaca y las
dietas.
–¿Ni siquiera un capricho de diva hollywoodense?
–No creo. Podés preguntarle a la gente que trabaja conmigo. Nunca me
vas a escuchar gritar, ni tratar mal a alguien. Al lado mío se vive con
mucha tranquilidad. Lo que me pasa muy a menudo es que soy muy exigente
conmigo misma. Me cuesta relajarme y disfrutar. A veces pienso que soy mi
primera aliada y mi primera enemiga. Porque por ser de este modo ocupo
este lugar, pero me exijo demasiado. Y eso puede ser una tortura.
–Natalia, hay una cosa indudable para quien la ve desde afuera. Esa
mezcla de niña ingenua y de mujer transgresora que vive en usted.
–Es lo que me divierte. Me gusta arriesgar, pero sin irme al diablo.
No haría un desnudo, por ejemplo. Porque no me sirve para nada en mi carrera.
No soy un personaje que se muestre mucho públicamente. Estoy muy expuesta
por el lugar que ocupé con la novela y el que puedo ocupar ahora con el
disco, pero en los últimos cinco o seis meses no hice notas. Básicamente
porque no tenía nada nuevo para contar. Hay muchos artistas que necesitan
más salir en las revistas que trabajar. Sé que hay gente a la que le
interesa más la casa que me compré o el novio que tengo que lo que hago
profesionalmente. Por eso tengo que dosificar mi exposición. Sé que soy
una artista bastante particular, porque no hay otra chica de mi edad que
esté haciendo lo que yo hago. Pero contarte mi vida, salir a desmentir
tal o cual cosa, eso no me interesa. No va con mi manera de ser.
Los Angeles y el glamour hollywodense la esperan. En menos de 24 horas
estará en un estudio gigante de televisión, probándose vestidos
brillantes y ensayando movimientos y palabras. Las cámaras la seguirán y
será entrevistada por la televisión de Israel, entre otros países, donde
su música (por alguna razón) conquistó al público. Allí sí tendrá una
limousine y la oportunidad de comprar en las casas de moda más
prestigiosas del mundo. - Pero no parece estar en sus planes. “No, tal
vez compre algún regalo para mis amigas. Pero para mí nada en especial.
No soy derrochona, aunque creo que la plata bien invertida vuelve.
Prefiero comprar cosas para la casa. ¿Te dije que a mí me gusta la
decoración?” Ahora, en este viernes soleado y de otoño, Natalia Oreiro
cierra la puerta de su casa y se aleja caminando sola por una empedrada
calle de Palermo Viejo. En la esquina tomará un taxi. Y en él viajarán
las dos Natalias. La que sufrió para conquistar el aplauso del público en
el escenario. Y la que prefiere jeans gastados y un abrazo sincero fuera
de las tablas. Pero sobre todo viajará una: la que hoy anhela el éxito
tanto como cicatrizar heridas. Y empezar a escuchar su propio aplauso.
Que al final es el único que importa.
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