Natalia Oreiro
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GRAN
REX, 2.30 PM. El teatro está oscuro.
En el escenario, el decorado de Chiquititas
es la imagen que domina la serena
melancolía de todo teatro vacío. Algún
celular suena lejos. Desde la penumbra,
se oye un chistido y después una voz:
"Acá, acá". Escondida entre
las butacas, en un rincón de la sala,
Natalia Oreiro hace señas que apenas se
ven. "Charlemos acá que está
tranquilo", propone. Sólo se ven
sus dientes blanquísimos. La entrevista
comienza a ciegas.
De entrada, algunas cosas quedan claras.
Que no va a hablar de su separación con
Pablo Echarri. Que necesita hacer terapia.
Que le fue muy bien en Israel. Que se
considera una artista.
Otras no tanto. Que no es un producto.
Que "sí, soy un producto, y qué".
Que "no quiero conquistar el mundo".
Que "no me para nadie". Que
todas las personas deberían tener ambición.
Confirmado: la más argentina de las
uruguayas es humana. La chica que todo lo
que toca lo vuelve oro dice que detesta
el ruido de quienes mascan chicle, que
"cree" que Gardel nació en la
Argentina y que se vio obligada a tener
una estrategia para anunciar su separación.
- ¿Por qué?
- En varios programas de chimentos se
empezó a decir que yo me había separado
y comenzaron con las guardias de fotógrafos
y periodistas. Y no quería que se me
tiraran encima. Así que le dije a mi
agente de prensa que lo anunciara justo
antes de irme a Israel. Por lo menos allá
iba a ser más tranquilo. La vez pasada
yo me había separado hacía dos meses y
nadie se había enterado. Finalmente
quedamos todos mal parados y yo,
particularmente, quedé como una hija de
puta.
- ¿Hablás del caso Noble?
- El caso de la vez pasada. No quiero
ponerle nombre.
- ¿Cómo conciliás tu buen momento
profesional con la ruptura?
- Fueron seis años de una relación
que nos costó muchísimo. Para
cualquiera es difícil. Y más para
nosotros, que somos dos personajes públicos.
- Irte a Israel te sirvió para
distraerte...
- No. Sería muy fría si actuara así.
Yo pienso mucho en lo que pasó. Lo hablo
mucho en terapia.
- ¿No barajaste suspender el viaje?
- No. Era algo que quería hacer
desde hace mucho tiempo. Pero no tapé lo
que me pasaba sentimentalmente. Y basta.
CALLE CORRIENTES, TAXI, 4.45 PM.
Natalia Oreiro invita a tomar el té a su
casa. "Quiero que conozcan el
estudio que me hice al lado", dice.
Como corresponde, en la calle debe
detenerse a firmar autógrafos. Como
corresponde, el taxista de turno muestra
una leve conmoción.
Natalia, para mí es un honor
llevarte. Tengo la piel de gallina.
Bueno, gracias.
No te cobraría, pero...
Está bien, está bien.
El gentil chofer no pierde el tiempo. En
el primer semáforo se acerca un florista
y él le compra un jazmín a la estrella.
Sigue el diálogo.
¿Sabés Natalia? Fue una pena que te
pelearas con Echarri. Formaban una pareja
bárbara.
No me peleé. Me se-pa-ré.
Mi mujer me está amenazando con que
se quiere ir con Pablo. Dale, amigate.
Oreiro se debate entre cierta evidente
incomodidad y su habitual cordialidad. Y
pregunta a los periodistas: "¿Esto
es off the record, no?".
INTERIOR, CASA, PALERMO VIEJO, 5.30 PM.
Un hombre de seguridad acompaña el
movimiento del gran portón que se abre.
Natalia entra a un pequeño jardín y
desde la puerta de la casa —una
mansión del 1800, íntegramente pintada
de rosa— saluda Gabriela Torres, su
profesora de canto. Todos la acompañan
al estudio de grabación, una especie de
caja fuerte dentro del terreno de la casa,
pero separada por unos pocos pasos. Además
de las paredes que aíslan el ruido y de
las cajas que guardan instrumentos, hay
un baño con un inodoro rojo.
Natalia Oreiro pide bajo juramento que no
se hable de cómo es su casa ("no me
gusta ostentar"). Casi no espera la
respuesta e invita a pasar. Hace un mes
que se mudó y se nota. Todavía hay
pintores trabajando y casi no hay muebles.
Sus perros —Mabel y Carlitos, los
mismos nombres que sus padres— están
en Uruguay, pero sus platitos sobreviven
al lado de la heladera. Allí mismo, en
una pizarra blanca, está escrito el teléfono
de la casa porque Oreiro, dice, no se lo
acuerda.
No, no hay fotos de Pablo Echarri a la
vista. Sí de sus mejores amigas, Melina
Petriella y Valeria Lorca. Y decenas de
imágenes de Betty Page, la porno star en
la cual se inspiró para el look de Tu
veneno. Dentro de un vidrio, un
dibujo especialmente hecho para ella por
Maitena.
En 23 años Oreiro dice que se mudó 23
veces. Supone que en esta casa se quedará
bastante tiempo. "Las reformas las
ideé yo, los adornos los compré yo, me
encanta ocuparme de esas cosas". La
fama no le sirve mucho en este terreno.
"Me gusta ir a comprar cosas al
Mercado de Pulgas de Dorrego o a San
Telmo. También voy a remates. Pero elijo
lo que me gusta y después mando a mis
amigas porque a mí me cobran el doble."
En un jardín de invierno invita con café.
Pone su disco, en el track de su canción
favorita: Cómo te olvido. Y
aclara: "No es alusivo a nada, eh".
Escucha el tema e, hiperkinética, se
pone a limpiar el agua del hermoso
florero que su profesora de canto acaba
de hacer trizas contra el suelo después
de un codazo. En su casa, como en su
carrera y en su vida, Natalia Oreiro no
para. "A pesar de que todavía no me
repuse de la experiencia en Israel, ya
estoy ansiosa con los conciertos del Gran
Rex".
- ¿Tan importante fue la gira por
Israel?
- Fue lo más impresionante que me
pasó en mi vida: hice mi primer show
entero. Veinticuatro temas. Y se
reengancharon. ¿Sabés lo que es tener a
tres mil tipos cantando enteritas mis
canciones? Y no sólo los hits. ¡Todo
cantaban! En Israel, Tu veneno
vendió 40.000 unidades. Acá anda por
los 35.000. Yo quiero cantar en la
Argentina. Aunque sepa que me van a
criticar, aunque no rinda económicamente.
- ¿Cómo que no rinde económicamente?
- Yo soy la puntita de una pirámide
que tiene una base grossa. ¡Tengo una
banda de 12 músicos! Algunos tocaron con
los Redonditos, otros con Lerner... El
vestuario del show es de Renata
Schussheim... Es todo muy caro.
- Hablás como si no fueras la
prioridad de tu compañía discográfica...
- Mirá, yo tengo muchas diferencias
con la compañía. Le estoy muy
agradecida pero mi carrera la manejo yo.
Okey, no soy los Redonditos como para ser
independiente. No soy underground: vengo
de la televisión. Y necesito de mi compañía.
- ¿Qué diferencias tenés con ellos?
- Afo Verde, el productor artístico,
sabe de marketing. Y a mí lo que más me
interesa es cantar cada vez mejor. Ahí
ocurren choques. Yo impuse mis criterios.
Entre la canción Tu veneno y Cambio
dolor hay diferencias, ¿no? Tu
veneno es más power. En fin,
le puse mucha garra al disco. Me reunía
casi todos los días con los autores e,
incluso, metía ideas mías. Por ejemplo,
en Aburrida, que era una simple
canción de alguien que sale a la noche,
yo le agregué un tinte social y
ecologista.
- ¿Qué relación tenés con Calamaro?
La chica se ríe. Andrés Calamaro le
compuso un tema que ella incluyó en el
disco y, como suele ocurrir, se dijo que
la relación fue más allá. "Andrés
está más allá del bien y del mal. Se
cagó en el prejuicio. La música es música".
La música es música y, en ese sentido,
Natalia Oreiro avanza y comenta como si
fuera una confidencia. "Para mi
cuarto disco tengo un sueño: juntar a
los Ramones y grabar un video con ellos".
Dice que le gusta "el sonido punk"
pero que su casa es "para escuchar a
John Lennon".
HALL DE ENTRADA, 8.45 PM.
Definitivamente, Oreiro perdió su clase
de canto. Se la ve distendida. Habla, no
para de hablar. No muestra apuro por
despedirse.
Dice: "Tengo ángel. Y lo uso como
el peor demonio. También tengo talento".
Pregunta: "¿Alguien vio La
tempestad?"
Mira la casa con una mezcla de orgullo y
tristeza. La pileta, el jardín, la
escalera. El silencio es profundo. Ahora
se escuchan ruidos. "El pintor",
tranquiliza Natalia. Entonces, la última
pregunta, casual, de circunstancia:
- ¿Vas a hacer una fiesta de
inauguración?
- No. No estoy para fiestas. |
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