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Facundo
Arana
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PABLO ECHARRI, MARIANO
MARTINEZ Y FACUNDO ARANA
Tres galanes, tres estilos
Lisitos y casi lampiños pero con músculos
bien trabajados, están a tono con el
tiempo que corre. Se acabó el galán
inconmovible: son varones que, si hay que
llorar, lloran. Cómo son, sus puntos a
favor... y en contra.
GRACIELA BADUEL
Uno es basurero y boxeador; otro,
buscavidas; el tercero, productor de un
programa de cable. Entre las nueve y las
once de la noche, detrás de sus
personajes de Campeones, Los buscas de
siempre y Buenos vecinos, ellos se llevan
buena parte de los suspiros de colegialas,
profesionales, amas de casa y jubiladas
que, "a la hora de la novela",
son apenas mujeres que quieren soñar un
ratito.
Sin desmedro de los galanes más
veteranos que pueblan la pantalla, como
Claudio García Satur, Arturo Puig, Juan
José Camero, Rodolfo Ranni, Gerardo
Romano u Osvaldo Laport (entiéndase: lo
de "veterano" se aplica a los años
en el rubro, no a la edad), Mariano Martínez,
Pablo Echarri y Facundo Arana son
los nuevos y venerados representantes de
una especie que, aunque evoluciona, está
muy lejos de extinguirse.
El tipo formal de bigotito y pelo
engominado, el hombre de mundo de
riguroso traje y corbata, el recio, el
hosco, el duro casi violento y hasta el
tierno antihéroe que podía tener la
cara de cualquier taxista quedaron en el
pasado. La prueba incontrastable son esas
fotos gastadas, en blanco y negro, que
vuelta a vuelta aparecen para disparar el
recuerdo de tiras exitosas como Cuatro
hombres para Eva, Me llamo Julián, te
quiero, Malevo, El Rafa, Amo y señor o
Rolando Rivas, taxista.
Nostalgias aparte y cada uno en su estilo,
Martínez, Echarri y Arana
comparten sin embargo algunos de los
rasgos distintivos del galán versión
2000. Herencia directa del Catriel que
animó Osvaldo Laport en Más allá del
horizonte, se ven obligados a mostrar en
cámara cuerpos bien trabajados. Shorts,
boxers o toallas pre o posbaño, estratégicamente
ubicadas en el límite que impone el
horario central de la TV, permiten que
ellas se regodeen con cinturas estrechas,
muslos firmes, abdominales marcados y
brazos que explotan en bíceps y tríceps
muy entrenados.
Lisitos y casi lampiños, ellos parecen
demostrar que si antes un hombre hirsuto
era prototipo de virilidad, ahora es
justamente lo contrario. A tono con los
tiempos, también se acabó el arquetipo
del inconmovible: los tres son varones
que vuelta a vuelta tienen los ojos húmedos
y si hay que llorar, lo hacen a moco
tendido. Tampoco hablan de tú (requisito
indispensable de las novelas de otrora,
para entrar en un potencial público
extranjero) y usan el tono y el
vocabulario del día a día.
¿Hasta dónde la personalidad de cada
uno tiñe a sus personajes? Sin duda
—ellos mismos lo reconocen— hay
mucho de ellos en sus criaturas de ficción.
Por caso, a Pablo Echarri se lo ve mucho
más cómodo como el Martín Giménez de
Los buscas que como el abogado de clase
alta que animaba en Por siempre
Mujercitas, o el niño bien de Mía, sólo
Mía. Porque si Martín se rige por los códigos
del barrio, es apasionado, impulsivo y
capaz de defender a su chica contra
viento y marea, Pablo Echarri no le va en
saga. El tipo se bancó como un duque el
affaire Natalia Oreiro-Iván Noble y
salta como una fiera cada vez que le
tocan a su chica. Puro fuego, le advirtió
a Emanuel Ortega "que no se hiciera
el galán" con su mujer e insultó
en cámara a Jorge Guinzburg cuando le
insinuó que escuchar cantar a Natalia
era una tortura. Si eso no es un hombre...
Casi en el otro extremo, Mariano Martínez
le pone a Valentín D''Alessandro la
ternura de sus 21 años sin coraza. Dulce,
capaz de entregarse ciegamente, mezcla su
estampa de carilindo ganador con cierto
aire de chico desvalido que sólo quiere
que lo quieran mucho, mucho tiempo.
Aprende a los golpes, como en Campeones y
en RR.DT. Después de largos noviazgos
con dos compañeras de elenco (Dolores
Fonzi y Pamela Rodríguez, con la que
llegó a "comprometerse para casarse")
ahora tiene una relación bastante nueva
(sale con una chica hace siete meses) que
preserva del asedio mediático.
Facundo Arana, por su parte,
parece tan medido y con tanta vida
interior como Diego Pinillos. Da la
impresión de que, a pesar de su
participación en booms de rating como
Chiquititas o Muñeca brava, sabe manejar
su relación con la popularidad con
envidiable equilibrio. Al mismo tiempo
alimenta la imagen de tipo intelectual y
bohemio. Antes de trabajar en la tele
tocaba el saxo en el subte y ahora
integra una banda de rhythm & blues,
vive con Pampa, una enorme perra de raza
y mantiene un discreto y bastante estable
noviazgo con Isabel Macedo, también
actriz.
A la hora de seducir, también son
diferentes. Aunque bromee con un "será
porque no hay contacto lingüístico",
Mariano Martínez no sabe explicar por qué
no es lo mismo besar en cámara que en la
vida real. Así y todo, no puede evitar
imprimirle a Valentín esa combinación
de chico dulce y un poco inexperto, pero
que quiere aprender todo de golpe. También
se le escapa la timidez que, dice, signa
su vida privada: en las escenas
sentimentalmente comprometidas, antes de
mirar a su chica a los ojos, baja un
poquito la cabeza, como si en el fondo le
diera vergüenza.
Ganador nato, Echarri oscila entre el
cazador cazado por el amor (pero que de
ninguna manera va a conformarse con una
relación platónica) y el seductor
empedernido que no puede dejar pasar la
oportunidad de complacer a cuanta linda
mujer se le ponga a tiro. Con larga
experiencia en el arte de fingir amor,
cancherea: "Besar bien en cámara no
es meter la lengua hasta la garganta, hay
que manejar la estética". Más
cerebral, Arana aparece como el
tipo que quiere ser fiel a toda costa,
pero de vez en cuando sucumbe por
instinto, compasión o simple necesidad
de estar acompañado. "Para mí, una
escena de amor es una escena más: sólo
me preocupa tener un cuidado especial por
la actriz y mi técnica —retacea—
me la guardo como un secreto. Porque el
que está mirando tiene que pensar que no
hay ninguna técnica, que lo que pasa es
real."
Si en la variedad está el gusto, en
materia de galanes la ficción es capaz
de llegar a distintos sectores. Y, aunque
habrá espectadoras con su corazoncito
puesto en alguno de los muchachos, también
son bienvenidas las que picotean un poco
aquí, un poco acullá, como para armarse
una ensalada de seducción. Ocurre que, a
solas frente al televisor, el "todos
para una" puede hacerse realidad. |
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