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GLOBALIZACI�N/MUNDIALIZACI�N: EL CORTO Y EL LARGO PLAZO
Un Punto de vista hist�rico-estructural.
La noci�n de "globalizaci�n" es ya patrimonio del sentido com�n. Sin
embargo, no parece que se haya convenido en un sentido consensual, m�s o
menos claro, de tal forma que se pueda ya considerar a la "globalizaci�n"
como un concepto relativamente riguroso, de uso com�n en las ciencias
sociales. En todo caso, es necesario diferenciar entre los sentidos que
tienen una mayor carga ideol�gica (desde los que encuentran en la
"globalizaci�n" la fuente de todos los males, hasta la de quienes la
identifican con todas las "bondades del mercado"), de un uso un poco m�s
descriptivo, que designar�a a la "globalizaci�n" como el estadio actual de
desenvolvimiento del capitalismo. As�, se han propuesto diferenciaciones
entre, por ejemplo, "globalizaci�n", en el sentido reci�n enunciado y
"globalismo", como el t�rmino apolog�tico por excelencia del capitalismo
actual. Del �ltimo, para acentuar el uso m�s ideol�gico, se propone a su vez
una noci�n de "globalismo pop", o "versi�n pop del globalismo". O
simplemente, se intenta reconstruir diferentes versiones de la
"globalizaci�n imaginada".
La globalizaci�n como nuevo orden mundial no es la causa de todos los males
de la humanidad (aunque se pueda se�alar un sin fin de problemas que produce
el dejar las econom�as a la merced solamente de las fuerzas del mercado), ni
tampoco origen de todos los adelantos y logros humanos contempor�neos. Sin
embargo, personalmente considero que, en la medida en que a�n no logramos
llegar al "fin de la historia", ni al reino de Utop�a, los enfoques de
ciencias sociales a este tipo de problemas deben seguir siendo de naturaleza
cr�tica, comprometidos con el cambio hist�rico liberador. S�lo as� lograr�
el ser humano eventualmente su total realizaci�n como tal, en un entorno
natural que no sea destruido por la "mano invisible" (pero ciega e
insensible) de "las fuerzas del mercado".
Es necesario, por otro lado, desbrozar poco a poco los nuevos rasgos del
mundo contempor�neo, que implican la globalizaci�n como verdadera novedad
hist�rica, haciendo de lado modas, mitos y "la fetichizaci�n del fen�meno",
as� como diferenciando lo verdaderamente novedoso de lo que viene de largos
procesos hist�ricos previos. Se le refiere como una noci�n fetichizada,
especialmente, en tanto componente principal de la "ideolog�a neoliberal",
la cual propone que los pa�ses en desarrollo deben "insertarse a toda prisa
precisamente a la manera neoliberal (con apertura comercial a ultranza,
liberalizaci�n de la inversi�n extranjera y retiro del Estado de sus
funciones econ�micas como inversionista, regulador, planificador y promotor
del crecimiento econ�mico y el bienestar social), so pena de quedar al
margen del progreso y del pasaje al primer mundo". Lo que nos interesa
recalcar desde aqu� es que, si bien la globalizaci�n puede considerarse
descriptivamente como un proceso real, actual y casi "inexorable", es
funci�n todav�a de los Estados-naci�n decidir (dentro de determinados
l�mites hist�rico-estructurales) las maneras en que se articulan al proceso
hist�rico m�s amplio en lo econ�mico, lo pol�tico y en lo cultural. El
devenir hist�rico es multidimensional y abierto, no lineal y predeterminado.
Hay m�ltiples formas en que la historia puede desenvolverse.
A pesar de su carta de naturalizaci�n en el discurso cotidiano, la
globalizaci�n para muchos sigue siendo una novedad, aunque hay quienes
sostenemos que el proceso que culmina en este planeta altamente
interconectado e interdependiente, no comenz� hace poco, sino que, de hecho,
ha ido acompa�ando la expansi�n de la "civilizaci�n occidental" o, m�s
precisamente, la del sistema capitalista mundial.
... si el proceso de globalizaci�n comenz� con los exploradores y
descubridores de los siglos XV y XVI, ellos anticiparon y ensombrecen los
logros de sus contrapartes actuales, en la exportaci�n de la tecnolog�a, los
bienes y la industria cultural de su tiempo. Es verdad, entonces fue el
Cristianismo en lugar de Madonna, pero ... es importante recordar que la
influencia exportadora de bienes econ�micos y culturales ha caracterizado
las relaciones internacionales de poder a trav�s de los siglos.
As�, creemos que la llamada globalizaci�n se debe pensar, en tanto fase
actual de desarrollo del capitalismo, desde una perspectiva de "larga
duraci�n" en el sentido de: La inserci�n y articulaci�n asim�trica de
Am�rica Latina al sistema mundial no habr�a comenzado entonces con la
televisi�n, las "nuevas tecnolog�as de comunicaci�n" o la internet. El fin
del "largo siglo XVI", a partir de la expansi�n del capitalismo comercial,
prefigur� (y configur�) hist�ricamente lo que ahora se conoce como el
"moderno sistema mundial". Desde este punto de vista de largo plazo,
entonces, el proceso globalizador, cuyo motor principal ha sido la
internacionalizaci�n del capital, pero no se agota en los factores
econ�micos, ha sido lento aunque en una constante aceleraci�n de los
movimientos hist�ricos.
En todo caso, se puede pensar en grandes fases del proceso de expansi�n
capitalista: Al irse inventando las naciones, desde el tiempo de la
emergencia del capitalismo mercantil, las grandes navegaciones
transoce�nicas y las conquistas coloniales a partir de la Europa del Siglo
XVI, con el colonialismo ocurre la internacionalizaci�n del capitalismo
(Braudel 1991). Ya en el Siglo XX, al final de la llamada "fase
imperialista"; se configura la etapa de la transnacionalizaci�n, cuyo motor
principal lo constituyen las grandes empresas llamadas transnacionales, que
"jalan" y orientan los movimientos del capital, as� como influyen en las
relaciones entre estados nacionales. Ahora no se trata solamente del
comercio internacional, sino tambi�n de los grandes flujos de inversi�n
extranjera directa e indirecta y la mundializaci�n de los procesos
productivos mismos. Es tambi�n cuando surgen los desarrollos cient�ficos y
tecnol�gicos, que llevar�n a la g�nesis del "paradigma informacional", que
est� en la base de la actual "sociedad red". La movilidad tanto de
capitales, como de mercanc�as, y la ubicuidad que permiten a unos cuantos la
tecnolog�a de informaci�n y las telecomunicaciones, desembocan en la gran
interconectividad e interdependencia asim�tricos que caracterizan al proceso
ya propiamente de globalizaci�n.
El acelerado proceso hist�rico de las d�cadas m�s recientes ha significado,
necesariamente, la redefinici�n, no desaparici�n, del Estado, as� como de la
noci�n de soberan�a nacional, ante el surgimiento de nuevos actores
multinacionales, transnacionales e internacionales en el panorama
geopol�tico mundial. Los acomodos y reacomodos econ�micos y pol�ticos desde
la segunda posguerra hasta el final del Siglo XX a su vez han redefinido la
hegemon�a mundial, con el advenimiento finisecular de un mundo "unipolar"
desde ciertos puntos de vista pol�ticos y militares, y multipolar desde un
punto de vista principalmente econ�mico. Se han intensificado los
intercambios desiguales en lo econ�mico, lo pol�tico y lo cultural, al
tiempo en que por el predominio ideol�gico mundial del llamado
"neoliberalismo" se han mercantilizado pr�cticamente todas las esferas de la
vida social en el mundo entero.
En t�rminos culturales, la constituci�n del "moderno sistema mundial" ha
significado la "occidentalizaci�n" de culturas y civilizaciones, algunas
veces mediante la conquista armada, en otras ocasiones por influencia e
imitaci�n, la mayor�a de las veces con la mediaci�n de la dominaci�n
econ�mica 3. Pero las culturas continentales, regionales y nacionales
siempre han resistido o por lo menos han sido siempre creativas, as� que en
todo el mundo, en diferentes momentos hist�ricos, han surgido y se han
desarrollado "nuevas" versiones, h�bridas o "mestizadas", de las diversas
formas dominantes que ha adoptado la "civilizaci�n occidental". Esta, a su
vez ubicada en diferentes momentos en diversos "centros hist�ricos de
irradiaci�n" (centros hegem�nicos), ha sido influida, modificada y
enriquecida por otras culturas y civilizaciones, de tal manera que no
hablamos de un "monolito", puro e intocado en su esencialidad, que se
imponga hist�ricamente en forma total, borrando en definitiva lo que exist�a
antes, a pesar de su dominaci�n en �ltima instancia.
Este siglo, entonces, ha presenciado la aceleraci�n del tiempo hist�rico, en
t�rminos de la internacionalizaci�n-transnacionalizaci�n-globalizaci�n de
econom�as, pol�ticas y culturas5, en especial ante el surgimiento y
desarrollo de las grandes corporaciones transnacionales, que no conocen m�s
fronteras que las de la rentabilidad a escala global, y mediante la
emergencia de la "tercera" revoluci�n tecnol�gico-industrial. Todo este
largo proceso hist�rico ha tra�do cambios en la divisi�n internacional del
trabajo. Ha consistido en la paulatina articulaci�n e interdependencia
(desigual) de los estados nacionales al moderno sistema capitalista mundial.
Desde el punto de vista econ�mico, por globalizaci�n entendemos el proceso
contempor�neo de cada vez mayor --y m�s acelerada--articulaci�n e
interdependencia (asim�trica) entre sistemas econ�micos de los m�ltiples
pa�ses y regiones del mundo, a partir de la intensificaci�n de las
articulaciones funcionales, en diversos territorios, entre las fases del
circuito del capital, a lo largo y ancho del espacio mundial 6. Es decir,
que cualquiera de los aspectos siguientes del ciclo del capital, puede
ocurrir en, o desde, una diferente unidad nacional (o en varias a la vez):
el financiamiento; la compra de insumos, materias primas y fuerza de
trabajo; el proceso de producci�n; la distribuci�n y el consumo
–-"realizaci�n" del valor excedente generado-- y consiguiente
reinversi�n, o conversi�n a nuevo capital financiero. Aclaremos que nos
referimos a articulaciones y entrecruces de econom�as enteras. Es decir, que
desde nuestra perspectiva la "globalizaci�n" es la configuraci�n de la
econom�a-mundo "global". Son naciones las que articulan sus econom�as a tal
orden global, aunque suceda esto con frecuencia de manera desigual al
interior de sus respectivas regiones. En el caso de las corporaciones
llamadas "globales", m�s estrictamente nos podr�amos seguir refiriendo a
ellas como "corporaciones transnacionales", pues siguen operando con base en
y a trav�s de los espacios nacionales. As�, se puede decir que una empresa
se internacionaliza, cuando comienza a expanderse fuera de su pa�s de origen
mediante las exportaciones o la inversi�n extranjera; �sta se
transnacionaliza al operar preferentemente ya no desde su propio espacio
nacional, sino en diversos pa�ses a la vez (lo cual se complementa mediante
las asociaciones y alianzas estrat�gicas, o con las grandes fusiones y
adquisiciones, entre empresas y consorcios de varios pa�ses); y finalmente,
estas formas de operar constituyen el proceso de globalizaci�n, como la
configuraci�n de la econom�a-mundo "global". Las evidencias de la
intensificaci�n de todo tipo de conexiones econ�micas (comercio
internacional, flujos de inversi�n extranjera directa e indirecta, etc.) no
son sino indicadores, v�lidos pero parciales, de la llamada globalizaci�n
como nuevo orden planetario, o etapa actual del sistema capitalista.
Este proceso, en principio econ�mico, est� acompa�ado de nuevas
configuraciones pol�ticas del mapa mundial, redefiniendo los papeles de los
actores nacionales (Estados, gobiernos, empresas, clases y movimientos
sociales) y extranacionales (viejos y nuevos organismos internacionales,
empresas transnacionales, organizaciones no gubernamentales, etc.) en el
escenario mundial. Los mayores y m�s acelerados (aunque tambi�n desiguales)
contactos entre las m�ltiples culturas que pueblan el planeta, constituyen
otro rasgo fundamental del "nuevo mapa del mundo". Ilustrando algunos
aspectos del entrecruce entre econom�a y cultura en la "mundializaci�n", con
estos ejemplos:
... compramos un coche Ford montado en Espa�a, con vidrios hechos en Canad�,
carburador italiano, radiador austr�aco, cilindros y bater�a ingleses y el
eje de transmisi�n franc�s. Enciendo mi televisor fabricado en Jap�n y lo
que veo es un film-mundo, producido en Hollywood, dirigido por un cineasta
polaco con asistentes franceses, actores y actrices de diez nacionalidades,
y escenas filmadas en los cuatro pa�ses que pusieron financiamiento para
hacerlo. Las grandes empresas que nos suministran alimentos y ropa, nos
hacen viajar y embotellarnos en autopistas id�nticas en todo el planeta,
fragmentan el proceso de producci�n fabricando cada parte de los bienes en
los pa�ses donde el costo es menor. Los objetos pierden la relaci�n de
fidelidad con los territorios originarios. La cultura es un proceso de
ensamblado multinacional, una articulaci�n flexible de partes, un montaje de
rasgos que cualquier ciudadano de cualquier pa�s, religi�n o ideolog�a puede
leer y usar.
Esta descripci�n se puede tomar como una especie de "tipo ideal" en lo que
de exageraci�n tiene, pues por ejemplo no todas las pel�culas de Hollywood o
de ning�n lado tienen todav�a tanta mezcla multinacional como la descrita,
aunque �sta sea una tendencia contempor�nea, que se actualiza en algunos
casos. Por otra parte, el autor parece presentar en el p�rrafo citado un
proceso de "igualaci�n", donde ya todos en todos lados tenemos acceso al
consumo "democr�tico" de tales maravillas de la integraci�n
econ�mico-cultural mundial. Sin embargo, el mismo investigador ha comentado
en otro lugar que: "Pese a la diversidad e intensidad de procesos de
globalizaci�n, �sta no implica la unificaci�n indiferenciada ni la puesta en
relaci�n simult�nea de todas las sociedades entre s�. Los pa�ses acceden de
manera desigual y conflictiva a los mercados econ�micos y simb�licos
internacionales". Entonces, la globalizaci�n en rigor no implica el contacto
y la articulaci�n horizontal e igualitaria de "todos con todos". Como lo
mencionamos antes, el proceso expansivo del sistema capitalista mundial y de
la "civilizaci�n occidental", hasta ahora, nunca ha podido prescindir de
hegemon�as y desigualdades mundiales y regionales.
Hoy estamos presenciando la constituci�n de grandes bloques
econ�mico-pol�ticos, que se articulan (de manera asim�trica) a su vez al
sistema mundial. Parad�jicamente, la "globalizaci�n" est� tomando la forma
de un proceso de regionalizaci�n de la econom�a pol�tica mundial, a partir
de acuerdos de libre comercio y de integraci�n, como el Mercosur, el TLCAN o
Maastritch. Pero en el devenir hist�rico hay diversos �rdenes de sucesos, es
decir, diferentes planos o niveles en los que ocurre la acci�n social, todos
interrelacionados y que pueden ejercer m�ltiples influencias mutuas. Aunque
desde una �ptica hist�rico-estructural se suponga que exista una relativa
mayor eficacia en t�rminos de restricciones, de los �rdenes estructurales e
institucionales sobre los de naturaleza m�s microsocial o individual, son
posibles los procesos de cambio en los que actores individuales o colectivos
pueden afectar y modificar instituciones y estructuras sociales m�s amplias
que los "determinaban". As�, hoy en d�a todos los analistas sociales aceptan
alguna forma de "agencia", en la que lo local interact�a con lo regional, lo
nacional y lo "global", estructurando activamente aquellas grandes
estructuras que a la vez condicionan las acciones colectivas e individuales.
Por ejemplo, se atribuye una importancia central a "la identidad", ubicada
en los niveles m�s cercanos a los individuos, en la conformaci�n de la
"sociedad red", base fundamental de la globalizaci�n actual. De hecho, la
constituci�n del orden sociohist�rico moderno obedece a una compleja
dial�ctica entre lo global y los otros �rdenes, tanto como entre las
diversas dimensiones de lo social (econom�a, pol�tica, cultura, tecnolog�a,
etc.).
Desde un punto de vista hist�rico-estructural, entonces, grandes procesos
sociohist�ricos como la globalizaci�n deben entenderse complejamente, como
la convergencia multicausal de diversas dimensiones mediadoras: por ejemplo,
lo econ�mico, lo pol�tico, lo cultural, lo tecnol�gico, lo institucional,
etc., dependiendo del objeto concreto que uno construye a partir de un plano
de observaci�n, como parte de un proceso espec�fico a estudiar. Hoy ya no
hay la menor duda: todo es multicausado y por lo tanto nada se puede
explicar y comprender desde un solo factor o desde un solo punto de vista.
El sector audiovisual de la industria cultural (cine, televisi�n y video) se
ha constituido en un baluarte contempor�neo del acelerado proceso de
"mundializaci�n" cultural, aunque es importante recordar que en los �mbitos
microsociales, locales y comunitarios, las din�micas culturales contin�an
vivas, en todo caso "mestiz�ndose", o hibrid�ndose, con lo que les viene de
las industrias culturales globales y de sus propuestas identitarias. As�, en
la globalizaci�n y las regionalizaciones es posible observar grandes
tendencias hacia una "convergencia" en lo econ�mico, lo pol�tico y lo
cultural; o procesos de reforzamiento de "lo local", aun en condiciones de
alta migraci�n internacional; o de relativo dominio por parte de una
potencia o, de hecho, se puede notar la coexistencia de todos estos procesos
(la divergencia y reforzamiento de lo local, junto con la convergencia y el
dominio por una o unas pocas potencias culturales). Sin embargo, a pesar de
que ha habido cambios en los flujos mundiales de productos audiovisuales, y
de que m�s pa�ses hoy en d�a participan en los mismos, sigue existiendo un
relativo dominio de Estados Unidos y otros pocos pa�ses en los mercados
internacionales. Es decir que, aunque las audiencias tienen una tendencia a
preferir lo m�s cercano culturalmente y lo que est� en su propio idioma,
aquellos pa�ses que tienen gran capacidad de producci�n y grandes aparatos
mercadot�cnicos, como Estados Unidos, contin�an predominando en los flujos
mundiales.
LAS INDUSTRIAS CULTURALES LATINOAMERICANAS EN TIEMPOS DE LA GLOBALIZACI�N.
De todo lo anterior nos damos cuenta de que no se puede entender a las
industrias culturales sin ubicarlas el contexto nacional e internacional en
el que operan. El contexto contempor�neo es el de un mundo altamente
interconectado e interdependiente, unipolar en ciertos aspectos y multipolar
en otros. Es la globalizaci�n, etapa "triunfante" del capitalismo, despu�s
del derrumbe del llamado "socialismo real". Un indicador posible de la mayor
interconexi�n e interdependencia actual entre las naciones, lo constituyen
los flujos de comercio exterior. En los �ltimos 50 a�os, la tendencia
mundial general ha sido hacia la apertura de mercados. Entre 1950 y 1990,
las exportaciones crecieron del 8% del Producto Mundial Bruto al 27%. En
1997, el comercio internacional era 14 veces el nivel que ten�a en 1950.
Esta tendencia se ha acelerado en los �ltimos a�os con el surgimiento de
acuerdos comerciales bilaterales y multilaterales, y bloques comerciales,
como la Uni�n Europea, el TLCAN (NAFTA), Mercosur, ASEAN, etc. Los mercados
de productos culturales tambi�n se han expandido: Entre 1980 y 1998, el
comercio de bienes y servicios culturales se ha multiplicado por cinco
(UNESCO 2000a). Pero los flujos de comercio internacional son desiguales.
Por ejemplo, en 1994 los pa�ses desarrollados concentraban 69% de las
exportaciones mundiales y 68% de las importaciones. El llamado "Grupo de los
Siete" (Estados Unidos, Canad�, Francia, Inglaterra, Alemania, Jap�n e
Italia) cubr�a el 51 y 50% respectivamente. Am�rica Latina y el Caribe
participaban solamente del 4% de las exportaciones mundiales y del 5% de las
importaciones.
Ante la llamada globalizaci�n, de hecho, el contexto mundial ha devenido
altamente desigual. Al contrario de lo que se clam� triunfalistamente, el
mundo no ha llegado al "fin de la historia", ni entrado al "reino de utop�a"
despu�s de la ca�da del muro de Berl�n. Parecer�a ser que ahora la
polarizaci�n es creciente entre pa�ses pobres y pa�ses ricos. El Informe
sobre el Desarrollo Humano de 1999 indica que dos tercios de la humanidad no
se han beneficiado del nuevo modelo econ�mico, basado en la expansi�n del
comercio internacional y del desarrollo de nuevas tecnolog�as, y est�n
excluidos de participar en la Sociedad de la Informaci�n. En el World
Economic Outlook de 1997, el Fondo Monetario Internacional expresa que:
Dicho en t�rminos simples, durante los �ltimos treinta a�os la gran mayor�a
de los pa�ses en desarrollo ... se han mantenido en el m�s bajo quintil de
ingresos o han ca�do en �l desde una posici�n relativamente m�s alta. M�s
aun, ahora hay menos pa�ses en desarrollo de ingreso medio y la movilidad
ascendente parece haber disminuido en el tiempo. Mientras durante el per�odo
1965-1975 hab�a cierta tendencia a que los pa�ses se movieran hacia niveles
m�s altos y progresaran relativamente con respecto a las econom�as
avanzadas, las fuerzas de la polarizaci�n parecen haberse hecho m�s fuertes
desde los inicios de los a�os ochenta.
La tendencia hacia la concentraci�n es evidente. Los datos del Banco Mundial
indican que los pa�ses calificados como de "alto ingreso" (aproximadamente
el 16% de la poblaci�n del planeta), de 1980 a 1996 incrementaron su
proporci�n del Producto Global Bruto, del 73% al 80%. Solamente los pa�ses
del "Grupo de los 7" pasaron durante el mismo lapso del 61% al 66% del PGB
(Beinstein 1999). M�s adelante describimos c�mo se presenta esta tendencia
concentradora en t�rminos de las grandes empresas y conglomerados
transnacionales.
Por otra parte, un informe del Sistema Econ�mico Latinoamericano indica que
en el Hemisferio Occidental la situaci�n es s�lo un poco menos dram�tica que
a nivel mundial: Hay dos pa�ses de econom�as muy avanzadas: Estados Unidos y
Canad�, que en 1995 presentaban un PNB de US$26,890 y US$19,380,
respectivamente. Y por otro lado, los pa�ses de Am�rica Latina y el Caribe,
todos pa�ses "en desarrollo", con un PNB per c�pita promedio de US$3,320. Si
se consideran los extremos, destaca que Estados Unidos tiene un PNB per
c�pita 108 veces superior al de Hait� (US$250).
Al interior de los pa�ses tambi�n se siguen presentando considerables
desigualdades. Solamente un indicador sobre Latinoam�rica: La Comisi�n
Econ�mica para Am�rica Latina de las Naciones Unidas calculaba que en 1997,
el 36% de los hogares latinoamericanos se encontraba bajo la l�nea de la
pobreza (54% en las zonas rurales). El rango iba desde el Uruguay con s�lo
el 6% (otros pa�ses con una proporci�n baja: Costa Rica y Chile con 20%),
hasta Honduras con el 74% de su poblaci�n bajo la l�nea de la pobreza, El
Salvador con 48%, Bolivia con 47%, M�xico con 43% 12. Pero incluso en el
pa�s l�der de la econom�a capitalista mundial han crecido la pobreza y la
desigualdad. De acuerdo con cifras oficiales, hacia 1977 exist�an en Estados
Unidos unos 24.7 millones de pobres (11.6% de la poblaci�n); para 1997, eran
35.5 millones los estadounidenses pobres (13.3% de la poblaci�n). En 1974,
el 5% m�s rico de la poblaci�n norteamericana absorb�a el 16.5% del Ingreso
Nacional, cifra que subi� al 21.1% en 1994. El 20% m�s pobre, descendi� del
4.3% al 3.6% del Ingreso.
La desigualdad mundial en riqueza y en el acceso de la poblaci�n a los
beneficios del progreso se refleja en inequidad en el desarrollo de las
industrias culturales y en el acceso diferencial de los ciudadanos a estas
fuentes de entretenimiento, informaci�n y educaci�n. As�, por ejemplo una
encuesta reciente de la UNESCO sobre las industrias cinematogr�ficas
nacionales, muestra que la capacidad de producci�n cinematogr�fica tiene una
alta correlaci�n, adem�s de con el tama�o absoluto del mercado (la
poblaci�n), con diversos indicadores de desarrollo como el producto nacional
bruto y la urbanizaci�n, as� como con otras variables de medios, tanto en
t�rminos de posibilidades de producci�n como de recepci�n. Por ejemplo, los
grandes productores cinematogr�ficos (m�s de 200 filmes al a�o) registraban
un �ndice de desarrollo humano promedio (IDH, elaborado por la ONU) de
0.807; los medianos productores presentaban un promedio de 0.786 del mismo
�ndice, mientras que los peque�os y nulos productores ten�an 0.717 y 0.581
respectivamente. A pesar de que China (incluyendo a Hong Kong), India y
Filipinas, se encuentran entre los mayores productores de filmes del mundo,
Estados Unidos da cuenta de 85% del comercio mundial cinematogr�fico
registrado en tal encuesta.
Seg�n el Informe Mundial de Cultura de la UNESCO (1999), en 1994 los pa�ses
industrializados publicaban 297 peri�dicos diarios por cada mil personas,
mientras que las naciones en desarrollo tiraban 43 (el promedio mundial era
de 97 diarios por mil personas). Entre 1991 y 1994, seg�n la misma fuente,
los pa�ses industrializados publicaban 54 libros por cada 100,000 personas,
por 7 de los pa�ses en desarrollo (el promedio para Latinoam�rica y el
Caribe era de13). Con respecto al acceso a las nuevas tecnolog�as, demos un
ejemplo: datos recientes de la OCDE (2000) indican que en 1999 Canad� y
Estados Unidos daban cuenta del 55.9% de los usuarios de Internet en el
mundo. Europa casi una cuarta parte (23.5%). El �rea Asia-Pac�fico, 16.7%.
Latinoam�rica contaba apenas con el 2.6% de usuarios, en mejor posici�n que
Africa (0.9%) o el Medio Oriente (0.4%). De un Inventario de Medios de
Comunicaci�n en Am�rica Latina que realiz� CIESPAL durante el decenio
pasado, se desprende una alta concentraci�n en el acceso a los medios, de
acuerdo con los niveles de desarrollo de los pa�ses. As�, Brasil y M�xico
pose�an m�s de la mitad de los peri�dicos y de las estaciones de radio y
televisi�n del subcontinente. Aclaremos que las asimetr�as de las que
hablamos se han producido hist�ricamente, aunque haya coyunturas que las
propician o inhiben mayormente. Por ejemplo, Octavio Getino (1998: 12)
refiere c�mo entre 1930 y 1990, "el conjunto de la regi�n produjo unos
10,000 largometrajes. El 90% de dicha producci�n estuvo concentrado en tres
pa�ses: M�xico (46%), Brasil (24% y Argentina (19%)."
La desigualdad en el desarrollo de las industrias culturales nacionales a su
vez se refleja en los flujos e intercambios internacionales. Durante los
�ltimos lustros, el comercio de productos culturales ha crecido
exponencialmente. Entre 1980 y 1998, el valor anual del comercio de bienes
culturales pas� de 95,340 millones de d�lares a 387,927 millones de d�lares
(UNESCO 2000a). Sin embargo, la mayor parte de esos intercambios ocurren
entre un n�mero peque�o de pa�ses: en 1990, Jap�n, Estados Unidos, Alemania
e Inglaterra daban cuenta de 55.4% de las exportaciones mundiales. Francia,
Estados Unidos, Alemania e Inglaterra importaban 47% del total mundial. En
1998, China se sumaba a los dos grupos reci�n descritos, y en cada caso, los
llamados "nuevos cinco grandes" concentraban 53% de las exportaciones y 57%
de las importaciones (ibid.). La UNESCO (1999) calculaba para 1991 un
volumen de comercio mundial en bienes culturales por 196,500 millones de
d�lares, de los cuales correspond�a el 80% a los pa�ses industrializados. El
mundo en desarrollo participaba con el 20% restante y Latinoam�rica y el
Caribe con solamente el 2.5% del comercio cultural mundial. Seguimos
corroborando, entonces, que la "globalizaci�n" ha ido integrando muy
asim�tricamente a las naciones del mundo.
Un informe de la agencia francesa IDATE muestra claramente el proceso de
concentraci�n a nivel mundial que est� ocurriendo en la industria
audiovisual:
1996 vio el inicio de una nueva fase de concentraci�n en la industria, como
resultado de las fusiones de Walt Disney/ABC, Westinghouse/CBS, y Time
Warner/Turner. Esta tendencia lleg� a Europa en 1997 con los lazos que se
establecieron entre Canal+/Nethold y UFA. Finalmente, la clasificaci�n de
las 100 principales compa��as muestra el pronunciado coeficiente de
concentraci�n en el sector:
En un estudio sobre la industria audiovisual iberoamericana (Latinoam�rica,
m�s Espa�a y Portugal), se muestra que cinco empresas concentraban casi el
90% de las exportaciones de cine, video y televisi�n: Televisa, Rede Globo,
Venevisi�n, Radio Caracas TV y RTVE. Las exportaciones de Televisa a su vez
representaban casi el 50% del total. No obstante, las ventas de programas al
extranjero constituyen todav�a un porcentaje peque�o de los ingresos de
estas compa��as.
La expansi�n y diversificaci�n de nuevas opciones audiovisuales (televisi�n
digital, todas las modalidades de TV de paga, DVDs, etc.), que han sido
hechas posibles por la digitalizaci�n, est� ya trayendo nuevas demandas de
productos culturales audiovisuales. Los pa�ses latinoamericanos deben
generar la capacidad para cubrir una parte importante de esa demanda al
interior de cada uno, a fin de no tener que cubrirla principalmente en los
mercados externos. Para que se genere tal competitividad externa, se
necesita crear un ambiente competitivo interno. Pero la convergencia que se
ha ido dando entre las tecnolog�as de informaci�n, las telecomunicaciones y
los medios audiovisuales a su vez est� trayendo consigo otro tipo de
convergencia, en la forma de las grandes fusiones, adquisiciones y alianzas
estrat�gicas entre corporaciones (por ejemplo, del lado del "hardware" las
empresas de telecomunicaciones, con las de televisi�n, para ofrecer
servicios de Internet, TV de cable, telefon�a y entretenimiento televisivo,
entre otras posibilidades, en el lado del "software").
La alta concentraci�n en unas pocas empresas de la producci�n y puesta en
circulaci�n, junto con la disparidad en los flujos e intercambios
internacionales de productos culturales, limitan la diversidad y pluralidad
de las manifestaciones culturales que circulan. Por ejemplo, en Iberoam�rica
el estudio de las principales empresas de televisi�n abierta por nivel de
ingresos muestra que las diez mayores concentran el 70% del total de
facturaci�n del sector.
Hay aqu� una serie de retos para las pol�ticas p�blicas con respecto a los
sectores involucrados, en nuestros pa�ses, que tambi�n son, por cierto,
retos para la investigaci�n social y comunicacional. Solamente partiendo de
informaciones veraces y rigurosas, y de marcos anal�ticos complejos y
cr�ticos, podr�n tales pol�ticas operar a favor de que los desarrollos
tecnol�gicos e institucionales beneficien a nuestros propias naciones, y
dentro de las mismas a las mayor�as despose�das y marginadas por el propio
proceso "globalizador" del capitalismo voraz y excluyente.
Un aspecto importante a recordar es que las dimensiones de la materia
sociohist�rica no est�n aisladas unas de otras. As�, no se puede aislar la
discusi�n, por ejemplo, de la competitividad de las industrias culturales,
con respecto a la tan tra�da y llevada "transici�n a la democracia". Una
empresa, por muy poderosa que sea, no puede constituir todo un sector
industrial.
Se podr�a pensar que, al fomentar la concentraci�n de la propiedad en los
sectores de la comunicaci�n y de telecomunicaciones, se da respuesta a
nuestros problemas de competencia con Estados Unidos; no obstante, al
apostar, como dice el refr�n, por el caballo ganador, se podr�an ocasionar
nuevas dificultades, en la medida en que afecta a la posibilidad de
construir una cultura pol�tica democr�tica. En otras palabras, hay bienes
contradictorios que se debe tratar de reconciliar.
El dilema sigue siendo, como siempre, entre la concentraci�n y exclusi�n, y
la participaci�n social. Tenemos ante nosotros un reto pol�tico, pero
tambi�n acad�mico. Hay mucho trabajo por delante en la investigaci�n
hist�rica y comparativa, que nos puede ayudar a derribar mitos e �dolos como
el de que solamente "hay de una", para entrarle al neoliberalismo y la
globalizaci�n: es decir, privilegiando y favoreciendo a grupos altamente
concentrados y centralizados, y articul�ndonos subordinadamente a un pa�s, o
a un bloque, sin tener en cuenta las necesidades de los numerosos grupos
sociales y �tnicos que conforman hist�ricamente estas realidades tan ricas y
m�ltiples que constituyen a Latinoam�rica, pero que est�n tan terriblemente
olvidadas por la globalizaci�n y sus convergencias.
El mundo "globalizado" y altamente interdependiente (aunque de manera
sumamente asim�trica) no ha logrado borrar las naciones, ni los
Estados-naci�n. Excesivamente acotados, en especial en lo que se refiere a
pol�ticas econ�micas, pero los gobiernos contin�an siendo actores centrales
al interior de cada naci�n, y en el concierto internacional. Reducida, pero
la soberan�a nacional a�n existe y se ejerce. Los pa�ses como entidades
geopol�ticas, geoecon�micas y "geoculturales", siguen teniendo intereses
nacionales de frente a otras naciones y a los nuevos poderes trans- y
multinacionales. La nacionalidad contin�a siendo una referencia
simb�lica-espacial significativa para la inmensa mayor�a de los pobladores
de la mayor�a de las naciones. Si es el caso de que la democracia ha
avanzado en el mundo, y en particular en Am�rica Latina durante las �ltimas
d�cadas, entonces los gobiernos son representantes leg�timos de los
intereses nacionales en cada caso. Entonces, es leg�timo que ejerzan
pol�ticas p�blicas para hacer competitivas y eficientes, plurales y
diversas, sus industrias culturales.
Un pa�s, al igual que un individuo, produce su propia imagen o nadie podr�
hacerlo en su lugar (en ninguna otra parte podr� encontrar lo que existe de
espec�fico y diferenciado en �l: vivencias, paisajes, fisonom�as, modos de
ser, etc.). La imagen, a su vez, forma parte medular y decisiva de la
identidad individual o colectiva. Sin imagen no hay imaginario, y sin
imaginario personal o social se reducen dram�ticamente la identidad y el
autorreconocimiento colectivos. A su vez, la identidad es un recurso
indispensable para el desarrollo integral y efectivo, tanto de los
individuos como de las naciones.
Los productos culturales no son solamente mercanc�as para ser consumidas en
el corto o mediano plazo (como "bienes duraderos" o "no duraderos"). Los
bienes y servicios de la industria cultural son "bienes duraderos" en un
sentido muy diferente al de un refrigerador o un autom�vil. Los productos
culturales son bienes simb�licos, es decir que, adem�s de mercanc�as,
propuestas de sentido sobre el mundo que nos rodea; constituyen abierta o
veladamente, directa o indirectamente, propuestas de definici�n sobre
qui�nes somos (y qui�nes no somos –identidad y alteridad--); los
contenidos simb�licos de los productos culturales proponen socialmente
–-y a veces imponen hist�rica y socialmente-- patrones est�ticos
–- la definici�n de qu� es lo bello y lo no bello--; proponen pautas
�ticas y contribuyen a configurar la moral social prevaleciente (lo
"correcto/incorrecto"; lo "normal/anormal", lo propio y lo impropio, lo
propio y lo ajeno, ... ). Estos bienes simb�licos proponen representaciones
e identificaciones sobre posibles "comunidades imaginarias", desde lo local
hasta lo "global". Es decir, desde las identidades de barrio, pasando por
las identificaciones con lo nacional o con lo "deslocalizado",
trans-nacional. Pueden ser portadoras simb�licas de las nuevas utop�as
sociohist�ricas (mundos posibles). Son universos simb�licos ligados a las
comunidades que los producen y a colectividades afines con las que conectan
a las primeras. Pero tambi�n y principalmente, los productos culturales son
dispositivos s�gnicos que pueden mostrar la gran diversidad, pluralidad y
riqueza de las manifestaciones culturales (en el sentido m�s amplio:
lenguajes, m�sicas, costumbres, vestidos, cocinas, etc.) que existen en el
mundo. A pesar de un cierto optimismo "posmoderno", me temo que las
industrias culturales no est�n mostrando esa enorme riqueza y diversidad,
sino que operan en una combinaci�n de lo "global" (Hollywood, por ejemplo),
con lo local en cada caso. Ni siquiera podemos pensar que los medios de
difusi�n latinoamericanos hayan estado propiciando, durante los �ltimos
decenios, intercambios intensos entre los propios pa�ses latinoamericanos, a
pesar de que se supone que compartimos una lengua y "una" cultura comunes.
Las industrias culturales no pueden ser dejadas sin m�s en las "manos
invisibles", pero ciegas e insensibles, del mercado. Esto no significa
regresar a los esquemas estatistas e intervencionistas del pasado, sino
simplemente que el Estado, en tanto representante leg�timo de quienes
pueblan una naci�n, debe poder regular, u orientar a las fuerzas ciegas de
la oferta y la demanda. Si un gobierno es elegido democr�ticamente y opera
con plena transparencia, sus objetivos y formas de operaci�n efectivamente
representan el inter�s com�n. No se trata, entonces, de "apostar" por el
mercado o por el Estado. La oferta y la demanda son de hecho fuerzas ciegas
que, no hay duda, efectivamente ejercen presiones estructurales sobre los
ciclos de producci�n, distribuci�n y consumo de productos culturales. Pero
ni la oferta ni la demanda poseen inteligencia, ni conciencia propias, ni
sensibilidad humana, ni identidad cultural, o nacional, o �tnica o de
g�nero.
Con la convergencia entre las telecomunicaciones, las tecnolog�as de
informaci�n y los medios de comunicaci�n, est� ocurriendo (en los niveles
nacionales y globalmente) una intensificaci�n del proceso de concentraci�n
de las empresas, con integraciones verticales y horizontales de "hardware y
software", de las redes y los contenidos. Tal convergencia industrial,
tendencia hacia la concentraci�n y centralizaci�n del capital, tiene
implicaciones pol�ticas, en t�rminos de constituirse en un obst�culo
potencial para la pluralidad y la democracia. Ya pasaron y se superaron los
a�os del estatismo e intervencionismo autoritarios de los a�os setenta. Sin
embargo, desde la perspectiva de salvaguardar la diversidad cultural y el
pluralismo pol�tico, la competencia y la competitividad de las empresas
nacionales, los gobiernos democr�ticos leg�timos de la regi�n deber�an
repensar seriamente desde el plano nacional y como regi�n (o como
subregiones) la situaci�n de sus industrias culturales. Dados los
imbalances, desigualdades y asimetr�as que prevalecen en el sector, deber�an
ejercer pol�ticas que impulsen un desarrollo cultural m�s sano, diverso y
equilibrado.
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