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Edit Alba, México 1999 XIII ed
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Madre del silencio y de la
Humildad,
tú vives perdida y
encontrada
en el mar sin fondo del
Misterio del Señor.
Eres disponibilidad y receptividad.
Eres fecundidad y
plenitud.
Eres atención y solicitud
por los hermanos.
Estás vestida de
fortaleza.
En ti resplandecen la
madurez humana
y la elegancia espiritual.
Eres señora de ti misma
antes de ser señora
nuestra.
No existe dispersión en
ti.
En un acto simple y toda,
tu alma, toda inmóvil,
está paralizada e
identificada con el Señor.
Estás dentro de Dios, y
Dios dentro de ti.
El Misterio total te
envuelve y te penetra,
te posee, ocupa e integra todo tu ser.
Parece que todo quedó
paralizado en ti,
todo se identificó
contigo: el tiempo, el espacio,
la palabra, la música, el
silencio, la mujer, Dios.
Todo quedó asumido en ti,
y divinizado.
Jamás se vió estampa
humana de tanta dulzura,
ni se volverá a ver en la
tierra
mujer tan inefablemente
evocadora.
Sin embargo, tu silencio
no es ausencia
sino presencia.
estás abismada en el señor
y, al mismo tiempo,
atenta a los hermanos,
como en Caná.
Nunca la comunicación es
tan profunda
como cuando no se dice
nada,
y nunca el silencio es tan
elocuente
como cuando nada se
comunica.
Haznos
comprender
que el silencio no es
desinterés por los hermanos
sino fuente de energía e
irradiación;
no es repliegue sino
despliegue;
y que, para derramar
riquezas,
es necesario acumularlas.
El mundo
se ahoga en el mar de la dispersión,
y no es posible amar a los
hermanos
con un corazón disperso.
Haznos comprender que
el apostolado, sin
silencio, es alineación;
y que el silencio sin
apostolado, es comodidad.
Envuélvenos en el manto de
tu silencio,
y comunícanos la fortaleza
de tu Fe,
la altura de tu Esperanza
y la profundidad de tu
Amor.
Quédate con los que
quedan,
y vente con los que nos
vamos.
¡Oh, Madre admirable del
Silencio!
¡Gracias, Madre!