Catalina
Romero / VIOLENCIA Y ANOMIA: comentarios sobre una reflexión Fuente:
Socialismo y Participación N° 39; Setiembre de 1987; páginas 75-80.
El
artículo sobre "Violencia y Anomia" que Hugo Neira publica en el
N<? 37 de Socialismo y Participación ha suscitado la atención de diversos
círculos, entre otras cosas, por la novedad que supone en nuestro medio un
enfoque que parte del análisis de la desintegración social que afecta al
país. Según el autor su aporte principal consiste en romper con el esquema
optimista que parte de la influencia de la Ilustración que llevaría a las
ciencias sociales y a otras disciplinas a una visión confiada en el progreso
de la humanidad, o en los procesos de transformación vistos como
estructuración de nuevas formas sociales, pero no a contemplar la posibilidad
de una desestructuración social, de la "fuerza de lo anómico".
Después de una lectura cuidadosa del artículo surgen varias interrogantes
que se pueden plantear al autor. Cuando él descarta a las ciencias sociales
peruanas por el poco aporte que han prestado hasta el momento al estudio de la
violencia, "pese a que como tema se liga al de la supervivencia o no en
el país de instituciones democráticas y transparentes" (p. 2), no puede
uno dejar de preguntarse de qué país se está hablando. Nos remonta a los
años sesenta cuando se empezó a gestar las teorías de la marginalidad
social contrastando la emergencia de los nuevos asentamientos urbanos y de las
nuevas clases populares urbanas con un sistema ideal integrado, frente al cual
se desarrollaba todo un fenómeno de marginalidad. Hoy día el autor del
artículo nos propone pensar en una sociedad igualmente ideal,
"democrática y transparente", no sólo integrada sino
"arreglada", frente a la cual podemos ver surgir una violencia
política y otra descentralizada -no ejercida por el Estado ni las clases
dominantes quizá, y por eso, espontánea- como un nuevo fenómeno emergente,
expresión de la anomia y el "desarreglo" que amenazan con
extenderse a todo comportamiento en el Perú.
Comentar un artículo, puede llevar a seguir paso a paso el razonamiento del
autor, o a tornarlo como una provocación para seguir la reflexión. Un buen
artículo conduce frecuentemente al segundo camino que es el que quisiera
seguir, partiendo de una sensación de desacuerdo que voy a tratar de
dilucidar en estas líneas.
En primer lugar, quisiera tomar el concepto de anomia que usa el autor del
artículo para intentar precisarlo. Comienza refiriéndose a la fuerza de lo
anómico como expresión de lo irregular, de fenómenos como el crimen y el
suicidio, de manifestaciones más vastas de desviación de las normas
sociales. Esta se generalizaría cuando "no se sabe de qué lado están
los que
deben encarnar la ley y el orden (p. 2)". La anomia también será
"el hábito de una violencia casi costumbrista en las relaciones
sociales" (p. 2). Después de la visión impresionista que nos da de lo
que considera la anomia, procede a sistematizar el concepto. Pero su fuente,
el Diccionario Crítico de la Sociología, de F. Bourri-caud nos presenta
resúmenes de un concepto central en la teoría sociológica, inicialmente
adoptado por Durkheim, retomado por Merton, y otros sociólogos americanos
seguidores de Parsons, reduciéndolo a un nivel descriptivo del comportamiento
de individuos en sociedad, perdiendo la riqueza explicativa que le atribuía
el clásico francés, y me atrevo a decir que algunos de los autores
norteamericanos que lo usan. Porque el concepto de anomia en estos últimos
está ligado a la preocupación por recuperar para "el sistema" el
orden perdido. Es en función del sistema existente que se definirá lo
desviante en la sociología norteamericana, lo disfuncional. En cambio en
Durkheim, la anomia significará la falla del sistema mismo, la imposibilidad
en la sociedad de generar consenso, de plantear normas claras de
comportamiento a las que los individuos puedan sujetarse.
Los conceptos usados por tanto son muy diferentes. Y Neira utiliza el concepto
en su sentido americano: le preocupa el desarreglo, la desviación, la
desestructuración. La novedad de su enfoque radica, a mi modo de ver, en que
nos plantea la pregunta contraria: cuál es el orden que se desarregla, el
sistema que se desestructura, la norma de la que se desvía. Si no nos
preguntamos por eí orden, no podemos analizar el desorden, salvo que lo
mantengamos como un modelo abstracto, extranjero, irreal o simplemente
teórico. El Perú ha estado marcado durante su historia por varios
órdenes, diversos arreglos, instituciones adaptadas de
distintos sistemas y en cierta forma se logró un "arreglo" mayor,
se configuró una idiosincracia, se lograron normas comunes y reglas de juego
vigentes. En este sentido la impuntualidad no es un signo de anomia, ni de
desviación, pues se constituye en norma. Los desviados serán los que llegan
puntuales. En esta misma perspectiva, la "violencia casi
costumbrista" que menciona el autor podría analizarse como normativa, es
decir, como violencia institucionalizada y por lo tanto normal en términos
sociológicos; por supuesto términos desarrollados desde una sociología del
orden, que desconoce la diversidad interna, los intereses contrapuestos que
existen en el interior de las sociedades modernas.
Para las Ciencias Sociales en el Perú, la diversidad étnica presente en el
país, la dominación interna, el dualismo estructural, la lucha de clases, el
proyecto popular, son todas maneras de expresar una realidad que no acepta ser
encajonada en un concepto de unidad transparentemente ensamblada, como deja
traslucir el artículo que comento. La realidad peruana es un arreglo del
desarreglo. Padece de una anomia institucionalizada, aunque suene a una
contradicción en los términos, y por eso no puede continuar así. Desde el
siglo pasado los visitantes a nuestro país han percibido lo explosivo de la
situación y han advertido a las clases dominantes que hagan algo. Dos que
recuerdo por especialización son: el Padre Le-bret a fines de los cincuenta,
y el Papa Juan Pablo II, desde Villa El Salvador en 1985.
Pero la situación actual del país invita a usar el concepto de anomia, y los
sociólogos lo hemos hecho muchas veces en el comentario informal y el ejemplo
en clase. Si tomáramos lamisma perspectiva que Neira para analizar la
violencia en el Perú y la ano-mia como elemento explicativo y no sólo
descriptivo, habría que decir que hace tiempo que en el Perú se viene
tomando conciencia de los procesos de "desestructuración" o
descomposición que sufre la sociedad nacional: la crisis de la dominación
oligárquica, las dificultades de la burguesía para constituirse en clase
dominante, las transformaciones de la sociedad rural, es-tamentaria,
discriminatoria, ineficiente; la marginalidad urbana, los movimientos
sociales, el desborde popular, son todos temas tratados en las ciencias
sociales peruanas que corresponden a visiones diversas de un país en pleno
proceso de transformación y por lo tanto de re-estructuración. A estas
temáticas, Neira añade las del desarreglo, la anomia, la desviación. Pero
su novedad radicaría precisamente en el contraste con un supuesto orden.
Una pregunta que me sugiere el artículo de Hugo Neira cuando se refiere al
optimismo escatológico de las Ciencias Sociales es si lo que ha ocurrido más
bien con ellas es que han visto al país desde los elementos desintegradores y
destructivos de un sistema que querían transformar, como él dice, dejando de
ver por opción política los elementos integradores, co-hesionadores.
Por otro lado, no han habido científicos sociales conservadores del orden,
convencidos de lo que Neira llama la "democracia transparente", sin
especificar el período histórico al que se refiere, de la legitimidad del
orden social establecido. Por lo tanto, no se ha producido información
suficiente sobre el país como para detectar sus problemas y enfrentarlos en
niveles posibles de controlar por el sistema: en el del funcionamiento de sus
instituciones y en la distribución de recursos. No ha habido una
"in-telligentzia" conservadora, integrado-ra, capaz de co-optar a
los innovadores y a los "desviados", de resolver las tensiones y
eliminar los factores conducentes a una violencia generalizada, dispersa y
descentralizada.
Volviendo al artículo que comento, al proponerse el estudio de la anomia, en
realidad lo que se propone sin decirlo es aceptar que existe un orden desde el
cual juzgar los desvíos. ¿Cómo estudiar el orden, los distintos órdenes,
los conflictos entre ellos?
Un sociólogo norteamericano de la escuela de Parsons, Neil Smelser, tiene un
libro muy interesante sobre el "comportamiento colectivo" al que
percibe como desviante o amenazante del sistema social general o de los sub
sistemas donde se produzca. Desde esa perspectiva combina la teoría de
Parsons de la acción social, con sus cuatro componentes principales que se
presentan más adelante, y un esquema de condiciones agregadas (combinándose
sucesivamente) conducentes al comportamiento colectivo. El orden se pondría
en cuestión según este modelo en los cuatro campos de la acción social: la
distribución de los recursos materiales, la organización social, las normas
y los valores. Ordenados ascendentemente según el riesgo en que pueden poner
al sistema global, los primeros serían más fáciles de controlar que los
segundos. El esquema corresponde obviamente a una sociedad de abundancia y
donde las ciencias sociales están al servicio del orden establecido.
El comportamiento colectivo cuando ocurre en respuesta a las normas o los
valores pone en cuestión al sistema mismo según la teoría funcionalista.
Por lo tanto debe ser controlado en los niveles iniciales de su desarrollo
tomando en cuenta las seis condiciones que agregadas producen el
comportamiento colectivo: determinantes estructurales, presiones
estructurales, creencias colectivas, un detonante, la organización para la
movilización y las agencias de control directo o indirecto. Nuevamente, la
desviación debe ser controlada en sus niveles iniciales, los estructurales y
las agencias de control deben estar orientadas a ello.
¿Qué pasa cuando los elementos estructurales no pueden ser eliminados y las
agencias de control fallan? Estamos frente a un sistema social inoperante.
¿Pero eso nos puede llevar a pensar en involución?, ¿o en
desestructuración? ¿No es esa una posición igualmente evolutiva que la
criticada? ¿No será que estamos entonces frente a un nuevo sistema operando,
o frente a nuevos órdenes sociales pugnando por aflorar a la superficie
social con la fragilidad propia del recién nacido?
Si el sistema funcionara, y si a alguien le interesara mantenerlo debería
estar actuando en todos sus niveles para contrarrestar los factores
conducentes a la hostilidad, las tensiones, las creencias colectivas, los
factores detonantes, etc., etc.
¿Quiénes están trabajando en esta dirección? Los generadores de un nuevo
sistema, los protagonistas de un nuevo bloque histórico, los creadores de
nuevos gérmenes de vida en el Perú.
El artículo de Neira trasunta pesimismo cargado de realismo, pero sin
esperanza ni propuesta de futuro. Tratando de indagar en el desacuerdo
espontáneo que me produce la lectura del artículo creo encontrar las causas
en dos razones principales. El autor explora una hipótesis de desintegración
que tiene implícito un supuesto de orden previo existente, de integración
anterior que ya he comentado. Ese orden no ha llegado a constituirse por la
incapacidad de la burguesía de configurar un proyecto nacional de desarrollo
para el país que logre hegemonía.
Las ciencias sociales peruanas no han hecho otra cosa que analizar la
descomposición y la desintegración, primero de la sociedad oligárquica, y
simultáneamente de la burguesa. El principal problema es que no han analizado
suficientemente los elementos integradores de uno u otro modelo dominante, y
menos aún los gérmenes de cohesión social de un nuevo sistema que quizá ya
existe y todavía no se percibe. Por este camino va la segunda razón de mi
desacuerdo con el artículo. El autor da poca importancia a los elementos
integradores ya presentes en la sociedad peruana, que pueden ser la base para
la emergencia de una nueva ética, ¿fundante de un nuevo modelo de
acumulación? Es mucho decir, pero como él mismo dice no podemos analizar la
realidad desde modelos acumulativos de progreso sin percibir nuestra
particular ubicación en el sistema internacional tanto político como
económico. Esa ética sí puede ser la base de constitución de una comunidad
nacional capaz de sacrificarse por objetivos comunes y por lo tanto de buscar
un nuevo lugar para los peruanos en la historia propia y del continente en
relación al mundo,
Neira alude a Weber y a Morishi-ma (p. 3) y dice que no ve de qué clase o
grupo puede surgir en el Perú esa religión secular. Se olvida que el
Cristianismo y el Confucionismo no salieron de una clase o un grupo. Según
Ernst Troelsch, historiador del Cristianismo como fuerza social,
contemporáneo de Weber, hay que tomar en cuenta el carácter netamente
religioso del Cristianismo para entender su especial influencia. Una ética
.religiosa cuando se seculariza, se hace sentido común, conciencia colectiva,
creencia generalizada, es más fuerte que un proyecto nacional, que un plan de
gobierno, que un proyecto de acumulación. La ética religiosa, convertida en
ética social es capaz del sacrificio, del desinterés, de la solidaridad, del
riesgo, de la locura. Y esa ética ya existe en el Perú. No es la de la
acumulación capitalista, porque esa misma ética produce hoy día para
nosotros destrucción, corrupción, expectativas imposibles de llenar,
acomodo, viveza. Nos llega transformada en explotación y consumismo.
La nueva ética se gesta en el Perú en el mundo de los pobres, que
ciertamente viven una ascesis indiscutible, y si no, que cualquiera intente
vivir un mes con el nuevo salario mínimo con dos hijos, para que el
sacrificio no sea mucho. Y sin embargo desde ahí construyen su casa, instalan
el agua, crean empresas informales, y discuten sobre el futuro del país. Esa
ética forma dirigentes populares, empresarios populares, administradores
populares, hombres, mujeres y jóvenes sin distinción. Son los cuadros
disponibles para comenzar desde abajo un proyecto democrático en el país.
No es una ética generalizada. No es la ética dominante. Pero ya está ahí.
Puede extenderse si empezamos a pensar en construir este país, porque ya es
el momento. Porque la desestructuración de la que habla Neira indica que ya
estamos pasando a un nuevo momento de nuestra historia, en el que la
hegemonía moral de las nuevas clases populares es posible. Aunque también
sea posible que sean arrastradas por el viejo orden en su descomposición.
Por esto es importante analizar, como lo hace Neira, los elementos
des-estructuradores presentes en el país hoy día. Neira los toma
indiferencia-damente como síntomas de un mismo fenómeno oponiéndose a un
mismo sistema central, o supuesto orden establecido. Un análisis que precise
más el tipo de sociedad que se desestructura es necesario. ¿Se podría decir
por ejemplo que la delincuencia, civil y policial, el narcotráfico, la
corrupción del aparato del Estado son indicadores de la desestructuración de
la sociedad oligárquica-burguesa? ¿O que Sendero Luminoso y la tentación de
la violencia política son indicadores de una inercia desestructuradora que
puede poner en riesgo a la nueva sociedad?
Lo que me atrevería a sostener es que las fuerzas reformistas y
revolucionarias del país, las que en los treinta fueron revolucionarias, y
las que en los sesenta lo fueron, no saben reconocer hoy el momento histórico
que deben enfrentar. Las de los treinta porque alejaron su proyecto del pueblo
y son hoy día políticos tradicionales con honrosas excepciones. Las del
sesenta y setenta porque están amarradas todavía a la doctrina de la lucha
como el único canal para llegar al poder en el proceso de la cual se
forjaría la nueva clase dirigente. Como si la larga marcha que emprendieron
las clases populares de nuestro país hace ya casi treinta años no fuera ya
parte de la lucha, cargada de sacrificio, forjadora de conciencia y de
autonomía.
Es cierto que la violencia alcanza niveles alarmantes. Es cierto que debemos
prestarle una atención prioritaria. Pero la mejor respuesta será empezar a
construir. Algunas propuestas están: descentralización del Estado a todo
nivel. También de la administración de justicia. Operatividad de las
instituciones. Pero no sólo éstas, que ya está probado que no funcionan.
Las otras que ya están existiendo. Honestidad y eficacia en la gestión;
voluntad de servicio y dedicación al trabajo; consideración a la persona
humana sin distinción de raza, sexo, clase, militancia, ciudadanía,
nacionalismo, identidad, son conceptos que expresan la vocación constructora
de nacionalidad de los portadores de una nueva ética.
La pregunta de fondo que propongo es si estamos dispuestos a aceptar que ya es
tiempo de construir el nuevo sistema que hemos venido gestando los últimos
treinta años, si estamos dispuestos a aceptar que para transformar el mundo y
cambiar la sociedad hay que saber auscultarla, percibir los latidos, y recibir
a la nueva criatura cuando ésta se dispone a nacer. Con toda su fragilidad y
con todos los riesgos pero también con todas las posibilidades por delante.
Sommaire
Un article de Hugo Neira, "violen-ce et anomie, reflexiona pour essayer
de comprendre", ("violencia y anomia, reflexiones para intentar
comprender") publié dans le numero 37 de "Socialismo y
Participación", (mars 1987, 1-13 p.). a suscité, semble-t-ü, des
debáis dans les cercles des scien-ces sociales du Pérou, autour de la notion
meme d' "anomie" et des phé-noménes de "déstructuration
sociale" que Neira a cru trouver dans la so-ciété péruvienne actuelle.
Catalina Romero, sociologue, se charge de transmettre aussi bien les échos
que les critiques. Notre revue le publié sans autre commentaire que cette
breve note.
Summary
Neyra's work "Violencia y Anomia, Reflexiones para Intentar Comprender", published in the previous issue of this journal, seems to have origi-nated a debate on the analytical ca-tegory, "anomia", and the related social problems of our country. This article presents a criticism of Neyra's work as parí of the foregoing reac-tion.