Recorrido a Rayones
Este domingo nos quedamos de ver Roberto, Leonides y yo a las 8 de la mañana en el entronque de la Carretera Nacional con la Carretera a Rayones. Ya para las 8:30 comenzamos a pedalear, comenzando el primer tramo de esta travesía, nueva para cada uno de nosotros. Conforme avanzábamos por la estrecha carretera, atravesando un llano extenso enmarcado por la cordillera lejana de la Sierra Madre Oriental, íbamos platicando acerca de diferentes recorridos y acerca de lo que nos esperaba en éste. Recorrimos los primeros 9 kms. casi sin darnos cuenta, hasta que pasamos por la "majestuosa" entrada al Bioparque Estrella; fue entonces cuando frente a nosotros, vimos enalzarse la montaña que debíamos cruzar.
La carretera comenzó a ascender moderadamente, llevándonos poco a poco de un bosque de vegetación submontana a un verdadero bosque de coníferas, en donde el clima se sentía más benévolo, gracias al viento de la montaña y a la ligera capa de nubes que tapaba el sol matutino. Pasamos el primer tercio de la mitad del recorrido, al llegar a la antena de microondas instalada en un pequeño puerto, y continuamos ascendiendo, admirando el paisaje y un bellísimo pico que se elevaba de entre las cumbres boscosas. Al respecto de esto, más adelante nos detuvimos a platicar con unos excursionistas que nos dieron las indicaciones para subir caminando a este pico sin nombre. Continuamos nuestro camino, y más adelante pasamos un paso de montaña, una curva que nos llevó del otro lado de la ladera, pero no aún de la sierra, ya que aún se veía la delgada línea de la carretera ascendiendo la montaña frente a nosotros.
Poco después estábamos llegando al más alto paso, y cruzándolo hacia el otro lado, nos adentramos en una nube que cubría la carretera, la cual serpenteaba entre paredes de roca cubierta de musgo y humedad. Improvisamente las nubes se disiparon, dejando al descubierto un barranco de cientos de metros de altura, en cuyo fondo se divisaba el lecho gris de un arroyo, alimentado por numerosas bajadas de agua que recorrían las laderas de las montañas frente a nosotros. Continuamos avanzando, ahora en un tramo plano que nos llevó hasta el puerto que marca la mitad del camino a Rayones; un mirador desde donde podíamos divisar el barranco que acabábamos de admirar, y del otro lado, otro barranco, costeado por la continuación de la carretera, ahora descendiendo hasta perderse de vista al dar la vuelta a la montaña.
Tras un breve descanso, comenzamos el descenso de más de 25 kilómetros casi continuos, pasando por una bellísima cascada vertical, y bordeando más allá de la curva que se divisaba desde el puerto, un precipicio en cuyo fondo se observaba un cañón por el que serpenteaba el Río Pilón. Más adelante, llegamos al punto de menos altitud, al cruzar el puente sobre este río; entonces comenzó uno de los tramos más difíciles del recorrido: casi 10 kilómetros de carretera plana y en "sube y baja", con un entorno árido y abrasado por el sol del mediodía, e ignorado por el viento. Fue así como tras varios esfuerzos, llegamos a la cima de una bajada en cuyo fondo se divisaba el arco de bienvenida a Rayones.
Llegando al pueblo, lo primero que hicimos fue dirigirnos a la tienda de la esquina en la plaza, y tomarnos unos jugos y una coca para rehidratarnos y "reglucosarnos"; después, nos fuimos a echar al pasto de la plaza, para descansar mientras comíamos nuestras provisiones. Mientras descansábamos, decidimos comenzar el regreso a las 3 de la tarde, para alcanzar a llegar con luz a los carros. Nos preparamos comprando una bolsa de hielo y bastante agua y gatorades; llenamos los camelbaks con más hielo que agua, y nos tomamos lo que no cupo en las ánforas. Así, después de 1 hora y media de descanso, nos despedimos del pueblo, dirigiéndonos por sus calles empedradas hacia la carretera de regreso.
El regreso prometía ser bastante agotador, así que nos fuimos a un paso calmado, deteniéndonos para breves descansos en diversos puntos de la subida. Afortunadamente, el cielo se fue nublando, ocultando el sol, y trayéndonos un viento favorable a nuestro ascenso. Así, poco a poco, fuimos acercándonos al puerto, hasta llegar a él un poco antes de las 7 de la tarde. El paisaje desde el punto más alto de la carretera, con el cielo nublado, era realmente bellísimo. Tomamos las últimas fotos, y comenzamos el descenso hasta el Bioparque; con un último esfuerzo, completamos el último tramo plano hasta los carros, llegando exactamente a las 8 de la noche, habiendo recorrido en total entre 104 y 110 kms. (diferencia de distancias en los odómetros de Roberto y Leo).
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Reservados © 2005. Travesías El Ciclista Errante
Fotografía: Bernardo Marino