Exploración del Cañón La Sandía



La entrada al Cañón La Sandía

A las 8:20 llegué al estacionamiento del 2o parque de La Huasteca, donde estaban terminando de preparar sus mochilas y bicicletas Marcos, Kenji y Jose Luis. Durante la semana nos habíamos puesto de acuerdo para hacer un recorrido calmado hasta Las Tinajas, aprovechando la ida para continuar con la búsqueda del camino de entrada al imponente Cañón La Sandía y comenzar su exploración. Comenzamos a pedalear, disfrutando de la mañana nublada y fresca que reinaba en las montañas de La Huasteca, resultado de las lluvias en días pasados; la mayoría de las cumbres estaban ocultas detrás de densas nubes, y no parecía que el sol fuera a salir pronto. Aprovechamos de esta ventaja para continuar a buen paso hasta La Cortina Rompepicos, donde nos detuvimos a discutir lo que haríamos primero. Después de analizar el mapa topográfico que llevaba, decidimos dedicarnos por completo a la exploración del cañón.

Montañas de La Huasteca

Lo primero que debíamos hacer era encontrar el rancho Corral de Palmas, ya que el mapa indica que de ahí comienza la vereda que va al Cañón La Sandía. Tomamos una brecha que yo había divisado la última vez que había andado por la zona, pero más adelante nos conectó con el camino principal. En eso pasó una camioneta con lugareños, y les preguntamos indicaciones sobre el rancho, pero no obtuvimos mucho más de lo que ya sabíamos. A diferencia de los demás, que se encuentran sobre el camino o muy cerca de él, este rancho no se divisa ni desde lejos, por lo que batallaríamos para encontrar el camino que nos llevara a él. Llegamos a Las Comitas, que en el mapa es el rancho que sigue después de Corral de Palmas, iendo rumbo a Las Tinajas. Las Comitas casi siempre está solo, pero por suerte ahora sí había gente, y nos dieron indicaciones más precisas sobre la entrada al rancho que buscábamos.

Antes de continuar, nos detuvimos a descansar bajo una sombra, ya que justo en esos momentos el sol estaba asomado por entre la bruma del cielo gris. Después de reponer algo de fuerzas nos dirigimos de regreso por el camino andado, y, de acuerdo a las indicaciones que nos habían dado, nos internamos por el río seco que corre paralelo al camino, y lo cruzamos hasta llegar a la pared del lado opuesto. Fue aquí donde comenzamos a ver marcas de llantas de camioneta en las piedras, y siguíendolas, llegamos al inicio de una brecha que se internaba en la vegetación, con rumbo a las montañas que albergan el Cañón La Sandía. Más adelante, pasamos una cerca, y llegamos al rancho Corral de Palmas. Después de estar llamando un rato a alguna persona que nos diera permiso de pasar, apareció un señor, seguramente el propietario del rancho, que muy amablemente nos lo dió, a condición de que cuando regresáramos, cerráramos la reja del rancho con el candado que dejarían abierto, ya que probablemente para la hora de nuestro regreso ellos no estarían ya ahí.

La inmensa pared del pasadizo

El camino de aquí en adelante se tornó sumamente pedregoso, y ascender por él sin perder el equilibrio y caerse era bastante difícil, pero poco a poco avanzamos hasta llegar a una curva; desde aquí se divisaba en todo su esplendor el valle debajo de nosotros; a nuestra derecha, no muy lejos se veía la majestuosa entrada al Cañón La Sandía, como un portal excavado en la pared de la montaña. Después de una ligera bajada, llegamos al arroyo seco que venía del cañón; antes de continuar, levantamos un señalamiento de piedras para indicar el camino por el que habíamos llegado y así evitar algún error a la hora del regreso. Avanzamos por el arroyo cargando las bicis, ya que por la cantidad y disposición de rocas que la corriente había arrastrado, y por el terreno mismo era imposible pedalear. A medida que nos íbamos internando al cañón, las paredes a nuestro alrededor eran cada vez más altas, y descubríamos múltiples e impresionantes formaciones rocosas.

Más adelante, decidimos dejar las bicicletas en algún lugar para poder avanzar con más facilidad, así que después de buscar, encontramos un pequeño rincón medio oculto donde las "escondimos" como mejor pudimos. Continuamos avanzando, aproximándonos a una inmensa pared totalmente vertical y que se alzaba a por lo menos unos 250 metros por encima de nosotros; justo antes de llegar, había una curva cerrada donde el arroyo daba vuelta para ir a dar al lado de esa inmensa pared. A continuación, observamos una vista maravillosa: un pasillo angostísimo entre la pared mencionada y otra de menor magnitud pero no por eso menos impresionante. Gran parte de ese estrecho pasillo estaba ocupado por una grande cantidad de lodo solidificado, una mezcla de tierra y cientos de piedras unidas en una amalgama durísima. Eso nos hizo imaginar la increíble fuerza y magnitud de la corriente que durante los días de huracanes o largas lluvias ha de pasar por aquí. Las paredes de este pasillo son prácticamente lisas, y la mayor de ellas, es convexa es su parte superior. Caminamos por el cañón admirando esta obra majestuosa de la naturaleza, y al final cruzamos una reja roja que la corriente había respetado; más allá, el pasillo estrecho terminaba y tras una curva, llegamos a la salida del cañón. Frente a nosotros se alzaban montañas solitarias cubiertas de bosques, y el cauce del arroyo se internaba en ellos, serpenteando bajo los árboles. Esta era la continuación del Cañón La Sandía, que va a conectarse mucho más allá con el Cañón de San Judas. Pero la exploración que teníamos contemplada para este día terminaba aquí, así que emprendimos nuestro regreso, después de admirar estos lugares maravillosos.

Desandamos el camino sin contratiempos, y todavía había gente en el rancho Corral de Palmas cuando pasamos por ahí. Era ya alrededor de la 1:30 p.m., así que sin detenernos ya continuamos hacia La Huasteca. Después de arreglar una ponchadura, terminamos el último tramo, aprovechando la falta de gente en estos parajes, gracias a los pronósticos de lluvia, que al final, al menos en esta zona de montañas, no se cumplió. Llegamos a los coches, y nos preparamos para irnos, felices y conscientes de que la Huasteca esconde mucho más de lo que ofrece a primera vista a quien la contempla.




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