Exploración del Cañón de Ballesteros
El pasado domingo 1 de Mayo nos reunimos Hugo, Juan, Mariana y yo, para realizar la exploración completa del Cañón de Ballesteros, y completar el recorrido saliendo por el Cañón El Diente.
El Cañón de Ballesteros es el extenso valle localizado detrás de la sierra de Chipinque. A primera vista, da la impresión de ser un lugar desértico y sin ningún atractivo. Sin embargo, nuestro interés por este cañón surgió al saber que por aquí se puede conectar La Huasteca con el Cañón de El Diente.
Comenzamos a caminar hacia La Nogalera un poco tarde, a las 8:30 a.m., así que no dudamos en aceptar el raid que nos ofreció una familia que se dirigía a uno de los ranchos internos; llegados a la quinta, platicamos un poco con el dueño, para preguntarle acerca de ciertos detalles del camino, y entonces continuamos a paso rápido, internándonos en el valle, y uniéndose a nosotros un perro salido del rancho. Perro que resultó ser un verdadero aventurero...
A medida que avanzábamos por el valle, la vegetación fue cambiando de matorral submontano, a un bosque mediterráneo que ascendía las laderas de la sierra a nuestro lado derecho, hasta topar con las paredes de roca totalmente verticales, que surgían repentinamente y se enalzaban a varios cientos de metros hacia el cielo despejado. A nuestro lado izquierdo, se erguía la cara sur de la sierra de Chipinque, drásticamente diferente a la cara norte: mientras ésta última es muy boscosa, la que nosotros contemplábamos es desértica, aunque no por eso menos bella. Una larga y delgada franja de nubes cubría toda su cresta, dándonos indicio de cómo del otro lado, en Monterrey, el cielo estaba nublado; nosotros, en cambio, disfrutábamos de un sol caluroso y un cielo claro con escasas nubes.
Avanzábamos siguiendo los señalamientos, y consultando el mapa topográfico. Al final del valle, se enalzaba un peñasco, con un puerto a cada lado; el ranchero nos había comentado que debíamos de cruzar por el puerto del lado izquierdo, llamado La Mielera, pero nos dimos cuenta de que el camino seguía cargado hacia el lado derecho. Decidimos confiar más en las flechas pintadas en las rocas, los listones rojos y azules, y las torretas de piedras que nos indicaban la dirección a seguir. Fue así como, después de pasar una "cabaña" abandonada, nos fuimos internando en una cañada boscosa, ascendiendo por cascadas secas y saltos de agua. Después de mucho subir, la vegetación comenzó a cambiar de nuevo: empezamos a ver pinos, pero también bastantes árboles quemados, víctimas de un incendio ocurrido hace varios años. Aún así, el entorno en este lugar es bellísimo. Finalmente terminó la subida y llegamos al puerto, una pequeña meseta desde donde observamos a lo lejos un peñasco vertical, que tal vez era la punta de El Diente. De todos modos, frente a nosotros las laderas de las montañas a nuestros lados, totalmente cubiertas de un bosque tupidísimo, se unían formando una cañada bastante empinada, descendiendo en dirección al peñasco.
Comenzamos a descender por una vereda angosta y cobijada por las ramas de los árboles que la cubrían con su sombra. A un cierto punto, escuchamos el sonido de un arroyo, y más adelante cruzamos un pequeñísimo riachuelo, pero cargado de bastante agua, que cruzaba hacia nuestra izquierda y formaba una cascada en la cañada. Un poco más adelante, observamos una cruz de color azul, que rendía memoria a un excursionista fallecido, en cuyo honor, se conocía con su nombre este recorrido. Continuamos descendiendo por la cañada, a veces por la vereda sobre las laderas, y a veces sobre las rocas mismas del arroyo, buscando siempre los señalamientos. Finalmente llegamos a una pequeña cascada, donde el camino cruzaba a la izquierda. Nos detuvimos a tomar unas cuantas fotos, y continuamos bajando siempre por la cañada. Fue entonces cuando comenzamos a batallar para distinguir la vereda.
Ya que el suelo estaba completamente cubierto por hojas secas, teníamos dificultad para vislumbrar el camino, por lo que debíamos de seguir por el arroyo, abriéndonos paso a través, o más bien por encima de las rocas, los troncos caídos, y las ramas atravesadas. Continuamos avanzando así, e inclusive en una o dos ocasiones vimos de nuevo un listón señalador, pero bastante viejo y descolorido. Llegó un punto en que tardábamos bastante en avanzar unos cuantos metros, y ya eran alrededor de las 6:00 p.m. pasadas, por lo que nos quedaba más o menos una hora y media antes de tener que utilizar las linternas. Fue en eso que vimos frente a nosotros, un poco más abajo, algo que nos anunció que nos habíamos equivocado de camino: una pequeña cascada, que formaba un estanquillo en la roca debajo, y más allá, un voladero de una altitud incalculable, precisamente porque no alcanzábamos a ver el suelo del otro lado. Solamente se veía la pared vertical del lado opuesto. Habíamos llegado a una cascada de altitud enorme, y no había manera de bajarla.
La pared a nuestra derecha presentaba un pequeño espacio, al que subimos y por el que pudimos avanzar un poco más; alcanzamos a dar la vuelta al cañón y llegamos a un pequeño miradorcito desde donde podíamos observar la continuación del cañón. Frente a nosotros, estaba ya la ciudad, el Cerro de La Ermita, y más allá, el Cerro de La Silla y la Carretera Nacional. Debajo de nosotros, se alcanzaba a ver el lago de la mina abandonada, y el camino que llevaba a ella; a nuestra izquierda, se erguía altísima la pared sur del peñasco de El Diente. Después de discutir las opciones, decidimos que pasaríamos la noche en ese lugar, ya que sólo yo llevaba linterna, y con un único juego de pilas, lo cual no nos alcanzaría para todo el trayecto de regreso. Además, ni siquiera sabíamos con certeza en qué punto habíamos equivocado el camino, por lo que tampoco convenía tratar de buscar la desviación correcta en medio de la noche. AFORTUNADAMENTE, los teléfonos celulares recibieron señal en este punto, y pudimos llamar a nuestros padres para evitar que se preocuparan. Decidimos también comunicarnos con Protección Civil (PC), para que nos echaran la mano y vinieran por nosotros para guiarnos por el camino correcto.
Estuvimos como 1 hora con llamadas con PC y nuestros familiares, y mientras tanto construimos un refugio contra el viento, reunimos leña e hicimos una fogata bien resguardada y apartada de la maleza, para evitar un incendio. La verdad es que la meseta fue un lugar bastante favorecedor y propicio para nuestra situación, ya que estaba planita, el suelo tenía bastante tierra en vez de piedras, y estaba algo resguardada del viento y de posibles agresores naturales como osos. Al respecto de ésto, de todos modos el perro al que ya llamábamos "Lassie", por su extrema habilidad de sortear cualquier obstáculo orográfico, permaneció junto a nosotros todo el tiempo, y hasta gruñía cuando uno de los otros 2 perros, que también desde el inicio del recorrido se habían unido a la excursión, se intentaba acercar al calor de la fogata.
Pasamos la noche platicando amenamente, aunque con bastante frío, pues no llevábamos más que un rompevientos cada quien, lo cual no bastó para el clima nocturno de la montaña. Continuamente teníamos que pararnos a buscar más madera seca para alimentar nuestra fogata; el cielo obscuro poco a poco fue nublándose a medida que transcurría la noche, hasta el punto que dejamos de ver las luces de la ciudad; la amenaza de mal tiempo se cumplió al despertarnos en la madrugada y sentir una ligera llovizna que era más que el sereno. Procedimos entonces a crear un refugio para la lluvia, y justo alcanzamos a terminarlo antes de que nos empaparamos totalmente.
Fue así como alrededor de las 10 a.m. llegaron los de Protección Civil, con quien caminamos de regreso por la cañada hasta la cascada en donde el día anterior nos habíamos detenido a tomar fotos; ahí era el punto en donde nos habíamos equivocado de dirección, principalmente por dos razones: 1) no nos detuvimos a observar las laderas, en busca de algún señalamiento, por el hecho de que no había ningún cambio perceptible en la topografía, y 2) el fregado listoncito que solitariamente señalaba el camino estaba completamente despintado. Ayudamos a los de PC a tapar con troncos la desviación incorrecta, y edificamos una torreta de piedras junto a la continuación del camino, para evitar futuros errores. Seguimos caminando bajo la llovizna, subiendo una larguísima ladera, hasta que llegamos a un puerto llamado Lagartijas; del otro lado, descendimos por una vereda estrechísima, muy empinada, y sumamente resbalosa. Calculo que tan sólo en ese descenso nos aventamos más de 600 mts. de desnivel. Frente a nosotros y entre los árboles del bosque, no distinguíamos más que neblina, pero al final comenzamos a vislumbrar una pared de roca: habíamos llegado a un cañón seco.
Este cañón resultó ser impresionante; tardamos más de tres cuartos de hora en recorrerlo, descendiendo todo el tiempo entre las rocas inmensas que formaban el lecho de su río. Por la neblina no se alcanzaban a ver las puntas de las paredes, cuya altitud ciertamente era enorme, pues descendimos por lo menos otros 500 metros hasta llegar a un arco formado por una roca inmensa incrustada a escasos metros del suelo, entre las dos paredes del cañón. Más adelante, pasamos por la cabaña que utilizaban los trabajadores de la mina de yeso, "La Yesera", cuando ésta aún estaba en función. En el claro cerca de la entrada a la mina, desde donde escurría un arroyo que formaba una cascada bellísima, nos esperaba la camioneta de Protección Civil. Recorrimos en ella el último tramo hasta la zona de Valle Alto, y ya nos dejaron por Satélite, desde donde nos fuimos a la casa de Juan, donde habíamos dejado los carros la mañana anterior.
Los tres perros aventureros continuaron siguiéndonos, y aún corrieron valientemente detrás de la camioneta de Protección Civil, determinados a seguirnos hasta el final. Le tuvimos que acelerar para perderlos de vista... ojalá hayan podido regresar con bien a sus ranchos en La Huasteca, tras un largo camino por desandar.
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Fotografía: Bernardo Marino