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Había una vez veinticinco soldaditos de
plomo. Todos tenían el mismo aspecto serio y marcial, con sus fusiles
y cañones y sus impecables uniformes rojos y verdes. Cuando se abrió la caja en que los
habían colocado, las primeras palabras que escucharon, fueron: –¡Soldaditos de plomo! Era la alegre voz de un niño. Había
pedido que se los regalaran para su cumpleaños.
Feliz, el niño empezó a colocarlos en
fila. Entonces se dio cuenta de que todos eran iguales, excepto uno al que le
faltaba una pierna. Pero éste era tan marcial y se mantenía tan
firme como cualquiera de sus compañeros. El niño puso los soldados junto a otros
juguetes. Entre éstos sobresalía, por su majestuosidad y gran
tamaño, un castillo medieval. Aunque era muy hermoso, mucho más
bella era la jovencita que estaba a la entrada del castillo. Ella
vestía un traje blanco adornado con una gran flor de brillantes.
Tenía los brazos extendidos hacia arriba y se sostenía en la
punta de un solo pie. "Creo –pensó entonces– que
esta joven me convendría. Pero yo soy muy poca cosa para ella. Es la
dueña del castillo y yo sólo tengo un pequeño lugar
entre mis restantes compañeros. Bueno, trataré de llegar a un
acuerdo con ella." El soldadito podía contemplar a la elegante
bailarina desde detrás de su caja. La joven continuaba inmóvil,
sosteniéndose sobre una sola pierna.
–¡Vaya con el soldadito!
–rió irónico– ¡Debería pensar en lo
mal que se ve, cojo y con cara de tonto! Pero el soldadito fingió no oírlo.
Al día siguiente, mientras los niños
jugaban, uno de ellos, sin saber cómo, puso al soldadito en el borde
de la ventana. De pronto ésta se cerró y el soldadito
cayó a la calle. La caída desde el tercer piso fue terrible; la
bayoneta quedó clavada entre los adoquines de la calzada. Empezó a llover copiosamente. Más tarde, cuando ya no llovía,
pasaron por allí dos niños. –¡Mira, un soldado de plomo!
–exclamó uno de ellos–. ¿Hacemos un barco de papel
y lo ponemos dentro?
Hicieron un barquito con papel de diario y
embarcaron al soldadito en él. Luego pusieron el barco sobre la
corriente de agua que había dejado la lluvia en la calle. ¡Pobre soldadito! Enormes olas azotaban el
barco mientras él intentaba, aterrado, mantenerse firme en su puesto. –¿Adónde llegaré, Dios
mío? –se preguntaba angustiado el soldadito. Ese maldito
muñeco es el culpable de este desastre. El quería apartarme de
la joven del castillo. ¡Si al menos ella estuviera a mi lado!
Entonces vio que a la entrada de la alcantarilla
había una enorme rata gris. –¡Eh, eh! ¡No corras tanto!
–chilló la rata-. Muéstrame tu pasaporte. Si no
está en orden, no puedes pasar por mi alcantarilla. Pero el soldadito continuó imperturbable,
sujetando firmemente su fusil. El barquito siguió navegando sin
detenerse. La rata nadó furiosamente en
persecución del soldado, gritándole que se detuviera porque no
tenía pasaporte ni había pagado para transitar por su
territorio.
Ya casi no quedaba rastro del barquito cuando
éste fue tragado por un pez enorme. El soldadito sintió una
extraña sensación cuando se encontró en el
estómago del pez. La oscuridad era total y estaba más
estrechó que en la caja donde había vivido con sus antiguos
compañeros. Pero nada dijo y continuó empuñando
firmemente su fusil. –¡Miren! ¡Un soldado de plomo!
¿Qué había ocurrido? El pez había sido pescado,
llevado al mercado, comprado por la cocinera de la casa y, un momento antes,
la criada lo había destripado. Tomando al soldado entre sus dedos, lo
lavó y luego lo llevó a los niños, mostrándolo
como un caso extraordinario.
–¡Es el mismo! –gritó uno
de los niños. Y el soldadito volvió a encontrarse en la misma
salita de juegos que ya conocía. Todo seguía igual. Estaban los
mismos niños, los mismos juguetes..., su bailarina, en la puerta del
castillo, sosteniéndose todavía sobre el mismo pie y
fascinándole con su mirada radiante. Muy emocionado, el pobre soldadito, que tenía
un corazón muy sensible, estuvo a punto de llorar de alegría.
Pero tenía conciencia de que las lágrimas son incompatibles con
el uniforme. Entonces se limitó a contemplarla en silenciosa
admiración. Seguramente el cruel muñeco del reloj de
pared había sabido inspirar tan extraña conducta al
niño. Y allí, entre las llamas de la chimenea, el
soldadito se preguntaba si era el fuego de los leños o el fuego de su
corazón lleno de amor el que lo consumía. Sus hermosos colores
ardían, desdibujándose lentamente, mientras él miraba a
la bella bailarina, que le correspondía con expresión
angustiada. Entonces ocurrió algo milagroso. Una puerta
se abrió y, al mismo tiempo, una ventana. La corriente de aire
levantó a la joven bailarina, haciéndola volar hasta la
chimenea. En un instante la envolvieron las mismas llamas que
derretían al soldado. Así, ambos, soldadito y bailarina, quedaron
totalmente derretidos. Al día siguiente, cuando la criada fue a
encender la chimenea, sólo quedaban un pedazo de plomo en forma de
corazón y, junto a él, una hermosa flor de brillantes. |
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