CORAZON
Edmundo De Amicis
Versión Abreviada
(Public Domain Version)
Edited by Jorge E. Nogales
Octubre
Lunes 17.- Hoy ha sido el
primer día de clase. Los tres meses de vacaciones, que al principio me
parecían tan largos, se han esfumado. Esta mañana, mi madre me ha
llevado a la sección Bareti para inscribirme en tercer curso.
Durante el camino me acordaba mucho del campo y me daba rabia tener que
comenzar las clases de nuevo. Todas las calles próximas al colegio
estaban llenas de niños acompañados de sus madres, comprando
lápices, cuadernos, libros, etc.
Al llegar a la puerta del colegio, alguien me dio un golpecito en el hombro. Me
volví y vi a mi antiguo profesor de segundo, que me dijo sonriente:
"¡Vaya, Enrique! ¿Conque nos separamos para siempre?."
Sus palabras me impresionaron.
El vestíbulo del colegio estaba lleno de señoras, criadas,
niños cargados de libros, y de él salía un ruido infernal.
Sentí alegría al ver de nuevo la gran sala con las siete puertas,
ante las cuales había pasado casi diariamente durante tres años.
Encontré a algunos de mis antiguos compañeros más gordos y
más altos. Los pequeñines que por primera vez iban al colegio no
querían entrar en las aulas y chillaban con fuerza, llamando a su
mamá.
Mi hermano entró en la clase de la señorita Delcato y a mí
me correspondió el profesor Perbono. Sólo unos quince muchachos
eran antiguos compañeros míos en una clase de cincuenta y cuatro.
Entre mis amigos de segundo estaba Deroso, el que siempre sacaba primer premio
en todo.
Yo me acordaba del campo, y también de mi antiguo profesor, tan alegre y
cariñoso; tan rubio y pequeño que casi parecía uno de
nosotros. El señor Perbono es alto, con el pelo gris y una arruga recta
en la frente. Nos mira a los ojos fijamente uno por uno, como si quisiera leer
dentro de nosotros.
Yo pensaba: "¡Hoy el primer día! ¡Y quedan nueve
meses!".
Martes 18.- Desde esta mañana me gusta el nuevo profesor. He
visto cómo algunos de sus antiguos alumnos venían y le saludaban.
Yo me daba cuenta de que le querían mucho y hubiese deseado seguir con
él.
A primera hora nos comenzó a dictar, paseando entre los bancos. Uno de
los chicos estaba colorado y tenía unos granitos en la cara; el profesor
se paró y, levantándole la barbilla, le preguntó
qué le pasaba. Entonces, un chico de atrás comenzó a hacer
tonterías. Como si lo hubiera adivinado, el maestro se volvió y
le vio.
Se acercó a él lentamente, le puso una mano sobre la cabeza y le
dijo: "No vuelvas a hacerlo". Luego se sentó en su estrado y
nos dirigió la palabra: "Escuchadme: hemos de pasar un año
juntos, y lo que debemos hacer es estar lo mejor posible. Yo no tengo familia.
Vosotros sois mi familia. El año pasado tenía a mi madre, pero se
murió; ahora vosotros debéis quererme y respetarme, como yo os
quiero. No me prometáis nada; sé que en el fondo del
corazón lo habéis hecho ya".
Viernes 21.- Este año
han empezado las clases con desgracia. Iba al colegio acompañado por mi
padre, cuando vimos un gran tumulto a la puerta. La gente se apiñaba
diciendo: "¡Pobre muchacho! ¡Pobre Roberto!".
Resulta que un niño pequeño iba a ser arrollado por un
autobús cuando se escapó de la mano de su madre; otro chico lo
vio y se lanzó valientemente en su auxilio, logrando empujarle para
ponerle a salvo, pero él no anduvo lo bastante listo y le pasó
una rueda del vehículo por encima del pie.
Mientras nos lo contaban entró una señora gritando y llorando:
era la madre de Roberto. La madre del niño salvado la abrazó con
fuerza. Poco después, el director salió de su despacho con
Roberto en brazos y le metió en un coche que le condujo al hospital. Las
madres sollozaban, emocionadas ante el magnífico gesto del muchacho.
Sábado 22.- Ayer,
por la tarde, entró en clase un nuevo alumno, de pelo muy negro y rostro
moreno. El maestro nos contó que era calabrés, de Calabria,
región de Italia que había dado hombres ilustres a la
nación. Nos recomendó que le tratásemos
cariñosamente para que no se sintiera extraño.
Dicho esto, llamó a Deroso, como primero de la clase que era, para que
le diera un abrazo en nombre de todos. El calabrés le besó ambas
mejilla y todos aplaudieron.
Cuando el recién llegado se sentó en su sitio, sus
compañeros más próximos le regalaron estampas y
lápices, y un chico del último banco le mandó un sello de
Suecia.
Martes 25.- El muchacho que
mandó el sello al calabrés me resulta muy simpático. Se
llama Garrón, y es el que más años tiene de la clase: casi
catorce. Tiene la cabeza grande y cara de buena persona. Piensa como un hombre.
Ahora ya conozco a otros muchos de mis compañeros. Hay uno que se llama
Coreta y siempre está alegre. Nelle es jorobado y de rostro descolorido.
Hay otro muy bien vestido, Votino, que siempre se está sacudiendo las
motas de la ropa.
En el banco que está delante del mío hay uno a quien llaman
albañilito porque es hijo de un albañil; sabe poner hocico de
liebre con mucha gracia, y todos piden que lo haga. A su lado se sienta Garofi,
un tipo con nariz de loro que siempre anda vendiendo cromos y estampas, y se
escribe la lección en las uñas para, cuando le preguntan, leerla
a hurtadillas.
Hay un señorito llamado Carlos Nobis, que parece orgulloso; está
sentado entre dos chicos que me son simpáticos. Uno tiene un brazo
inmóvil y su padre está en América.
A mi lado se sienta Estardo, que no habla con nadie, y sobre todo está
siempre muy atento a lo que el maestro dice. Otro es Franti, un chico que ya
fue expulsado de otra escuela.
Hay también dos hermanos que parecen gemelos porque van vestidos
exactamente igual. Pero el mejor de todos, el más inteligente,
será también Deroso. El profesor ya se ha dado cuenta y siempre
le pregunta.
Yo quiero más a Precusa, que es hijo de un herrero y tiene la cara muy
triste; dicen que su padre le pega y siempre está pidiendo perdón
por todo. Pero Garrón es el más bueno.
Miércoles 26.-
Precisamente esta mañana Garrón ha destacado en clase. Resulta
que a la hora de entrar al aula, en el vestíbulo, algunos estaban
atormentando a Crosi, el muchacho del brazo inmóvil que es pelirrojo,
imitándole con su brazo pegado al cuerpo.
Daba verdadera pena ver al pobre chico con los ojos suplicantes para que le
dejasen en paz. De pronto, Franti se puso a imitar a la madre de Crosi, que era
verdulera e iba con dos cestas a buscarle al colegio.
Fue entonces cuando Crosi perdió la paciencia y le tiró un
tintero a la cabeza, pero éste se agachó y el tintero fue a dar
en el pecho del profesor, que entraba en aquel momento.
El profesor, pálido, preguntó: "¿Quién ha
sido?". Como nadie respondía, a Garrón le dio pena del pobre
Crosi y se levantó diciendo: "He sido yo". El profesor le
miró fijamente a los ojos y dijo: "No, tú no has sido. Que
se levante el culpable. No será castigado".
Entonces se levantó Crosi y con lágrimas en los ojos, le
contó lo que había ocurrido. El profesor dijo indignado:
"¡Que se levanten los culpables!". Cuatro chicos lo hicieron
con la cabeza baja. "Habéis cometido una acción innoble; os
habéis burlado de un compañero débil que no se puede
defender. ¡Sois unos cobardes!".
Luego se acercó a Garrón y mirándole con cariño
exclamó: "¡Tienes un alma noble!", y dándole la
vuelta dijo a los culpables: "Os perdono".
¡Qué bien nos enseña nuestro profesor una gran
lección de amor fraterno!
Jueves 27.- Hoy ha venido
mi antigua maestra de primero a casa para ver a mi madre; ésta iba a
salir para llevar ropa blanca a una pobre mujer muy necesitada, cuyo caso
había leído en los periódicos.
Hacía un año que no venía a casa, y todos nos pusimos muy
contentos. No ha cambiado nada desde que la conocemos: pequeña, vestido
a la buena de Dios y con su sombrero verde; con algunas canas y tosiendo
siempre. Mi madre le decía: "Usted no se cuida, querida
profesora". "¡Bah! 'No importa!", respondía ella,
siempre alegre y melancólica a la vez.
Siempre está hablando en clase para que sus alumnos no se distraigan y
no se está un momento sentada en la silla. Se acuerda perfectamente de
todos los niños y siempre, después de los exámenes, corre
a preguntarles qué notas han sacado, pidiéndoles sus ejercicios
para ver los progresos que han hecho. Por eso a veces van a buscarla a la
escuela algunos que ya llevan reloj y pantalón largo.
¡Pobre profesora! ¡Qué delgada está! Al irse me
miró con cariño y me dijo: "¿Todavía quieres a
tu antigua maestra, ahora que haces problemas difíciles y estudias cosas
más complicadas? No me olvides, Enrique".
¿Cómo voy a olvidar los dos años que pasé en su
clase y donde tantas cosas aprendí?" Siempre que pase por una
escuela, al oír la voz de una maestra, pensaré en ella como en
una madre, siempre alegre, cansada, entre sus chiquillos.
Vienes 28.- Ayer estuve con
mi madre y con mi hermana Silvia en una buhardilla, donde vivía la mujer
que, según los periódicos, estaba tan necesitada. Le llevamos
ropa.
Mi hermana Silvia tenía la dirección anotada en el
periódico y después de subir muchas escaleras llamamos a la
última puerta de un corredor. Nos abrió una mujer todavía
joven, rubia y muy pálida. Mi madre preguntó: "¿Es
usted la del periódico?". Ella contestó que sí y nos
hizo pasar.
Mientras la pobre mujer se deshacía en agradecimientos, yo vi que
arrodillado en el suelo y escribiendo sobre una silla se hallaba un muchacho de
espaldas a nosotros.
Yo pensaba lo difícil que era escribir con tanta incomodidad, cuando
reconocí en él a Crosi, el pelirrojo del brazo inmóvil. Se
lo dije bajito a mi madre, y ella me recomendó que me callase, para no
avergonzarle viendo que dábamos una limosna a su madre; pero en aquel
momento Crosi se volvió y al verme vino hacia mí y me abrazó
efusivamente.
Su madre entonces contó sus penas: "Mi marido está en
América desde hace seis años; yo antes me ganaba la vida
vendiendo verduras, pero ahora he caído enferma y no puedo ir al
mercado. Mi pobre Luis tiene que trabajar sin luz y de mala manera, porque he
tenido que vender hasta la mesa. ¡Pobre hijo mío! ¡Tanta
voluntad como tiene para estudiar y que yo no pueda darle medios!".
Mi madre entregó a la madre de Crosi todo lo que llevaba en el bolsillo
y al salir se puso a llorar diciéndome: "¿Has visto,
Enrique? Tú tienes todas las comodidades y la vida resuelta y te quejas
del estudio. ¿Has visto a tu compañero?" Tiene más
mérito su trabajo de un día que el tuyo de un año".
Este mismo día recibí una notita de mi padre, que decía lo
siguiente: "Mi querido Enrique: para ti estudiar es algo muy duro; te oigo
cómo te quejas muchos días. Ya no vas al colegio con entusiasmo,
como antes. ¿Qué harías si no fueras al colegio? Tus
días estarían vacíos, incluso tus juegos te cansarían".
"Hoy en día todos estudian; piensa en los obreros que van a clase
por la noche, después de haber estado todo el día trabajando.
Pero mira también a todos los niños del mundo entero que van al
colegio día tras día, a aprender, a hacerse hombres para el
mañana".
"Este ejército de escolares es el futuro del mundo. ¡Ten
ánimo, mi querido Enrique! ¡No seas un soldado cobarde! Tu
padre".
Sábado 29.- La
carta de mi padre me ha causado gran impresión. No seré un
soldado cobarde, pero iría más a gusto al colegio si el maestro
nos contase cada día una historia como la que hoy nos ha explicado. Dice
que nos va a contar una todos los meses. La de hoy se llamaba: ""El
pequeño patriota paduano". La voy a escribir:
Un barco francés salió un día de Barcelona con destino a
Génova. En él viajaban gentes de todos los países:
franceses, suizos, alemanes; y entre ellos se encontraba un niño de unos
once años que siempre estaba aislado, no hablaba con nadie.
El pobre estaba muy mal vestido. Y tenía razón para estar triste:
sus padres le habían entregado dos años antes a los titiriteros
que pasaban por Padua, quienes, a fuerza de golpes y patadas, le habían
enseñado a realizar unas piruetas, haciéndole pasar hambre, hasta
que al fin él se escapó y, pidiendo ayuda al cónsul de
Italia en Barcelona, éste la había ayudado embarcándole
con una carta para el alcalde de Génova, a quien rogaba que mandase al
muchacho a sus padres.
Había gente en el barco que le preguntaba, pero él no
respondía nunca. Hasta que un día, tres hombres que no eran
italianos le hicieron hablar a base de insistencia, y el chico les contó
su historia. Los viajeros, compadecidos, le dieron algunas monedas.
El chico dio las gracias y se fue a cubierta. Allí se puso a pensar en
lo que podría comprar al llegar a Génova: podría comer
algo que no fuese el duro pan del que se había alimentado casi
exclusivamente durante dos años, y comprar una chaqueta para presentarse
decentemente ante sus padres.
Estaba con estos pensamientos, cuando oyó a los tres viajeros de antes
que hablaban entre sí de numerosos viajes alrededor del mundo. Y
comenzaron a hablar de Italia, quejándose cada uno de una cosa.
"Italia es un pueblo de estafadores", dijo uno. "De
bandidos", dijo otro, y el tercero abrió la boca para decir algo
ofensivo, pero no llegó a hacerlo, porque sobre sus cabezas cayeron
multitud de monedas.
Al alzar la cabeza indignados, vieron al pequeño muchacho paduano, que
les dijo: "Yo no acepto dinero de los que insultan a mi país".
Noviembre
Lunes 1.- Ayer por la
tarde fui al colegio de las niñas, que está junto al nuestro.
Cuando yo entraba, salían las setecientas muchachas que allí
estudian. Iban todas muy contentas porque hoy es la fiesta de Todos los Santos.
Enfrente del colegio estaba un muchacho, casi un niño sucio como los
deshollinadores, y con los aparejos de limpiar chimeneas en la mano; estaba
llorando y varias niñas se acercaron: "¿Qué te
pasa?", le preguntaron.
El niño no respondía y seguía llorando sin cesar.
"Pero dinos qué te ocurre". Al fin respondió que
había estado limpiando chimeneas todo el día, por lo que
había ganado seis reales, pero como tenía un agujero en el
bolsillo, los había perdido, y no se atrevía a regresar a su casa
sin nada.
Las niñas se pusieron muy serias, y una de las mayorcitas le dijo:
"Mira, no tengo más que diez céntimos, pero toma". Las
demás le dieron también lo que llevaban. Al final se consiguieron
reunir los seis reales, y aún sobraba.
¡No en vano les había hablado la maestra aquel día de la
ayuda que debemos prestar a los desvalidos!
Viernes 4.- Sólo han
sido dos días de fiesta y me parece mucho el tiempo que he estado sin
ver a mi amigo Garrón. Cuanto más le conozco más le
quiero, y lo mismo le sucede a todos los de la clase.
Cuando uno de los mayores quiere pegar a uno pequeño, éste grita:
"¡Garrón!", y el mayor ya no le pega. Es hijo de un
maquinista y tardó en ir a la escuela porque estuvo malo dos
años. Cualquier cosa que se le pida, la presta enseguida.
¡Da risa verle con sus pantalones y chaqueta demasiado pequeños
para él, y en cambio sus botas grandes! Un día dio cinco
céntimos a uno de primer curso porque lloraba; había perdido el
dinero y no podía comprarse un cuaderno.
Todo lo toma a broma, incluso los insultos. Sólo cuando alguien dice que
no es verdad algo que él cuenta, sus ojos echan chispas y pega grandes
puñetazos.
Todos le queremos mucho, hasta el profesor lo demuestra. Estoy seguro de que
arriesgaría su vida por cualquiera de nosotros. Se le ve en su cara de
bondad.
Lunes 7.- Nunca hubiera
dicho Garrón lo que esta mañana ha dicho Carlos Nobis a Beti. Carlos
es hijo de un señor muy rico, alto, con barba. Beti es hijo de un
carbonero.
Ambos tuvieron una discusión, y en el calor de ella, Nobis, no sabiendo
ya qué decir porque no tenía razón, gritó muy alto:
"Tu padre es un andrajoso". Beti no respondió nada y se puso a
llorar. Estuvo triste por la mañana, y se ve que se lo contó a su
padre, porque a primera hora de la tarde vino acompañado por él,
un hombre pequeño y muy negro que entró para quejarse al
profesor.
El padre de Carlos Nobis estaba en el pasillo quitando la capa a su hijo,
cuando oyó pronunciar su nombre, y entró en la clase preguntando
qué ocurría.
El profesor le explicó que el carbonero venía a quejarse porque
Carlos había dicho a su hijo: "Tu padre es un andrajoso". El
señor Nobis se puso algo colorado y preguntó a su hijo:
"¿Has dicho tú eso?" Carlos no respondió.
Entonces, le empujó hasta ponerle frente a Beti y dijo:
"¡Pídele perdón!" El carbonero quiso interponerse,
pero el señor Nobis lo impidió.
"Pídele perdón ahora mismo. Repite mis palabras. Yo te pido
perdón por la palabra injuriosa, insensata, innoble que he pronunciado
contra tu padre, a quien el mío tiene mucho gusto en estrecharle la
mano".
Carlos lo repitió en voz baja, mientras los dos padres se estrechaban la
mano. Los dos niños se abrazaron y el señor Nobis rogó al
profesor que les pusieran juntos en el mismo banco. El señor Nobis
salió, mientras el carbonero quiso decir algo al hijo, que se
sentía avergonzado. El hombre no se atrevió a hablar y
sólo rozó con sus toscos dedos los rizos rubios del muchacho.
Luego se fue.
El profesor nos dijo: "Amigos míos; ésta ha sido la mejor
lección del año".
Jueves 10.- Hoy ha venido a
casa a vernos la profesora Delcato, porque mi hermano está enfermo y
quería saber cómo se encontraba. Nos ha hecho reír mucho
contándonos que hace unos años tuvo como alumno a Beti, el hijo
del carbonero, y que su madre, una mujer muy buena, le había llevado una
espuerta de carbón a su casa en señal de agradecimiento.
Ella no utilizaba carbón, y le costó mucho convencerle para que
se la volviese a llevar. Nos hemos entretenido mucho oyéndola y, gracias
a su presencia, mi hermano se ha tomado una medicina muy mala que nunca quiere
ni ver.
¡Cuánta paciencia tienen que tener los profesores de la primera
etapa! Deben enseñar a escribir a niños que no saben casi ni
hablar.
La profesora Delcato es joven, alta, delgada y va siempre muy bien vestida y
cuidada. Es muy sentimental y ama a los niños. "Después de
dos años -nos contaba-, una llega a quererlos mucho, pero los quiere ya
para siempre. Y cuando se van a una clase superior, una piensa, bueno, ya se
acordarán de mí, pero luego, son pocos los que vienen a verme de
vez en cuando. Pero tú no harás eso, ¿verdad, guapo? -dijo
a mi hermano-. Tú te acordarás siempre de la pobre maestra
Delcato".
Domingo 13.- Hoy salí
a pasear y vi en la calle un carro de leña y a mi compañero
Coreta descargándolo. Me acerqué preguntándole:
"¿Qué haces?", y me respondió: "¿No
lo ves? Estudiando la lección". Yo me reí ante su respuesta,
pero él hablaba en serio; entre haz y haz de leña repetía:
"Son accidentes del verbo..., las variaciones, según el
número y la persona..., según el tiempo..., chico, hoy es muy
difícil".
"¿Y así puedes estudiar?", le pregunté.
"¡Qué voy a hacer! Mi padre ha tenido que salir a la calle
para un negocio, mi madre está enferma y ha venido este carro que
había que descargar. Ya se acabó. Venga usted a las siete a
cobrar", dijo después al hombre del carro. Y, dirigiéndose a
mí, me dijo: "Anda, Enrique, entra conmigo a la tienda".
Entré. Era una habitación no muy grande con muchos haces de
leña; al lado había otra pequeña estancia que
servía de cocina y comedor. Sobre una mesa estaban los libros y el
cuaderno de mi amigo abierto para hacer los deberes.
"No he podido hacer casi nada todavía. Esta mañana he tenido
que ir al mercado dos veces; esta tarde, atender la tienda y luego descargar el
carro. Tengo las manos hinchadas y sólo me faltaría ahora tener
que hacer un dibujo. Pero algo he podido estudiar". Se puso a escribir un
poco cuando alguien entró a la tienda y tuvo que despachar. Luego hizo
café para su madre y se lo llevó. Me pidió que le
acompañara a verla, porque se alegraría.
Entramos en una habitación. Allí estaba su madre en una cama
grande y con un pañuelo en la cabeza: "Aquí está el
café, madre, ¿quieres algo más? Te he puesto dos
cucharaditas de azúcar. Viene conmigo un compañero de la escuela
que ha venido a verte"; la madre de Coreta se puso muy contenta,
insistió en que tomara un terrón de azúcar y me
enseñó una fotografía de su marido vestido de uniforme.
Luego entró Coreta y le dijo: "¿Hoy está mejor,
madre? No se preocupe por nada. A las ocho pondré el puchero y luego
iré a la compra para mañana; vamos, Enrique, ha llegado otro
carro de leña".
Salimos, y Coreta se puso a descargar el carro. "Bueno", me dijo,
"ya no puedo atenderte. Tengo que descargar éste y luego
partiré astillas. Esto pondrá muy contento a mi padre cuando
vuelva. Feliz tú que tienes tiempo hasta para dar un paseo. Yo
haré luego los deberes y estudiaré la lección
mañana por la mañana. Lo importante es que mi madre se ponga
buena; por suerte ya anda mejor. Bueno, adiós. ¡Dichoso
tú!".
Cuando me fui iba pensando que mucho más feliz era él, porque era
más útil a sus padres y porque estudiaba y trabajaba más.
Era cien veces mejor que yo.
Martes 22.- El hijo del
director era voluntario del ejército cuando murió, por eso
él se va a la plaza a ver a los soldados cuando pasan. Ayer pasó
un grupo de cincuenta soldados por la calle, y todos los muchachos de la
escuela nos quedamos mirándoles. Franti se puso a reír y a
burlarse de uno que cojeaba. De pronto sintió una mano sobre su hombro.
Era el director, que le dijo: "Reírse de un soldado cuando va en
filas es de cobardes; es como insultar a un hombre que está atado".
Franti desapareció. Los soldados venían bastante cansados y
polvorientos.
El director nos dijo: "Muchachos, tenéis que respetar a los
soldados; ellos han luchado por nuestra patria. Son jóvenes, tienen
pocos años más que vosotros y también estudian. Hay entre
ellos ricos y pobres. Saludad la bandera, hijos míos, por la cual ellos
han luchado".
Estas palabras nos emocionaron y saludamos a un tiempo militarmente. Un viejo
oficial se sonrió, y dijo: "¡Bravo, muchachos! Quien respeta
la bandera sabrá defenderla cuando sea mayor".
Miércoles 23.- Ese
día, también Nelle, el jorobadito, miraba a los soldados, pero
pensando que él nunca podría llegar a serlo. Está muy
pálido y parece enfermo, le cuesta trabajo respirar. Viene siempre su
madre a buscarle para que no salga en tropel con todos y le hace muchas
caricias.
Al principio todos se reían de él porque era jorobado, y le
pegaban con las carteras, hasta que un día se levantó
Garrón y dijo: "Al primero que toque a Nelle le pego un
puñetazo". Franti no hizo caso y recibió un puñetazo.
Desde entonces nadie molesta a Nelle, y éste está muy agradecido
a Garrón; el profesor les ha sentado en el mismo banco y se han hecho
muy amigos.
Viernes 25.- Garrón
se atrae la admiración de todos por su bondad, y Deroso por su
inteligencia, que también este mes ha recibido el primer premio. Es el
primero en todo, lo comprende todo inmediatamente y parece que estudiar es un
juego para él. El maestro le dice: "Deroso, has recibido grandes
dotes de Dio, no las malgastes".
Tiene doce años, y además es guapo y rubio. Sabe esgrima y es muy
gracioso. Es hijo de un comerciante, y da todo lo que tiene. En los
exámenes ayuda al que puede. Todos le quieren. Yo le envidio, como
Votino. Cuando estoy ante un trabajo difícil pienso que él lo
habrá hecho sin apenas ningún esfuerzo.
Pero luego, en la escuela, es tan amable, tan humilde y tan atento con los
compañeros, que no tengo más remedio que quererle; quisiera
seguir mis estudios con él, me estimula su presencia y su seguridad.
Me gustaría decirle que le quiero y le admiro.
Sábado 26.- Hoy ha
explicado el profesor el cuento mensual; se llama "El pequeño
vigía lombardo".
Era 1859, durante la guerra por el rescate de Lombardía, pocos
días después de la batalla de Solferino y San Martino, ganada por
los franceses e italianos contra los austríacos.
Un destacamento de Caballería de Saluzo marchaba a paso lento, una
mañana, hacia el enemigo. Todos iban mirando el frente, en silencio,
vigilando atentamente cualquier mancha en el horizonte que pudiera indicar
presencia enemiga.
Llegaron a una casita muy hermosa en lo alto de un monte. En la puerta estaba
sentado un muchacho de unos doce años; en las ventanas de la casa
ondeaba la bandea italiana. Los aldeanos, por miedo a los austríacos, habían
huido.
"¿Cómo no has huido tú también con tu
familia?".
"Yo no tengo familia; soy expósito. Me he quedado para ver la
guerra".
"¿Han pasado por aquí los austríacos?".
"No veo un austríaco desde hace tres días".
Cerca de allí se alzaba un fresno, alto y esbelto. El oficial
preguntó:
"Muchacho, ¿tienes buena vista?"
"¿Yo? Muy buena, sí señor".
"¿Y serías capaz de subirte a aquel árbol?"
"¿Yo? Sí, en medio minuto".
"¿Podrías decirnos si desde lo alto se ven soldados
austríacos, o polvo, o caballos, o fusiles que relucen?"
"Seguro. Ahora subo, espere que me quite los zapatos".
"¿Qué quieres por este servicio?"
"¡Qué pregunta! ¡Nada! ¡Yo soy lombardo!"
Y empezó a subir bien agarrado al tronco con los brazos y las piernas.
Una vez arriba, el oficial preguntó:
"¿Qué ves a tu derecha?"
"Dos hombres parados en el camino".
"¿Y enfrente?"
"Unas bayonetas que relucen al sol; pero no se ve gente; deben de estar
escondidos entre los sembrados".
En aquel instante sonó el silbido de una bala.
"¡Baja, muchacho! ¡Baja!"
"El árbol me protege. A la izquierda..."
El silbido de una bala rasgó el aire. El muchacho vaciló y
cayó de cabeza al suelo; con los brazos abiertos.
"¡Maldición!", dijo el oficial acudiendo.
Le examinó, vio que la bala había entrado en el pulmón
izquierdo.
"¡Está muerto!"
"¡No! ¡Vive! ¡Valiente, ánimo!"
Pero mientras le oprimía el pañuelo contra la herida, el muchacho
lombardo expiró.
"¡Pobre muchacho! ¡Pobre y valiente! ¡Ha muerto como un
soldado y, como un soldado, debe recibir honores! Ha muerto por la patria!"
El oficial hizo bajar la bandera italiana de la ventana de la casa y la
extendió con cariño sobre el cuerpo del infortunado.
Los soldados partieron inmediatamente en busca del enemigo que el chico
había divisado.
La noticia de la muerte del lombardo corrió rápidamente; y un
destacamento que pasó poco después le rindió honores.
Todos los que pasaban le echaban flores. Unos le basaron en la frente; otros le
pusieron una cruz, y, al final, el niño muerto quedó solo,
cubierto de flores y casi sonriendo, como contento de haber dado la vida por la
patria.
Martes 29.- "Mi
querido Enrique: me contaste el relato del pequeño lombardo; "morir
por la patria", sí, eso es importante; pero hay cosas que
también son importantes, aunque parezcan pequeñas.
"Hoy te he visto pasar junto a una pobre mujer que, con un niño
pequeño en brazos, pedía limosna. Tú no le has dado nada,
y quizá llevabas dinero. Pasaste indiferente, y esto me ha dolido.
Enrique mío, no te acostumbres a la pobreza; no la mires con
indiferencia. Piensa que en esta ciudad y en todas las ciudades del mundo hay
niños como tú que pasan hambre. Nunca pases ante una madre que te
pide para su hijo sin darle algo. Dios Nuestro Señor premia estas
acciones. Tu madre".
Diciembre
Jueves 1.- Mi padre me
dijo que cada día de fiesta invitase a uno de mis compañeros de
colegio a casa para ir haciéndome amigo de todos. El domingo pasado
salí a pasear con Votino, el que tiene tanta envidia a Deroso y que
siempre va muy bien arreglado.
Hoy ha venido a casa Garofi, el chico alto con nariz de pico de loro. Es un
comerciante. Siempre anda metido en líos. Cuenta continuamente el dinero
que tiene y ha abierto una libreta en la Caja de Ahorros.
Todo lo que encuentra, por insignificante que sea, lo coge y lo guarda. Luego lo
vende. Hace más de dos años que colecciona sellos y cuando
complete la colección se la venderá al librero; éste le
regala cuadernos porque le lleva clientes.
Tiene un cuaderno donde anota sus negocios, y lo único que estudia es
Aritmética. Dice que cuando termine la escuela va a montar un negocio
muy bueno que él se ha inventado.
Lunes 5.- Ayer fui a
pasear con Votino y su padre. Mi amigo iba muy bien vestido, como siempre,
quizá excesivamente. Íbamos andando los dos solos y hablando,
porque su padre se había quedado rezagado mirando una librería.
Para esperarle nos sentamos en un banco donde se hallaba un chico de nuestra
edad vestido muy modestamente.
Votino sacó entonces el reloj y me dijo: "¿Has visto mi
reloj?" Yo le pregunté si era de plata. "No, hombre, no, es de
oro". "Pero no será todo de oro", dije yo.
Entonces se dirigió al muchacho que estaba a nuestro lado y le
preguntó poniéndole el reloj ante los ojos: "Dime,
¿tú crees que es de oro?". El chico dijo: "No lo
sé", y Votino se puso rabioso ante tanta indiferencia.
En aquel momento llegaba el padre de Votino, que le riñó con
dureza: "¡Calla!", y luego se inclinó diciéndole
al oído: "Es ciego". Votino se levantó de un salto y se
dio cuenta de que, efectivamente, el chico no tenía expresión en
los ojos.
Durante el resto del pase, mi amigo no volvió a sonreír. Aunque
sea presumido, tiene buen corazón.
Sábado 10.- Ya han llegado las primeras nieves. Ayer por la tarde
cayeron copos finos como flores de jazmín sobre las calles y los
apresurados transeúntes.
Esta mañana los de la clase estábamos entusiasmados ante la idea
de hacer bolas a la salida y organizar batallas. También el profesor
miraba por la ventana y se frotaba las manos. Sólo Estardo no se
distraía: con los puños apretados sobre las sienes, estudiaba sin
cesar.
A la salida, nos repartimos por las calles riendo, cogiendo bolas de nieve y
hundiendo nuestros pies en ella. El calabrés nunca había tocado
la nieve, e hizo con ella una bola y se la comió como si fuera una
fruta. Hasta Precusa, el hijo del forjador, que nunca se ríe, este
día se divirtió mucho.
Nosotros festejábamos el invierno, pero mi padre me dijo que
había niños sin pan, sin zapatos, sin calor. Hay colegios
fríos, que temen el invierno, donde los niños tienen las manos y
los pies helados.
Domingo 11.- Hoy ha venido a
mi casa a pasar la tarde mi compañero de clase, ese al que llamamos
albañilito; mi padre tenía más ganas que yo de que
viniese.
Cuando entró se quitó su viejo sombrero y se lo metió en
el bolsillo. Nos pusimos a jugar a los palitos; tiene una habilidad
extraordinaria, y construía torres y puentes muy bonitos que
parecían sostenerse de milagro. Me habló de su familia. Dijo que
su padre trabajaba durante todo el día y que por la noche iba a las
clases de adultos para aprender a leer.
A las cuatro merendamos pan y pasas, y cuando nos levantamos para ir a jugar,
mi madre me cogió la mano, viendo que yo iba a limpiar el respaldo del
sofá donde se había sentado el albañilito. Como siempre
llevaba las chaquetas de su padre, lo había manchado de cal.
Jugando, a mi amigo se le cayó un botón de la chaqueta y mi madre
se lo cosió, mientras él se ponía muy colorado.
Luego mi madre me dijo que no había querido que limpiara el respaldo
porque hacerlo delante de él hubiese sido casi una reprensión por
haberlo ensuciado; en primer lugar porque no lo había hecho
expresamente, y después porque la suciedad adquirida trabajando no es
suciedad. Puede ser cal, barniz, grasa, pero no es suciedad, sino las huellas
de un trabajo. Luego lo limpió ella sin que mi amigo lo viera.
Viernes 16.- Todavía
está nevando. Esta mañana, al salir del colegio ha ocurrido un
desagradable accidente. Al salir, un grupo de chicos se pusieron a hacer bolas
con la nieve acuosa que hace las bolas duras como piedras. Se las tiraban unos
a otros, cuando un señor dijo: "¡Alto, chicos!" En aquel
mismo momento se vio a un anciano tambalearse y caer al suelo. Una bola le
había dado en un ojo.
Yo estaba en la librería donde se había detenido mi padre, y vi
llegar a algunos de mis compañeros corriendo y poniéndose a mi
lado, haciendo como que miraban el escaparate. Eran Garrón, Coreta, el
albañilito y Garofi, el de los sellos.
Los guardias corrían de un lado a otro gritando: "¡Que se
presente! ¿Quién ha sido? ¡Vamos! ¿Lo sabes
tú?" Vi como Garrón decía algo al oído de
Garofi. Comprendí enseguida que había sido éste.
Un hombre entró en la librería y dijo: "¡Le han metido
un cristal de los lentes en el ojo! Le han dejado ciego. ¡Cobardes!"
Creí que Garofi se caía al suelo.
Garrón se acercó más y dijo: "Anda,
preséntate, no seas cobarde". El chico respondió: "No
tengo valor para confesarlo". Garrón le cogió por una mano y
le sacó de la tienda diciendo: "No temas; yo te defiendo"; y
ambos se dirigieron donde estaba el anciano sentado. Varios hombres corrieron
amenazadores hacia Garofi, pero Garrón se interpuso diciendo:
"¡Cómo! ¡Diez hombres contra un niño!". Uno
empujó al culpable hasta los pies del anciano y le hizo arrodillarse a
la fuerza, diciendo: "Baja la cabeza, tienes que pedir perdón".
Un hombre recién llegado dijo: "Alto; no lo ha hecho adrede. Ha
tenido la valentía de presentarse y no se le puede humillar. Pide
perdón, hijo". Era nuestro director. Garofi se arrodilló
llorando ante el viejo, que le acarició la cabeza.
Mi padre me preguntó si yo hubiera sido capaz de presentarme, y yo le
prometí que sí.
Sábado 17.- Garofi
tenía mucho miedo pensando que el profesor iba a regañarle, pero
como éste no ha ido, y el suplente también faltaba, ha venido a
darnos clase la señorita Cromi, que es la más vieja de las
profesoras y tiene dos hijas mayores. Hoy estaba triste porque tenía un
hijo enfermo.
Al verla, todos han empezado a hacer ruido, pero ella dijo con su voz pausada:
"Respetad mis canas", y todos se callaron. Sólo Frante se
atrevió a hacerla burla sin que lo viera.
A mí la que más me gusta es una profesora de los pequeños;
es muy joven y lleva una pluma roja en el sombrero y una crucecita al cuello.
Siempre sonríe; tiene dos lunares muy graciosos en las mejillas, y
parece una niña más.
Cuando salen a la fila, corre alrededor de sus alumnos. Abrochando el abrigo a
uno, sonando a otro y dándole besos; a la salida suplica a los padres
que no les castiguen.
Y luego se va siempre contenta. Mantiene con su trabajo a su madre y a su hermano.
Domingo 18.- Hoy
había terminado de escribir el cuento mensual "El pequeño
escribiente florentino", que el profesor me había dado a copiar,
cuando mi padre me dijo que podríamos ir a ver al señor anciano
que fue herido en un ojo por la bola de nieve de Garofi.
Hemos subido a un cuarto piso y encontramos en la habitación al anciano
recostado en la cama. Tenía el ojo vendado. A su lado se encontraba su
mujer y su nietecillo, que también asistía a las clases de
nuestro colegio.
Se alegró mucho de ver a mi padre y le contó que dentro de pocos
días estaría curado, y que no había ningún
problema; no iba a perder el ojo.
Después llegó el médico que había ido a curarle y
se mostró muy optimista por su estado. Al rato, ante la sorpresa de
todos, llamaron a la puerta; fue a abrir el pequeño, y allí
estaba Garofi, con su capa y su cara de angustia.
El viejo, cuando se enteró de que era él, le abrazó y le
dijo que de ningún modo se preocupara, que no iba a perder el ojo ni
nada de eso. Garofi, a pesar de lo que el viejo le decía, se
quedó clavado esperando algo. Y de pronto, con un rápido
movimiento, entregó su preciado álbum de sellos al nietecito del
señor, y luego se fue corriendo.
¡Pobre Garofi! ¡Daba lo que más quería; su
álbum de sellos, a cambio del perdón!
Lunes 19.- El cuento de
este mes se llama "El pequeño escribiente florentino".
Tenía doce años y cursaba la cuarta elemental. Era un
simpático niño florentino de cabellos rubios y tez blanca, hijo
mayor de cierto empleado de ferrocarriles quien, teniendo una familia numerosa
y un escaso sueldo, vivía con suma estrechez. Su padre lo quería
mucho, y era bueno e indulgente con él; indulgente en todo menos en lo
que se refería a la escuela: en esto era muy exigente y se
revestía de bastante severidad, porque el hijo debía estar pronto
dispuesto a obtener otro empleo para ayudar a sostener a la familia; y para
ello necesitaba trabajar mucho en poco tiempo.
Así, aunque el muchacho era aplicado, el padre lo exhortaba siempre a
estudiar. Era éste ya de avanzada edad y el exceso de trabajo lo
había también envejecido prematuramente. En efecto, para proveer
a las necesidades de la familia, además del mucho trabajo que
tenía en su empleo, se buscaba a la vez, aquí y allá,
trabajos extraordinarios de copista. Pasaba, entonces, sin descansar, ante su
mesa, buena parte de la noche. Últimamente, cierta casa editorial que
publicaba libros y periódicos le había hecho el encargo de
escribir en las fajas el nombre y la dirección de los suscriptores. Ganaba
tres florines por cada quinientas de aquellas tirillas de papel, escritas en
caracteres grandes y regulares. Pero esta tarea lo cansaba, y se lamentaba de
ello a menudo con la familia a la hora de comer.
-Estoy perdiendo la vista -decía-; esta ocupación de noche acaba
conmigo.
El hijo le dijo un día:
-Papá, déjame trabajar en tu lugar; tú sabes que escribo
regular, tanto como tú.
Pero el padre le respondió:
-No, hijo, no; tú debes estudiar; tu escuela es mucho más
importante que mis fajas: tendría remordimiento si te privara del estudio
una hora; lo agradezco; pero no quiero, y no me hables más de ello.
El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en aquellas
materias, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo. Sabía
que a las doce en punto dejaba su padre de escribir y salía del despacho
para dirigirse a la alcoba. Alguna vez lo había oído: en cuanto
el reloj daba las doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que
se movía y el lento paso de su padre. Una noche esperó a que
estuviese ya en cama; se vistió sin hacer ruido, anduvo a tientas por el
cuarto, encendió el quinqué de petróleo, y se sentó
en la mesa de despacho, donde había un montón de fajas blancas y
la indicación de las direcciones de los suscriptores.
Empezó a escribir, imitando todo lo que pudo la letra de su padre. Y
escribía contento, con gusto, aunque con miedo; las fajas escritas
aumentaban, y de vez en cuando dejaba la pluma para frotarse las manos;
después continuaba con más alegría, atento el oído
y sonriente. Escribió ciento sesenta: ¡cerca de un florín!
Entonces se detuvo: dejó la pluma donde estaba, apagó la luz y se
volvió a la cama de puntillas.
Aquel día, a las doce, el padre se sentó a la mesa de buen humor.
No había advertido nada. Hacía aquel trabajo
mecánicamente, contando las horas y pensando en otra cosa. No sacaba la
cuenta de las fajas escritas hasta el día siguiente. Sentado a la mesa
con buen humor, y poniendo la mano en el hombro del hijo:
-¡Eh, Julio -le dijo-, mira qué buen trabajador es tu padre! En
dos horas he trabajado anoche un tercio más de lo que acostumbro. La
mano aún está ágil, y los ojos cumplen todavía con
su deber.
Julio, contento, mudo, decía para sí: "¡Pobre padre!
Además de la ganancia, le he proporcionado también esta
satisfacción: la de creerse rejuvenecido. ¡Ánimo, pues!"
Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto dieron las doce, se
levantó otra vez y se puso a trabajar. Y lo mismo siguió haciendo
varias noches. Su padre seguía también sin advertir nada.
Sólo una vez, cenando, observó de pronto:
-¡Es raro: cuánto petróleo se gasta en esta casa de
algún tiempo a esta parte!
Julio se estremeció; pero la conversación no pasó de
allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.
Lo que ocurrió fue que, interrumpiendo así su sueño todas
las noches, Julio no descansaba bastante; por la mañana se levantaba
rendido aún, y por la noche al estudiar, le costaba trabajo tener los
ojos abiertos. Una noche, por primera vez en su vida, se quedó dormido
sobre los apuntes.
-¡Vamos, vamos! -le gritó su padre dando una palmada-. ¡Al
trabajo!
Se asustó y volvió a ponerse a estudiar. Pero la noche y los
días siguientes continuaba igual, y aún peor: daba cabezadas
sobre los libros, se despertaba más tarde de lo acostumbrado; estudiaba
las lecciones con desgano, y parecía que le disgustaba el estudio. Su
padre empezó a observarlo, después se preocupó de ello y,
al fin, tuvo que reprenderlo. Nunca lo había tenido que hacer por esta
causa.
-Julio -le dijo una mañana-; tú te descuidas mucho; ya no eres el
de otras veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la familia se cifraban
en ti. Estoy muy descontento. ¿Comprendes?
A este único regaño, el verdaderamente severo que había
recibido, el muchacho se turbó.
-Sí, cierto -murmuró entre dientes-; así no se puede
continuar; es menester que el engaño concluya.
Pero por la noche de aquel mismo día, durante la comida, su padre
exclamó con alegría:
-¡Sabed que en este mes he ganado en las fajas treinta y dos florines
más que el mes pasado!
Y diciendo esto, sacó a la mesa un puñado de dulces que
había comprado, para celebrar con sus hijos la ganancia extraordinaria
que todos acogieron con júbilo.
Entonces Julio cobró ánimo y pensó para sí:
"¡No, pobre padre; no cesaré de engañarte; haré
mayores esfuerzos para estudiar mucho de día; pero continuaré
trabajando de noche para ti y para todos los demás!',
Y añadió el padre:
-¡Treinta y dos florines!... Estoy contento... Pero hay otra cosa -y
señaló a Julio- que me disgusta.
Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo dos
lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo tiempo en el
corazón cierta dulzura. Y siguió trabajando con ahínco;
pero acumulándose un trabajo a otro, le era cada vez más
difícil resistir. La situación se prolongó así por
dos meses. El padre continuaba reprendiendo al muchacho y mirándolo cada
vez más enojado. Un día fue a preguntar por él al maestro,
y éste le dijo:
-Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia; pero no está tan
aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está distraído; hace sus
apuntes cortos, de prisa, con mala letra. El podría hacer más,
pero mucho más.
Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo reconvenciones
más severas que las que hasta entonces le había hecho.
-Julio, tú ves que yo trabajo, que yo gasto mucho mi vida por la
familia. Tú no me secundas, tú no tienes lástima de
mí, ni de tus hermanos, ni aún de tu madre.
-¡Ah, no, no diga usted eso, padre mío! -gritó el hijo
ahogado en llanto, y abrió la boca para confesarlo todo.
Pero su padre lo interrumpió diciendo:
-Tú conoces las condiciones de la familia: sabes que hay necesidad de
hacer mucho, de sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo.
Yo contaba estos meses últimos con una gratificación de cien
florines en el ferrocarril, y he sabido esta mañana que ya no la
tendré.
Ante esta noticia, Julio retuvo en seguida la confesión que estaba por
escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente: "No, padre mío,
no te diré nada; guardaré el secreto para poder trabajar por ti;
del dolor que te causo te compenso de este modo: en la escuela estudiaré
siempre lo bastante para salir del paso: lo que importa es ayudar para ganar la
vida y aligerarte de la ocupación que te mata".
Siguió adelante, transcurrieron otros dos meses de tarea nocturna y de
pereza de día, de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas
reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco a
poco con el niño, y no le hablaba sino raras veces, como si fuera un
hijo desnaturalizado, del que nada hubiese que esperar, y casi huía de
encontrar su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y
cuando su padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente,
volviendo la cara con sentimiento de ternura compasiva y triste; mientras tanto
el dolor y la fatiga lo demacraban y le hacían perder el color,
obligándolo a descuidarse cada vez más en sus estudios.
Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento, la
noche que dijera: "Hoy no me levanto"; pero al dar las doce, en el
instante en que debía confirmar enérgicamente su
propósito, sentía remordimiento; le parecía que,
quedándose en la cama, faltaba a su deber, que robaba un florín a
su padre y a su familia; y se levantaba pensando que cualquier noche que su
padre se despertara y lo sorprendiera, o que por casualidad se enterara contando
las fajas dos veces, entonces terminaría naturalmente todo, sin un acto
de su voluntad, para lo cual no se sentía con ánimos. Y
así continuó la misma situación.
Pero una tarde, durante la comida, el padre pronunció una palabra que
fue decisiva para él. Su madre lo miró, y pareciéndole que
estaba más echado a perder y más pálido que de costumbre,
le dijo:
-Julio, tú estás enfermo. -Y después, volviéndose
con ansiedad al padre-: Julio está enfermo, ¡mira que
pálido está!... ¡Julio mío! ¿Qué
tienes?
El padre lo miró de reojo y dijo:
-La mala conciencia hace que tenga mala salud. No estaba así cuando era
estudiante aplicado e hijo cariñoso.
-¡Pero está enfermo! -exclamó la mamá.
-¡Ya no me importa! -respondió el padre.
Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en el corazón
al pobre muchacho. ¡Ah! Ya no le importaba su salud a su padre, que en
otro tiempo temblaba de oírlo toser solamente. Ya no lo quería,
pues; había muerto en el corazón de su padre.
"¡Ah, no padre mío! -dijo entre sí con el
corazón angustiado-; ahora acabo esto de veras; no puedo vivir sin tu
cariño, lo quiero todo; todo te lo diré, no te
engañaré más y estudiaré como antes, suceda lo que
suceda, para que tú vuelvas a quererme, padre mío. ¡Oh,
estoy decidido en mi resolución!"
Aquella noche se levantó todavía, más bien por fuerza de
la costumbre que por otra causa; y cuando se levantó quiso volver a ver
por algunos minutos, en el silencio de la noche, por última vez, aquel
cuarto donde había trabajado tanto secretamente, con el corazón
lleno de satisfacción y de ternura.
Sin embargo, cuando se volvió a encontrar en la mesa, con la luz
encendida, y vio aquellas fajas blancas sobre las cuales no iba ya a escribir
más, aquellos nombres de ciudades y de personas que se sabía de
memoria, le entró una gran tristeza e involuntariamente cogió la
pluma para reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la mano,
tocó un libro y éste se cayó. Se quedó helado.
Si su padre se despertaba... Cierto que no le habría sorprendido
cometiendo ninguna mala acción y que él mismo había
decidido contárselo todo; sin embargo... el oír acercarse
aquellos pasos en la oscuridad, el ser sorprendido a aquella hora, con aquel
silencio; el que su madre se hubiese despertado y asustado; el pensar que por
lo pronto su padre hubiera experimentado una humillación en su presencia
descubriéndolo todo..., todo esto casi lo aterraba
Aguzó el oído, suspendiendo la respiración... No
oyó nada. Escuchó por la cerradura de la puerta que tenía
detrás: nada. Toda la casa dormía. Su padre no había oído.
Se tranquilizó, y volvió a escribir.
Las fajas se amontonaban unas sobre otras. Oyó el paso cadencioso de la
guardia municipal en la desierta calle; luego ruido de carruajes que
cesó al cabo de un rato; después, pasado algún tiempo, el
rumor de una fila de carros que pasaron lentamente; más tarde silencio
profundo, interrumpido de vez en cuando por el ladrido de algún perro. Y
siguió escribiendo.
Entretanto su padre estaba detrás de él: se había
levantado cuando se cayó el libro, y esperó buen rato; el ruido
de los carros había cubierto el rumor de sus pasos y el ligero chirrido
de las hojas de la puerta; y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la
negra cabecita de Julio. Había visto correr la pluma sobre las fajas y,
en un momento, lo había recordado y comprendido todo. Un arrepentimiento
desesperado, una ternura inmensa invadió su alma. De pronto, en un
impulso, le tomó la cara entre las manos y Julio lanzó un grito
de espanto. Después, al ver a su padre, se echó a llorar y le
pidió perdón.
-Hijo querido, tú debes perdonarme -replicó el padre-. Ahora lo
comprendo todo. Ven a ver a tu madre.
Y lo llevó casi a la fuerza, junto al lecho y allí mismo
pidió a su mujer que besara al niño. Después lo
tomó en sus brazos y lo llevó hasta la cama, quedándose junto
a él hasta que se durmió. Después de tantos meses, Julio
tuvo un sueño tranquilo. Cuando el sol entró por la ventana y el
niño despertó, vio apoyada en el borde de la cama la cabeza gris
de su padre, quien había dormido allí toda la noche, junto a su hijo
querido.
Miércoles 28.- Un
chico de mi clase, del que ya he hablado otras veces, un tal Estardo, estoy
seguro de que sería capaz de hacer lo que hizo el pequeño
florentino.
Esta mañana ocurrieron dos acontecimientos en el colegio. Garofi estaba
loco de alegría porque le habían devuelto su álbum de
sellos aumentado con tres sellos de Guatemala, que hacía tiempo buscaba.
Y Estardo ha obtenido la segunda medalla; el primero ha sido, como siempre,
Deroso.
Nadie se hubiera imaginado que Estardo reaccionaría así. Cuando
llegó a principio de curso a la escuela, acompañado de su padre,
que dijo al maestro que tuviera paciencia con él, porque le costaba
mucho comprender. Al principio, todos creímos que era un adoquín,
pero él decía: "Yo salgo de ésta o reviento"; y
se puso a estudiar con más empeño que ninguno. Estudiaba en casa,
en el colegio, por la calle, por los paseos. Siempre estaba sentado, con los
puños apretados sobre las sienes, con algo delante de los ojos para
leer. Cada vez que lograba reunir dos reales se compraba un libro. Así,
poco a poco, ha llegado a tener una pequeña colección.
El día que recibió la medalla, su padre, que precisamente fue a
buscarle a la salida, no se lo creía; tuvo que preguntárselo al
profesor, que lo confirmó contento. "¡Muy bien! Tan
testarudo, pero..., qué contento estoy".
El mismo profesor le ha dicho esta mañana: "Muy bien, Estardo;
quien trabaja, vence". Y todos le felicitaban y miraban sonrientes;
sólo él estaba serio, seguramente rumiando en su cabeza la
lección de la mañana siguiente.
Sábado 31.-
"Mi querido Enrique: Estoy seguro de que tu compañero Estardo no se
quejará nunca del mal genio del profesor, ni de su impaciencia. Piensa
tú cuántas veces te impacientas con tus hermanos e incluso con tu
madre y conmigo; ¿cómo no va él a hacerlo con unos
muchachos rebeldes y poco estudiosos? Piensa que hay chicos bondadosos y de
carácter agradable; pero que hay muchos otros que abusan de su bondad y
no le hacen caso. Hasta el hombre más santo se dejaría llevar de
la ira si estuviera en su lugar.
"¿Y tú sabes cuántas veces debe ir el profesor a dar
clase estando enfermo, sólo porque piensa que no está lo bastante
grave como para quedarse en cama? Pero es lógico que esté de mal
humor y preocupado y con un disgusto al darse cuenta de que sus alumnos, en vez
de ayudarle ese día, quizá se ensañan con él,
hablando y enredando más que de costumbre".
"Quiere mucho a tu profesor, hijo; quiérele, porque él te
abre las sendas de la virtud, y te enseña a ser un hombre en esta
difícil vida. Yo le respeto, porque ayuda a los niños que luego
le olvidan al hacerse hombres; porque los educa y les abre una luz en su
corazón".
"Pronuncia siempre dulcemente la palabra maestro, la más hermosa
que puede recibir un hombre después de la palabra padre. Tu padre".
Enero
Miércoles 4.- Es
verdad lo que mi padre me contó en su última carta. El profesor
estaba de mal humor porque hacía ya días que se encontraba mal.
Ha empezado a darnos clase un suplente, muy joven y sin barba.
Esta mañana ha ocurrido un incidente desagradable. El profesor suplente
tiene mucha paciencia, y sólo dice: "Por favor, estad
callados"; pero todos enredan como diablillos, y apenas le hacen caso. Dos
veces asomó la cabeza el director por la puerta al oír el ruido,
pero en cuanto él desaparecía volvían de nuevo las guasas.
Garrón y Deroso decían a todos por señas que se callasen,
que era una vergüenza, pero nadie hacía caso. Sólo Estardo
estaba ante el libro con los puños apretados estudiando.
Garofi estaba muy atareado vendiendo papeletas para un sorteo; los demás
reían y charlaban, haciendo ruido con los pies y tirando papeles. El
profesor estaba ya desesperado.
La cosa llegó ya a un límite insospechado. Unos maullaban, otros
andaban a gatas... De pronto, entró el bedel en la clase anunciando que
el director llamaba al profesor. Éste salió rápidamente de
la clase. El alboroto se hizo más fuerte.
De pronto, Garrón se subió al estrado y dando un puñetazo
en la mesa, dijo con voz fuerte: "Sois unos cobardes. Os
aprovecháis de él porque es bueno; si castigara y os machacara
los huesos estaríais sumisos como perros. Al primero que haga alguna
otra canallada, le espero a la salida para romperle la cara, aunque sea en
presencia de su padre.
Miró fijamente a los más revoltosos y volvió a su sitio. Cuando
volvió el suplente no se oía el vuelo de una mosca. Al principio
no comprendía nada de lo que sucedía, pero al ver a Garrón
todavía colorado y tembloroso lo comprendió todo, se
acercó a su banco, y poniéndole una mano en la espalda le dijo:
"¡Gracias, Garrón!".
Domingo 8.- Hoy he estado
en casa de Estardo y he visto la biblioteca que tiene. Me ha dado verdadera
envidia. No es rico y no puede comprar muchos libros, pero conserva con gran
cuidado los del colegio y los que sus padres le regalan; además, en
cuanto tiene algunos céntimos se compra alguno.
Su padre, al descubrir su afición, le ha comprado un estante de madera
de nogal, donde los ha colocado debidamente; y también mandó
encuadernarlos, poniendo tapas de colores con letras doradas en los cantos.
¡Da gusto verlos!
Ha hecho un catálogo, y sabe dónde está cada libro en
cualquier momento; ¡tan descuidados como tengo yo los míos! Para
él es una delicia observar los libros; en cuanto tiene alguno nuevo lo
hojea, luego lo lee y acaricia el lomo con cariño, como si se tratase de
un amigo.
Tiene los ojos enfermos de tanto leer. Cuando yo estaba allí
entró el padre, que es grande y tosco como él, y,
acariciándole la cabeza, dijo: "¿Qué te parece este
testarudo mío? Estoy seguro de que llegará a ser algo".
No sé por qué, pero nunca me atrevo a bromear con él, me
parece demasiado serio y demasiado hombre. Al despedirse de mí en la
puerta, sólo me dijo: "Hasta la vista", y poco me faltó
para decirle respetuosamente: "Beso a usted la mano".
Cuando llegué a mi casa, le conté a mi padre que, a pesar de ser
un chico tosco, algo ridículo y no tener talento, me infundía
respeto. Mi padre contestó: "Porque lo aprecias".
Martes 10.- Pues sí,
es verdad que aprecio a Estardo, pero también me gusta Precusa, el hijo
del herrero, el chico pequeño, pálido, que siempre parece que
esté asustado y algo triste. A pesar de estar enfermo estudia
incansablemente.
Su padre, al llegar a casa por las noches, le pega, porque está
borracho, sin motivo alguno. Llega a la escuela con la cara hinchada y los ojos
rojos de tanto llorar, pero cuando alguien le pregunta: "¿Te ha
pegado tu padre?", él contesta: "No, mi padre nunca me
pega", para no dejarle en mal lugar.
Y a veces, el profesor, ante alguna hoja rasgada o quemada de sus deberes, le
pregunta: "¿Esta hoja la has estropeado tú?", él
contesta invariablemente: "Sí, se me cayó en la
lumbre", o "Se me arrugó sin querer; pero todos en clase
sabemos que fue su padre; que , al llegar a casa borracho, dio un
puntapié en la mesa y rodaron los deberes y los libros.
Precusa vive con su familia en una buhardilla de nuestra casa, en la escalera
de al lado, y la portera se lo cuenta todo a mi madre; una vez, mi hermana
Silvia le oyó gritar porque su padre le había pegado y le
había echado por la escalera, porque el chico le había pedido
dinero para comprar un libro de texto. El padre bebe y no trabaja, y la familia
se muere de hambre. ¡Cuántas veces va el pobre niño a la
escuela en ayunas, y come a escondidas algún pedazo de pan que le lleva
Garrón o una manzana que le da una antigua maestra!
Algún día ha ido su padre a buscarle; se le ve tambaleante, con
el semblante torvo y como pensando en otra cosa; pero Precusa corre hacia
él sonriente y hace un gesto como de abrazarle y el padre ni le mira.
¡Pobre chico! Se arregla los puños de las camisas con alfileres,
pide prestados los libros para estudiar y se recose los cuadernos rotos. Y, en
cambio, estudia mucho; sería de los primeros de clase si tuviera medios
y tranquilidad. Esta mañana ha venido a clase con un arañazo en
la mejilla. Unos le han dicho: "Esta vez no puedes negar que ha sido tu
padre; vete a decírselo al director para que vaya la autoridad",
sin embargo él, casi llorando, ha gritado: "¡Mi padre no me
pega nunca! ¡Nunca!" Pero luego en la clase estaba triste y lloroso.
Mañana vendrá a casa Deroso, Coreta y Nelle, el jorobadito, y
quiero que venga también Precusa, para hartarle de pasteles y de
diversiones, para verle sonriente y feliz.
Jueves 12.- Hoy ha sido una
de las tardes mejores del curso. Han venido a casa mis tres amigos. A Precusa
no le dejó venir su padre. Al llegar, Coreta y Deroso se venían
riendo todavía porque en la calle se encontraron con Crosi, el hijo de
la verdulera, que llevaba una gran col que tenía que vender en el mercado
y, con el dinero que le dieran, comprar un cuaderno y un lápiz.
Además, iba muy contento porque en su casa habían recibido carta
de su padre desde América, diciendo que le esperasen uno de estos
días.
Deroso y Coreta son los chicos más alegres de la clase; mi padre
pasó muy buena tarde admirándoles. Coreta había trajinado
toda la mañana con leña, repartiendo de acá para
allá y, en cambio, estaba alegre y muy ágil, se interesaba por
todo y hacía muchas preguntas. Siempre está hablando de su padre;
se ve que quiere mucho a su familia.
Deroso se aprendió en una hora un discurso que tiene que pronunciar en
la escuela acerca de la conmemoración de la muerte de Víctor
Manuel. Además, estuvo hablando de Geografía, de la cual sabe
tanto como un profesor. Cerraba los ojos y decía: "Veo toda Italia,
sus Apeninos cruzándola, con los ríos que corren por aquí
y allá...", y decía los nombres con tanta rapidez y
seguridad como si los tuviera viendo.
Nelle también le admira y sonrió durante toda la tarde con su
semblante triste y melancólico.
La última satisfacción fue ver cómo mis tres amigos se
iban para su casa: Nelle iba entre Deroso y Coreta, que son mucho más
altos y fuertes que él, riendo como nunca.
Al volver al salón me di cuenta de que faltaba el cuadro de Rigoletto,
el bufón jorobado. Mi padre lo había quitado por la mañana
para que Nelle no lo viese.
Sábado 21.- Franti
es un malvado y por eso yo lo odio. Cuando alguien llora, él se
ríe; cuando puede, pega a los pequeños. Teme a Garrón,
pero a sus espaldas pega al albañilito.
Hay algo perverso en aquellos ojos torvos, en aquella frente estrecha. No gusta
a nadie; lleva los cuadernos y los libros rotos y de aspecto desagradable.
Dicen que su madre está enferma de los disgustos que le da, y que su
padre le ha echado de casa tres veces.
Su madre va de vez en cuando a pedir informes al colegio, y siempre se va
llorando. Franti odia el colegio y a los profesores, y también a sus
compañeros.
Nuestro profesor ha tratado, por todos los medios, de corregirle por las buenas,
haciéndole reflexionar, pero todo ha sido en vano. Le sacaron de la
escuela por tres días, pero volvió más insolente que
antes. Cuando el profesor le riñe, se cubre el rostro con las manos como
si llorara, pero en realidad está riendo. Deruso trató de hacer
algo por él, de ayudarle, pero Franti le amenazó con clavarle un
clavo en el vientre.
Esta tarde, cuando el profesor le estaba dando a Garrón el cuento
mensual para que lo copiara, Franti puso un petardo que estalló en medio
de la clase. Como se reía, el profesor comprendió enseguida
quién había sido, y gritó muy enfadado:
"¡Franti! ¡Fuera de la clase!" Como no quería
moverse, el profesor ha tenido casi arrastrarle hasta el despacho del director.
Cuando ha vuelto se le veía muy compungido y nos ha dicho:
"¡Hijos míos, tantos años, y ahora esto!", y
todos le veíamos tan triste que Deroso se ha levantado y ha dicho en
nombre de los demás: "Señor profesor, nosotros le queremos
mucho". Nos ha mirado con cariño y ha dicho: "Gracias, hijos.
Roguemos por Franti y sigamos con la lección".
Lunes 23.- Éste es
el cuento de este mes; se llama "El tamborilero sardo": En el primer
día de la batalla de Custoza, el 24 de julio de 1848, sesenta hombres de
un regimiento de infantería que habían sido enviados a una loma
para ocupar una casa solitaria, se vieron asaltados por los soldados
austríacos, que apenas les dieron tiempo para refugiarse en la casa y
reforzar la puerta. Asegurada ésta, nuestros hombres se distribuyeron
entre las distintas ventanas para hacer fuego y alejar a los atacantes; pero
los sitiadores, acercándose poco a poco, respondían a los
disparos.
Mandaba a los italianos un capitán viejo, seco y severo, que, firme como
una roca, deba órdenes sin parar. Iba también con ellos un
tamborilero sardo, un niño de catorce años que apenas aparentaba
doce. Éste miraba desde la ventana más alta de la buhardilla el
humo de los disparos, y las banderas blancas de los austríacos, que
avanzaban lentamente.
La casa estaba situada en lo más alto de una pendiente y sólo los
flancos y la fachada eran atacados por las balas. Éstas destrozaban las
tejas y desconchaban las paredes, rompían todo, entre silbidos que
aterrorizaban.
Cuando un soldado caía frente a una ventana, era echado a un lado;
algunos iban de habitación en habitación apretándose la
herida; en la cocina había ya un muerto.
Llegó un momento en que el capitán se vio verdaderamente apurado,
y entonces llamó al tamborilero y le dijo: "Muchacho,
¿tú tienes valor?"; "Sí, mi
capitán", respondió.
Entonces, seguidos de un sargento que anotó algo en un papel, llegaron
hasta la buhardilla desde donde se divisaba un destacamento de italianos a lo
lejos. El capitán dijo: "Toma este papel, guárdatelo bien;
quítate la mochila. Desde la ventana puedes descolgarte hasta llegar al
llano; como esta parte no está atacada, estarás fuera de peligro.
Corre con todas tus fuerzas y llega hasta donde están los nuestros.
Piensa que nuestra salvación depende ahora de ti". El muchacho se
ató la cuerda a la cintura, se guardó el papel en el pecho, y
dijo: "No se preocupe, mi capitán".
Poco tiempo después, el tamborilero corría cuesta abajo hacia el
destacamento italiano. Ya esperaba el capitán que el muchacho no fuera
descubierto, cuando cinco o seis nubecillas de polvo le advirtieron que estaban
disparando contra él. Pero el tamborilero seguía corriendo; de
pronto, el capitán le vio caer al suelo, "¡Muerto!",
exclamó; pero al poco rato vio que se levantaba de nuevo y
proseguía, aunque cojeando. El capitán pensó que se
habría torcido un pie. A ratos, el chico se paraba como para descansar,
y después corría de nuevo tomando nuevos bríos.
El capitán pensó: "Quizá una bala le ha rozado un pie
o la pierna. ¡Ánimo, muchacho! ¡De ti dependemos! ¡Si
no llegas pronto, tendré que entregarme y caer prisionero o, si no, mis
soldados morirán todos!"
Entonces, el sargento subió para decirle que los austríacos, sin
dejar de hacer fuego, habían hecho ondear una bandera blanca para
preguntarles si se rendían; el capitán ordenó que no se
respondiera, pero bajó para ver cómo estaban sus hombres. Muchos
parecían borrachos, vagando de un lado para otro, heridos mortalmente;
otros tenían miedo y se escondían; muchos cadáveres
yacían por los suelos. El oficial les gritaba: "¡Ánimo!
¡Resistamos un poco más! ¡Van a venir refuerzos!",
pero, a pesar de esto, la fuerza flaqueaba en los sitiados, y los
austríacos avanzaban cada vez más.
Llegó un momento en que el ataque fue muy duro y el oficial de los
atacantes dijo: "¡Rendíos! "¡No!",
contestó el capitán, y el fuego se hizo más duro por ambas
partes.
Pocos instantes después se oyeron los redobles del tambor de los
refuerzos italianos. A lo lejos se veían los gorros de los carabineros,
que iban con las espaldas desnudas haciendo molinete sobre sus cabezas; hubo
unos momentos de desconcierto entre los austríacos, que tuvieron que
organizar la defensa hacia el otro lado. Por ambas partes se redoblaron los
esfuerzos y aquel día, a pesar de la valerosa resistencia que hicieron
los austríacos, éstos fueron vencidos y tuvieron que retirarse a
la mañana siguiente hacia el Mincio.
El capitán, que tenía una herida en la mano, salió con sus
soldados y llegó al hospital, que había sido instalado no lejos
de allí. Se puso a buscar a su teniente, que estaba con el brazo roto,
cuando al pasar cerca de una cama, una voz le llamo: "¡Mi
capitán!" Era el tamborilero sardo. "¡Hola, muchacho!
¿Eres tú? ¡Muy bien! Has sido un valiente. Sin ti hubieran
muerto muchos de los nuestros y habríamos tenido que rendirnos al final.
¡Eres un valiente!" "Ya ve usted; se dieron cuenta enseguida, y
comenzaron a tirarme, hubiera llegado veinte minutos antes si no fuera por la
herida. Suerte que encontré pronto a un jefe del Estado Mayor, a quien
di la esquela. En fin, he hecho lo que he podido; estoy contento. ¡Mi capitán!
Está usted herido". El capitán se mira la mano. "No es
nada, un rasguño". El muchacho insistió:
"¡Déjeme que se lo vende!"; pero, al incorporarse, tuvo
que desistir porque su debilidad era manifiesta, y cayó sobre la
almohada. "¿Has perdido mucha sangre?", preguntó el
capitán. "Algo más que sangre", y abriendo la colcha
mostró que no tenía más que una pierna. La otra
había sido amputada más arriba de la rodilla. Al pasar por allí
el médico dijo: "Ha sido una verdadera lástima; esta pierna
hubiera podido salvarse con nada, si no hubiera sido por el esfuerzo a que fue
sometida. Entonces sobrevino la hinchazón y tuvimos que amputar. No ha
exhalado ni un grito ni derramado una sola lágrima. Estoy orgulloso de
que este muchacho sea italiano". El capitán se quedó mirando
al tamborilero y, lentamente, se quitó el gorro. El chico se
asombró: "¡Capitán! ¿Por mí?", a lo
que el capitán contestó: "Sí, hijo mío. Yo seré
un capitán, pero tú eres un gran héroe".
Después, aquel hombre, que nunca había tenido un detalle amable
con un inferior, se arrojó en los brazos del muchacho y le besó,
repitiendo: "¡Que Dios te premie! ¡Eres un héroe!
Martes 24.- Mi padre
leyó el cuento y le gustó mucho; luego me encontré una
cartita suya en mi almohada; dice: "Ahora que has leído el cuento
de "El tamborilero sardo", te será fácil escribir un
tema de la composición semanal: "Por qué se ama a
Italia". ¿No te vienen a la mente cien respuestas? Porque mi madre
es italiana; porque bajo su tierra están enterrados mis mayores; porque
en Italia está la ciudad donde he nacido y he vivido siempre; porque mi
lengua es la italiana; porque mis hermanos, mis hermanas, mis amigos, la tierra
que me rodea, la Naturaleza que admiro es italiana. ¡Hijo mío!
¡Quizá todavía no puedas sentir en tu pecho lo que esto
significa! Lo sentirás cuando seas hombre, y se despertará en ti
esa fuerza cuando oigas injuriar a tu patria quizá en un país
extranjero. Lo sentirás el día en que, Dios no lo quiera, un
país enemigo intente implantar sus leyes en tu tierra".
"El amor a la patria es algo grande y sagrado, tanto, que si un día
hubiese guerra y sólo tú volvieses de un regimiento vencido, y yo
supiese que había sido porque te habías escondido por
cobardía, yo, tu padre, no podría quererte ya tanto, y
moriría con pena en el corazón. Tu padre".
Miércoles 25.- Como
era de esperar, también Deroso ha conseguido el primer premio a la mejor
composición sobre la patria. ¡Y Votino, que estaba tan seguro de
conseguirlo! Yo antes quería a Votino, pero ahora le veo tan envidioso,
ya no me gusta. Sólo estudia para competir con Deroso, pero éste
le da cien vueltas en todas las asignaturas.
También Carlos Nobis tiene envidia, pero es demasiado orgulloso para
demostrarlo ante los demás. Votino, en cambio, dice que el profesor
comete injusticias, que Deroso es el favorito y por eso se lleva todos los
premios y las mejores notas. Cuando Deroso responde de forma correcta, cosa que
ocurre siempre, Votino se ríe con risa de conejo, y todos los de la
clase nos volvemos para mirarle la cara de rabia.
Esta mañana se ha delatado claramente. Cuando el profesor ha anunciado
las notas, ha dicho: "Primero de la clase, con diez décimas y
medalla: Deroso", Votino ha estornudado estrepitosamente. El maestro le
miró y dijo: "Votino, no dejes que se apodere de ti la serpiente de
la envidia. Es el peor mal que puede atacar a un hombre". Todos le miramos
menos Deroso, y Votino se quedó muy cortado.
Entonces, Votino se sentó y se puso a escribir un papel para Deroso, que
ponía: "Yo no envidio a los que ganan los primeros puestos de una
manera injusta".
Quería mandárselo a Deroso, yo me di cuenta de que algunos que
estaban junto a él hacían una gran medalla de cartón y
dibujaban una serpiente negra sobre ella.
El profesor tuvo que salir un momento y, entonces, éstos se levantaron y
se la dieron solemnemente a Votino. Éste palideció de rabia.
Deroso gritó: "¡Dádmela!", y la rompió.
Cuando el profesor entró de nuevo, todo volvía a estar en calma.
Yo vi cómo Votino doblaba el papel que había escrito en infinidad
de dobleces, que lo masticaba un poquito y lo tiraba debajo del banco. Al salir
de la clase, Deroso, siempre noble, le ayudó a colocarse el abrigo y a
abrocharse el cinturón. Votino no se atrevió a levantar la vista.
Domingo 29.- Hoy he recibido
una cartita de mi madre: "Mi querido Enrique: Me ha gustado mucho lo que
me has contado que ha dicho hoy el maestro en clase de Religión. Es
cierto. Cuando tu padre y yo muramos, nos encontraremos en otra vida,
allí quien en ésta ha sufrido mucho tendrá su compensación.
Pero todos debemos hacernos dignos de esa vida".
"Cada buena acción tendrá su recompensa. Propónte
cada día ser mejor que el anterior, para que tu padre y yo podamos
sentirnos orgullosos de ti, y que tú puedas decir todas las noches:
"Padre, madre, hoy besáis a un niño mejor y más bueno
que el que besasteis ayer".
"Tú no puedes saber la ilusión y alegría que yo
experimento cuando te veo de rodillas, rezando. Piensa que en el cielo nos
encontraremos todos. ¡Dios mío, qué felicidad! Volver a ver
a mi madre, a mis hijos, a mi querido Enrique a quien podré abrazar por
toda la eternidad. Sé bueno para que podamos encontrarnos allí
algún día. Un beso. Tu madre".
Febrero
Sábado 4.- Esta
mañana vino a repartir los premios al colegio un inspector. Hizo varias preguntas
a algunos niños, y luego entregó la primera medalla a Deroso;
antes de dar la segunda estuvieron hablando un rato él, el director y
nuestro profesor. ¿A quién le correspondería? Había
varios merecedores de ella. Entonces, el inspector se levantó, con su
traje negro y su barba blanca, y dijo: "La segunda medalla se la otorgo a
Precusa; no sólo por sus excelentes trabajos sobre Aritmética,
Caligrafía y todo lo demás, sino, también, por su buena
conducta, voluntad y amor filial". Precusa se quedó tan asombrado
que no sabía ni salir a buscar la medalla.
El inspector, antes de colocársela, le miró aquellas ropas
remendadas y grandes, aquellos zapatos rotos, la palidez de sus ojos hundidos
que denotaban el sufrimiento de su vida. Entonces le dijo: "Precusa, a ti
te toca la medalla, no sólo por tu inteligencia, sino por tu buena
voluntad y por tus cualidades personales. ¿No es verdad que
también la merece por eso?", preguntó a la clase. Todos
contestamos que sí a la vez.
A la salida estaba el padre de Precusa esperándole, con su
expresión de borracho, su gorra medio caída y
tambaleándose. El inspector, muy jovialmente, como si le conociera de
toda la vida, se le acercó, y poniéndole una mano sobre el
hombre, le dijo: "Buenos días, señor. ¿Éste es
su hijo? Pues le felicito, porque ha conseguido la segunda medalla entre
cincuenta y cuatro compañeros. Es muy inteligente y hará carrera.
Puede usted estar orgulloso de él, se lo aseguro". El herrero, como
si no comprendiera, miraba al inspector y a su hijo, como si hasta aquel
momento no entendiera cuánto había hecho sufrir al
pequeño, le cogió torpemente la cabeza y ala apretó contra
su pecho.
Domingo 5.- La medalla
otorgada a Precusa despertó en mí una especie de remordimiento;
yo todavía no he ganado ninguna y, de un tiempo a esta parte, estoy
descontento de mí. Y mi profesor, mi padre y mi madre también lo
están. No sé qué me pasa. No hago los deberes con el
entusiasmo de antes, ni siquiera luego voy a mis juegos contento.
Tampoco me siento con alegría a la mesa con los míos. Sobre todo
cuando por las noches veo grupos de muchachos que, riendo y golpeándose
la espalda, pasan por la plaza con los trajes blanqueados de cal, o negros de
carbón, o llenos de pintura. Pienso que ellos son felices porque ganan
su pan, y hasta se ponen a estudiar por las noches, mientras que yo no he hecho
nada más en la vida que emborronar cuatro páginas y aprenderme
algunas lecciones de mala gana.
¡Sí! ¡Estoy descontento! Y veo que mi padre está de
mal humor, pero no me dice nada porque espera todavía. Yo sé que
puedo estudiar, tener comida y comodidades gracias a mi padre, a su esfuerzo y
a su trabajo, pero yo no lo aprovecho.
¡No te preocupes, padre mío! Desde hoy mismo voy a comenzar a
estudiar en serio, como Estardo; a apretar los puños sobre las sienes y
levantarme al alba. No me importaría incluso enfermar con tal de no
llevar esta vida inútil.
Viernes 10.- Ayer vinieron a
casa Precusa y Garrón. Crosi no pudo venir porque al fin había
llegado su padre de América, después de seis años de
ausencia.
Precusa llevaba la medalla, y estaba muy contento porque su padre estaba de
nuevo trabajando en la fragua y hacía cinco días que no
bebía. Enseguida saqué mis juguetes, y se maravilló al ver
mi tren, que se le da cuerda y anda por las vías, tiene un montón
de vagones y es muy bonito. Precusa nunca había visto un tren así
y estuvo toda la tarde entusiasmado.
Viéndole así, con su cuellecito tan frágil, su palidez,
sus ropas grandes y sus manitas, hubiera querido darle todo lo que poseo.
Pensé enseguida regalarle el tren, pero tenía que pedir permiso a
mi padre. Entonces recibí un papelito escrito por él que
decía: "A tu amigo Precusa le gusta mucho el tren. Él no
tiene juguetes. ¿No te dice nada tu corazón?"; entonces
corrí hacia él y le dije: "Toma"; me miró muy
sorprendido, sin responder. "Es tuyo, tómalo". "Pero,
¿por qué?" Mi padre le dijo: "Enrique te lo regala
porque es tu amigo y te quiere..., para celebrar tu medalla".
El pobre Precusa se quedó tan sorprendido que no sabía qué
decir. Al irse sonreía y pedía perdón. Me dijo: "Un
día puedes venir a mi fragua, donde trabaja mi padre, y te daré
unos clavos".
Sábado 11.- La
soberbia de Carlos Nobis es ya excesiva; incluso se limpia el traje cuando
Precusa le roza; le gustaría tener un pupitre para él solo.
Envidia a Deroso porque es el primero, y desprecia a Garrón, ni le mira.
Coreta le dijo un día: "¡Vete con Deroso a ver si te
enseña modales!" Y todo esto porque su padre es muy rico; pero
también el padre de Deroso lo es.
Ayer fue a quejarse al profesor porque el calabrés le había
tocado la pierna con el pie. El profesor preguntó al calabrés:
"¿Lo has hecho expresamente?"; éste contestó que
no, y entonces dijo: "Nobis, creo que eres demasiado quisquilloso"; a
lo que él contestó: "¡Se lo diré a mi
padre!"
El profesor se enfadó y dijo: "Sabes perfectamente que tu padre no
te hará caso, como otras veces. Además, en el colegio soy yo el
que juzga y castiga. Mira, Nobis, debes tratar de cambiar algo. No seas tan
soberbio. Aquí hay ricos y pobres, y todos se llevan bien. ¿Por
qué no has de hacer tú como los demás? Bien poco te
costaría que todos te quisieran y así estarías más
contento. ¿Qué? ¿No me contestes nada?" Nobis dijo:
"No, señor". El profesor terminó diciendo: "Me das
pena; eres un muchacho sin corazón".
Cuando se sentó en su sitio, el albañilito se volvió hacia
Nobis y le puso un hocico de liebre tan gracioso que toda la clase se
echó a reír; el maestro le regañó, pero no
podía por menos que reírse también. Nobis se reía,
pero entre dientes.
Lunes 13.- Ni Nobis ni
Franti se conmovieron esta mañana ante un hecho que a todos nos ha
dejado tristes. Al salir de la escuela vimos que venía por la calle un
grupo de gente con tres guardias municipales, corriendo. Llevaban una camilla
con un hombre. Estaba herido; nos dijeron que era un albañil que
había caído de un andamio desde el cuarto piso.
Estaba mirando, cuando un brazo me empujó: era el del albañilito
que, pálido y tembloroso, miraba para tratar de ver de quién se
trataba. Detrás iba una mujer con un crío en brazos gritando:
"¡Está muerto!"; todos le decían que no, pero
ella seguía gritando. El albañilito estaba tan descompuesto, que
mi padre le ha dicho: "Anda, muchacho, corre a casa que allí
encontrarás a tu padre sano y salvo". Él echó a correr,
mirando hacia el cortejo de vez en cuando.
Yo sí que estoy tranquilo cuando estoy en el colegio, poque sé
que mi padre está trabajando en su despacho, en casa, a salvo de
cualquier accidente; pero muchos de mis amigos temen por sus padres, que
trabajan de albañiles, de maquinistas, de torneros, de serradores.
Viernes 17.- Ayer
ocurrió la cosa más extraña del año. Fuimos mi
padre y yo por los alrededores de Moncalieri, para ver alguna finca que nos
alquilasen para el verano, pues este año ya no iremos a la que
teníamos en Chieri.
El que tenía las llaves de una que nos interesaba era un maestro, muy
viejo ya y retirado; después de enseñarnos la casa nos hizo
entrar en su habitación, donde nos ofreció unas bebidas;
había allí multitud de objetos extraños; mi padre se puso
a mirar atentamente un tintero tallado en madera.
Al ver que lo miraba, el viejo maestro decidió contarle la historia de
aquel tintero. "Le tengo en mucha estima. Hace unos años estuve en
Turín dando lecciones a los presos. Explicaba las lecciones en la
capilla, que era una especie de sala redonda, de altas paredes, por cuyas
pequeñas ventanas entraban algunos rayos de luz. Los presos estaban cada
uno en su celda y escuchaban la lección desde sus ventanillas de
barrotes. Yo paseaba entre ellos, viendo solamente sus caras sombrías,
enmarañadas por las barbas".
"Entre ellos había un preso, en número setenta y ocho, que
aprendía con mucho interés. En tres meses supo ya escribir y
leer, pedía libros y cada vez se interesaba más por las lecciones.
Un día me hizo una seña desde la reja para que me acercase; al
hacerlo me dijo: "Señor maestro, mañana me voy de esta
prisión porque me han destinado a la de Venecia. Permítame que le
bese la mano en señal de agradecimiento. Usted me ha hecho mucho
bien". ¡El pobre hombre! Me enteré que era más
desgraciado que un criminal; era ebanista, y un día tiró un
cepillo a la cabeza del patrón, que venía persiguiéndole
desde hacía tiempo, con tan mala fortuna que le hirió
mortalmente. Por eso le condenaron a varios años de cárcel, y el
pobre, cuanto más se instruía más se arrepentía de
su delito. Pasaron varios años, y el otro día vino aquí un
señor de aspecto triste y melancólico, bastante mal vestido. Me
preguntó si yo era fulano de tal; le dije que sí, y le pregunté
a mi vez quién era. Me dijo, con voz emocionada: "Yo soy el preso
número setenta y ocho; yo le recuerdo con mucho cariño y
gratitud. Mire, en este tiempo he labrado este tintero. ¿Quiere hacerme
el favor de aceptarlo en memoria mía?", yo me quedé tan sorprendido
que no sabía qué hacer. Entonces, el hombre, creyendo que no
quería aceptarlo, se lamentó: "¡Dios mío!
¡Seis años de sufrimiento no han bastado para purificar mis
manos!" Me pareció tan intensa la pena de aquel hombre, que
inmediatamente cogí el objeto y aquí está".
Así terminó la historia; mi padre y yo miramos atentamente el
tintero; estaba hecho con una gran paciencia.
Nos fuimos de allí, y tanto me impresionó esta historia, que
durante todo el trayecto no dejé de pensar en ella. Incluso
soñé por la noche. A la mañana siguiente, en el colegio,
me pusieron al lado de Deroso; en un momento de descanso le conté la
historia del preso. Éste se quedó sorprendido y me miraba tanto a
mí como a Crosi, el hijo de la verdulera. Luego me dijo que Crosi le contó
que su padre había traído un tintero tallado en madera como el
que yo le había contado. Además, era coincidencia. Seis
años estuvo en América el padre de Crosi, y seis años el
de la cárcel. Me contó Deroso: "Probablemente, su madre le
mintió, porque cuando ocurrió el delito Crosi era muy
pequeño. Él no sabe nada de eso. Mira, ayer vino a buscarle su
padre, hoy vendrá también seguramente. Tú haz lo que yo
haga".
Durante la clase, Deroso pasó un problema de Aritmética a Crosi;
luego le dio una hoja, y al final le quitó de las manos el cuento de
este mes, que tenía que copiar, para hacerlo él en su lugar.
A la salida estaba esperando efectivamente su padre; un hombre de barba negra,
pobremente vestido y con expresión triste. Deroso cogió la mano
de Crosi y apretándola, dijo: "¡Hasta la vista, Crosi!",
y luego acarició la barba del padre. Yo hice lo mismo. Su padre nos
miraba complacido, pero en sus ojos se leía una inquietud que nos
impresionó.
El padre había salido el año anterior para ir a trabajar a Francia
y volvía ahora a su casa; pero al desembarcar en Nápoles, se puso
tan repentinamente enfermo que no tuvo más remedio que quedarse en el
hospital, y sólo tuvo tiempo de escribir cuatro letras para decir a su
familia dónde se hallaba. La mujer, llena de angustia, no podía
ir, por tener una niña enferma y otra muy pequeña, y mandó
al chico con unos dineros para atender al padre, a quien todos llamaban Chacho.
El chico preguntó al portero por su padre, y al final, después de
varias averiguaciones, le mandaron al fondo de una larga sala llena de
enfermos, y abrieron unas cortinillas, diciendo: "Aquí está
tu padre"; el chico entró y se puso a llorar, abrazándole.
¡Pobre Chacho!, ¡qué cambiado estaba! ¡No le hubiera
reconocido! Estaba muy mal, se veía claramente. Parecía
más viejo y más cansado. El enfermo abrió los ojos un
momento y pareció reconocerle. El chico decía:
"¡Chacho! ¡Chacho! ¿No me reconoces? Soy yo, ¡tu
Cecilio!" Pero el hombre volvía a dormirse sin responder nada.
Se sentó llorando en una silla y se puso a esperar hasta que pasara el
médico a hacer visita. Pensaba en su padre los días de la
partida, de las esperanzas que toda la familia había puesto en aquel
viaje. Pero ahora veía a su padre muerto, a su madre de luto y a todos
en la miseria. Poco tiempo después pasó una monja, que le
preguntó: "¿Qué haces aquí, muchacho?"
"Estoy para ver cómo se encuentra mi padre. He llegado esta
mañana del pueblo". "No te preocupes. Pasará el
doctor".
Al llegar éste a donde estaba el Chacho, le miró, le auscultó
y dijo simplemente: "Seguir con el tratamiento". Cecilio le miraba:
"Por favor, dígame qué tiene mi padre".
"¿Es tu padre? Tiene una erisipela facial. Ten ánimo. Tu
presencia puede hacerle mucho bien". "¡Pero si no me ha
reconocido!" El médico le miró a los ojos: "Pero
quizá mañana lo haga. Ten fe".
Cecilio no se atrevió a preguntar más cosas. Se consolaba
espantando las moscas al enfermo, dándole agua, apartando los cabellos,
arreglando la cama. A la mañana siguiente, en efecto, pareció que
el enfermo le reconocía algo y le sonrió.
Así pasaron cinco días, durante los cuales el enfermo se
acostumbró a la vista del chico y no quería tomar medicamento si
no era de su mano; el muchacho enflaquecía, pues, absorbido por el
cuidado de su padre, no se preocupaba de él mismo, y sólo
comía algo que la hermana le traía de vez en cuando.
El quinto día, el enfermo se puso peor de repente y el médico, al
verle, hizo un gesto como diciendo: "Esto está acabado".
Cecilio estaba llorando apoyado en la cama, cuando una voz, que resonó
en el pasillo, le hizo dar un salto. Se asomó y se quedó clavado
del asombro. Allí, a pocos pasos de él, estaba el Chacho.
El hombre se volvió de repente y gritó:
"¡Cecilio!" Ambos se abrazaron y besaron, y el chico
contó sus penas y lo que había sufrido esos días pensando
que se estaba muriendo.
"Pero, ¡cómo!, ¿te mandaron al lecho de otro enfermo?
Yo estaba desesperado al no verte, pues tu madre me escribió diciendo
que te había enviado. Yo ya estoy bien, no ha sido nada.
¿Cómo está Conchita? ¿Y la pequeña? Anda,
vamos, que tengo ganas de abrazarlas a todas. ¿Qué te pasa?
¿No vienes?" " Es que, padre..., he estado estos días
con este hombre y le quería y le cuidaba porque pensaba que eras tú;
yo ya iré mañana o pasado". "Como quieras, hijo,
quédate si es tu gusto. Toma dinero para lo que necesites. Te esperamos,
adiós" Y le cubrió de besos de nuevo.
El niño se sentó al lado del viejo enfermo, y siguió su
oficio de enfermero sin llorar más, pero con el mismo cuidado y
solicitud que antes. Aquella noche el viejo se puso peor y llamaron al
médico.
El chico cogió la mano del enfermo. "¡Me ha apretado la
mano!", dijo Cecilio; pero en aquel instante había muerto.
"Vete, muchacho, has terminado tu obra. Que seas feliz y tengas suerte en
la vida; te la mereces por el bien que le has hecho a este enfermo", le
dijo el doctor. Y el chico se fue, diciendo: "Adiós, Chacho!"
No encontró otro nombre que darle sino por el que durante cinco
días le había llamado.
Y con paso lento por el cansancio, se fue a su pueblo, dando gracias a Dios por
la curación de su padre, y consolado por haber ayudado a morir a un
pobre hombre que estaba solo.
Sábado 18.- Ayer
vino Precusa a recordarme que tenía que pasarme un día por el
taller de su padre, y hoy, al salir de la escuela, le he dicho a mi padre que
nos acercásemos.
Precusa estaba sentado haciendo los deberes y su padre trabajando con el
aprendiz. Ya no tiene aquel aspecto indiferente y espantoso, sino que parece
más sano y más alegre. Al verme me dijo: "¡Vaya!
Aquí está el chico que regala ferrocarriles. ¿Has venido a
ver cómo se trabaja? Pues lo verás enseguida". Cogió
una barra al rojo vivo y comenzó a martillearla hasta darle la forma
deseada. Luego nos la enseñó: "¿Qué te
parece?"; mi padre dijo: "Sí que está bien hecha.
Parece que vuelve a tener ganas de trabajar". El hombre se limpió
el sudor de la frente. "Sí que vuelvo a tener ganas, sí, y
¿sabe quién ha sido el que lo ha conseguido? Pues mi hijo".
Al salir, Precusa me dijo: "Perdóname", y me puso un paquete
de clavos en el bolsillo. Mi padre me dijo luego: "Tú has regalado
tu tren a Precusa, pero aún cuando hubiera estado lleno de oro y
diamantes hubiera sido un regalo pequeño para el que ha sabido regenerar
el corazón de su padre".
Lunes 20.- Ésta es
la semana de Carnaval. Toda la ciudad bulle de alegría ante esta fiesta.
Debajo de mi casa se ha instalado precisamente una pequeña
compañía veneciana con cinco caballos, que ha montado su toldo de
lona.
¡Pobre gente! ¡Qué vida la suya! Hay una mujer que cuida de
un bebé, hace la comida, y en las funciones baila sobre una cuerda
tensa. Corren de sus carromatos al circo, abrigados con mantas porque hace
mucho frío. Comen dos bocados entre función, y nunca están
seguros de cuánto van a ganar, pues aún cuando el cine se llene,
puede que venga un aire y se les lleve la lona o se apaguen las luces; entonces
tienen que devolver el dinero y pasarse la noche reparando aquello.
Son gentes que ganan honradamente su vida trabajando para divertir a los
demás. Mi padre está entusiasmado con ellos, y siempre baja a
hablarles y luego nos lo cuenta.
Nosotros fuimos al circo un día, pero estaba casi vacío. No por
eso dejó el payasín de hacer sus juegos y gracias con gran
entusiasmo. Este chico que hacía de payaso tenía ocho años
y era el hijo del dueño del circo. Mi padre se hizo amigo de ellos, y
pensó en ayudarles. Escribió un artículo que se
publicó en el diario, y un amigo suyo, pintor, dibujó un retrato
del niño. A la mañana siguiente, en el circo no cabía un
alfiler. Estaba llenísimo, y vi a muchos de mis compañeros.
Mi padre se fue antes para que no le dieran las gracias, y cuando yo me iba,
vino el payasín, que me dio dos besos en señal de agradecimiento.
"Uno par ti y otro para tu padre".
Jueves 23.- Nuestro
profesor está muy enfermo, y ha venido de suplente el viejo maestro de
pelo blanco que había enseñado a ciegos. Habla despacito, como
canturreando una melodía, pero habla bien.
Cuando entró en clase, Deroso se levantó y le hizo una pregunta:
"Señor, ¿es cierto que usted ha enseñado a ciegos?
¿Podría explicarme algo de ellos?" El maestro se
quedó pensativo unos instantes y respondió: "Sí, yo
he estado varios años en el Instituto de ciegos. Vosotros decís la
palabra ciegos, como si dijerais enfermos, o pobres. Pero, ¿os habéis
detenido un momento a pensar sobre ello? Cerrad los ojos por unos instantes y
notaréis la tremenda angustia que se siente. Pensad que hay ciegos que
han sufrido mucho, que han sido intervenidos quirúrgicamente muchas
veces; otros han nacido así, y nunca han conocido la luz, ni el color,
ni el rostro de su madre, ni sus propias manos. Hijos míos, dad gracias
al Cielo que ha querido colmaros con la gracia de la visión. ¡Hay
cerca de veintiséis mil ciegos en Italia! Pero, al faltarles la
visión, se les agudizan los otros sentidos para suplirla en lo posible.
Ellos saben la estatura de una persona por la voz; recuerdan las entonaciones
durante años. Nosotros, al ver a una persona, la juzgamos por los ojos;
ellos, por la voz. Al tacto se dan cuenta de si una cuchara está limpia
o no; si la lana está teñida o es de color natural; al pasear por
las calles, reconocen por el olor las tiendas por las que pasan, aún
aquellas en las que nosotros no distinguimos ninguno".
Garofi preguntó si era verdad que aprendían a hacer cuentas y
leer mejor que nosotros. El maestro dijo: "Sí, tienen libros hechos
ex profeso para ellos, con las letras en relieve; calculan con gran facilidad
mentalmente, porque nada les distrae la vista como a vosotros. Reconocen a su maestro
por el andar, por el olfato. Saben si está de buen humor o de mal humor
y le profesan más cariño que vosotros. Sienten un gran amor por
la música, y tocan muy bien los instrumentos.
Deroso preguntó si podía ir a verles. "Sí, se puede,
pero el mejor que vosotros esperéis un poco para ir; es un
espectáculo un poco triste ver a todos aquellos jóvenes,
niños y niñas, sentados frente a una ventana aspirando el aire
que entra por ella, con los ojos fijos en el horizonte, pero sin ver nada.
Cuando van su s madres a verlos, les palpan la cara, el cuerpo, las manos, para
saber cómo son. No hay ni uno solo de los que de aquel lugar salen, que
no estuviera dispuesto a privarse un poco de su propia vida, para
dársela a uno de aquellos pobres que no ven la luz, ni el sol, ni a su
madre.
Sábado 25.- Ayer
fui a visitar a mi profesor, que está bastante enfermo. Mi madre me
acompañó pero se quedó en la calle esperándome y yo
subí solo. En la escalera me encontré con el profesor Coato, el
que da miedo a los niños pero que en el fondo es tan buena persona.
Llamé a la puerta y me abrió la criada, haciéndome pasar
enseguida a una habitación donde el profesor se hallaba en cama.
"¡Hola, Enrique!, has venido a ver a tu profesor enfermo. Bien, Dios
te premiará esta obra de caridad. ¿Qué tal van las cosas
sin mí? ¿Bien? Bueno, hombre, ya sé que me tenéis
aprecio". Luego me enseñó las fotos de muchos alumnos, que
tenía colgadas de la pared, diciéndome que aquella era su familia
y que cuando se muriera, su última mirada sería para aquellas
fotografías de chicos que él había educado.
"¿Me darás también tu fotografía,
Enrique?" Le dije que sí.
¡Pobre profesor! Le ha puesto malo el gran trabajo que realiza; cinco
horas de clase, una de gimnasia, y luego dos horas por la noche en la escuela
de adultos. Come muy deprisa y no descansa lo suficiente, porque en casa tiene
que corregir los cuadernos de clase.
Se puso muy pálido y me dijo: "Tengo mucha fiebre. Estoy muy malo,
Enrique. Si vuelvo al colegio, acuérdate: firme en Aritmética. Y
ahora adiós, no vuelvas a venir; ya nos veremos en el colegio. Dame un
beso". Él también me besó en la frente y yo me fui de
allí muy triste, corriendo por las escaleras, porque tenía ganas
de abrazar a mi madre.
Sábado 25.-
"Querido Enrique: Esta mañana, cuando volvías de casa del
profesor, te observaba desde una ventana. Tropezaste con una pobre mujer y no
le pediste disculpas. Debes ir con cuidado, porque también en la calle
hay deberes que cumplir. Si ves a un anciano o a un niño pequeño,
cédeles el paso. Si un niño llora solo en la calle,
pregúntale qué le ocurre; si a un anciano se le cae el
bastón, apresúrate a recogerlo; si dos niños se pelean,
sepáralos; si son dos hombres, aléjate por no ver ese
espectáculo brutal, que denigra la condición humana".
"Responde amablemente a quien te pregunte algo por la calle; no mires a
nadie riendo, porque podrían ofenderse; mira y trata con reverencia a
las personas con algún defecto físico, a los ciegos, a los mudos,
a los cojos. No pases atolondrado ante ellos y ayúdales a cruzar la
calle".
"Piensa que la cultura de un pueblo se mide también por la
educación de sus habitantes y por cómo se comportan en la calle.
Ama a Italia, hijo mío, y defiéndela cuando la injurien. Tu
padre".
Marzo
Jueves 2.- Ayer por la
noche me llevó mi padre a ver las clases de adultos, que se dan en mi
mismo colegio. Al llegar nos encontramos con un montón de hombres de
todas las edades que entraban. Los había jóvenes y otros de
más de cuarenta años; todos contentos y sucios de harina, cal,
pintura, barniz, carbón, etc, todos con sus cuadernos entrando deprisa.
Allí vi al joven profesor que le llamaban el abogadillo, dando clase a
unos cuantos. También estaba mi profesor, que mañana ya
empezará con nosotros de nuevo.
Estaban muy atentos. Era gracioso ver a aquellos hombretones ocupando los
sitios que nosotros ocupábamos durante el día. Y nos dijeron que
algunos estaban sin comer; por no llegar tarde no habían pasado por casa
y tenían hambre. Fui a mi clase y en mi sitio estaba sentado un hombre
de negra barba con una mano vendada; donde se sienta el albañilito, se
sienta también su padre. Él mismo se lo pidió al profesor.
Y a la salida están las madres con los niños, esperándoles
y todos se van a casa, contentos y cansados.
Domingo 5.- Franti ha sido
expulsado definitivamente del colegio. Ayer hubo un gran revuelo porque varios
cristales aparecieron rotos. Un bedel salió corriendo a la calle y
atrapó a un niño que pasaba, pero Estardo se presentó
enseguida y dijo que había sido Franti, y que éste le
había amenazado si le denunciaba. "Pero yo no tengo miedo",
añadió.
Mi hermana Silvia vio lo que ocurrió y llegó a casa aterrorizada.
Estardo va cada día a clase de las niñas a buscar a su hermana
pequeña para llevarla a casa. Franti, que estaba esperándole en
la esquina, al verle, dio un tirón tan fuerte a la trenza de su hermana
que casi la tira al suelo. Estardo es un poco más bajo que Franti, pero
se abalanzó sobre él.
Como es lógico, llevaba las de perder y recibía más que
daba; pero no se amedrentaba y seguía la pelea. Por suerte pasaron por
allí unos hombres que les separaron, llamando cobarde a Franti y
valiente a Estardo, que había defendido a su hermana.
Franti huyó malogrado, y Estardo no tenía otra
preocupación que recoger sus libros y cuadernos, y mirar si faltaba
alguno. Con el ojo amoratado y la oreja sangrante dijo a su hermana:
"Vamos a casa, que hoy tengo que hacer un problema de cuatro
operaciones".
Lunes 6.- Hoy ha ido el
padre de Estardo a buscarle al colegio, por si Franti hacía acto de presencia.
Pero dicen que a Franti lo van a meter en un correccional. También
estaba el padre de Coreta, que es su vivo retrato. Ya conozco a casi todos los
padres de mis compañeros, de tanto verles a la salida.
Miércoles 8.- Ayer
presencié una escena conmovedora al salir del colegio. La madre de
Crosi, la verdulera, se ha dado cuenta de que Deroso ayuda siempre a su hijo en
lo que puede; y gracias a él aprende más. Parecía, como
digo, que quería decirle algo, pero que no se atrevía. Al fin,
ayer por la tarde, se decidió: "Oiga, señorito,
¿puedo hacerle este regalito por la ayuda que usted presta a mi
hijo?" Deroso, muy confundido, dijo: "No, señora, muchas
gracias. Yo ayudaré a Crosi siempre que pueda porque le aprecio, pero no
puedo aceptar regalos". La mujer se angustió: "Pero,
¿no se habrá ofendido, verdad?" "No, no señora,
de verdad que lo agradezco; pero yo ayudo a Crosi porque le aprecio".
La buena mujer se quedó la mar de contenta y admirada al ver que el
señorito, el primero de la clase, ayudaba a su hijo y, además, no
aceptaba recompensas.
No obstante, un día el padre de Crosi, a la salida, se puso a hablar con
él; le dio las gracias por encargarse un poco de su hijo, y
también le preguntó: "Si tanto quiere al hijo, no
despreciará al padre, ¿verdad?" Deroso comprendió la
pregunta y respondió con el alma en la mano: "¡No, no
señor!" El padre de Crosi acarició a Deroso con
agradecimiento y, luego cogiendo a su hijo de la mano, se fue.
Lunes 13.- Hoy, día
trece, ha sido más alegre que ayer domingo. Hoy es la víspera de
la distribución de premios en el teatro Víctor Manuel. El
profesor ha entrado muy excitado y nos ha dicho: "Coraci, ¿quieres
ser tú mañana uno de los que den los premios a tus
compañeros?" Coraci, el calebrés, dijo que sí.
Entonces, el profesor nos explicó que este año se había
pensado que entregasen los premios chicos de diferentes provincias de Italia.
Entre siete mil alumnos no había sido demasiado difícil encontrar
a uno de cada provincia. Y como en nuestra clase teníamos al
calebrés, fue elegido uno de los doce representantes de provincia. A la
salida, todos le hemos cogido en hombros, gritando: "¡Viva el
diputado de Calabria!". Pero no para ridiculizarle, pues es un chico al
que todos queremos. Así le hemos llevado hasta la esquina, donde nos
hemos encontrado con un señor que se ha puesto a reír. Resulta
que era su padre.
Martes 14.- A las dos de la
tarde, todo el teatro Víctor Manuel estaba repleto. Había
niños, mujeres, hombres, profesores, niñas. En el patio
habían puesto dos escaleras; una por donde se subía para recibir
los premios y otra por donde se bajaba. La orquesta estaba en su sitio; la
galería aparecía llena de profesores y profesoras.
Cuando entré en el palco con mi familia, vi a mis compañeros en
el patio de butacas, todos estaban muy bien arreglados, sobre todo los que
tenían algún premio o mención honorífica.
A las dos en punto, la banda comenzó a tocar una marcha preciosa; luego
salieron las niñas del coro y cantaron unas canciones dulces que fueron
aplaudidas. Después de esto, la emoción creció: iba a
empezar el reparto de premios.
En todo el teatro había un gran silencio; de pronto, aparecieron por el
patio de butacas doce muchachos correctamente vestidos, que se colocaron en
filas perfectas. Una voz desde el escenario exclamó: "Ahí
tenéis a Italia". Eran doce muchachos de las doce provincias.
Enseguida reconocí al calabrés.
Y empezó el reparto por los más chiquitines, hasta que
llegó el turno a mi clase. Entonces sí que me divertí.
Pasó Coreta enseñando sus dientes blancos y ataviado como un
señorito, ¡y quién sabe cuántos kilos de leña
habría descargado por la mañana! Luego, Deroso, a quien todos
dieron un apretón de manos. También tuvo un premio Roberto, el
niño que salvó la vida al pequeño, quedándose un
pie bajo el carruaje que iba a atropellarlo. Subió al escenario con
muletas, y como varias personas conocían el hecho, corrió la
noticia por el teatro y resonó un aplauso unánime para el
pequeño héroe.
Lunes 20.- No fue por
envidia por lo que he tenido una pelea con Coreta. No, no creo que fuera por
eso. Hoy nos han puesto uno al lado del otro y él me ha dado un
empujón con el codo, de manera que me ha hecho emborronar una
página donde estaba escribiendo el cuento del mes, para el
albañilito, que está enfermo. Yo le solté una palabrota.
Entonces, él me miró sonriendo y me ha dicho: "No lo he
hecho a propósito". Yo debería haberle creído, porque
le conozco, pero me molestó que sonriera, y, al cabo de un rato, le he
dado un empujón a propósito, estropeándole la
página. Él me dijo por lo bajo: "Tú sí que lo
has hecho queriendo. Te espero fuera".
Yo me sentí mal; estaba arrepentido de haberle hecho esta mala
acción a Coreta. Él no lo había hecho a propósito.
A la salida, él se acercó a mí; yo cogí la regla y
la levanté. Sabía que en este caso mi padre me habría
dicho: "Si has sido tú el ofensor, debes pedir perdón";
pero a mí me costaba humillarme. Entonces, Coreta me dijo: "No,
Enrique. Olvidemos esa tontería". Yo le abracé con fuerza y
nos quedamos muy contentos los dos.
Cuando llegué a mi casa, le conté el hecho a mi padre pensando
que se pondría contento, pero en vez de eso se enfadó, porque me
dijo que nunca debía levantar la regla sobre un compañero, y que
yo debía haber sido el primero que tendiese la mano; y cogiendo la
regla, la rompió contra la pared.
Viernes 24.- Éste es
el cuento del mes: "Sangre inocente". Aquella tarde, la casa de
Federico estaba más tranquila que de costumbre. El padre había
ido de compras a Forli; la madre, con una niña llamada Luisita, fue al médico
para que la viera y le operase un ojo malo. La mujer que venía a hacer
la limpieza se había ido.
Sólo quedaban en la casa Federico y la abuela, que tenía las
piernas paralizadas. Era una casa aislada, detrás de la cual
había un seto rodeando un pequeño huerto. Alrededor se
extendía la campiña solitaria.
Hacía bastante mal tiempo, y Federico y la abuela estaban sentados en el
comedor. El muchacho había llegado hacia las once, roto, sucio de fango
y con una señal en la frente. Se peleó con unos compañeros;
además, perdió la gorra.
Cuando la abuela le vio llegar en tal estado, le reprendió, diciendo:
"Tú no tienes corazón para con tu pobre abuela. Yo te quiero
con toda mi alma, ya lo sabes, pero aprovechas los días que tu padre y
tu madre están fuera para darme estos disgustos. Me has dejado sola todo
el día, sin tener compasión de mí. Tú vas por mal
camino, Federico, y debes tener cuidado. Se empieza jugando unos cuartos, luego
a otros vicios, hasta llegar al robo..."
Federico escuchaba lo que su abuela le decía con la frente caída
y todavía enfurruñado por la pelea. Era un buen muchacho, que se
peleaba y jugaba más por exceso de vitalidad que por maldad. Su padre le
dejaba libertad para darle más confianza en sí mismo y que
pudiese elegir el camino. Además, tenía muy buen corazón,
y lloraba arrepentido cuando su abuela le reprendía; por eso, al ver que
tanto hablaba y tan apenada parecía, iba a echarse en sus brazos cuando
le pareció oír un ruido en la habitación del pasillo.
"¿Qué ha sido eso?", preguntó la mujer.
"Habrá sido la lluvia"; pero de nuevo se repitió el
ruido. Federico se cogió de la mano de su abuela y preguntó
temblando: "¿Quién está andando ahí?"
Entonces entraron dos hombres en la habitación, cubierta la cara con
antifaces y con dos cuchillos en sus manos. Uno cogió a la abuela y el
otro al muchacho, a quien preguntó oprimiéndole el cuello:
"¿Dónde guarda el dinero tu padre?" "Allí,
en el armario", contestó Federico. Allí fueron, y el
ladrón abrió el cerrojo con un alambre y cogió el dinero. Entonces
sonaron unas voces por el camino cercano, y el hombre amenazó con el
cuchillo: "Si gritáis os degüello", pero hizo un gesto en
falso y se le cayó el pañuelo que le cubría el rostro. La
abuela dijo: "Monzón", pues había reconocido a un
antiguo vecino que siempre había ido por mal camino. El bandido
gritó: "Tienes que morir", y alzó el cuchillo para
cumplir su propósito, pero al bajarlo se encontró con el cuerpo
de Federico, que se había interpuesto, y fue él quien
recibió la puñalada.
La luz se había apagado momentos antes, por lo que la abuela no se dio
cuenta exacta de lo que sucedía; sólo sintió cómo
los dos hombres huían precipitadamente, y a Federico sobre su regazo.
"Federico mío; qué susto. Estoy viva, no me ha matado. Anda,
enciende la luz. Se han llevado el dinero..., pero tu padre lo había
recogido casi todo". El muchacho resbalaba por las rodillas de la vieja:
"Abuela, yo os he hecho enfadar mucho, os he dado disgustos.
Perdóname, por favor. ¿Me quieres, abuela?" "Mi querido
niño; ¡claro que te quiero! Tú sabes que te quiero mucho,
pero enciende la luz, no estemos a oscuras. Me asusta un poco la oscuridad.
Todo está olvidado; tú eres un buen chico en el fondo".
"Abuela, estamos mejor así, en la oscuridad..., ¿me perdonas
de verdad? ¿Sí? Ahora estoy muy contento. Da muchos recuerdos a
mis padres, a Luisita; adiós, abuela..., ¿os acordaréis
siempre de mí?" "Pero, ¡hijo!, ¿qué te
pasa? Enciende la luz"; pero el niño no podía ya contestar.
Había entregado valerosamente su alma a Dios para salvar la vida de la
madre de su madre.
Martes 28.- El
albañilito está gravemente enfermo. El profesor nos dijo que
fuésemos a verle, y acordamos ir Deroso, Garrón y yo. Estardo
hubiera venido, pero como tenemos que hacer la descripción del monumento
a Cavour, dijo que tenía que ir a verlo para hacerlo mejor. Sólo
para probarle, le preguntamos a Nobis y se excusó; asimismo, Votino.
Así que por la tarde, a las cuatro, nos vimos los tres frente a la casa
del albañilito. Compramos tres naranjas y subimos. Nos abrió la
puerta su padre, el albañil grandón, con la cara desencajada por
las preocupaciones.
"Venimos a ver a Antonio, y le traemos tres naranjas", dijo
Garrón. El padre nos hizo pasar. En una cama grande, de hierro estaba
Tono, muy delgado y con respiración fatigosa. Estuvimos a su lado
durante un ratito, pero no decía nada. El padre nos contó que no
había hablado en dos días, y que se le veía muy ausente;
diciendo todo esto, el hombre se limpiaba las lágrimas de los ojos.
Cuando ya nos íbamos, al bajar por la escalera, salió el
albañil gritando: "¡Garrón! ¡Garrón! No
te vayas. Tono te acaba de llamar. ¡Si esto fuera una buena
señal!" Garrón se despidió de nosotros y subió
corriendo. ¡Qué buen muchacho es!
Abril
Sábado 1.- Hoy ha
sido el primer día que ha aparecido la primavera. Yo estaba muy contento
porque pasado mañana iré con Coreta y su padre a ver al rey, ya
que dice el padre de mi amigo que le conoce; y también porque mi madre
me ha prometido llevarme este mismo día a ver la guardería. Otro
motivo de alegría era que el albañilito está mejor, y se
curará.
El profesor estaba de buen humor y explicaba los problemas bromeando. A la
salida se extendía el olor a violetas que llevaba la madre de Crosi, la
verdulera, y nunca me había sentido tan contento al ver que mi madre me
esperaba a la salida, y así se lo dije. "Es la alegría por
la primavera y la conciencia tranquila por el deber cumplido", me
contestó.
Lunes 3.- A las diez en
punto, Coreta y su padre me esperaban en la calle; mi padre me lo indicó
y yo bajé rápidamente. El padre llevaba puesta una medalla al
valor, entre otras, y parecía más elegante que nunca; nos contaba
que hacía quince años que no veía al rey, y nos explicaba
cómo era, cómo montaba a caballo, que tenía
veintidós años y le llamaba Humberto, como si fuera su amigo
íntimo.
Coreta le preguntó: "Si el rey te viera, ¿te
reconocería?" "Qué va, nosotros éramos miles y
él era uno sólo". Recordaba el hombre los días de las
batallas, los sufrimientos pasados por todos. Mucha gente quería ver
pasar al rey y nosotros no podíamos colarnos por ningún sitio. De
pronto, el padre de Coreta nos cogió a ambos de la mano y nos
llevó junto a una pared donde no había nadie. Enseguida vino un
guardia de la Seguridad diciendo que nos fuésemos con el público,
pero el padre de Coreta enseñó la medalla y dijo: "Soy del
cuarto batallón del cuarenta y nueve", y el guardia nos dejó
tranquilos. "Ah, muchachos; si en los momentos de peligro estaba cerca de
mi general, justo es que ahora también le pueda ver de cerca. El
príncipe estaba a mi lado, con la espada en la mano para parar las
lanzadas que llegaban hasta nosotros. Aquellos diablos entraron entre los
nuestros, y todos corrimos a defendernos. Disipada la humareda de la
pólvora, todos nos volvimos y encontramos a nuestro príncipe
montado a caballo y gritando: "¿Hay alguien herido entre los
míos?"; sin poder contenernos le vitoreamos y luchamos con
más ardor al ver su valentía. Siempre ha sido un buen rey; tanto
en la guerra como en las calamidades, ha acudido siempre en ayuda del
necesitado. Pero, ¡mirad!, ¡ahí llega!"
Miré en aquellos momentos al padre de Coreta, parecía otro. Su
frente resplandecía, y al llegar el carruaje frente a nosotros, no pudo
contenerse y gritó: "Cuarto batallón del cuarenta y
nueve"; el rey, que estaba mirando hacia el otro lado, se volvió y,
fijando los ojos en el padre de Coreta, sacó la mano fuera del carruaje;
Coreta avanzó y se la estrechó. La multitud se vino encima y por
unos instantes nos separamos.
"Poco después volvía a nosotros agitando la mano, y
pasándola por la cara de su hijo, le dijo: "Toma, hijo mío,
todavía está caliente. Ésta es una caricia del rey".
Martes 14.- Según me
había prometido, ayer me llevó mi madre al jardín de
infancia de la Carrera Valdoceo. Iba a recomendar a la directora a una
hermanita de Precusa. Yo nunca había estado en un jardín de
infancia, ¡y cómo me divertí!
Allí había doscientos niños y niñas, muy
pequeñitos todos; cuando nosotros llegamos era para ellos la hora de la
comida. Unos cogían las judías y se las metían en los
bolsillos; había quien comía con dos cucharas, y otro se las
arreglaba con la manos; alguno se quedaba embobado y no comía.
Las niñas estaban sentaditas, con sus batas y sus coletas con lazos
amarillos, rojos, azules. Luego, después de comer, se dirigieron al
patio, pero antes cogían cestas de la merienda, donde llevaban un huevo
cocido, pasas y ciruelas.
Mi madre andaba entre ellos, acariciándoles, y unos y otros se
disputaban por estar a su lado y contarle cosas. Uno le ofreció una
cáscara de naranja; otro, un hoja; una niña le enseñaba el
dedo donde se veía una pequeña ampollita que se había
hecho el día anterior tocando una lámpara.
Las profesoras no podían atender a todos, y los niños se echaban
sobre mi madre, con las manos llenas de huevo, de mermelada y de tierra,
manchándole el vestido. Pero a mi madre no le importaba el vestido, y
seguía acariciando y cogiendo en brazos a aquella criaturas, y al salir
a la calle, despeinada, con manchas en la ropa y con un ramito de flores en la
mano, se sentía tan contenta como si saliera de una fiesta.
Miércoles 5.- Como el
tiempo sigue muy bueno, nos han hecho pasar de la gimnasia de salón a la
de aparatos, que está instalada en el jardín. La madre de Nelle
fue a ver al director para decirle que excluyera a su hijo de los ejercicios de
aparatos, pero él dijo con mucha decisión que quería
hacerlos. Su madre temía que se burlasen de él, pero Nelle dijo:
"Me basta que esté Garrón y que él no se
ría".
En vista de esto le dejaron venir. Teníamos de profesor a aquel tan
grande que tenía una herida en el cuello y que había servido con
Garibaldi. Nos llevó enseguida a las barras verticales, que son muy
duras, y además teníamos que ponernos de pie en la punta. Deroso
y Coreta subieron como dos monos; Precusa también lo hizo bien, pero le
entorpecía la chaqueta grande que llevaba. Estardo bufaba, se esforzaba
mucho y lo consiguió. ¡Qué no conseguiría este
muchacho de lo que se propusiera!
Cuando le llegó el turno a Nelle algunos empezaron a sonreírse,
pero Garrón cruzó los brazos y lanzó una mirada tan
expresiva a su alrededor, que todos comprendieron inmediatamente que
soltaría cuatro sopapos a quien dijera algo.
Nelle comenzó a subir con gran dificultad; el maestro, cuando
llegó a la mitad, le dijo: "¡Baja!"; pero él no
hizo caso y seguía. Deroso, Garrón y Coreta le animaban,
diciendo: "¡Arriba, Nelle! Ya te falta poco"; al cabo
logró llegar al final y, cuando todo creíamos que ya iba a
bajarse, se puso de pie en el último travesaño. Todos aplaudimos
entusiasmados.
A la salida, la madre de Nelle le preguntó: "¿Qué
tal, hijo mío? ¿Cómo ha ido?"; todos contestaron:
"Estupendo. Ha hecho lo de todos"; y la pobre señora no
sabía qué decir; acarició a algunos, dio las gracias a
Garrón; y se marchó con su hijo cogido del brazo, charlando
animadamente.
Martes 11.- Anteayer,
leyendo mi padre el periódico, encontró una noticia que le
sorprendió; habían dado la medalla al mérito por sesenta
años dedicados a la enseñanza a un maestro de escuela llamado
Vicente Croseti, y precisamente éste había sido el primer maestro
de mi padre. Él creía que estaba muerto porque ya tenía
ochenta y cuatro años.
Vive lejos de la ciudad; se tarda una hora en tren. Mi padre decidió que
él y yo iríamos a verle. Fuimos ayer por la mañana.
¡Qué excursión tan maravillosa!
Su maestro de escuela le traía a mi padre un montón de recuerdos
de su infancia, de sus clases, de sus compañeros, de su madre, ya
muerta. Habían pasado cuarenta y cuatro años, y, desde luego, mi
padre no esperaba ser reconocido.
Ayer a las nueve de la mañana estábamos en la estación de
Susa. A mí me hubiese gustado que nos acompañase Garrón,
pero no pudo porque tiene a su madre enferma. El tren discurría por un
campo florido, y mi padre estaba muy contento. De vez en cuando me echaba el
brazo al cuello y me hablaba como a un amigo. "¡Pobre Croseti!
¿Cómo habrá venido a para a Turín? Fue el primer
hombre que me quiso después de mi padre, y aún recuerdo sus
sabios consejos y también sus regañinas, que me dejaban el
corazón triste. Tenía las manos pequeñas y gruesas.
Aún le veo entrar en la clase, con su bastón. Estaba siempre de
buen humor y nos trataba con cariño, como si fuéramos sus hijos.
¡Cuánto habrá cambiado después de cuarenta y cuatro
años!"
Al llegar, mi padre ya no hablaba, parecía absorbido por completo por
sus recuerdos. De pronto se detuvo, y dijo: "¡Ahí
está! Seguro que es él". Por el caminillo bajaba un hombre
de pelo blanco, muy viejecito y apoyado en un bastón.
Mi padre se acercó y le preguntó: "Perdóneme,
señor, ¿es usted Vicente Croseti?" "Yo soy",
respondió. "Permítame que me presente. Usted no se
acordará de mí, pero yo soy un discípulo suyo y he venido
a verle desde Turín". El maestro, aunque viejo, conservaba cierto
brillo en los ojos, y su expresión era agradable y paciente.
"Dígame su nombre, perdone que le haga esta pregunta". Mi
padre le dijo su nombre, en qué año había estado con
él y en qué pueblo.
El maestro se quedó pensativo unos instantes, mirando al suelo y
repitiendo el nombre de mi padre, y por fin dijo: "¿Es usted el
hijo del ingeniero? ¿El que vivía en la plaza de la
Consolación?" Mi padre sonreía y lo afirmó.
"Entonces, permítame que le dé un abrazo". Luego nos
hizo acompañarle hasta su casa.
Cruzamos un jardín y llegamos ante una puerta blanca que el maestro nos
hizo cruzar. En un lado aparecía una cama muy limpia con una colcha
azul; en el otro extremo, una mesa y cuatro sillas y ¡un olor a manzanas
riquísimo!
Mi padre y su maestro se sentaron frente a frente. El señor iba
recordando muchas cosas; de cuando mi padre estuvo enfermo y volvió al
colegio envuelto en un mantón; se acordaba también de mi abuela
como de una mujer muy buena. Le preguntó a mi padre la profesión
que tenía, y se alegró.
Nos contó que durante muchos años habían pasado por
allí hombres importantes que habían sido sus alumnos: un
sacerdote, un coronel, varios señores; y nos dijo que hacía
muchísimo tiempo que nadie le visitaba. Luego dijo que había
dejado la escuela hacía dos años porque comenzó a padecer
un temblor en las manos que no le permitía escribir. Al fin, tuvo que
retirarse tras sesenta años de enseñanza, y aquel fue un golpe
mortal para él; sus días pasaban monótonos y tristes,
largos y sin tener nada que hacer; leía revistas de enseñanza,
algún libro que le regalaban y repasaba antiguos cuadernos. Vivía
de una pequeña pensión al mes.
Luego dijo a mi padre: "Le reservo una sorpresa"; se dirigió
hacia una mesita y de un cajón sacó un fajo de hojas.
Buscó entre ellas y dio una a mi padre. Era una hoja que él
había escrito hacía cuarenta años. Mi padre me la
enseñó, llevaba su nombre y estaba corregida. "Cada
año adquirí la costumbre de guardar una hoja escrita de cada uno
de los alumnos que he tenido, y las he ido recopilando por años. De vez
en cuando las veo y revivo tiempos pasados. Perdí hace poco a mi mujer y
a mi hijo, y esto es lo único que me queda. De algunos me acuerdo muy
bien. Unos me hicieron pasar muy malos ratos, y otros me dieron grandes
satisfacciones. De usted no recuerdo ninguna travesura. Era usted serio y juicioso.
Me acuerdo bien de su madre, tan buena y cariñosa".
Mi padre dijo entonces: "Yo, señor Croseti, recuerdo la vez primera
que fui a su escuela como si fuera ahora. Mi madre sufría porque era la
primera vez que debía separarse de su hijo y dejarlo en manos
extrañas. Usted me miró con cariño y, ante las dudas de mi
madre, me puso una mano en la cabeza y le envió una mirada que yo, a
pesar de mi corta edad, no he podido olvidar; en ella decía a mi madre
que ésta no era más que la primera de una serie de separaciones
lógicas en la vida de todo ser humano, al mismo tiempo que le daba
confianza dejándome en sus manos. Ahora, después de tantos
años, le diré lo que nunca pude decirle: Gracias, querido
maestro".
El maestro callaba y me acariciaba los cabellos. Mi padre miraba aquella
humilde habitación, como preguntándose: "¡Pobre
maestro! ¿Éste es tu premio después de tantos
años?"; pero el maestro parecía contento y comenzó de
nuevo a contarnos cosas de aquellos años; como llegaba la hora de comer,
mi padre le invitó a bajar con nosotros al pueblo. El maestro
aceptó, pero luego, indeciso, nos confesó que no podía ir
a ningún sitio, pues le temblaban demasiado las manos, mi padre dijo:
"No se preocupe; nosotros le ayudaremos".
Nos sentamos en una gran mesa con el maestro en el centro. Estaba muy contento
y charlaba por los cuatro costados. Mi padre le cortaba la carne, le
partía el pan y le echaba sal a los manjares. Para beber, tenía
que sujetar el vaso con las dos manos y aún así se movía
porque le temblaban.
Hablaba como un muchacho de los otros tiempos; de cuando era joven, de los
horarios de clase que había entonces, de los programas, del premio que
le habían otorgado, y su cara iba ganando jovialidad y juventud.
Luego se empeñó en acompañarnos hasta el tren y fuimos
hasta la estación con él; todo el pueblo le conocía y
muchos le saludaban.
Cuando subimos al tren, mi padre cambió el viejo bastón del
maestro por el que le llevábamos, que tenía el puño de
plata con sus iniciales. Se despidió por la ventanilla, gritando:
"¡Hasta pronto, mi buen maestro!" "No, hijo mío, ya
no nos veremos más. Hasta allá arriba"; y así se
quedó, señalando con una mano temblorosa hacia el cielo.
Jueves 20.-
¡Quién habría de decirme que a la vuelta de la
excursión me iba a poner tan malo! He estado diez días en cama y
en peligro de muerte. De tres o cuatro días no recuerdo nada y de los
otros sólo tengo vagos recuerdos.
Las lágrimas de mi madre; los silencios de Silvia, mi hermana, las
visitas del maestro, y de la maestra Delcato, que se esforzaba por contener la
tos con un pañuelo. También recuerdo vagamente a Deroso, a
Precusa, al albañilito, que ya está bueno del todo, a Garofi,
Crosi, Garrón.
Supe que ya estaba mejor al ver las sonrisas de mis padres, y al oír que
mi hermana Silvia cantaba. Dentro de poco podré volver a la escuela y
jugar con mis compañeros.
Estoy impaciente por salir y volver a verles. Pero mi madre está muy
pálida y delgada; debe de haber sufrido mucho con mi enfermedad.
Hablé también con mi padre de los compañeros que
estuvieron en casa para verme. Cuando termine cuarto, es posible que ya no les
vea más. Con alguno quizá siga en los estudios superiores, pero,
¿y con los demás?
Jueves 27.- "Querido
Enrique: ¿Por qué no vas a verles más?; eso
dependerá de ti. Aunque sigáis estudios distintos, vais a seguir
viviendo en la misma ciudad quizá durante muchos años. Cuando
tú vayas a la Universidad, ¿no te gustaría ir a ver a tus
amigos, que desempeñarán diversos oficios, para charlar
amigablemente con ellos? Irás a ver a Precusa, y al albañilito, y
a Coreta, que estará seguramente atendiendo la tienda de su padre. Y
quiero decirte otra cosa: piensa que si no conservas estas amistades,
será muy difícil que luego las encuentres en el ambiente en que
se desenvuelva tu vida. No debes encasillarte en un solo tipo de ambiente,
hacer eso sería parecido a leer un solo libro en toda la vida. Procura
conservar esta amistad que ahora os une".
"Respeta a tus compañeros hijos de obreros; desprecia las
diferencias de clase y fortuna, que sólo cultivan los seres
despreciables de corazón estrecho. Quiero que me jures que si dentro de
cuarenta años te encuentras con tu amigo Garrón, que trabaja como
maquinista en un ferrocarril y lleva la cara negra de hollín, te
arrojarás sobre él con un abrazo muy fuerte, aunque seas el
Senador del Reino... Tu padre".
Sábado 29.- Cuando
llegué a la escuela recibí la mala noticia; la madre de
Garrón, que hace días estaba enferma, murió anteayer por
la tarde. Ayer nos dijo el maestro: "A Garrón le ha ocurrido la
mayor desgracia que puede pasar a un niño. Ha perdido a su madre.
Mañana volverá a clase. Os suplico que estéis lo
más callados posible, que no juguéis en su presencia, que
tengáis tacto con él" . Efectivamente, por la tarde, entro
Garrón en clase. Parecía que había enflaquecido e iba con
los ojos abultados por el llanto. Cuando se sentó en su banco, donde
tantas veces su madre se había reclinado antes de un examen para darle
las últimas recomendaciones, y donde tantas veces había pensado
en ella, no pudo aguantar un llanto desesperado. El maestro se acercó a
él y le abrazó la cabeza, diciendo: "Llora, muchacho; pero
no olvides que tu madre está en el Cielo, que te está viendo y la
volverás a ver allí, porque tienes un alma buena como la
suya".
A la salida me estaba esperando mi madre; yo corrí hacia ella para
abrazarla, pero ella me rechazaba porque Garrón nos estaba mirando, para
no provocar en él tristes recuerdos.
El cuento mensual de abril se titula: "Valor cívico". Trata de
la historia real de un muchacho que salvó la vida de otro que iba a
perecer ahogado en el río Po. El maestro nos llevó por la
mañana ante el palacio municipal para presenciar la entrega de la
medalla al valor cívico al muchacho salvador.
El patio aparecía lleno de gente. Entonces empezaron todos a aplaudir.
Yo me empiné sobre las puntillas y pude ver a un hombre que llevaba a un
niño de la mano; era el que había salvado a su compañero.
El hombre era el padre, un albañil.
Al ver a tanta gente y oír los aplausos se quedaron muy sorprendidos,
hasta el punto que un ujier tuvo que empujarlos hacia la mesa.
Luego entraron el alcalde y los diputados; y el primero comenzó un
discurso que explicaba la hazaña del muchacho. Al ver a un
compañero suyo que había caído al río, que andaba
muy revuelto, se quitó la ropa para lanzarse a salvarlo; las gentes que
allí estaban le agarraron tratando de impedirlo porque en el estado de
las aguas era una locura; pero él se lanzó de todos modos y,
después de una tremenda lucha, logró sacarle a flote. Le prestó
los primeros auxilios junto a los que esperaban en la orilla, y luego se fue
tranquilamente a casa a contar el suceso. Algo admirable.
Luego le impusieron la cruz de la Beneficencia y más tarde se
unió el niño salvado; ambos salieron cogidos del brazo y seguidos
de sus padres ante el entusiasmo de la gente.
Mayo
Viernes 5.- Hoy no he ido a
clase porque no me encontraba bien y luego he acompañado a mi padre al
Instituto de niños raquíticos, a donde iba para recomendar a la
hija de la portera. Me hizo aguardar en la puerta de la calle, pues le
parecía un escarnio presentarme ante aquellos desgraciados, porque estoy
fuerte y bien formado.
Aparte de las deformidades del cuerpo, estaban los sufrimientos que los pobres
pequeños tienen que aguantar. Y en sus ojos ¡cuánta
inteligencia se lee! Y tienen una gran sensibilidad. Al menos, en el Instituto
les cuidan y, mediante medicamentos y ejercicios, algunos se recuperan.
"Ah, Enrique", me dijo mi padre. "¡Vosotros, que no
apreciáis la salud en lo que vale, y os parece poca cosa! Es un don de
los más grandes que Dios te puede otorgar. Pienso en las madres de estas
pobres criaturas, cuánto deben de sufrir".
Martes 9.- Mi madre es muy
buena, y mi hermana Silvia es como ella. Esta noche, se presentó Silvia
en mi habitación.
Me contó en pocas palabras que anoche había oído una
conversación entre nuestros padres, que estaban preocupados porque a
papá le ha salido mal un negocio y que ya no había dinero.
"Así que tenemos que sacrificarnos para poder salir adelante.
¿Estás dispuesto a sacrificarte? Pues ven".
Fuimos enseguida a ver a mamá, que estaba cosiendo, y Silvia dijo:
"Papá no tiene dinero, ¿no es verdad? Enrique y yo queremos
decirte que estamos dispuestos a sacrificarnos y a reducir gastos. Yo
quería un abanico y Enrique una caja de pinturas. Pues bien, ya no lo
queremos, ¿verdad, Enrique?" Yo asentí, y mi madre nos
miró emocionada y nos abrazó y besó fuertemente.
Cuando vino mi padre se lo contó enseguida y entre los dos nos
aseguraron que Silvia había entendido mal; que ciertamente les
había salido mal un negocio, pero que ni mucho menos estábamos en
la miseria.
Al la mañana siguiente, Silvia encontró debajo de la servilleta
su abanico y yo mi caja de pinturas.
Jueves 11.- Esta
mañana, al terminar de copiar el cuento mensual, estaba pensando en el
tema de composición libre que el maestro nos había mandado. De
pronto, se oyó un griterío desacostumbrado en la escalera.
Eran los bomberos, que llamaron a nuestra casa pidiendo permiso a mi madre para
examinar las habitaciones, pues se veía humo que salía por los
tejados y no se sabía de dónde provenía.
Mientras trabajaban, mi padre dijo: "He aquí un buen tema para tu
composición. Puedes basarla en la experiencia que yo tuve: Los vi
trabajando hace dos años, una noche que salía del teatro Balbo.
Al entrar en la calle de Roma vi un raro resplandor, la gente corría
desesperada. Era que había fuego en una casa; multitud de hombres y
mujeres se asomaban a las ventanas lanzando gritos angustiosos; la gente
gritaba: "¡Los bomberos! ¡Los bomberos! ¡Que se queman
vivos!"
"Llegó al momento un carruaje con cuatro bomberos y se lanzaron al
interior de la casa. Entonces una señora que estaba asomada a la ventana
salió hacia fuera y se quedó suspendida, con las manos en el
antepecho y las llamas lamiéndole la cabeza".
¡Era imposible llegar hasta la ventana donde se encontraba la
señora. Sin embargo el jefe de bomberos, que fue el primero que
pasó, logró entrar en la casa por otra ventana. Pocos instantes
después se le veía aparecer en la ventana donde estaba la
señora rodeada de llamas; la mujer se le cogió al cuello y
entró en la habitación".
"Pasó largo rato antes de que los bomberos volvieran a aparecer; la
multitud decía: "¡Pobres! Se han quemado" pero enseguida
otro coche que tendió una larga escalera para que los vecinos del
segundo piso pudieran salvarse".
"Aparecieron de nuevo los bomberos, que ayudaron a los que estaban en
peligro. Primero pasó la señora, luego una niña, un viejo
y un hombre. Los demás habían podido bajar por la escalera
gracias a un boquete que los bomberos abrieron".
"A medida que iban saliendo, la multitud vitoreaba entusiasmada, pero
cuando salió de la oscuridad y las llamas el hombre valiente que
arrastró a los demás en la difícil empresa, el que
había salvado a la señora con riesgo de su vida, le
aplaudió la gente llena de admiración y gratitud, y su nombre,
José Robino, estaba en los labios de todos. Ésta es la voz del
corazón, que no atiende a razones y va derecho, sin vacilación, a
donde hay semejantes tuyos en peligro." "¿Te gustaría
conocer a José Robino?" Yo le dije que sí, y entonces,
él, mostrándome a un bombero de los que estaban en casa, me dijo.
"Helo aquí, estrecha su mano". El cabo Robino, sonriendo, me
la estrechó.
El cuento de este mes se titula: "De los Apeninos a los Andes". Hace
muchos años, un chico genovés de trece años se fue solo a
América para buscar a su madre. La buena mujer se había marchado
dos años antes a Buenos Aires, a servir en casa de una familia rica,
para volver, pasado poco tiempo, con dinero y sacar adelante a la familia, que
estaba llena de deudas. Bastantes mujeres toman esta decisión por los
altos salarios que allí tienen las gentes que se dedican a servir, y al
cabo de pocos años vuelven a su patria con un dinero.
La madre había llorado de angustia al separarse de sus dos hijos, uno de
dieciocho años y otro de once, pero pensó que volvería muy
pronto, en cuanto tuviera lo suficiente para pagar las deudas. El viaje fue
bueno; en cuanto llegó a Buenos Aires encontró colocación
gracias a un negociante genovés primo de su marido, que estaba
allí desde hacía tiempo.
La familia donde entró le daba un buen sueldo y la trataba bien, y
durante un año mantuvo una correspondencia regular con los suyos a
través del primo. Como no gastaba nada, la mujer podía mandar
cada tres meses una buena cantidad de dinero, con la que le marido podía
ir saldando las deudas, y trabajando él mantenía a sus hijos. Mas
todos tenían deseos de que volviera, pues el hogar parecía
vacío sin ella.
Después de pasar un año desde su marcha, recibieron una carta en
la que decía que se hallaba algo enferma, y ya no recibieron ninguna
más. Escribieron al primo, pero éste tampoco contestaba;
escribieron al fin a la embajada de Italia en Argentina y ésta,
después de tres meses, dijo que nadie había aparecido a pesar de
las pesquisas que se habían realizado.
Pasaron otros meses y padre e hijos estaban consternados. Pensó el padre
en irse a América a buscar a su mujer, pero ¿quién
mantendría a los hijos entretanto? Tampoco podía marchar el hijo
mayor, pues estaba empezando a ganar dinero, que era necesario. Sólo
quedaba Marcos, el pequeño. Y éste le comunicó a su padre
que quería ir a América.
El padre no quería, pero al fin se dio cuenta de que Marcos era un
muchacho juicioso y que era la única solución para tener noticias
de su mujer. Le dieron un poco de dinero, algo de ropa en una maleta, una carta
con las señas del tío y las de la casa donde servía su
madre, y le despidieron.
Marcos estaba lleno de ánimos, pero cuando vio a su querida
Génova desaparecer en el horizonte, su corazón se encogió
y permaneció durante varios días en un rincón de la
cubierta, solo, casi sin comer.
El viaje duró veintisiete días, y a Marcos le parecía que
ya había transcurrido un año desde que embarcó.
Soñaba cada noche con su madre, que llegaba a Buenos Aires, y que
veía a su tío y luego entraba en una habitación donde
yacía su madre muerta. Siempre soñaba lo mismo.
Al llegar al puerto, preguntó al primer hombre que pasaba, que por
suerte resultó ser un obrero italiano. Éste le dijo:
"¿Sabes leer?"; Marcos asintió. "Pues bien, sube
por esta calle y ve leyendo en todas las esquinas el nombre de las calles que
cruces. Ya la encontrarás". El muchacho le dio las gracias y
comenzó a subir por la calle. Era larga y estrecha.
A derecha e izquierda veía otras calles todas muy derechas, llenas
también de gente y de casitas bajas. La ciudad le parecía
enormemente grande, y le daba la impresión de que podría pasarse
meses y años viendo calles como aquellas.
Al fin llegó a la calle de las Artes, que es donde vivía su
tío; llegó corriendo al número 175, y allí
encontró una tienda, entró y preguntó procurando parecer
sereno: "¿Está el señor Francisco Merelo?" Una
mujer le dijo que había muerto hacía unos meses. Los negocios le
fueron mal y se había marchado a Bahía Blanca, y allí
murió al poco tiempo. Marcos se quedó muy triste, y enseguida
preguntó: "Estoy buscando a mi madre, que servía en casa de
los señores Mequínez. Mi tío le daba las cartas.
¿Sabe usted dónde viven estos señores?".
"Espera un momento, que yo no sé nada, pero aquí está
todavía el chico que hacía los recados a tu tío; puede que
él lo sepa". Marcos le suplicó que le acompañase, y
ambos salieron apresuradamente. Al genovés le latía el
corazón. ¡Pronto iba a ver a su madre! ¿Sería
posible?
Al llegar al final de la calle, entraron en una casa. El hombre que les
abrió la puerta les dijo que el señor Mequínez se
había ido a Córdoba con su familia y la servidumbre. "Pues
me voy a Córdoba inmediatamente", dijo el niño.
El señor le explicó que Córdoba se hallaba a mil leguas de
allí, pero decidió ayudarle. Le dio una carta de
presentación para un señor que vivía en Boca, una ciudad a
dos horas de allí, para que éste le ayudase a llegar a
Córdoba. Luego le dio un poco de dinero.
Marcos salió enseguida hacia Boca, donde un señor genovés,
amigo del de Buenos Aires, le embarcó en un vapor que hacía una
travesía por el Paraná, hasta Rosario. El viaje duró
varios días, y el chico se sentía muy solo en aquel país,
pasando por sitios totalmente diferentes a su Italia natal.
Al llegar a Rosario le pareció estar en un sitio conocido; era muy
parecido a Buenos Aires; las calles eran largas, estrechas y blancas, y muy
bien trazadas.
Una voz le preguntó: "¿Qué te ocurre, muchacho?"
Él levantó los ojos y se encontró con un viejo italiano
que había hecho el viaje desde Génova con él. "Por
favor, señor. Búsqueme un trabajo. Haré lo que sea.
Necesito dinero para irme a Córdoba a ver a mi madre. No tengo a nadie,
Búsqueme un trabajo". "Veamos, veamos. ¿Trabajar dices?
¿No vamos a encontrar algún dinero entre tantos
compatriotas?" Y juntos fueron a un bar de las afueras llamado "La
Estrella de Italia"; allí estaban muchos italianos. El amigo del
muchacho se subió sobre una mesa y contó la historia; todos los
presentes se emocionaron y acariciaron al chico, diciendo: "Es un
valiente". "Es italiano". Y al final reunió cuarenta y
dos monedas.
A la mañana siguiente se encontraba en el ferrocarril camino de
Córdoba. El viaje iba a durar muchas horas. A ratos se dormía y
tenía siniestros sueños: que llegaba a Córdoba, e iba
llamando de puerta en puerta, y en todas le decían: "No, tu madre
no está aquí".
Cuando llegaron a Córdoba, Marcos saltó del tren con la
ilusión de nuevo en el corazón. Preguntó enseguida en la
estación dónde vivía el ingeniero Mequínez. Le
indicaron una calle, al lado de la iglesia, y hacia allí se
dirigió.
Llamó a la puerta y le abrió una vieja con un candil.
"¿Tú también preguntas por el ingeniero? Hace tres
meses que se fue a vivir a Tucumán". El niño se sentó
abatido: "Me persigue la mala suerte. Vengo desde Buenos Aires buscando a
mi madre. ¿Está muy lejos Tucumán?" La vieja se
compadeció de él: "Está lo menos a cuatrocientas o
quinientas leguas. ¿Tienes dinero? Pues entonces, vete a la tienda de la
esquina; allí vive un hombre que va mañana hacia Tucumán
con sus carretas y bueyes; puede que te lleve si le ofreces tus
servicios". Y así fue.
A las cuatro de la mañana se puso el convoy en marcha. Consistía
en varios carros de mercancía, arrastrados por seis bueyes. Marcos iba a
buscar agua, cuidaba a los animales, encendía el fuego para el asado, y
servía un poco para todo. El camino se hacía muy lento por el
paso de los bueyes.
Cuando llegaron a una bifurcación, el capataz le dijo que ellos se
dirigían a Santiago, y que él, para llegar a Tucumán
tendría que andar tres días a través de los Andes. Le
arregló bien la mochila y le dio provisiones; luego partieron.
En cuanto Marcos se vio de nuevo solo se sintió triste.
¿Volvería a ver a su madre? Las noches eran terribles en el
bosque, pues sentía verdadero terror. Pensaba cuánto
sufriría su madre si supiera lo mal que él lo estaba pasando.
Mientras Marcos pensaba en ella, a pocas millas de Tucumán, la madre
yacía en el lecho desde hacía quince días. Se puso un poco
mala en Buenos Aires, y no estaba recuperada del todo cuando los señores
Mequínez tuvieron que irse, primero a Córdoba y luego a
Tucumán.
Las preocupaciones pensando en su marido y en sus hijos; las noticias que no
recibía, pues ignoraba la muerte del primo, le hacían temer una
desgracia, y su estado empeoraba de día en día. Al final se
presentó una grave enfermedad: una hernia intestinal estrangulada, y era
necesario realizar una operación quirúrgica. En vano sus
señores habían hecho venir al mejor médico de
Tucumán para que la operase; la mujer quería morir, decía
que estaba demasiado débil.
Los señores permanecían a su lado tratando de convencerla.
¡Pobre mujer! ¡Tan buena y honrada! ¡Lejos de su patria, sin
sus hijos ni su marido! ¡Y para morir!
Marcos llegó a Tucumán y allí le indicaron dónde
vivía el ingeniero. Tenía una casa a unas pocas millas de
allí en una refinería de azúcar; Marcos, sin pensar en
descansar a pesar del agotamiento tan grande que sentía,
emprendió el camino de nuevo. Llegó a la refinería
cansado, con los pies sangrando, pero esperando ver a su madre por fin.
Entre tanto, la mujer decía al doctor: "Doctor, señores,
agradezco profundamente lo que quieren hacer por mí; yo tengo valor para
morir, pero no para sufrir inútilmente en la operación. Escriban
a mis hijos, díganles que su madre les quiso hasta el último
momento. Que tuvo valor y resignación. ¡Mi pobre Marcos!
¿Dónde estará? ¡Cuánto me
quería!" El médico le repitió una y otra vez que la
operación, si bien dolorosa, no ofrecía ningún peligro, y
que la curación era segura. Pero la mujer sólo quería
morir.
Entonces entró el ama, sofocadísima, diciendo: "Josefa,
prepárese para recibir una buena noticia; hay alguien que ha venido a
verla. Prepárese para ver a alguien a quien quiere mucho.
¿Está bien, Josefa?" La mujer se incorporó en la cama
y miró hacia la puerta con ojos desorbitados. Entonces entró
Marcos, cubierto de polvo. Entre ambos se cruzó una mirada
indescriptible. Marcos abrazó a su madre, que reía y lloraba a la
vez: "¡Marcos! ¡Mi Marcos! ¿Eres tú?
¿Cómo has venido? ¿Estás solo? ¿No
estarás enfermo? ¿Estáis todos bien? Doctor, quiero
curarme. Opéreme enseguida. Llévense a Marcos para que no sufra.
Dame otro beso, cariño mío. Hasta ahora mismo. Nos iremos los dos
a Génova".
Poco después, el señor Mequínez explicó a Marcos
que estaban practicando a su madre una operación sin importancia. Cuando
volvió el doctor, dijo: "Tu madre se ha salvado". El muchacho
se arrodilló a sus pies, diciendo: "Gracias, gracias". El
médico le levantó y dijo: "No, querido niño; has sido
tú, con tu presencia, quien ha salvado a tu madre".
Miércoles 24.- Quedan
sólo veintiséis días de clase y se respira ya el ambiente
de exámenes y vacaciones.
Ahora da gusto salir a la calle después de clase, ¡qué
diferente a los meses anteriores está todo! Ahora hay flores, todo
está verde y las niñas llevan vestidos de colores.
Domingo 28.- No podía
terminar mejor el mes que con la visita que hemos recibido esta mañana. Se
trata de nuestro antiguo jardinero en Chieri. Acababa de llegar a la ciudad
después de tres años de ausencia. Había estado trabajando
en Grecia. Estaba un poco envejecido, pero parecía contento.
Venía para llevarse a su hija Luisa, que estaba en un colegio para
sordomudos. Mi padre y yo le acompañamos hasta el Instituto.
Al verse, padre e hija se abrazaron. El hombre la miraba: "Cuánto
has crecido, mi pobre mudita. ¿Qué tal está, profesora?
Dígale que me haga algo con signos, que algo entenderé y poco a poco
iré comprendiendo". La profesora se inclinó hacia la
niña y le dijo: "¿Quién es este señor que ha
venido a verte?" Y la pequeña, con voz gruesa y extraña,
contestó: "Es mi padre". El hombre se quedó
sorprendido: "Pero, ¡hija mía! ¿Eres tú
quién ha hablado? ¿Pero no era muda? ¡Esto es un milagro,
Dios mío! ¿No habla con gestos, señora?". "No,
señor, eso era en el método antiguo, ahora ella lee las palabras
en los movimientos de los labios, y puede hablar porque le hemos
enseñado cómo debe disponer la garganta, los labios y la lengua
para poder pronunciar".
Nuestro amigo se agachó y dijo al oído de la niña:
"¿Estás contenta de que tu padre haya vuelto?" La
niña no respondió. La maestra se echó a reír e
indicó al padre que le hablara frente a su cara. En cuanto le hizo la
pregunta, Luisa contestó: "Sí, estoy muy contenta de que
hayas vuelto, y de que no te vayas nunca más". El padre reía
y lloraba al mismo tiempo.
La profesora le explicó que después de dos años más
de entrenamiento estaría preparada para trabajar en algún sitio.
Aprendió ya a leer, a escribir, a contar, y sabía algo de
Historia y de Geografía. Muchos sordomudos estaban trabajando en tiendas
y lo hacían muy bien, como cualquier otra persona. El padre estaba que
no cabía en sí de gozo, y quería llevarse a su hija a
pasear por Turín, para que la vieran sus amigos, y se sentía
orgullosísimo de ella.
Junio
Sábado 3.-
"Hijo mío: Hoy es día de luto nacional. Ayer murió
Garibaldi. ¿Sabes tú quién era? Es el que liberó a diez
millones de italianos de la dominación de los Borbones en Italia.
Nació en Niza y era un capitán de barco".
"Entró en combate cuarenta veces y salió vencedor treinta y
siete. Despreciaba a los opresores y adoraba a Italia. Todo el mundo llora su
muerte. Tu padre".
Domingo 11.- Hoy hemos ido a
la plaza del Castillo, donde se celebra un desfile en conmemoración de
la fiesta nacional, que se ha retrasado por la muerte de Garibaldi.
Mi padre me dijo: "Cuando veas un desfile, piensa también en
cuántos han quedado en los campos de batalla. Si todos
cumpliéramos como buenos cristianos se evitarían los horrores de
las guerras".
Martes 13.- "Querido
hijo: Ama a Italia; en este lugar nacieron tus antepasados; y tú naciste
y te has criado aquí".
"Saluda a tu patria diciendo: Estoy orgulloso de haber nacido aquí
y de llamarme hijo de Italia. Amo también tus mares, surcados durante
siglos por naves de cultura; amo los Alpes; amo tus hermosas ciudades: Roma,
Turín, Venecia, Milán, Génova, Palermo, Nápoles. Te
amo, patria mía, y te juro que querré siempre a todos los
italianos, a todos los hermanos que han salido del mismo suelo, de la misma
sangre que yo. Seré bueno y justo toda mi vida, para que tú seas
ennoblecida a través de mis actos. Y aunque llegue el día en que deba
dar mi sangre por ti, la ofreceré gustoso para librarte de la injusticia
y del deshonor. Beso la bandera de Italia. Tu padre".
Viernes 16.- Ya estamos en
pleno verano. Y cuesta un enorme esfuerzo estudiar e ir a la escuela. Nelle,
que soporta muy mal el calor, se queda dormido varias veces en su pupitre;
suerte que Garrón se preocupa de ponerle un libro delante para que el
maestro no le vea.
Deroso está contento como de costumbre y mantiene despiertos y atentos a
los que se encuentran a su lado; también Estardo aprieta los
puños y se pincha los labios para no dormirse.
Pero el más valiente es Coreta. Se levanta a las cinco de la
mañana, está rendido. Pero se sacude cachetes, dice a los que
están a su lado que le pellizquen para que no se duerma.
Esta mañana se ha dormido; el profesor, al verle, le ha llamado:
"¡Coreta!", pero no ha respondido; ha vuelto a repetir:
"¡Coreta!", e iba a levantarse irritado, cuando el hijo del
carbonero se levantó y dijo: "Es que esta mañana he estado
descargando madera desde las cinco hasta las siete"; entonces, el profesor
siguió explicando la lección y le dejó dormir.
Sábado 17.- Mi
madre me ha escrito hoy esta carta: "Mi querido Enrique: Estoy segura de
que ni tu compañero Garrón ni Coreta hubieran respondido a su
padre en la forma que tú lo hiciste hoy".
"¿Cómo es posible? Tienes que jurarme que nunca más
lo vas a hacer mientras yo viva. Piensa que cuando te regaña es por tu
bien, para formarte, para hacer de ti un hombre. Entonces comprenderás
que cuando te regañaba sufría más que tú; debes
saber que en ciertos momentos, debido al cansancio que siente por haber
trabajado mucho, se cree que pronto va a morir, y en esos momentos no habla
más que de ti, pues su mayor pena sería dejarte pobre y sin
protección".
"Piensa, entonces, en lo doloroso que debe resultarle que en vez de
encontrar en ti afecto, encuentre frialdad y descontento. Nunca podrás
recompensarle de lo que ha hecho por ti. Anda, ve de puntillas a su despacho.
Allí está trabajando, entra despacito y pídele
perdón. Tu madre".
Lunes 19.- Mi padre me
perdonó y me dejó ir con Coreta, padre e hijo, a la
excursión que teníamos planeada para el domingo. Todos
teníamos necesidad de aire saludable.
A las dos, nos encontramos en la plaza de la Constitución, Deroso,
Garofi, Garrón, Precusa, Coreta con su padre y yo. Llevábamos
nuestras provisiones de huevos duros, fruta, salchichón y vasitos y
platos.
Ya en el campo, mis compañeros y yo dábamos volteretas y
reíamos mucho, mientras Coreta padre, con la chaqueta al hombro, nos miraba
sonriente. Precusa se puso a silbar, nunca le habíamos oído
hacerlo; Coreta hijo sabe hacer de todo; con su navajita corta trozos de
corteza de árbol y esculpe figurillas muy graciosas. Deroso se
detenía a cada paso para decirnos los nombres de las plantas y los
insectos.
Precusa, al subir a un árbol, se hizo un desgarrón en la blusa.
Por suerte Garofi siempre anda con alfileres y se lo arregló de modo que
apenas se notaba; entretanto, él aprovechaba el tiempo; cogía
hierbas para ensalada, caracoles, y todas las piedras que brillaban y se
encontraba a su paso.
Llegó la hora de comer; todos nos moríamos de hambre. El padre de
Coreta preparó la comida. Cortó salchichón y nos lo
presentó en hojas de calabaza; el pan parecía que se evaporaba, y
bebimos de la cantimplora.
Nosotros hablábamos a un tiempo de los profesores, de los
exámenes, de los compañeros que no habían podido venir.
Entonces, Coreta padre dijo: "Sí, ahora estáis todos muy
contentos juntos, pero dentro de unos años las cosas habrán
cambiado. Enrique y Deroso serán abogados o algo así, y vosotros,
uno carbonero, otro albañil, o qué se yo. Y se acabó la
amistad". Entonces, Deroso protestó enérgicamente:
"¡Ah, no! Para mí, Garrón siempre será
Garrón, y Precusa, y todos, y donde ellos estén, allí
estaré yo". El padre de Coreta se emocionó, diciendo:
"¡Muy bien! ¡Así se habla! ¡Vivan los buenos
compañeros y el colegio, donde están todos juntos, los que tienen
y los que no tienen!".
Domingo 25.- Ayer fuimos
unos cuantos de mi curso a ver el reparto de premios de la escuela de adultos.
El Ayuntamiento estaba adornado como el 14 de marzo, y allí había
muchos hombres vestidos con trajes de trabajo que iban a recibir sus diplomas.
Estaban sus mujeres y sus hijos en el patio de butacas, y los más
pequeñuelos, cuando su padre subía al escenario, le llamaban
agitando sus manecitas.
Vi al padre del albañilito, muy limpio y arreglado, que recibió
el segundo premio, y a su hijo en el patio de butacas, que ponía el
hocico de liebre para disimular su emoción.
Unos atronadores aplausos resonaron cuando el alcalde dio un diploma a un
muchachito deshollinador, que iba limpio, pero con el traje de trabajo; luego
pasó un barrendero y más tarde un cocinero.
Yo sentía no sé qué en el corazón al ver a aquellos
hombres, que habían estado estudiando durante todo el curso,
después del trabajo. La mayoría padres de familia, con sus
preocupaciones de todo tipo, y que querían instruirse.
Martes 27.-Mientras yo
estaba en el reparto de premios, mi pobre profesora murió. El director
vino ayer por la mañana para darnos la noticia: "Los que fuisteis
alumnos suyos, recordaréis cuánto os quiso, y el cuidado que
tenía para con todos. Una enfermedad venía consumiéndola
desde hacía tiempo. El sábado por la mañana se
despidió de los alumnos, dándoles un beso y aconsejándoles
a todos, con la seguridad de que no volvería a verles. Ayer
murió, rezad por ella".
Precusa, que había sido alumno suyo en primero, agachó la cabeza
y se puso a llorar. Ayer por la tarde fuimos todo el colegio en pleno a
despedir a nuestra profesora. Estaban los niños de su clase, con velas
en las manos; las niñas con ramilletes de flores que le echaban sobre el
féretro, el director y todos los profesores.
Miércoles 28.- Pasado
mañana iremos a clase para oír el último cuento del curso;
luego, el primero de julio serán los exámenes. Reflexiono acerca
de lo que sabía en octubre, y me doy cuenta de que sé bastantes
cosas más ahora; soy capaz de decir y escribir mejor lo que pienso y
llegaría a sacar cuentas difíciles que quizá mucha gente
mayor no sabría descifrar. ¡He pasado cuarto curso ya! Estoy
contento, pero la verdad es que muchos me han ayudado a salir adelante.
Tengo que dar las gracias a mi profesor, a quien debo todo lo nuevo que he
aprendido; también a Deroso, por su ejemplo y sus explicaciones cuando
no entendía algo; a Estardo, que me ha mostrado una voluntad de hierro;
a Garrón, tan bueno y generoso; a Coreta y Precusa, trabajadores y
estudiosos.
Pero sobre todo doy gracias a mi padre, a mi mejor amigo, que tantos consejos
me ha dado, sin cansarse nunca se su hijo; que ha procurado hacerme
fácil el estudio. Y a mi madre, que siempre me ha alentado y me ha
querido, y me ha ayudado en todo momento; cuando estaba cansado por estudia,
cuando me acariciaba para darme ánimos, cuando lloraba por mí
cuando estaba enfermo. Gracias, madre, por tu amor.
Y éste es el último cuento; se llama: "Naufragio".
Hace mucho tiempo, zarpaba, cierta mañana, de Liverpool un buque que
llevaba a bordo más de doscientas personas; entre ellas, setenta hombres
que pertenecían a la tripulación.
Casi todos los marineros y el capitán eran ingleses. A bordo se
encontraban algunos italianos. El buque se dirigía a la isla de Malta, y
el tiempo no era bueno.
Entre los viajeros de tercera clase estaba un chico italiano, de unos doce
años, moreno y robusto, siciliano, que llevaba una pequeña maleta
que constituía todo su equipaje.
Tenía cara de niño y expresión de hombre, como si en su
familia o en su persona acabara de ocurrir una gran desgracia. Una muchacha
italiana, de su misma edad, viajaba sola en el barco, y pronto entablaron
amistad. La chica se dirigía a Malta para unirse con su padre y su
madre, que un año antes le habían dejado marchar a Londres con
una tía viuda, confiando en la herencia; pero la mujer había
muerto hacía pocos días sin dejar un céntimo y la chica
tuvo que recurrir al cónsul de Italia para que la embarcara de vuelta a
casa.
El chico contó que no tenía familia, y que también tuvo
que recurrir al cónsul para poder volver a su país; su padre
había muerto hacía pocos días en Liverpool.
"En mi casa esperaban que volviera rica, y vuelvo más pobre que
antes, pero mis padres me quieren, y a mis hermanos yo les hacía la
ropa. Se pondrán contentos al verme de nuevo. ¿Y a ti? ¿Te
espera alguien?" El chico contestó: "Yo iré a vivir con
unos parientes. No sé cómo me recibirán". El tiempo
se ponía cada vez peor. El chico llevaba pasas y la muchacha bizcochos y
se los comieron en paz.
Era ya de noche; muchos pasajeros comenzaban a inquietarse por el mal estado
del mar. De pronto, un golpe de agua tiró al suelo a Mario, y le
lanzó contra un banco, haciéndole una herida en la frente. La
muchacha comenzó a pedir auxilio, ayudando a Mario a levantarse. Los
pasajeros, escapaban hacia abajo sin hacer caso de los dos niños.
Recuperado el chico, bajaron cada uno a su camarote; la tempestad fue en
aumento y, de pronto, como un golpe inesperado, la plataforma que cubría
la máquina se rompió y los fuegos se apagaron. Los maquinistas
huyeron asustados y el barco comenzó a hundirse.
Los viajeros gritaban al capitán: "¡Sálvenos, por
favor! ¡Haga algo!" Intentaron bajar unos botes al mar, pero el
temporal era terrible y casi no se podían realizar maniobras. El barco
comenzaba a hundirse.
Pronto el mar amainó un poco y pudieron lanzar la última lancha,
en la que iban siete tripulantes y tres pasajeros. Todavía quedaba un
sitio en ella, y pedían a gritos que fuera una mujer. Pero todas estaban
desmayadas y como muertas. Una iba a lanzarse, pero al ver la tremenda altura
no tuvo valor para ello. Luego gritaron pidiendo un muchacho que pesara poco.
Varios hombres se precipitaron hacia el borde del buque, pero el capitán
cogió a Mario por un brazo y lo empujó hasta la parte superior.
La muchacha miró a Mario con los ojos desorbitados.
Siguieron unos momentos de angustia y silencio. Desde la barca reclamaban:
"Que salte un muchacho, el más pequeño, que vamos muy
cargados. Nos vamos ya". Entonces, en un arranque generoso, Mario
agarró a la chica por un brazo y dijo: "Ella es más ligera
que yo. Anda, tú tienes padres y hermanos que te esperan; yo no tengo a
nadie", y cogiéndola por la cintura, la lanzó hacia la
lancha.
La muchacha cayó lanzando un grito, un marinero la recogió del
agua y la subió a la barca. Poco después, la lancha se alejaba
rápidamente para no ser arrastrada por el remolino que produciría
el barco al hundirse.
Al cabo de unos minutos, el barco desapareció; sólo quedaron en
la chalupa los pocos que se habían salvado, rezando a Dios con todo
fervor por las almas de los que habían muerto.
Julio
Sábado 1.-
"Enrique: El año ha terminado y me gusta que te quede en la mente
el último retrato del muchacho que dio la vida por su amiga. Tú
también vas a separarte ahora de tus compañeros, pero no por tres
meses de vacaciones, sino para siempre. Ahora cada uno seguirá un camino
distinto en la vida".
"Ya sabes que tu padre, por motivos de negocios, tiene que marcharse a
Turín, y nosotros con él. Tendrás que ir a otro nuevo
colegio. Esto en principio yo sé que te disgusta, porque no es
fácil dejar una escuela a la que se ha asistido durante cuatro
años, donde has visto a tantos compañeros".
"Has tenido la suerte de encontrarte en tu clase con muchachos buenos, y
con verdaderos amigos; no dejes que esa amistad se rompa aunque vayas a vivir a
otra ciudad. Escribe a todos lo que puedas, para saber qué es de sus
vidas, si son felices o desgraciados, y ofrece tu ayuda en todo momento".
"Tú ámales a todos y ofréceles tu corazón el
último día de clase, porque el colegio es como una madre. El
colegio me alejó de ti hace unos años, y ahora vuelves más
culto, inteligente, bueno y aplicado. ¡Bendito sea! Tu madre".
Martes 4.- Ya estamos en
plenos exámenes. Por las calles que rodean el colegio no se oye hablar
de otra cosa.
Las madres, cuando entramos en clase, nos dicen: "¡Cuidado! A
hacerlo despacito. ¡Ánimo!" A nosotros nos examinó el
profesor Coato, aquel de la barba negra. Cuando rasgó el sobre que
contenía el tema del examen, no se oía ni una mosca.
Tras una hora de trabajo, algunos alumnos comenzaron a desesperarse. Crosi se
daba golpes en la frente; algunos no tenían la culpa de no saber, porque
no habían tenido tiempo de estudiar y sus padres no se ocuparon bien de
ellos.
Pero Deroso trataba de ayudar a todos, pasaba las operaciones, una cifra.
También Garrón, que estaba fuerte en Matemáticas, ayudaba
al que podía. Estardo se quedó más de una hora mirando el
problema, con los puños apretados en las sienes; y luego lo resolvió
en pocos minutos.
A la salida estaban las madres esperándonos y abrumándonos con
sus preguntas. Ahora sólo falta el ejercicio oral.
Viernes 7.- Esta
mañana fue el último examen. A las ocho estábamos todos en
la clase. En una mesa dispuesta para ello en el estrado y cubierta con un
tapete verde se sentaron el director y cuatro profesores más. El nuestro
estaba nervioso como nosotros y no nos quitaba la vista de encima.
Yo fui de los primeros en ser llamado. Nos miraba y nos aconsejaba con la
vista, como diciendo: "¡Calma, calma! Esto lo sabes, piensa un
poco". Cuando uno dudaba se movía inquieto, y no paraba de hacernos
gestos para ayudarnos.
Cuando terminé el examen, los profesores me dijeron: "Está
bien; ve con Dios". Yo fui a sentarme al final, al lado de Garrón,
que también había terminado ya. Nadie sabía en mi curso
que no iba a continuar el año próximo en el colegio porque me iba
a Turín, pero alguna vez tenía que decirlo. Se lo dije a
Garrón. "¿Y no seguirás con nosotros el
próximo curso?" Le dije que no. "Pero, ¿te
acordarás de nosotros?" Yo le contesté con fuerza:
"¡Claro que sí, Garrón! ¡Cómo no voy a
acordarme de mis compañeros? Y sobre todo de ti, que eres tan bueno.
¿Quién podría olvidarse de ti después de haberte
conocido?" Nos estrechamos la mano fuertemente, y al poco rato
salió el profesor diciendo que todos habíamos salido bien hasta
el momento; parecía muy contento.
¡Nuestro querido profesor! Espero verle dentro de muchos años,
cuando yo sea un hombre y él sea viejo, para hablarle de aquellos
tiempos.
Lunes 10.- Ayer por la
tarde nos reunimos todos para saber las calificaciones definitivas. Estaban en
el aula todos los padres y madres de mis compañeros. Llegó el
momento, y el director leía en alta voz las calificaciones obtenidas.
Cuando llegó el turno a Deroso dijo: "Deroso, sobresaliente con el
primer premio". Todos los padres que le conocían le
aplaudían, y él movía sus rizos rubios y sonreía
complacido. Estardo obtuvo notable; Nelle, un bien; Crosi, el
albañilito, y Garrón, aprobados. Sólo hubo tres o cuatro
suspensos.
Votino fue el último en recibir la nota y fue a recogerla tan elegante
como siempre. Terminada la lista, el profesor se levantó y: "Amigos
míos; ésta es la última vez del año que nos
encontramos reunidos. Hemos estado juntos nueve meses, y ahora tenemos que
separarnos. Si alguna vez he sido injusto con vosotros,
¡perdonadme!" Todos los chicos gritamos a un tiempo:
"¡No, no!"
Luego prosiguió: "Aunque no sigáis en mi clase, no
dejéis de quererme y de venir a verme alguna vez el año
próximo. Vosotros estaréis siempre en mi corazón.
¡Hasta pronto, muchachos! Siento separarme de vosotros..." Un
montón de aplausos sonaron para nuestro profesor.
A la salida, muchos le cogían de los brazos y se despedían,
diciendo: "Adiós, señor profesor; hasta la vista. ¡Que
se acuerde de nosotros!", y recibió cincuenta abrazos y besos. Se
veía que estaba un poco emocionado. Luego salimos en pelotón,
allí nos reuníamos con los otros chicos y chicas.
Todo era una confusión. Una profesora estaba completamente cubierta de
ramilletes de flores que sus pequeñas alumnas le iban obsequiando en
señal de despedida, y en todos los rincones se oía:
"¡Adiós! ¡Adiós! ¡Buenas vacaciones!"
En aquellos momentos quedaban olvidados todos los disgustos y malentendidos del
curso. Votino, que siempre tuvo tantos celos de Deroso, fue el primero en
correr a su lado para darle un abrazo y felicitarle por su nota.
El último abrazo que di fue al albañilito; saludé a
Precusa, luego a Garofi. Repartí apretones de mano a diestro y
siniestro. Era digno de lástima ver a Nelle agarrándose al buen
Garrón, y no quería soltarle para no separarse nunca de
él. Todos le queremos tanto que le abrazábamos y nos
dábamos besos.
Su padre estaba allí y miraba contento y conmovido cuánto
querían todos a su hijo. Mis padres también estaban
esperándome. Cuando abracé a Garrón solté un
sollozo y él me besó. También a mí me daba
muchísima pena separarme de él.
Corrí luego hacia mis padres. Sentía un no sé qué
angustioso porque no iba a volver a ver nunca más a mis
compañeros de este curso. Nos íbamos a otra ciudad.
Mi padre me dijo: "¿Te has despedido de todos?" Yo
contesté afirmativamente. "¿Hay alguno con el que no te
hayas portado bien en cualquier ocasión? Si así es, ve a pedirle
disculpas". Yo le dije que no, que no había nadie, y entonces mi
padre, mirando lentamente hacia el colegio, murmuró:
"¡Adiós, colegio, adiós!" Mi madre
repitió: "¡Adiós!"
Y yo... no pude decir nada.
Fin