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La historia cuenta que
en lugar lejano, pero no desconocido vivía un leñador llamado Guillermo,
casado con una leñadora llamada Sonia. El matrimonio de leñadores tenía siete
hijos, todos pequeños. El mayor no tenía más que diez años y el menor contaba
sólo siete. —¿Cuándo tendrán edad
para ganarse la vida? –se preguntaba Guillermo con preocupación. El más pequeño, cuando
vino al mundo, era un poco más grande que un dedo pulgar y por eso le
llamaron Pulgarcito. Todos le creían tonto y no se daban cuenta de que lo que
ellos llamaban tontería era pura bondad de su alma. —Tenemos que
deshacernos de los chiquillos –dijo Guillermo a su mujer. Ambos esposos estaban
junto al fuego con el corazón oprimido por el dolor. Los niños, entretanto,
se hallaban acostados y dormían. —Ya ves –decía el
leñador– que no podemos alimentarlos más. Yo no tengo valor para verlos morir
de hambre. Estoy decidido a llevarlos mañana al bosque para abandonarlos a su
suerte. Les diremos que recojan leña y formen cada uno un atado. Y cuando
estén más entretenidos con la tarea huiremos sin que nos vean. —Vamos, hijos –dijo el
papá–, hoy trabajaremos todos y tendremos mucha leña. Pulgarcito no dijo a
sus hermanos nada de lo que sabía; ellos caminaban contentos siguiendo a sus
padres y pronto llegaron a un bosque muy espeso, donde no se veía a diez
metros de distancia. —No tengan miedo –les
dijo el diminuto hermanito–, nuestro padre y nuestra madre nos han dejado
aquí. —¡Ay! ¿Dónde estarán
ahora nuestros pobres hijos? ¡Qué bien habrían comido ellos sólo con lo que
nos sobra! Tú has sido el culpable, Guillermo. Tú me convenciste de que los
abandonáramos en aquel bosque horroroso. ¡Ay! ya sabía yo que nos íbamos a
arrepentir. ¿Qué harán ahora en el bosque? ¡Ay, Dios mío! ¡Quizá se los han
comido ya los lobos! ¡Qué inhumano eres! ¡ Tú has
perdido a nuestros hijos! El leñador la dejó
hablar y llorar, pero al fin se impacientó de oírle veinte veces la misma
sarta de acusaciones. —Te voy a pegar si no
te callas –le dijo. Guillermo estaba más
afligido, si cabe, que la misma Sonia, pero si seguía escuchándola iba a
volverse loco. Él sabía que su mujer tenía razón, pero no era hombre que
diera su brazo a torcer y mucho menos darle la razón a una mujer, aunque ésta
fuera Sonia. —¡Ay! ¿Dónde estarán
ahora mis pobres hijitos? Lo repitió tantas
veces que ya iba levantando la voz como si lo gritara a los cuatro vientos.
Los niños la escucharon y se pusieron a gritar todos juntos: —¡Estamos aquí! ¡Estamos
aquí! La madre corrió a
abrirles la puerta y exclamó abrazándolos: —¡Qué contenta estoy de
recuperar a mis queridos niños! ¡Qué cansados y hambrientos estarán! Pedrito, estás todo manchado de barro. Ven aquí, a que te
lave la cara. Pedrito era el hijo mayor y
ella lo quería más que a todos los otros porque era colorín,
igual que ella, que era colorina. Guillermo también
se emocionó al verlos y se sentó con todos a la mesa. —Es Dios quien nos los
ha devuelto –dijo. Hablaban todos a la
vez mientras comían y contaban al padre y a la madre, quienes escuchaban
embobados de gusto las peripecias y el miedo que habían pasado en el bosque. Lloraban tristes,
desolados. Cuanto más andaban, más se extraviaban y se internaban en el
bosque. Llegó la noche y se levantó un gran viento que silbaba como si fueran
aullidos de lobos, lo que les causaba un miedo espantoso. Apenas se atrevían
a hablar o volver la cabeza, temerosos de ver a los lobos que venían a
comérselos. Luego empezó una fuerte lluvia que los
caló hasta los huesos. Resbalaban y se caían en el barro, de donde volvían a
levantarse totalmente embarrados, sin saber qué hacer con sus manos. Pulgarcito, ligero
como una ardilla, trepó a lo alto de un árbol para ver si divisaba algo.
Volvió la cabeza a un lado y a otro y al fin vio a lo lejos una lucecita como
de un farol. Estaba muy lejos, más allá del bosque. —¡Miren, allí está la
luz! –gritó. Caminaron aprisa venciendo el miedo, pues la perdían de vista
cada vez que pasaban por algún declive del terreno. Por fin llegaron a una
casa. Se acercaron a la puerta y llamaron con temor. Una voz de mujer
preguntó: Presentaban un cuadro
conmovedor. Imploraban caridad con los ojos, sin atreverse a decir nada. Al
fin, Pedrito suplicó con voz temblorosa: —Por favor, señora,
permita que pasemos la noche en su casa, en cualquier rincón. Tenemos miedo
de los lobos. La mujer los miró de
nuevo y al verlos tan lindos, a pesar del barro que los cubría, se puso a
llorar desconsolada: La mujer del ogro se
convenció con lo que le decía aquel niño tan chiquito. "Podré ocultarlos
de mi marido hasta mañana", pensó. —Pasen, pasen todos.
Vengan alrededor del fuego de la chimenea para que se calienten y luego los
llevaré adonde el ogro no pueda verlos. Los niños entraron en
la cocina tibia donde estaba asándose un cordero que despedía un delicioso
olor y les abría el apetito. Lo miraron y su hambre pareció acrecentarse. —¡Buenas noches, marido! En una gran fuente
puso el cordero, bien cocido, como a él le gustaba. —Me huele a niños
–dijo. Al decir esto, se
levantó de la mesa y se fue directo hacia la cama. Sacó a los niños uno
tras otro de debajo de la cama. Los pobres niños se pusieron de rodillas: —¡Perdón, señor Ogro! No
lo molestaremos –imploraron muertos de miedo. Pero no sabían que
estaban en las manos del más cruel de todos los ogros, que lejos de tener
piedad de ellos, ya estaba pensando cómo divertirse con ellos. —Mira, mujer, ¡qué
simpáticos se ven, para jugar! –decía mientras se acercaba a los pobres
niños. Éstos se apretujaban unos contra otros sin saber cómo defenderse de
aquel monstruo, gigantón imponente, que avanzaba hacia ellos... Avanzaba,
avanzaba, y... una gran manaza agarró a uno por sus
cabellos. La buena mujer estaba
radiante de alegría. Los acomodó alrededor de la mesa y les sirvió una buena
cena, que no pudieron comer de tanto miedo que tenían. El ogro tenía siete
hijas, que todavía eran niñitas. Criadas junto al padre, estaban también
acostumbradas a maltratar a los niños. Ellas no eran malas, pero educadas por
el ogro prometían llegar a ser unas buenas ogresas.
La madre las había acostado temprano en una gran cama. Cada una de ellas
tenía en la cabeza una diadema de oro a modo de corona. Pulgarcito se acostó
temiendo que el ogro intentara algo contra ellos. La mujer podía estar
durmiendo y ellos totalmente desprotegidos. "¡Qué miedo!", pensó
estremeciéndose. En cuanto Pulgarcito oyó roncar al ogro, despertó a sus
hermanos, les dijo que se vistieran sin hacer ruido y que le siguieran. —Anda, sube y tráeme a
esos pícaros niños que llegaron anoche. La mujer se sorprendió
mucho al no ver a los niños y le dijo a su marido que ya no estaban allí. —¡Esos pequeños me han
engañado! –rugió como bestia herida. Arrojó un jarro de agua en la cabeza de
su mujer y gritó: Su mujer lloraba
silenciosamente, sintiendo que estaba pagando por las maldades de su marido. —Dame rápidamente mis
botas de siete leguas para ir a atraparlos. ¡Muévete, mujer! –se impacientó
el ogro. Sin perder tiempo, se
lanzó a la búsqueda de los siete fugitivos. Corrió en todas direcciones con
sus botas de siete leguas y, por fin, fue a dar al camino por el que iban los
pobres niños, que ya estaban a unos cien pasos de la casa de sus padres. —¡Miren, nos alcanza el
ogro! ¡Vamos a escondernos! –gritó a sus hermanos. Miraron a todos lados
y al fin Pulgarcito, como era el más pequeño de todos, descubrió una roca
horadada que formaba una cueva bien disimulada y con una entrada estrecha.
Era el mejor escondite que podrían haber encontrado. —Rápido, entremos
todos. Escóndanse ustedes al fondo; yo me quedo a la entrada para no perder
de vista lo que hace el ogro. Pulgarcito demostraba
tal seguridad, y sus decisiones habían sido tan buenas, que los hermanos le
obedecían sin chistar. —¡Chis! –dijo
a sus hermanos, con el dedo en la boca–. Váyanse rápido a casa y no se
preocupen de mí. Díganles a nuestros padres que yo llegaré después. Salieron sin hacer
ruido y corrieron con todas sus fuerzas. Pocos minutos después estaban
llegando a su casa. Las botas eran
enormes, anchas y altas, pero como eran unas botas mágicas tenían el don de
agrandarse o empequeñecerse, adaptándose a la pierna y al pie del que las
calzaba. Le quedaron tan bien que se diría que las habían hecho para él. —Toc,
toc. La señora abrió la
puerta sin dejar de llorar, pero escuchó a Pulgarcito: —Su marido corre mucho
peligro. Ha caído en manos de una banda de ladrones que han jurado matarlo si
no les entrega todo el oro y la plata que tenga. Cuando ya estaba con el
puñal al cuello me vio y me pidió el favor de que viniera a avisarle de la situación
en que se encuentra. La mujer, muy
asustada, le dio una buena cantidad de oro y plata, pues el ogro era un buen
marido aunque fuera malo con los niños pequeños. Al poco rato,
Pulgarcito llegaba a la casa de sus padres. —¡Abran rápido, que estoy
cansado! –gritó. Apenas se abrió la
puerta descargó en la mesa la riqueza que llevaba, dejándose abrazar y besar
por todos. |
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