HECHOS & IDEAS
La autora, miembro del departamento de Administración de Empresas y
Contabilidad de la Universidad de Oviedo, explica cómo la experiencia de
firmas pioneras en el uso de herramientas como la gestión del
conocimiento y el capital intelectual servirá a otras a acelerar su
proceso de aprendizaje
TRIBUNA DE LA ECONOMÍA Patricia Ordóñez de
Pablos Gestión del
conocimiento y capital intelectual, las nuevas
herramientas
Conceptos como aprendizaje organizativo, capital intelectual gestión
del conocimiento e inteligencia emocional son algunas de las variables
indicadoras del éxito competitivo de las empresas. Desde mediados de la
década de los 90, tales conceptos adquieren cada vez más capacidad
explicativa de la posición privilegiada de algunas empresas. Suecia,
Dinamarca y Noruega son países pioneros en el desarrollo del campo de la
gestión del conocimiento y medición del capital intelectual, con empresas
como Skandia, ABB, ATP, Coloplast A/S, Ramboll, Telia, WM Data. Sin
embargo, en España, a pesar del gran interés que los directivos muestran
por estos temas, nuestras empresas se encuentran en las primeras fases de
adopción de este tipo de iniciativas. La importancia estratégica de estos
conceptos es clave para la competitividad de la empresa en el siglo
XXI. La gestión del conocimiento es un proceso organizativo integrado
básicamente por las siguientes etapas: creación o generación de
conocimiento, estructuración y aportación de valor a ese saber,
transformación y transferencia de conocimiento, y finalmente, el
almacenamiento y reutilización de información. Las empresas no deben
considerar la gestión del conocimiento simplemente como un hot topic sino
que necesitan comprender enteramente las ventajas singulares que
proporciona la integración de la perspectiva de gestión del conocimiento
en la estrategia empresarial. Este concepto permite a la empresa disponer
de mapas de conocimiento que son un auténtico astrolabio para la
asignación eficiente del conocimiento organizativo. Esta información evita
“reinventar la rueda” en la empresa, pues con un modelo de gestión del
conocimiento adecuado se facilita la localización del conocimiento
disponible para solucionar determinados problemas y la transferencia del
mismo a aquellas áreas de la empresa que lo necesitan. Otro concepto
muy relacionado con la gestión del conocimiento es el capital intelectual.
Una definición sencilla plantea que éste es la diferencia entre el valor
de mercado de la empresa y su valor en libros (capital
financiero). Avanzando en este concepto, podemos indicar que el capital
intelectual es un conjunto de activos estratégicos de tipo intangible, con
potencial para generar valor, pero que sin embargo, no figuran en el
balance de la empresa porque no satisfacen los criterios contables para
ser considerados activos. Un activo, según The International Accounting
Standards Committe, es un recurso controlado por una empresa como
resultado de acontecimientos pasados, del cual se espera obtener
beneficios futuros. Un activo intangible (norma E60) es aquel
identificable que carece de sustancia física. Se debería reconocer en el
balance si es probable que fluyan a la empresa beneficios futuros que sean
atribuíbles al activo. Para satisfacer este criterio la empresa debería
demostrar lo siguiente: 1) la forma esperada en que el activo intangible
incrementará el flujo de entrada de beneficios futuros, 2) su habilidad e
intención de utilizar el activo, 3) disponibilidad de adecuados recursos
técnicos, financieros y otros, para obtener los beneficios futuros, y 4)
el coste del activo intangible debe poder medirse con facilidad. La
norma IAS 38, publicada en septiembre de 1998, considera que determinados
“activos intangibles” como listas de clientes, lealtad del consumidor,
marcas, relaciones con clientes, capital humano o capital estructural, no
satisfacen la definición de activos, y, por tanto, se consideran gastos
cuando se incurra en ellos, no figurando en el activo del balance. El
concepto de capital intelectual se constituye de tres elementos: capital
humano, capital relacional y capital organizativo. El capital humano está
formado por el conjunto de conocimientos, habilidades y experiencias que
poseen los empleados de la empresa. El capital relacional es el valor de
las relaciones que la empresa posee con sus clientes, accionistas, socios,
proveedores, etc. El tercer elemento que integra el capital intelectual es
el capital organizativo, constituido por la cultura organizativa, rutinas,
procedimientos y procesos. Puesto que estos elementos no figuran en el
balance contable, es necesario disponer de herramientas ad hoc capaces de
medir este tipo de intangibles. Empresas como Skandia han desarrollado
modelos de medición de capital intelectual conocidos internacionalmente.
Las herramientas más utilizadas son Skandia Navigator, Intangible Monitor
Assets, Balanced Scorecard, y Modelo de Medición Estratégica por
Competencias. Sin embargo, la implementación de estrategias de gestión
del conocimiento y medición del capital intelectual no es suficiente para
posicionar a la empresa en el podio de los ganadores. Ésta debe contar con
el apoyo emocional de los empleados: el capital emocional interno de la
empresa. El capital emocional y el capital intelectual se genera en la
relación entre los individuos y la organización, y representa el deseo de
satisfacer y equilibrar las necesidades de ambas partes. Las personas de
la organización poseen el conocimiento necesario para responder a los
diversos escenarios generados por el entorno, pero para maximizar el
potencial de este conocimiento, es necesario que los individuos apoyen con
sus sentimientos la utilización del conocimiento. El capital emocional
está formado por dos elementos: el capital emocional interno y externo. El
primero de ellos está constituido por los valores, creencias y
sentimientos de las personas que trabajan en la organización, y genera
comportamientos y acciones que resultan en productos y servicios. Por otro
lado, el capital emocional externo recoge los sentimientos, creencias y
valores que los stakeholders (clientes, proveedores, accionistas,
socios...) sostienen respecto a la empresa. El éxito competitivo de las
empresas depende no sólo de los conocimientos poseídos por sus empleados,
sino también de los sentimientos de estas personas. La empresa debe
estimular un entorno de trabajo adecuado para el desarrollo y explotación
de sinergias entre el capital intelectual y capital
emocional.
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