LOS JUDIOS
Texto oficial del NSDAP
Gottfried
Feder
PREFACIO
Las siguientes digresiones tienen como finalidad exponer sintéticamente al
nacionalsocialista la forma en que el Programa (El autor se refiere al Programa
del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), más
conocido como "los 25 Puntos", el cual se halla en prensa en los
talleres de nuestra Editorial. (N. del T.)).y nuestro Führer Adolf Hitler
encaran el problema judío fundamentando por qué rehusamos considerar a los judíos
como ciudadanos del Estado.
Este escrito no tiene la pretensión de suplantar a la literatura antisemita
existente, sobre todo, el acreditado Manual del Problema Judío de Th. Fritsch y
las numerosas obras que tratan aspectos particulares de la cuestión. Me he
basado de modo principal en estos trabajos tan dignos de agradecimiento aunque
-dado el espacio limitado - no ha sido pposible reproducir los pasajes más
importantes de los mismos, salvo parcialmente.
Tal como ha sido norma en la primera edición de mi Estado Alemán (El Estado
Alemán sobre base nacional y social, G. Feder, Editora Central del NSDAP,
Munich 1933. (N. del T.)) muestro, ante todo, los rasgos esenciales y llamo la
atención sobre dos puntos a los que atribuyo especial gravitación: el hecho
real de que los judíos constituyen desde hace más de dos mil años un grupo
endogámico, de cruzamiento consanguíneo, y el hecho real de que son nómadas.
(Si bien hemos proporcionado la documentación al respecto, estos dos hechos
suministran por sí mismos los elementos probatorios. Por su parte, cada lector
puede fácilmente hallar y agregar un sinnúmero de ejemplos en su propia
experiencia, así como en los acontecimientos suficientemente conocidos del
mundo cultural, político y económico-social).
Y estos dos hechos excluyen simultáneamente toda otra solución
del problema judío que no sea la de nuestro Programa. Porque todas las
restantes supuestas soluciones se fundan exclusivamente -como lo pretendió uno
de sus nobles ideólogos, el Káiser José ll - en que los judíos pueden ser
"mejorados en su calidad de ciudadanos" y encuadrados como elemento
homogéneo en la comunidad del pueblo, vale decir, que la conducta de los mismos
puede ser modificada. Esto es un error. Un conjunto de tales características
raciales no puede ser modificado. La expresión de Goethe vale aquí: "Así
debes ser tú. No puedes huir de ti mismo."
No quisiera que el presente estudio fuera considerado como definitivo. El
problema judío requiere aún ser examinado desde los más diversos ángulos.
Por ello, hemos planeado para un futuro no muy lejano, volver a tratarlo de
manera exhaustiva e integral. (Por lo demás, remitimos a nuestros camaradas a
los fascículos de la Biblioteca Nacionalsocialista que se ocupan de aspectos
particulares de esta materia: Política Mundial Francmasónica, de Alfred.
Rosemberg –nº9 - y La Prensa como fuerza coercitiva de Judá, de Anton
Meister, nº 8).
G.F.
1. EL PROGRAMA
Y LOS JUDIOS
El Punto 4 del Programa del 24 de febrero de 1920, dice lo siguiente: "Sólo
puede ser ciudadano quien es miembro del pueblo. Miembro del pueblo sólo puede
ser quien tenga sangre alemana, sin tomar en consideración su Confesión. Ningún
judío puede, por consiguiente, ser miembro del pueblo."
De ahí que el Programa desestima el concepto de "ciudadano alemán de
confesión judía". No considera a los judíos como simple comunidad
religiosa sino como grupo nacional o como grupo racial. La confesión judía
constituye para él, únicamente el signo exterior de la pertenencia al grupo
nacional o racial de los judíos. Esto es, coloca a la confesión al margen del
problema, tal como lo recalca, expresamente con referencia al miembro del pueblo
de sangre alemana.
Esta interpretación del concepto "judío" es la única orgánica y
científicamente exacta, al contrario de la tesis usual que afirma que los judíos
constituyen solamente una comunidad confesional, pero no significa en modo
alguno algo nuevo con relación a los judíos mismos, que siempre y en todas
partes se han definido como conjunto nacional y racial, sobre todo en los
escritos destinados a la educación de sus miembros: significa algo nuevo únicamente
para el no-judío que -a diferencia de los judíos y en contraposición a ellos
- los ha considerado erróneamente como ssimple grupo religioso.
Según tal concepción en el mismo momento en que el judío abandona su religión,
y más aún si abraza una cristiana, deja automáticamente de ser judío. La
realidad es bien distinta: los propios judíos reiteran siempre y en todas
partes que el apartamiento de la religión mosaica y la conversión a una
religión no judía no anula en modo alguno los lazos de sangre con el judaísmo.
En consecuencia, no podemos sino hacer nuestra la concepción de los propios judíos
que afirman que constituyen una comunidad nacional, una comunidad racial, y
consecuentemente sostenemos: "NINGUN JUDIO PUEDE SER MIEMBRO DEL
PUEBLO". Ningún judío fue nunca miembro del pueblo en ninguna nación,
fuera de la suya propia; no lo fue en Babilonia, ni en Alejandría, ni en
Grecia, ni en Roma ni tampoco en los Estados cristianos de idiomas germánicos,
románicos y eslavos, pero tampoco en los pueblos mahometanos, a pesar de que
allí igualmente impera la circuncisión usual entre los judíos. (Esta, por
otra parte, fue practicada también en el antiguo Egipto y no puede, por
consiguiente ser tenida como distintivo exclusivo). Esta es una realidad que se
encuentra expresada en innumerables escritos y documentos judíos de todos los
tiempos y sobre ella se basa la educación del judío.
Frente a los alemanes (y ante los demás pueblos), ciertamente, el judío niega
este hecho o, por lo menos, lo encubre. Con este proceder especula con la
credulidad de nuestro pueblo, logrando la extraordinaria ventaja de ser judío
para el judío -disfrutando así de la intensa y poderosa promoción de su núcleo
nacional y racial - y simultáneamente, ser considerado alemán, gozando de
todos los derechos que únicamente corresponden al miembro alemán del pueblo.
Nosotros hemos reconocido de inmediato que esta interpretación no concuerda en
absoluto con los hechos, y por eso declara nuestro Programa: "ningún judío
puede, por lo tanto, (porque en la comunidad popular se trata de la sangre) ser
miembro del pueblo".
El Punto 5 del Programa infiere de lo que antecede:
"El que no sea ciudadano, sólo podrá vivir como huésped en Alemania y
deberá estar bajo legislación de extranjeros. "
Los Puntos 6, 7 y 8 dicen al respecto en particular:
El derecho de determinar sobre la conducción y las leyes del Estado ha de ser
privativo del ciudadano. Por eso exigimos que todo cargo público, de cualquier
índole, en el Reich, provincia o municipio, sólo puede ser desempeñados por
ciudadanos.
Exigimos que el Estado se comprometa a asegurar, en primer término, el poder
adquisitivo y la subsistencia de los ciudadanos. Si no fuera posible alimentar
la totalidad de la población del Estado, entonces los miembros de naciones
extranjeras (no ciudadanos) deberán abandonar el Reich.
Ha de evitarse toda ulterior inmigración de no-alemanes. Exigimos que todos los
no-arios que emigraron a Alemania, a partir del 2 de agosto de 1914, sean
obligados inmediatamente a abandonar el Reich. "
Estos conceptos no mencionan al judío y tampoco le conciernen sólo a él, pero
el judío está incluido con los demás. A él deben ser aplicadas estas normas
igual que, por ejemplo, al negro de Liberia o al mongol de cualquier pueblo del
Asia Oriental.
También aquí exigimos solamente lo que los judíos realizan en la forma más
estricta en "su" semi-Estado de Palestina. Ni un solo no-judío
desempeña en la Palestina sionista un cargo de cualquier naturaleza que fuere,
en la medida en que los judíos están facultados para decidir al respecto.
Desde luego, que los Puntos transcriptos se dirigen ante todo contra los judíos,
dado que éstos constituyen el único pueblo extraño y numéricamente cuantioso
que se halla entre nosotros, y se refiere también especialmente a los judíos
la exigencia de que todos los no arios que hayan emigrado a Alemania, a
partir del 2 de agosto de 1914, sean obligados de inmediato a abandonar al
Reich.
El Punto 17 del Programa encierra otra exigencia más:
"Exigimos la lucha sin miramientos contra aquellos que con su actividad
perjudican a la Comunidad. Los viles criminales del pueblo (Volksverbrecher),
usureros, especuladores, etc., serán castigados con la pena de muerte, sin
consideraciones por su confesión y raza".
Tampoco aquí son aludidos especialmente los judíos, más la expresa indicación:
"sin consideraciones por su confesión y raza", surge del hecho de que
hasta el presente ante todo los judíos, mediante sus demasiados conocidos
manejos, influencias subterráneas, dinero y amenazas, han substraído a los
criminales de su "confesión y raza" al justo castigo o, por lo menos,
han tornado a éste ilusorio.
De un riesgo particularmente trascendental para el pueblo alemán y todas sus
manifestaciones vitales en el ámbito de la política y de la cultura, trata el
Punto 23 del Programa:
"Exigimos... que: todos los editores, directores y colaboradores de periódicos
que se publican en idioma alemán, sean ciudadanos.
Toda participación financiera en periódicos alemanes o la influencia sobre los
mismos por parte de no-alemanes, será prohibida por ley, y exigimos como
castigo de las contravenciones, la clausura de tal empresa periodística, así
como la inmediata expulsión del Reich de los no-alemanes participantes en la
misma.
Los periódicos que contravengan el bien común han de ser prohibidos.
Exigimos la lucha legal contra las tendencias artísticas y literarias que
ejercen una influencia corrosiva sobre nuestra vida nacional, y la clausura de
los actos que contravengan las exigencias precedentes. "
Esto atestigua que el Partido, desde el comienzo, ha reconocido plenamente la
enorme trascendencia de la influencia de la prensa judía. Ha indicado al mismo
tiempo los medios adecuados para hacer frente a esta influencia y la forma como
puede ser quebrada.
El Punto 24 del Programa extiende lo dicho al plano cultural y religioso:
"Exigimos la libertad de todas las confesiones religiosas dentro del
Estado, en cuanto no pongan en peligro la estabilidad del mismo o estén reñidas
con el sentido moral y las costumbres de la raza germánica.
El Partido como tal defiende el punto de vista de un cristianismo positivo, sin
atarse confesionalmente a una doctrina determinada (Esto excluye de modo
terminante que la referencia precedente acerca de las religiones perjudiciales
para la raza germánica, pueda ser malévolamente utilizada por nuestros
enemigos como referida a las confesiones positivamente cristianas. Queda esto señalado
expresamente. (N. de G. F.)). Combate el espíritu judeo-materialista dentro y
fuera de nosotros y está convencido de que un renacimiento definitivo de
nuestro pueblo sólo puede operarse desde adentro sobre la base: UTILIDAD
PUBLICA ANTES QUE UTILIDAD PRIVADA."
Debido sobre todo a estos Puntos de su Programa, el NSDAP se ha atraído el odio
imborrable de los judíos y de sus dependientes. No hubo ni habrá a ese
respecto en los judíos ninguna contemporización con el NSDAP, mientras que
ella ha sido perfectamente posible y sigue siéndolo con todos los partidos
cristianos, por más radicales que sean en otros campos.
Para que los judíos jugaran un rol en los partidos conservadores al servicio de
la "nobleza" y que alcanzaran posiciones decisivas en los partidos
cristianosociales, ha sido suficiente con que se "convirtieran" al
cristianismo, haciéndose, entonces, especialmente "devotos". En
contraposición absoluta a esto, el NSDAP se hermetiza contra tales burdas
artimañas del pueblo judío mediante el texto preciso de su Programa. Pero en
forma especial se previene de los judíos mediante el espíritu del mismo. El
principio rector: "Utilidad pública antes que utilidad privada",
imposibilitará de por sí, en todos lados donde pudiera ser realizada, la
participación -permanente o transitoria - del judío.
Además, completamente opuesto al espíritu judeo-materialista es el
quebrantamiento de la servidumbre del interés, que ha encontrado su expresión
en los Puntos 11-19 del Programa. En el mismo momento en que haya sido destruida
la servidumbre del interés, y la quimera del oro que es su fundamento -la
divisa oro -, estará destruido también en la vida de los Estados el espíritu
judeo-materialista en el terreno de la economía en su totalidad, y el
depositario y usufructuario de la servidumbre de los intereses en la cual nos
encontramos, quedará despojado de su poder sobre nosotros y no podrá ser ya el
vampiro prendido al cuerpo del pueblo que actualmente es.
Por esa razón, Adolf Hitler dijo en su obra Mein Kampf, con referencia a mi
libro Quebrantamiento de la servidumbre del interés (aparecido por primera vez
en junio de 1919): "La lucha contra el capital financiero y prestamista
internacional ha llegado a constituir el más importante de los puntos del
Programa de la lucha de la Nación Alemana por su independencia y libertad.
"
Sólo el Nacionalsocialismo ha considerado con seriedad la solución del
problema judío. Sólo él ha cerrado desde el mismo comienzo el acceso al judío,
de modo tal que los probados expedientes de los judíos para lograr la penetración
y la disgregación, no pudieron ser esta vez empleados, y ha alcanzado esta
realidad porque ha considerado a los judíos como ellos mismos se consideran: un
conjunto nacional y racial. También ha evidenciado su seriedad en solucionar el
problema judío por cuanto en su Programa -y éste, según resolución de la
Asamblea General de Miembros del 22 de mayo de 1926, es inalterable"- ha
fijado y afirmado inequívocamente el espíritu anti-materialista, anti-judio,
que es el que impide que a través de puentes muy en boga, el judaísmo se cuele
espiritualmente primero y físicamente después.
El nacionalsocialista como tal es antisemita. Pero lo es en un sentido mucho más
extenso, mucho más profundo que el antisemita común, que en tan numerosos
casos ciertamente arroja venablos contra el judío, pero le compra al judío y
no solamente cordones para zapatos y pañuelos, sino también música,
literatura y filosofía. El nacionalsocialista no le agota en el odio contra el
judío sino que hace suyas las comprobaciones de una larga serie de
investigadores, desde Paul de Lagarde y, Heinrich von Treitschke hasta los
contemporáneos, recurriendo también a los conocimientos de la Ciencia de la
Raza (Rassenkunde) la que desde Georges de Lapouge se ocupa del problema judío.
2. ADOLF HITLER Y EL PROBLEMA
JUDIO
En su obra fundamental, Mein Kampf, describe Adolf Hitler como el problema judío
ya en Viena le había preocupado vivamente, por lo cual adquirió folletos
antisemitas y efectuó luego observaciones propias. También Adolf Hitler fue al
principio presa de la duda: "la cosa me pareció tan increíble la
acriminación tan desmedida que, atormentado por el temor de proceder con
injusticia, volví a estar preocupado e inseguro". Le sucedió al Führer
lo mismo que a todo alemán honesto, que en principio no puede de ninguna manera
creer que el judío constituye un peligro tan grave para su pueblo, que se
rebela contra esa idea porque él se comporta de manera muy distinta y no puede
imaginar que un miembro de otro pueblo pueda comportarse de modo diferente.
Contra todo esto sirve siempre únicamente aquello que Adolf Hitler hizo en
aquel entonces: observar. Las circunstancias fueron, por cierto, favorables. El
Führer se encontraba en Viena, donde por un lado la judería se destaca con
mayor nitidez como raza del resto de la población que, por ejemplo, en Berlín
o hasta en Munich, dado que hay zonas enteras predominantemente judías, y se
ven transitar en ellas aún a muchos judíos del Este con caftán y rulos en las
sienes y, por otro lado, existía ya un fuerte movimiento antisemita
incomparablemente más vivo que el que le antecedió (el de Stöcker). Georg
Ritter von Schonerer había fundado el movimiento antisemita austríaco y el
partido cristiano-social conducido por el Dr. Karl Lueger (más tarde
burgomaestre de Viena) lo había proseguido.
Particularmente gracias al Dr. Lueger el antisemitismo se había extendido en la
gran masa. Pudo encontrar allí, y eso debe ser resaltado, una tan grande difusión
por cuanto el vienés auténtico posee una aversión natural contra el modo de
ser y el espíritu judaicos y, además, no presenta tendencia alguna hacia el
materialismo del dinero -es wird amal a Geld sein und i net, ( "Habrá
alguna vez dinero y yo no estaré" (N. del T.)) piensa - y no tiene el más
mínimo respeto por el "intelectualismo". Hacía falta solamente la
mención del peligro que el judío significa para que la natural aversión se
convirtiera en antisemitismo.
Fuera de eso, asimismo, justamente en aquella época se destacó en Viena el
sionismo, movimiento que, como Adolf Hitler dice con razón, trajo "la
confirmación del carácter nacional del judaísmo".
Se puso en evidencia aquí, que el antisemitismo sólo deja establecido lo que
los propios judíos afirman: que los mismos constituyen un pueblo no una simple
comunidad religiosa. Cierto es, escribe Adolf Hitler, que aparentemente sólo
una parte de los judíos aprobaba el sionismo, mientras que la gran mayoría lo
rechazaba. Pero, al observar con más detenimiento, pudo comprobar que esto se
basaba en razones de conveniencia. El así llamado judaísmo de mentalidad
liberal rechazaba a los sionistas por la sola razón de que estimaba la confesión
pública, del judaísmo como impráctica, quizá hasta como peligrosa.
Adolf Hitler comenzó ahora en Viena a observar a los judíos con mas
atención, y el resultado fue: "¿Hubo acaso allí una inmundicia, una
indecencia de cualquier tipo, sobre todo en la vida cultural, en la que no haya
estado envuelto al menos un judío? En cuanto se practicaba con cuidado una
incisión en tal úlcera se daba, como con el gusano dentro del cuerpo en
putrefacción, -con un judiíto (Jütlein)".
Así comprobó que en todas partes estaba el judío en la obra de corromper al
pueblo inoculándole su espíritu. La prensa, el teatro, y el cinematógrafo
presentaban innumerables nombres judíos. Y precisamente en los productos más
sucios eran donde los judíos tenían mayor participación. "Nueve décimos
de toda la inmundicia literaria, de la chabacanería artística y de la idiotez
teatral debían ser cargados en el libro de las culpas de un pueblo que conforma
apenas un centésimo de todos los habitantes del país."
Luego verificó la relación del judaísmo con la prostitución y la trata de
blancas. Sobre esto dice el Führer: "cuando reconocí por primera vez al
judío como el dirigente frío como el hielo que desvergonzadamente comerciaba
con esta indignante explotación del vicio de esta hez de las grandes ciudades,
sentí que un ligero escalofrío me corría por la espalda. Pero, enseguida
estallaron las llamas. Ahora ya no eludí el problema judío. No, ahora lo
enfrenté."
También se le reveló a Adolf Hitler que la prensa socialdemócrata estaba
escrita preponderantemente por judíos; que realmente todos los editores y
redactores y, prácticamente todos los autores de folletos socialdemócratas,
eran judíos; que la conducción de dicho partido estaba casi exclusivamente en
manos de los judíos, es decir, de un pueblo extraño. Así llegó a reconocer
en el marxismo el verdadero y más profundo peligro para el pueblo alemán, y
empezó a reflexionar sobre los medios que permitieran hacer frente a este
peligro, acerca de la forma en que el pueblo podría ser salvado.
Es necesario reproducir las palabras de Adolf Hitler sobre la dialéctica judía,
pues las mismas son altamente importantes para juzgar al judío como adversario
en una discusión "cuando más disputaba con ellos, tanto más llegaba a
conocer su dialéctica. Al comienzo contaban con la estupidez del adversario,
para luego, si no hallaban ya ninguna salida, simplemente hacerse ellos mismos
los estúpidos. Si todo eso no resultaba, decían no entender bien o,
acorralados, saltaban de inmediato a otro terreno, señalando cosas obvias,
pero, cuya aceptación relacionaban en el acto con materias esencialmente
diferentes, para ahora, nuevamente agarrados, esquivar y pretender no saber nada
concreto. Cualquiera fuera el punto en que se atacaba a un tal apóstol, la mano
sólo hallaba mucus viscoso; este manaba dividido por entre los dedos, para
volver a juntarse otra vez al instante. Pero si una vez se derrotaba a alguno
realmente en forma tan aplastante que, observado por los que le rodeaban, no podía
ya hacer otra cosa que asentir, y uno creía haber adelantado así por lo menos
un paso, el asombro era grande, empero, al día siguiente. El judío no sabía
ya ni lo más mínimo de lo acaecido ayer, y volvía a su viejo absurdo de
nuevo, como si absolutamente nada hubiera sucedido, y al exigírsele, con
indignación, explicaciones, simulaba perplejidad, no podía recordar
absolutamente nada, fuera de "la exactitud de sus afirmaciones demostrada
el día anterior."
El Führer indagó cada vez más profundamente las razones que hubieran
permitido al judío obtener tal posición de poder entre los trabajadores
alemanes.
Resumió sus observaciones como sigue: "El proceder del judío al respecto
es el siguiente: se acerca al trabajador, finge compasión con su destino
o hasta indignación por su sino de miseria y trabajo inhumano, a fin de ganar
de este modo la confianza del mismo. Aparenta estudiar todas las distintas
causas reales o también imaginarias de las durezas de su vida y de despertar el
anhelo de modificación de tal existencia. La necesidad de justicia social que
en todo hombre ario duerme de algún modo, la acrecienta ahora en una forma
infinitamente sutil hasta tansformarla en odio contra aquellos mejor agraciados
por la suerte, dando al mismo tiempo a la lucha por la eliminación de los daños
sociales un cuño muy particular de concepción del mundo. Funda la doctrina
marxista. Presentándola enlazada con una considerable cantidad de exigencias
sociales justas, fomenta, tanto su difusión como inversamente la aversión de
la humanidad decente de cumplir exigencias que, expuestas en tal forma y con tal
acompañamiento aparecen desde un principio como injustas, más aún, como
imposibles. Pues bajo este manto de ideas sociales yacen ocultos aún más
designios verdaderamente satánicos, o también son a veces expuestos con la más
descarada claridad en plena publicidad. Esta doctrina constituye una mescolanza
inseparable de razón y de demencia humana, pero siempre de tal modo, que
solamente la locura es capaz de llegar a ser realidad, nunca la razón. A causa
de la repulsa categórica de la personalidad y con ello de la nación y de su
contenido racial, ella destruye las bases elementales de la totalidad de la
cultura humana, que depende precisamente de estos factores. "
La prensa, que el judío se crea con el fin de "destrozar la personalidad y
la raza", trabaja en todas partes para la meta final: el dominio de los judíos.
"Ella embate sin cesar", dice Adolf Hitler (p. 343) sobre todos
aquellos caracteres que no quieren doblegarse ante la arrogancia judía de
dominio, o cuya capacidad genial aparece al judío ya en sí como un peligro.
Porque para ser odiado por el judío no es necesario que se le combata, sino que
es suficiente ya su sospecha de que el otro pudiera tener alguna vez tales
pensamientos, o que en base a su preeminente genialidad sea un reforzador de la
potencia y de la altura de un pueblo enemigo del judío ... El desconocimiento
de la gran masa en cuanto a la índole íntima del judío, la estrechez y falta
de instinto de nuestras capas superiores hacen que el pueblo llegue a ser luego
fácilmente la víctima de esta campaña judía de mentiras.
Mientras tanto, sin embargo, el judío trabajaba con toda su fuerza y con todos
los medios para pervertir las bases raciales del pueblo a sojuzgar. Así
como él mismo corrompe sistemáticamente mujeres y niñas, tampoco vacila en
derribar, aún en la más amplia medida, las barreras sanguíneas de otros
pueblos. Judíos fueron y son los que traen los negros al Rhin, siempre con la
misma intención oculta y la meta clara de destruir, mediante la bastardización
que entonces forzosamente se produce, la raza blanca que ellos odian, de
derribarla con violencia de su altura cultural y política y de alzarse ellos
mismos como sus amos. Porque un pueblo de raza pura, consciente de su sangre, no
podrá nunca ser subyugado por el judío. " (p. 345).
No es nuestra misión exponer aquí la posición adoptada por Adolf Hitler con
respecto a los distintos puntos del problema judío. Sus observaciones y sus
conclusiones tuvieron como consecuencia que en el programa del NSDAP se
asentaron como principios fundamentales las exigencias referentes a los judíos.
Es preciso reiterarlo: para Adolf Hitler los judíos son un pueblo, una raza.
3. LA LEY RACIAL DE LOS JUDIOS
Con anterioridad a la época en la cual los judíos llegaron a ser un grupo
racial, existe una historia de más de mil años de duración del país, dentro
del cual se fue plasmando ese grupo racial: Palestina. Hasta muy avanzado el
siglo XIX, esta historia descansaba casi únicamente en los datos suministrados
por el Antiguo Testamento; recién en el curso de dicho siglo se agregaron
nuevas fuentes, particularmente las epístolas de Tell-Amarna, que por primera
vez mencionaron a los Habiru -los Hebreos - como tribus nómadas en avance
impetuoso; luego informaciones egipcias y finalmente las excavaciones en
Palestina misma.
No puede hacerse aquí la historia pormenorizada del judaísmo. Al respecto
existe, ya la obra detalla de Otto Hauser Historia del Judaísmo (Editada por
Alexander Duncker, Weimar, 1921), donde especialmente han sido recopilados y
verificados por primera vez todos los datos referentes a la raza. De esta obra
surge con claridad que antes de la época de Esdras y Nehemías, cuya ley -a
considerar más adelante - hizo de los judíos un grupo racial, antes del siglo
V a.C., la población de Palestina no era de ninguna manera uniforme A la
población primigenia se superpuso una capa de señores rubios, que además de
ninguna manera hablaban todos idiomas semíticos, sino, como ha sido comprobado,
en parte hasta indogermánicos (arios). También en el idioma hebreo se
encuentran algunos componentes de parentesco lingüístico indogermánico.
Si observamos la raza de la población primigenia de Palestina de acuerdo con
los testimonios y con la composición racial actual de los judíos, podemos
encontrar representado con especial pureza en los actuales armenios. Ya las
pinturas egipcias antiguas muestran semitas armenoides de piel parda y barbas
negras como habitantes de Palestina. Ante todo las peculiares narices, con los
dorsos encorvados y las alas retraídas, pero también los ojos por así decir
pesados y los labios gruesos están nítidamente representados. Asia estuvo, sin
lugar a dudas, habitado ya en tiempos prehistóricos preferentemente por tales
armenoides que hasta hoy día prevalecen allí. Con plena razón existe la
frase: "los imperios pasan, los pueblos subsisten." Esto quiere decir:
el Estado, fundado acaso en cualquier lugar por un pueblo señorial extraño y
que descansa sobre la existencia de ese pueblo señorial, puede, por el hecho
que ese pueblo se disuelva en el autóctono, se confunda con la sangre - del
mismo y con el tiempo vaya perdiéndose, volver a desaparecer con el tiempo,
pero la ancha masa de la población autóctona queda. Este proceso puede
descubrirse en todas las épocas y en todos los lugares de la historia de los
distintos países, y como la mayoría de éstos, también Palestina ha
experimentado, no una sola vez la fundación de Estados y la dirección estatal
por un pueblo señorial extraño, sino varias veces. Mas también debe tenerse
en cuenta que el interior del Asia con sus pueblos mongólicos y el Africa con
sus negroides estaban suficientemente cerca, de modo que es de admitir, que ya
en tiempos muy antiguos sangre mongoloide y negroide habrá penetrado dentro de
la sangre asiática de la población primigenia palestinense.
Como pueblos nórdicos en su capa señorial deben ser considerados los
siguientes dominadores de toda Palestina y al menos de partes esenciales de la
misma (este dato aparece por primera vez en Historia del Judaísmo):
El pueblo nórdico de los monumentos megalíticos.
Los rezenu (2000 a.Cr.).
Los amorreos (amorritas) (1500 a.Cr.).
Los hititas. (1400 a.Cr.).
Los horitas (1350 a.Cr.).
Los filisteos (1200 a.Cr.).
Los edomitas (1200 a.Cr.).
También en el transcurso del
tiempo que ya recibe la plena luz de la historia, pueblos nórdicos volvieron a
ser repetidas veces los señores de Palestina: los persas, los macedonios y los
romanos. Pero para la composición del pueblo judío estos pueblos señoriales más
tardíos ya no entran en consideración, pues mientras tanto había sido erigida
la ley racial, que excluía la incorporación de sangre extraña proveniente de
estos pueblos o al menos la limitaba a unos pocos casos aislados, cuyo efecto
debía desaparecer dentro de la masa total.
Los hebreos son mencionados como "habiru" por primera vez en las epístolas
de Tell-Amarna ya citadas. Se trata en su mayor parte de cartas escritas con
letras cuneiformes en idioma babilónico sobre tablas de alfarería, que por los
distintos gobernadores fueron dirigidas al rey de Egipto. Palestina pertenecía
entonces -alrededor de 1400 a.C. - a Egipto. En una de estas epístolas, Púti-Chipa,
el príncipe de Urusalim (Jerusalén) ruega a su superior egipcio el envío de
tropas auxiliares contra los habiru en favor de los cuales había defeccionado
ya una ciudad de su territorio, Bit-Lahama (casa de la deidad Lahama), más
tarde llamada Bethlebem (Belén).
Hacia 1230 a.Cr. se enuncia por primera vez en una inscripción egipcia el
nombre Israel: "Israel. Sus gentes son pocas, su simiente está toda
perdida." El nombre "Judíos" se encuentra fuera de la Biblia por
primera vez en una inscripción del rey Tíglatpilesers III de Assur; allí se
menciona alrededor de 735 a.Cr.- a "Azrijau, rey de. los jaudi"
(Asarja, rey de los judíos.). En el Antiguo Testamento el nombre judío es
llevado, por lo pronto, únicamente por la tribu más sureña, pero ya en los
tiempos helénicos y especialmente en el Nuevo Testamento aparece sin embargo
como nombre principal del pueblo.
No debemos de ninguna manera considerar a la población de Palestina en tiempos
antiguos como una unidad. El dominio sobre los hebreos no trajo ni
aproximadamente la fusión. Que allí vivían pueblos diferentes, eso era de
conocimiento general en la época del profeta Ezequiel. 600 a.Cr. Ezequiel pudo
decir refiriéndose a Jerusalén (16,3): "Tu padre fue un amorreo y tu
madre una hitita." Recuérdese también que aquel Uria, al cual envía
David "la carta a Uria", es designado expresamente como hitita. Es
probable que también la mujer del mismo, Bathseba, que llegó a ser la madre
del rey Salomón, haya sido hitita y Salomón por consiguiente hitita por parte
materna. La fusión no puede haber sido frecuente y tuvo lugar en un ámbito
mayor recién en la época del exilio babilónico (586-536 a.Cr.).
En Babilonia los judíos se mantuvieron como un grupo cerrado en sí y
prontamente llegaron a adquirir riqueza, influencia y poder. Con sagaz
reconocimiento de la situación se inclinaron hacia la nueva estrella surgiente
de los medas, y los servicios que prestaron a Ciro indujeron a éste a mostrárselos
favorable. Ya Ciro permitió a un cierto número de judíos volver a Palestina y
reconstruir el templo (538 a.C.) Con posterioridad los judíos obtuvieron aún
otras ventajas. Alrededor de 44 a.Cr. se les permitió también reconstruir la
muralla de la ciudad de Jerusalén. Esto sucedió bajo Nehemías, a quien el rey
de los Persas, Artajerjes I, había enviado como gobernador a Jerusalén.
Alrededor de 430 a.Cr. se autorizó, a aproximadamente a 6000 judíos (entre
ellos cerca de 1800 hombres adultos), a volver desde Babilonia a Palestina. Bajo
la gobernación de Nehemías, el sacerdote Esdras implantó la ley racial. Esta
ley ha creado al pueblo judío actual. De ahí a que los judíos vean en Esdras,
con razón, al refundador de su pueblo, al segundo Moisés.
En las obras más conocidas sobre los judíos no se hace resaltar
suficientemente en ninguna parte la importancia de la ley racial de Esdras.
Constituye el mérito de Otto Hauser haber vertido plena luz sobre la
importancia de esta ley en su citada Historia del Judaísmo y en la serie de artículos
titulados Judíos y Alemanes (aparecido primero en la revista El Sol, años 1926
y 1927, y publicados luego en forma de libro por la casa editora Der Mensch de
Danzig-Leipzig).
Los libros de Esdras y Nehemías del Antiguo Testamento contienen los relatos
referentes a los acontecimientos que acompañaron a la implantación de la ley
racial. De ahora en adelante, el judío debía casarse únicamente con una judía.
La ley fue hasta retroactiva: las mujeres de origen extraño y los hijos e hijas
de las mismas fueron eliminadas de la comunidad popular. Una lista seguramente
incompleta de los matrimonios afectados, ha sido conservada en el libro de
Esdras (10,18 y sigs.). Es importante llamar la atención sobre esto, ya que de
parte judía es difamada como un acto de barbarie la segregación de los
habitantes de origen extraño al de nuestro pueblo, exigida por nosotros los
nacionalsocialistas: el pueblo judío debe su conservación hasta el presente única
y exclusivamente a esta segregación y al futuro apartamiento de las personas de
origen extraño.
Mediante la ley racial de Esdras y Nehemías, el judaísmo "fue fundado
como unidad racial" (Historia del Judaísmo,- p. 175). Desde ese momento y
hasta los tiempos presentes el judío se ha casado únicamente con una judía.
Las excepciones son sumamente raras. Sólo en una oportunidad fue incorporado al
judaísmo un número mayor de extranjeros. Por Hoannes Hyrkan, alrededor de 120
a.Cr., los edomitas (idumeos), del sur de Palestina, de estirpe y lengua
emparentada, fueron obligados a aceptar la circuncisión. Aristóbulo I hizo lo
propio con los galileos también emparentados por sangre e idioma. De éstos,
los edomitas que deben ser considerados como un pueblo originariamente rubio
(según su héroe tribal Edom, cuyo nombre se remonta a la misma raíz que
admoni "rubio") probablemente habrán aportado una considerable
cantidad de rubios; en los galileos, en cambio, los troncos allí transplantados
desde el sur de la Mesopotamia se habían deshecho, y éstos habrán infiltrado
al pueblo del Estado del norte, quizás más claro, de sangre bastante obscura,
presumiblemente de raza dravidoide (semejante a los gitanos). Contra los
edomitas y los edomitas "paganos" existió por parte de los judíos aún
un siglo más tarde, en época del Nuevo Testamento, una aversión, que incidió
particularmente sobre la casa de los herodeos, provenientes de Edom.
Mientras que el judío se casaba siempre exclusivamente con una judía,
procreando con ella su linaje y su pueblo, las hijas judías pudieron en todos
los tiempos, lo que debe ser destacado, unirse a hombres extraños. La judía
Esther, que como amante del rey de Persia Ahasveros preservó a los judíos de
un pogrom, organizando un cambio un pogrom contra los persas, es un alto ejemplo
del objeto que tienen estas uniones. Es precisamente a través de sus hijas que
los judíos han sabido llegar a adquirir influencia y posición de poder. Pero
esto nunca incidió sobre la comunidad popular judía. Por el contrario, se
introdujo así sangre judía en los demás pueblos, pero no sangre extraña
entre los judíos.
4. SIGNIFICADO Y CONSECUENCIAS
DE LA LEY RACIAL
La importancia de la ley racial es extraordinaria. "Lo que ninguna ley de
protección de la raza, de la Antigüedad ni de los tiempos modernos, logró, se
logró aquí: un pueblo por cierto numéricamente significativo (tres o cuatro
millones, incluyendo a los judíos de Babilonia y de Egipto) se encerró en
conjunto para todos los tiempos como un ente especial, evitando de este modo que
componentes racialmente extraños penetraran en mayor medida".
La consecuencia de la delimitación de los judíos por medio de la ley racial es
que los judíos son más que un pueblo: han llegado a constituir una familia, y,
más exactamente, una familia endogámica.
"Retrocediendo hasta Esdras hay que contar setenta hasta cien generaciones,
para lo cual se tuvo en cuenta que al judío le es permitido casarse a los trece
años, debiendo estar casado a los dieciocho. Se sucedían por consiguiente las
generaciones más rápidamente que entre los alemanes. Esto es causa de una
endogamia tan pronunciada como no existe en ningún otro grupo social, ni
siquiera en las familias reinantes. Pues, si cada judío debiera tener
ascendientes separados, tendría que haber habido hacia 430 a.Cr., trillones de
judíos. Como este no fue el caso, no solamente los ascendientes de aquella época
deben coincidir hasta una parte diminuta, y cada judío estar emparentado
estrechamente con otro judío en un 99,9 %, sino que cada antecesor está
presente en cada uno muchas miles de veces, actuando con fuerza multiplicada en
igual medida. La fuerza de actualización de todo cruzamiento consanguíneo de
esa índole es tan extraordinaria, que hubo judíos que pudieron sostener que
hasta en la décima generación el descendiente de un judío particular sea judío
total. Casos de atavismo del tipo pronunciadamente judío se producen en algunos
casos efectivamente hasta en la cuarta o quinta generación. Esto explica también
la gran semejanza familiar de los judíos por mayor que sea la diferencia en la
coloración, la figura y la fisonomía. Los judíos no constituyen una raza,
pero sí una familia endogámica (A raíz de que el pueblo judío es el producto
de un mestizaje, el autor -siguiendo a Günther - rehusa calificarlo como raza.
(N. del T.).). En ello reside una parte esencial de su fuerza. Pero dado que las
partes componentes de la mezcla difieren muy ampliamente entre sí, se originan
en cada individuo y en la totalidad, inevitablemente las más graves
discordancias. Todos aquellos fenómenos que provocan desde afuera la lucha de
tan numerosos grupos contra ellos, unido a este hecho deben llegar a constituir
necesariamente la causa de su hundimiento." (Judíos y Alemanes, p. 23).
Especialmente instructivo en lo que respecta a las consecuencias de la mestización
es el ejemplo de los griegos, quienes, en la época en que dieron al mundo los
poemas homéricos, a Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, un Fidías y
un Praxiteles, los grandes filósofos, Platón y Aristóteles ante todo, los
grandes historiógrafos, investigadores de la naturaleza, matemáticos y todos
los eximios estrategas y estadistas, que para nosotros aún hoy tienen vida, se
designaban con orgullo como "de elevada estatura, blancos y rubios"
(megaloi, leukoi, xanthoi), pero que en la actualidad son un pueblo drávída de
coloración parda obscura. Precisamente estos griegos trataron, poco antes de
Esdras y Nehemías, de introducir una ley racial semejante. Fue el mismo
Pericles quien promulgó en Atenas, en el año 451 a.Cr., la ley que establecía
que sólo podía ser ciudadano pleno aquel que de parte del padre y de la madre
fuera un hombre libre ático. Como esta ley al principio fue realmente
utilizada, eso lo comprobamos por los discursos de Isócrates: durante una
hambruna había arribado cereal proveniente de la ciudad amiga de Cirene para
los atenienses de linaje puro, y en esa ocasión algunos se esforzaron por
obtener una cuota que según la ley no les correspondía, y trataron de lograrla
por la vía jurídica. Pero Atenas no se mantuvo firme. Como en la batalla
sangrienta de Queronea contra Filipo de Macedonia habían caído miles de
ciudadanos atenienses (338 a.Cr.), se decidió incorporar cerca de 20.000
ciudadanos de 2da. clase al estamento y a la comunidad sanguínea de los
ciudadanos plenos. De este modo la ley racial existió entre los griegos y únicamente
en el grupo pequeño aunque sumamente valioso de los atenienses, sólo un poco más
de un siglo. Lo que Atenas produce en la época posterior no alcanza ni en lo más
mínimo a sus creaciones y acciones durante la época de su pureza de raza.
Otros centros espirituales se forman, así en Pérgamo, ante todo en la Alejandría
egipcia fundada por Alejandro el Grande, y bien pronto aventajan a Atenas, donde
la Academia, que se remonta a Platón, consigue a duras penas conservar algún
prestigio. El dominio de Atenas lo detentan primero los macedonios, luego los
romanos. El centro político llega a constituirlo Bizancio-Constantinopla, con
su afluencia siempre renovada de arios, ilirios, eslavos, y hasta escandinavos.
La Grecia propiamente dicha, desde que el eslavo Justiniano hasta cerró también
la Academia, se vuelve insignificante para la cultura mundial, y constituye para
la historia mundial únicamente un objeto, nunca más un sujeto.
Por el hecho que los judíos son una familia endogámica, la más estrecha
en absoluto que existe, se explica que los judíos, como hermanos, saben mucho
mejor cómo favorecer a sus hermanos, que cualquier otro grupo no-judío. Todos
los judíos están unidos entre sí; en un caso de apremio, todos apoyan a aquel
que se halla acosado. Y abogan por su causa tanto con su astucia como con el
poder brutal de su dinero. Hasta muchos criminales judíos son sustraídos a la
justa pena mediante ese proceder.
Pero a ello se opone que los judíos, precisamente como una familia endogámica
surgida de partes constitutivas fuertemente discrepantes entre si sufren de las
más graves incongruencias físicas y anímico-espirituales.
En la mencionada serie de artículos Judíos y Alemanes se halla desarrollado
este punto por primera vez (p. 86 y sigs.):
"Las incongruencias raciales provocan entre los judíos un porcentaje
extraordinariamente elevado de defectuosos y achacosos. Las malformaciones son
sumamente frecuentes jorobados, torcidos, rengos, lisiados típicos, en lo
espiritual deficientes de todas las especies, desde los exaltados hasta los imbéciles.
La neurastenia es una enfermedad tan típicamente judía, que durante la guerra,
en el ejército imperial y real (austríaco) a menudo se consideraba a todos los
judíos como neurasténicos y a cada neurasténico como judío. Existe entre los
judíos, sobre todo los del ambiente cultural, una gran tendencia a las
enfermedades mentales. Igualmente grande es la tendencia al suicidio, a pesar de
que el judío -todos aquellos con incongruencias de razas lo son - es
considerado como miedoso, hasta como cobarde. Aquel que sin miramientos
aprovechaba todas las posibilidades de ganancia que se le ofrecían, que quizás
ya hubo dejado tras de sí diez arreglos ventajosos, pone fin de repente a su
vida.
"En lo puramente corporal se observa en los judíos una especial tendencia
a la obesidad, a las enfermedades de la nutrición, diabetes, hemorroides y
prolapso rectal, que los convocados al servicio militar en Galicia provocaban
sin más artificialmente a fin de resultar ineptos militarmente, de las hernias,
que en ellos son tanto más notables por cuanto no son provocadas por el
levantamiento de cargas pesadas o por esfuerzos exagerados de otra índole -pues
cierto es que casi en ninguna parte el judío realiza los trabajos que requieren
fuerza -, además, la frecuencia de todas las enfermedades de las arterias, en
especial de la arteriosclerosis, que precozmente trae consigo várices y ataques
de apoplejía.
Las incongruencias internas del cuerpo y del espíritu se evidencian en las
costumbres de la vida. En cierto nivel, el judío deviene en más de ochenta de
cada cien casos, un sibarita. La comida ocupa el primer plano, pero tampoco
faltan las bebidas fuertes. Sin incongruencias raciales no se vuelve uno glotón.
Enteramente desenfrenada es la vida de los instintos, que las pesadas comidas y
las fuertes bebidas excitan más aún. Las mujeres extienden su "vida
amorosa" hasta la edad de la Ninon de Lenclos; abuela, madre e hija
coquetean en el mismo salón. Pueblo agudamente desvergonzado, exige la libertad
para la satisfacción sin limite del instinto en el hombre y la mujer, incita
mediante escritos e imágenes la lascivia, en sí mismo y en los no-judíos
defiende los crímenes más atroces cuando son cometidos por lujuria, trata de
violar y modificar las leyes en ese sentido, desencadena, donde llega a ejercer
el poder total, - como en el bolchevismo ruso -, un frenético bacanal, a cuyo
remolino hace entrar todo lo que existe, hasta los niños de diez años.
Un similar desenfreno como en lo sexual puede comprobarse en una gran parte de
la judería en el ámbito comercial, que en este caso avanza profundamente en
los terrenos del arte, de la ciencia y de la vida estatal. En este campo, los
judíos, desde los tiempos de los romanos, preferentemente comerciantes e
intermediarios, han tenido desde siempre mucho menos escrúpulos que los no-judíos.
Ante todo hacen el distingo entre el judío y el no-judío (goim, akum)
considerando permitido tratándose de éste, muchos procederes que para los demás
son delitos o actos indecorosos. Los judíos pudieron considerarse en Palestina
superiores a todos los no-judíos que habitaban allí o en los alrededores.
Ya en tiempos de Tito poseían una ética utilitaria, mercantilista.
Su "habilidad" comercial se basaba - como hoy - en los negocios
turbios. En ese tiempo ya tenían una bien ganada fama de especuladores y
usureros. Pero a pesar de que se descubrió muy a menudo su juego, no desistían
de él. Desde aquella época el judío es considerado en todas partes como hábil
pero deshonesto comerciante. Bajo circunstancias duras tuvo que adaptarse a las
costumbres generales, pero en cuanto las condiciones se volvían favorables, era
nuevamente el perseguidor inescrupuloso del lucro, y pronto supo, muy
astutamente, provocar él mismo aquella fluctuación, a fin de llevar a cabo, en
medio de tales disturbios, sus actos de rapiña. Todo esto alcanzó una cima
propiamente vertiginosa en la época de la Guerra Mundial y en el tiempo de
postguerra. En la contrapartida de la sexualidad desenfrenada, la rapacidad, es
tan insaciable como el libertinaje; se acrecienta cada vez más por propio
impulso de igual manera, vive en una verdadera embriaguez, teniendo como meta
cercana la reducción de todos los no-judíos a una total servidumbre, a la
esclavitud de los amos judíos que podrían vivir exclusivamente para embolsar
las tasas del trabajo compulsivo y para el placer. El futuro parece así tan
asegurado para el judío que excluye toda posibilidad negativa. Donde ellas se
produjeron -debido a repentinas pérdidas -, tuvieron lugar entonces epidemias
de suicidios. Esto, como aquello, es expresión de la más grave inferioridad
espiritual."
A estas explicaciones, que traducen el punto de vista del especialista en
ciencias naturales, debe agregarse además que precisamente estas disposiciones
están establecidas en forma inconmovible, que ninguna agua bendita de bautismo
puede por consiguiente anular, así como tampoco la "aceptación" de
la cultura occidental misma. El mimetismo de los judíos, al que por lo demás
tanto se apela, queda reducido a la nada frente a este enfoque científico-natural,
mientras que al no informado lo engaña demasiado fácilmente. Y todo aquel que
se compenetre de tales consideraciones científicas, comprobará en todos los
casos que al judío nada le resulta más penoso, nada lo desconcierta más que
este claro conocimiento de sus peculiaridades raciales. Se siente expuesto en su
intimidad a los ojos de los demás, "reconocido". Mucho más le
conviene el odio superficial que carece de juicios científicos, que no lo
"reconocen". En tal caso siempre le será posible reírse para sus
adentros del tonto akum aun cuando tal vez su vehemencia le sea personalmente
desagradable, y puede tener la esperanza de obligar a pesar de todo, finalmente,
al tonto akum precisamente porque es "tonto", a someterse a su
voluntad, con ardides o por la fuerza: frente a aquél que lo
"reconoce" siente que sus triquiñuelas más astutas son anuladas.
La separación por cría consanguínea de los judíos a partir de Esdras y Nehemías,
aproximadamente 430 años a.C., es decir desde hace más de dos mil años (60
hasta 100 generaciones), ha traído como consecuencia la diferenciación de los
judíos de los demás pueblos del mundo. Esto a su vez constituye la razón más
profunda de la repulsa hacia los judíos del antisemitismo dirigido únicamente
contra ellos y no contra otros pueblos semitas como los árabes y los abisinios
5. LOS JUDIOS DESDE ESDRAS HASTA
FINES DE LA EDAD MEDIA
La historia de los judíos antes de la implantación de la ley racial queda
excluida de nuestras consideraciones. No existe motivo alguno para destacar a
los judíos de los otros pueblos de habla semítica de la época transcurrida
hasta ese momento, aunque habrán tenido, obviamente sus cualidades especiales.
Pero es digno de notar que ni siquiera la circuncisión, que más tarde sería
tan característica, fue realizada anteriormente entre ellos de una manera
general. Recién a partir del exilio, alrededor de 520 a.C., la circuncisión se
hizo imprescindible, y bien pronto fue considerada tan sagrada que no hubo nada
que produjera en la totalidad del pueblo una rebelión tan grande como su
prohibición, que el macedonio Antiochus Epiphanes -ferozmente odiado promulgó
en el año 168 a.C. Y también la prohibición de la circuncisión dictada por
Adriano incidió sobre, los judíos con más fuerza que nada. (Historia del Judaísmo,
p. 95).
Recién a raíz de la ley racial de Esdras y Nehemías el pueblo judío llega a
constituir un grupo consanguíneo, una familia de razas, cuyos caracteres se
fijan cada vez a medida que pasa el tiempo.
En tiempos en que les fue permitida la reconstrucción del templo "salomónico
y las murallas de la ciudad de Jerusalén, los judíos se hallaban bajo la
dominación de los medas y luego de los persas, los que estaban estrechamente
emparentados con los medas por lengua y sangre. La dominación de los persas
sobre Palestina fue reemplazada en 332 a.Cr. por la de los macedonios. El
macedonio Antiochus provocó a raíz de sus disposiciones contra la circuncisión
y otros usos judíos un levantamiento que, capitaneado por los macabeos, hasta
condujo a la autonomía de Palestina. Desde 168 hasta 63 a.C. Judá fue un país
independiente. Desde 63 a.Cr. fueron los romanos los señores del país. Estos,
empero, dejaron por de pronto las costumbres judías intactas, y hasta otorgaron
al gobernador Herodes el título de rey, permitiéndole fundar una dinastía,
que dominó en Judea hasta 44 d. C., aunque en completa dependencia de Roma.
Nuevas rebeliones y disturbios en el país provocaron la intervención de los
romanos. En el año 70 d. Cr. Tito conquistó Jerusalén, y numerosos judíos
tuvieron que abandonar el país. Por tal razón el año 70 d.Cr. es considerado
como el comienzo de la "dispersión" (Golali o Galuth, también
Golus), y hasta hoy día los judíos suelen despertar la compasión porque en
aquel entonces se les hubiera obligado a ser apátridas. Los hechos reales
contradicen esta aserción. Ya mucho antes los judíos por su propia voluntad,
para hacer negocios, se habían dispersado por todo el mundo. De ninguna manera
todos los judíos habían regresado a Palestina cuando los persas les
permitieron el regreso desde Babilonia. Allí persistió una comunidad judía
poderosa y rica por largo tiempo y en repetidas ocasiones alcanzó especial
florecimiento. El Talmud más importante, el "babilónico", fue
concebido principalmente en Babilonia. Hasta parece que solamente una parte
relativamente pequeña de los judíos exiliados hizo uso de la franquicia del
retorno. El asiriólogo Friedrich Delitzsch escribe en su obra El Gran Engaño
(que trata principalmente del concepto de la divinidad entre los judíos), con
respecto a este "hecho histórico que para la judería constituye un muy
grande deshonor": "Cuando Ciro en el año 538 permitió a los judíos
el regreso a Palestina y la reconstrucción del templo, sucedió lo que no fuera
previsto por ningún profeta, lo que ninguno hubiera considerado posible: que la
inmensa mayoría del pueblo judío renunció voluntariamente a Sión y Jerusalén,
a la patria y a la veneración de Jahos (Jahvé), y prefirió quedarse en
aquella Babilonia que sus profetas sistemáticamente y ante todo el mundo hasta
nuestros días "han hecho hedionda", atraídos pura y exclusivamente
por las ilimitadas posibilidades que se les ofrecían en aquel país
inmensamente rico para ganar dinero rápida y fácilmente (¡tasa de interés
usual 20 por ciento!) Este abandono voluntario del país de sus padres,
este reniego de Jahos y de sus profetas consumado ante los ojos de todo el
mundo, constituye una lacra que no puede ser lavada en la historia del pueblo
judío."
Al igual que en Babilonia y en todo el país del Eufrates y del Tigris, hubo sin
embargo también en Egipto ya en tiempos lejanos grandes colonias judías. La de
Elefantine hasta poseía un templo, lo que recién se descubrió en épocas muy
recientes mediante excavaciones, mientras que de acuerdo a las informaciones del
Antiguo Testamento se había sostenido que el templo de Jerusalén era el único,
que solamente en él Jahvé podía ser adorado adecuadamente y en una forma tal
que se lograra su complacencia. Y cuando el apóstol San Pablo, todavía antes
de la destrucción de Jerusalén, que acaeció después de su muerte, realizó
sus viajes misioneros en Asia Menor, en Grecia, a las Islas y en Italia, encontró
en todas partes donde llegó, comunidades de judíos, en Efeso, en Corinto y en
Roma ante todo. Nadie obligó a los judíos antes del año 70 d.Cr. ir a la
"dispersión" de la que se quejan con tal agudo dolor, y no existe
duda alguna que los judíos se hallaban muy bien en Alejandría, en Efeso, en
Corinto y en Roma. En todos lados habían podido acumular riquezas y obtener
influencia. Significativa es una expresión de Cicerón en su discurso de
defensa de Flaccus, el ex-pretor de Asia Menor, que había sido acusado por
haber confiscado una remesa de impuestos judíos para el templo. En tal ocasión,
Cicerón se refiere también a la solidaridad y a la influencia de los judíos
en Roma y en todos lados: "Con respecto a esto, empero, ¡sólo en voz
baja! para que me oigan solamente los jueces, ya que no faltarán aquéllos que
azuzarán a los judíos contra mí y contra todo hombre de honor, y a los que no
quiero dar motivo para sus artimañas." Este discurso fue pronunciado en el
año 50 a.Cr. En los primeros tiempos imperiales vemos a los judíos en la corte
como artistas de teatro, banqueros y proveedores del Estado.
Los judíos no sólo se trasladaban hacia el oeste para hacer negocios, sino que
también se dirigieron hacia el este, con el mismo propósito. Existen en Corasán,
en Turkestán y en la China propiamente dicha, en Cochin y en la costa Malabar,
comunidades judías que se remontan a tiempos muy antiguos, en muchos casos
seguramente pre-cristíanos.
Además, no se posee noticia alguna de que todos los judíos hayan debido
abandonar el país. Los judíos samaritanos que, cierto es, como se sabe, por el
Nuevo Testamento, eran despreciados por los ortodoxos, permanecieron en todo
caso en el país, y del mismo modo también quedaron sin duda en Palestina los
demás judíos. Solamente a los prominentes se les obligó a abandonar el país.
Pero debido al hecho de que los romanos abolieron el templo, colocando en lugar
del culto a Yahvé el de Júpiter Capitolino, Jerusalén dejó de ser el centro
de la judería. Desde aquél entonces, hasta la fundación de la Palestina
sionista después de la Guerra Mundial, los hilos de los intereses judíos no se
reunieron ya todos en Jerusalén. El punto central visible faltó, por
consiguiente, en los tiempos siguientes, y en ello estaba encerrado ciertamente
un peligro: que la solidaridad del pueblo pudiera desaparecer de la misma
manera. Puede presumirse que los romanos, que en todo lo demás fueron buenos
políticos, con gran amplitud, de miras, abrigaron esa esperanza. Pues con
respecto a otros cultos practicaron la mayor tolerancia. Gustosamente admitieron
en su panteón los dioses de las más diversas naciones. No existía razón
alguna de no admitir, en él, al lado de otros dioses asiáticos, también el
dios judaico. Pero es que los judíos les parecieron no únicamente como una
comunidad religiosa, sino como una liga secreta. Esto queda atestiguado por el
hecho que de ninguna manera persiguieron al joven, cristianismo como una nueva
religión, sino como una nueva secta secreta judaica. De acuerdo con su concepción
del Estado, junto al Estado no podía existir ningún gobierno secundario
secreto ejercido por tal liga cerrada. Es exactamente lo mismo por lo cuál
Mussolini no tolera en su Estado tales gobiernos secundarios secretos ejercidos
por ligas tales como los francmasones, y por lo cual también el NSDAP prohibe a
sus afiliados pertenecer a la Francmasonería. -Los romanos, con toda
seguridad tuvieron razón en afirmar: los judíos constituyen una liga secreta.
Mas no llegaron a reconocer los fundamentos de esta realidad. Toda liga secreta
se funda en la simple discreción de los socios, y está expuesta por
consiguiente al peligro, de que un miembro disgustado por cualquier motivo
revele sus secretos, erigiéndose luego en un rabioso enemigo de la Orden. Los
judíos no conformaron una liga secreta de tal índole, sino que en el año 70
d. C. se encontraban ya desde hacía quinientos años bajo la ley racial.
Formaban ya una familia endogámica y por lo tanto, en cierto modo una liga
secreta orgánica, como lo es justamente por naturaleza una familia
estrechamente unida entre sí. Los judíos, por tal razón, no pudieron ser
heridos de muerte, como los romanos habían creído, por el hecho de quitárseles
su hasta ese momento lugar central de negocios. Por constituir una familia única,
de la más estrecha coherencia fueron capaces, a través de los siglos
siguientes, a pesar de la ausencia del punto central visible y a pesar de la
(voluntaria) dispersión en todo el mundo, de continuar siendo una liga secreta
en el sentido mencionado. Cada judío portaba en sí el signo de la circuncisión,
y se unía legalmente y para la prosecución de su pueblo únicamente con la
hija de un hombre circuncidado.
Con todo eso, en -el curso de la llamada dispersión se produce sin
embargo un trascendental empeoramiento de la raza. Los judíos del tiempo de los
Macabeos, de la tenaz defensa de Jerusalén en el año 70 y hasta aquéllos de
las insurrecciones bajo el emperador Adriano, de las cuales el Bar Kochba en los
años 134 y 135 es la más célebre, se encuentran sólo aisladamente en los
siglos siguientes, y especialmente el heroísmo la cualidad que menos se asocia
con la idea de un judío. Ciertamente los judíos que plasmó la ley racial de
Esdras no fueron en modo alguno un pueblo de raza elevada pues la población
primitiva de Palestina era, como ya se explicó, de raza asiática, y ya muy
temprano fueron posibles y seguramente tuvieron lugar afluencias de sangre
centroasiática y negroide dada la vecindad. El concepto de Dios del Antiguo
Testamento no nos podría aparecer tan extraño y cuestionable, como lo
evidencian El Gran Engaño de Friedrich Delitzsch y El Falso Dios de Theodor
Fritsch, si los judíos hubieran sido, aunque fuera solamente en la época de la
redacción definitiva de los libros del Antiguo Testamento, un pueblo de raza
superior. A pesar de ello, un descenso del nivel racial tuvo que tener lugar por
el hecho de que la forzosa consanguinidad permanente había hecho desaparecer
los pocos elementos arianizados que existían antes de la ley de Esdras. De
acuerdo con los datos registrados por los romanos, que resume el gran
historiador Theodor Mommsen, "el judaísmo fue también en el mundo antiguo
un eficaz fermento del cosmopolitismo- y de la descomposición nacional."
Muy distintos de los que son actualmente no serían los judíos si hubieran -
permanecido tales como eran en la época del Imperio romano, pero a pesar de
ello no debe dejar de considerarse que se produjo una ulterior decadencia racial
en los tiempos siguientes. Esto fue debido también a que los judíos
incorporaron en todos lados paulatinamente en su sangre a sus esclavos, a los
cuales circuncidaban. "La diferencia entre los esclavos circuncidados
cualquiera fuera su procedencia y los amos judíos desapareció pronto por
completo, y así, precisamente sobre la base de la ley, la sangre de los
esclavos fue admitida con menos escrúpulos que de otra manera. Y esta sangre,
dada la forzosa consanguinidad se difundió paulatinamente en todo el pueblo. El
efecto de ello no puede dejar de reconocerse: casi nunca se producen
individuos de la talla del genio creador no-judío; el componente sanguínea
oscuro está adicionado a cada uno demasiado íntimamente." (Historia del
Judaísmo, p. 176).
Por la incorporación de sangre autóctona se explica de la manera más simple
la evidente diferencia entre los judíos españoles de cara angosta del
territorio de la raza mediterránea y el judío muy a menudo mongoloide del Este
eslavo, intensamente mongoloide. Es completamente seguro que se produjeron desde
allí influencias sobre el carácter racial en casos particulares, no obstante
el carácter en general no fue modificado por ello en medida esencial.
6. SEFARDIES Y ASQUENAZIS
(Sephardim - Aschkenasjm)
Dos son los grupos judíos que para nuestros pueblos blancos tienen una triste
importancia: los judíos españoles o sefarditas y los judíos alemanes o
asquenazis Unicamente de estos dos grupos hablaremos aquí. Ya se ha hecho mención
de que no existen mayores diferencias raciales entre ellos. Mas sus destinos
fueron diferentes y han conducido a que los judíos mismos los diferencien.
Los judíos que se trasladaron voluntariamente a España siguiendo a los romanos
que dominaban el país, alcanzaron allí riquezas e influencia, y las
conservaron también cuando los godos y los suevos llegaron a constituirse en
los señores de la península ibérica. Se volvieron hacia ellos como los nuevos
astros, pero cuando el moro apareció como estrella promisoria en el cielo español
se unieron a él e hicieron posible, por su secreto entendimiento con el
enemigo, la toma por los moros de un buen número de ciudades godas. A partir de
la batalla de Xerés de la Frontera en el año 711, la mayor parte de la península
ibérica fue ocupada por los moros. Bajo el dominio de éstos, el judaísmo español
se desplegó con gran riqueza y poder. Se originó aquí un florecimiento de la
poesía y de la teología judía y muchos judíos ocuparon puestos importantes
en la vida del Estado, especialmente en la actividad financiera.
Mas la población goda en los pequeños territorios del país que habían
quedado libres recobró fuerzas y, donde los judíos lo consideraron ventajoso
los ayudaron contra los moros. Nuevamente cayeron diversas ciudades de los moros
en manos de los godos mediante la complicidad de los judíos. Su riqueza les
permitió acordar al enemigo el dinero necesario, a cambio de suculentos
intereses.
En el año 1492 cayó también el último reino moro en España, Granada. En
calidad de vencedores hicieron su entrada Fernando de Aragón e Isabel de
Castilla.
Empero el proceder de los judíos en la vida económica y estatal había
provocado mientras tanto un fuerte movimiento de oposición. A consecuencia del
mismo, un edicto de ambos soberanos expulsó de los países españoles a todos
los judíos que no se hicieran bautizar (1492).
Debe hacerse notar aquí que Fernando, más tarde apodado El Católico, que
promulgó el edicto, era, por parte de su abuela, la judía Paloma, descendiente
de judíos y que el dinero judío lo había dotado para la petición de la mano
de Isabel de Castilla. Frente a Isabel, que tenía escrúpulos, se comportó
como el antisemita más consecuente, pero su antisemitismo era de carácter
religioso, no racial. Con el bautismo quedó para él -lo mismo que para la
mayoría de los antisemitas de nuestros días - eliminado el peligro judío.
Una parte de los judíos abandonaron en esa época el país. Se trataba sin duda
alguna de los de más firmes convicciones, pero además en su mayor parte de los
más ricos que, o bien ya habían colocado su dinero en el exterior, o bien
estaban en condiciones de fundar nuevas empresas en el exterior mediante el
dinero en efectivo que lograron reunir.
Ahora surgió en España el seudocristianismo. Muchos de los grandes judíos
consideraron la enemistad contra los judíos como un fenómeno transitorio y se
doblegaron ante el edicto, en la creencia de poder pronto declararse de nuevo
abiertamente judíos. Ya con anterioridad, ocasionales edictos los habían
inducido a esta maniobra. Siguieron en secreto fieles a sus usos - algunos de
ellos se hicieron practicar la circuncisión al menos al morir - pero ante todo
cuidaron con la mayor severidad de que cada hombre se casara siempre únicamente
con la hija de un judío y que de este modo ninguna sangre extraña se
introdujera. Para los tontos cristianos, que solamente veían la religión,
estos matrimonios no eran en lo más mínimo sospechosos, pues un
"cristiano" se casaba con una "cristiana". Las hijas
de estos cristianos o marranos ciertamente se casaban con bastante frecuencia
con descendientes de familias españolas, lo que desde la antigüedad fue táctica
judía, encubriendo más aún aquella observancia de la ley racial, ya que tales
matrimonios pudieron siempre ser traídos a colación si negara a hacerse oír
alguna sospecha, a pesar de todo. Estas hijas, empero, servían a un fin aún más
elevado que ser solamente nuevas Estheres y hacer frente dentro de las familias
a todo indicio de enemistad contra los judíos: debían penetrar y disgregar el
pueblo de los enemigos. Ya la judía Paloma había sido introducida en la
familia real por casamiento. Ahora se llegó pronto a una situación tal que
casi ninguna familia de la nobleza española goda quedara sin su Paloma. La
completa compenetración y disgregación sin embargo no se logró; aisladas
ramas de las familias de la nobleza se mantuvieron libres de sangre judía y
mora, de "sangre mala", como se las llamaba, y hasta un
"Semi-Almanaque de la Nobleza" ("Semi-gotha") referente a
las familias de sangre judía
Los reyes españoles mismos tenían sangre judía, pues todos ellos fueron
descendientes de la citada Paloma. La hija de Fernando el Católico, Juana, se
había casado con Felipe el Hermoso de Habsburgo, y el hijo de ambos, Carlos,
como emperador Carlos V, ascendió al trono de España. Desde entonces, todos
los Habsburgos, pero por sus diversas conexiones con los Habsburgos también
todos los Borbones tienen, en su calidad de descendientes de Paloma, sangre judía,
y no pocos Habsburgos y Borbones y otras personalidades principescas
descendientes de ellos, han presentado y presentan como atavismo rasgos
pronunciadamente judíos. (Las casas principescas protestantes se hallan libres
de tales aditamentos, ya que ninguna hija de la casa de Habsburgo o de la casa
de Borbón podía casarse con un esposo protestante si la prole no sería en su
totalidad católica. Esto sucedió por última vez en Württemberg.) Por
consiguiente, los atavismos judíos son posibles aún hasta la actualidad y de
ninguna manera infrecuentes, pues se agrega aún que la multiplicidad de
matrimonios entre parientes que han tenido lugar en la casa Habsburgo (y en la
de Borbón) reforzaron constantemente la composición de este grupo endogámico
judío. Seguramente, en el árbol genealógico de cada Habsburgo (y Borbón) hoy
la judía Paloma aparece cientos de veces en la serie de generaciones, y actúa
por consiguiente desde cada uno de estos cientos de antepasados idénticos con
la fuerza de manifestación propia de su grupo endogámico. Especialmente las
criaturas de estas familias principescas son muy a menudo figuras
pronunciadamente judaicas, manifestándose tal característica en la vejez con
extraordinaria agudeza.
Los marranos ocuparon muy pronto, después de la expulsión de los judíos de
España, exactamente los mismos puestos en la vida estatal y económica que
anteriormente Es más, un Luis de Santangel siguió siendo, ahora
"cristiano", canciller de Fernando el Católico y Gabriel Sánchez,
igualmente hecho "cristiano", su tesorero, y los sucesores de ambos en
sus cargos llegaron a ser sus hijos. En Portugal, según se afirma, hasta acaeció
que un arzobispo de Lisboa fuera simultáneamente rabino mayor. Dentro de la
Iglesia, de un modo general los marranos desempeñaron un rol importante. Otros
judíos bautizados fueron confesores de los reyes y reinas y co-fundadores de la
orden de los Jesuitas. (Ignacio de Loyola, originariamente Iñigo Lópes de
Recalde, era un no-judío, procedente de nobles españoles godos del territorio
vasco, pero Láinez y Polanco eran judíos en su procedencia, el primero judío
español, el segundo polaco-alemán). (El nombre Polanco significa
"polaco").
Los marranos de España se fundieron en parte en el pueblo español -cuyo
ingrediente levantino fue reforzado por tal razón - y en parte conservaron
abiertamente su especial naturaleza. Se casaban únicamente entre sí y tuvieron
en muchos casos hasta sus propias iglesias, las llamadas "iglesias de los
judíos", y pudieron por tal razón, después de la erección de la
Palestina sionista, exigir su readmisión en la plena comunidad del pueblo, en
base a que en todos esos siglos no hubieron incorporado ninguna sangre
cristiana. Los protagonistas de la república española son, como se llegó a
saber, en una no pequeña parte, marranos.
Los judíos españoles, que después de la promulgación del edicto de expulsión
de 1492 y en las dos o tres generaciones siguientes abandonaron el país,
constituyeron comunidades españolas-judías o portuguesas-judías ante todo en
Burdeos, Amsterdam, Venecia, Roma y Salónica. Desde Amsterdam judíos españoles
se trasladaron a Hamburgo y formaron allí una comunidad, que al igual que las
otras alcanzó rápidamente riqueza y posiciones públicas. La lengua en todas
estas comunidades fue el español o el portugués, también los nombres que
llevaban estos judíos fueron, en su mayor parte, españoles y portugueses.
Los judíos españoles o sefarditas (sepharad = España) son considerados por la
demás judería como una nobleza. Ellos mismos evitan el matrimonio con los judíos
alemanes o asquenazis (asquenas = Alemania), y no desean ser considerados en común
con éstos. Es que los judíos sefarditas constituyen una selección en un
determinado sentido.
Esta selección, eso es poco sabido, desde alrededor de 1600 hasta 1750 ha
dominado la totalidad de la economía y las finanzas de Europa y del Asia
Anterior mediante sus grandes bancos en Amsterdam, Venecia y Salónica en una
medida no inferior de lo que lo hace la casa Rotschild y los bancos de Wall
Street en nuestro tiempo.
La judería alemana o asquenazi tiene su historia especial. Inglaterra, bajo
Eduardo I, en el año 1290 y Francia, que entonces no abarcaba aún la totalidad
de Francia actual (no formaba parte de ella, por ejemplo la Bretagne y Borgoña)
bajo Carlos VI en el año 1394, desterraron a los judíos de sus territorios. En
Alemania, que había llegado a ser el país principal de los judíos norteños
se produjeron aquí y allá expulsiones de judíos, y los judíos desterrados se
dirigieron entonces en gran número a Bohemia, Polonia y Hungría, reforzando
las comunidades judías ya existentes. El alemán, en su transformación en
jiddis (Jiddisch) llegó a constituir la lengua común de toda la judería en
Alemania y los países del Este. Los judíos alemanes o asquenazis no
constituyeron selección alguna. Entre ellos se desarrolló la esencia judía
hasta tomar la forma que es peculiar del pueblo judío en su totalidad, con los
rasgos principales de la suciedad, la lascivia y las prácticas comerciales
deshonestas.
Pero los judíos en su totalidad han provocado igualmente su expulsión de
Inglaterra y de Francia, así como de España, las numerosas expulsiones de
ciudades alemanas en la Edad Media, los movimientos antisemitas más recientes y
los pogroms en Polonia y Rusia. Han provocado estas reacciones de defensa por
las cualidades que les son peculiares, pero en ningún lugar nuestros pueblos
blancos, que, como se dijo han permitido a aquellos sefardíes de Amsterdam,
Hamburgo, Venecia y Salónica vivir tranquilos y realizar sus negocios sin ser
perturbados, han ---perseguido por simple arbitrariedad o por cualesquiera teorías,
a los judíos, sino que, por el contrario, los judíos, que de ningún modo habían
sido llamados al país, que habían venido por propia iniciativa para hacer
negocios, en un comienzo fueron tratados en todas partes exactamente igual que
otros extranjeros, siendo protegidos adecuadamente en su oficio y comercio. Recién
con el correr del tiempo, y dado que las mencionadas cualidades esenciales
judaicas condujeron a una grave amenaza para la población autóctona, surgieron
reacciones defensivas.
Los idealistas del siglo XVIII, entre ellos el emperador José II, creían en el
"mejoramiento ciudadano" de la totalidad de la judería y el siglo XIX
los ha equiparado en cada vez mayor número de países a los ciudadanos autóctonos
del Estado.
Esto trajo como consecuencia un movimiento de selección dentro de la judería
asquenazi. Los más dotados espiritualmente, y comercialmente más taimados
alcanzaron, en un tiempo sorprendentemente corto, influencia, dinero y poder.
Mas esta selección fue de naturaleza enteramente diferente a la de los sefardíes.
Por lo general el judío asquenazi de selección portaba en sí una cantidad crítica
de propiedades de la generalidad de su pueblo. Solamente una especie de
adiestramiento superficial ocultaba en no pocos esta realidad, suscitando la
apariencia de que estos judíos de selección estuvieren separados por un abismo
anchísimo de sus padres, abuelos, tías, tíos y primos judíos del Este. En
cuanto la oportunidad se presentara, en cuanto la vigilancia mermara algo, surgía
con toda violencia en estos "europeos", el judío del Este cuyos
caracteres ya mencionamos. (Lo cual demuestra la identidad esencial entre todos
los judíos). Especialmente la época que siguió al establecimiento de la república
de noviembre de 1918, puso en libertad las peores cualidades del alma racial judía
con el más grave daño para nuestros pueblos blancos.
Este tiempo de postguerra elevó al judío asquenazi a la cúspide del
poder, a la más elevada posición que los judíos hayan alcanzado jamás. Los
judíos fueron realmente los dominadores de la totalidad de los pueblos blancos,
lo fueron y lo son ante todo debido a la quimera del oro, que se esfuerzan
intransigentemente en mantener viva, y mediante la servidumbre del interés que
se basa en aquella. (así lo vimos en el Munich y en la Hungría bolcheviques,
como en el día de hoy se observa en Rusia).
En nuestro pueblo alemán, empero, la posición de dominio de los judíos ha
hecho crecer el movimiento de defensa contra ellos. A través de diversos
comienzos que en parte se remontan a épocas más alejada -Movimiento Hammer,
Unión Pan-Alemana, Liga de Defensa y Resistencia - se llegó a la fundación
del NSDAP, cuyas exigencias -arriba detalladas - son las adecuadas para eliminar
la nefasta influencia de los judíos de la vida nacional y estatal y restablecer
la salud de nuestro pueblo.
7. LA RAZA DE LOS JUDIOS
El hecho de que los judíos constituyen un grupo consanguíneo desde hace más
de dos mil años, (las excepciones no cuentan pues los matrimonios con no-judíos
y no-judías, que luego por lo general se convierten a la fe mosaica tienen
lugar ocasionalmente y sobre todo en los últimos tiempos), cada judío, cada
judía, es descendiente sólo de judíos. Todos los aproximadamente millones de
judíos de nuestros días son descendientes de los 3 o 4 millones de judíos de
la época de la implantación de la ley racial bajo Esdras y Nehemías. Esta
realidad justifica la calificación popular de raza judía, lo que sucede tanto
de parte no-judía como de parte judía. El profesor Hans F. K. Günther, a
quien debemos un pormenorizado estudio, La raza del Pueblo Judío,- señala que
los judíos no representan, en manera alguna, una raza, sino al contrario, una
mezcla de razas... (pero) "entre los judíos se hallarán muchos más
hombres 'típicamente judíos' que entre los franceses, 'típicamente
franceses', entre los ingleses, 'típicamente ingleses', y entre los alemanes,
'típicamente alemanes' ", y de la misma manera los judíos se destacan en
cuanto a su peculiaridad anímica de entre los demás pueblos como un grupo
aparte. Lenz escribe en La doctrina de la herencia humana y la higiene racial
(1927): "Más pronunciada aún (que las características físicas) es la
peculiaridad espiritual de los judíos". El gran antropólogo francés
Georges de Lapouge, que por muchos es considerado el fundador del movimiento nórdico,
dice en su obra fundamental sobre el ario (L´Aryen et son róle sociale) (El
ario y su rol social, París, Albert Fonternoing, 1899. (N. del T.)) en su
preciso estilo: "Los judíos son rubios, los judíos son pardos, pero en
todas partes son los mismos: altaneros en el éxito, rastreros en la desgracia,
reticentes, estafadores en grado máximo, grandes acumuladores de dinero, así
como intelectualmente son improductivos en cuanto a originalidad".
Según la exposición de Günther en la mencionada obra, la raza asiática o
armenoide ha actuado en forma especialmente decisiva en los judíos. Caracteriza
a esa raza de la siguiente manera: "La raza asiática es de mediana
estatura, rechoncha, de cabeza corta, con cráneo posterior empinado, que
produce el efecto de haber sido cortado, cara medianamente ancha, de nariz
fuertemente prominente y de aspecto muy vigoroso, que en su porción
cartilaginosa se dobla o encorva hacia abajo, terminando en un extremo muy
carnoso. Las carnosas aletas de la nariz se insertan bien altas, a menudo como
si estuvieran contraídas lateralmente hacia arriba; el tabique nasal se
prolonga más hacia abajo, de modo que se ve mucho más de él que en las otras
razas. Los labios son bastante carnosos, el labio inferior se proyecta más
hacia adelante que el labio superior, y tiene a menudo un algo de colgante o
prominente. La hendidura labial es bastante ancha, a veces llamativamente ancha.
Las orejas son relativamente grandes y carnosas El cabello es pardo o negro, por
lo general rizado, a menudo encrespado; los ojos son parduzcos, igual que la
piel. El vello corporal y la barba son muy fuertes. Las cejas son tupidas y
frecuentemente unidas encima de la nariz. Las cualidades anímicas de la raza
asiática pueden investigarse en la actualidad mejor dentro de aquellos pueblos
que poseen un fuerte aditamento de esta raza, así por ejemplo los griegos
actuales, turcos, judíos, sirios, armenios y persas. Se ha atribuido a la raza
asiática un especial espíritu comercial, una "especial habilidad en el
comercio y la comunicación" (Lenz). También parece, como si esta
capacidad comercial dentro de los pueblos con mezcla asiática se manifestara
con tanta mayor intensidad, cuanto más rico sea tal ingrediente asiático. Von
Luschan, al tratar de la "conocida habilidad comercial" de los judíos
en su obra última -Pueblos, Razas, Lenguas (1922), observa que este rasgo no es
privativo de los judíos, sino que también pertenece a los griegos y armenios
actuales: "Esto se desprende ya del hecho que en todo el Oriente, en las
ciudades habitadas preponderantemente por griegos y armenios los judíos sólo
difícilmente o nunca pueden asentarse: El gracejo popular expresa esto en forma
drástica diciendo que a siete judíos corresponde recién un griego, y a siete
griegos recién un armenio, lo que quiere decir que un armenio sería cuarenta y
nueve veces tan astuto y tan hábil para los negocios que el judío". Si de
esta manera el armenio aparece como el más listo y el más hábil para los
negocios, por otra parte el pueblo armenio se presenta también como el pueblo
con la más intensa preponderancia de la raza asiática. La raza asiática se
caracteriza también por su dote para el arte dramático y ante todo para el
arte musical, además por una tendencia a la crueldad calculadora. La capacidad
para la estructuración de un Estado y para el mantenimiento del mismo parecen
faltarle a la raza asiática. Un Estado que abarque una población
preponderantemente asiática, o un Estado conducido en su mayoría por asiáticos
no puede, al parecer, en una situación especial, hacerse valer como una
potencia pese a sus conexiones comerciales y la riqueza adquirida por su
intermedio. Si las cualidades formadoras de Estados de la raza asiática son
reducidas, en cambio la tendencia y la capacidad para la constitución de
comunidades religiosas así como de comunidades más o menos secretas,
semi-religiosas, semi-políticas, es característica de toda el Asia Anterior.
Como un rasgo esencial del asiático, Günther destaca la "tendencia a
acrecentar su estado de exaltación" (p. 34): "Los seres humanos de
raza asiática son capaces de exaltarse en sus sentimientos, en parte impelidos
por éstos, en parte espoleándose ellos mismos: vertiginosas erupciones de
alegría constituyen, lo mismo que vertiginosas y simultáneamente profesionales
lamentaciones mortuorias, expresiones propias del alma racial asiática, al
igual que esta alma racial permite reconocer en el arte expresionista del pasado
reciente, en actores, abogados, oradores y predicadores judíos, ese rasgo de
acrecentamiento de su estado de exaltación. Una intención de obtener poder psíquico
sobre las comunidades mediante la paulatina exaltación de sus sentimientos, y
su dominación por un carácter extraño, domina a muchos seres humanos de raíz
asiática, que finalmente pueden adquirir un poder arrebatador sobre seres
accesibles a tales influencias. El goce del poder sobre las comunidades que han
ido formando en su derredor mediante estos métodos de exaltación creciente y a
las que saben arrastrar como agitadores y predicadores, parece verdaderamente
constituir uno de los instantes máximos para los asiáticos".
De estas descripciones del hombre asiático en cuanto a sus cualidades
corporales y anímicas se desprende con toda claridad que los judíos, que
efectivamente provienen del círculo de los pueblos asiáticos y tienen sin duda
alguna en la población primigenia de Palestina igual base racial, presentan en
una gran parte estas cualidades corporales y anímicas, pero éstas no
constituyen al judío en su totalidad.
Llama la atención en los judíos el aditamento africano, que se remonta a
negros genuinos y a la así llamada raza hamítica o etiópica. No es de nuestra
incumbencia ocuparnos de la procedencia de este factor. La cercanía de Egipto
durante la época palestinense de los judíos lo explica suficientemente.
Durante el período anterior a Esdras, los matrimonios con egipcias estaban
expresamente permitidos. El 50 libro (23,8,9) de Moisés dice: "Los hijos
que nacieren de ellos (de los egipcios) a la tercera generación entrarán en la
congregación de Jehová", es decir, que serán admitidos en la comunidad
sanguínea. La raza hamítica o etiópica puede ser considerada como una
raza originada por el cruce con negros genuinos. Pero también debe haber
afluido a los judíos directamente sangre de negros genuinos, principalmente
proveniente de los esclavos, que fueron circuncidados y con ello incorporados a
la comunidad religiosa. Esto constituyó, en muchos casos, el paso previo a la
admisión en la comunidad sanguínea.
Los caracteres negroides de los judíos se evidencian en primer término en el
cabello crespo, lanudo muchas veces tan enmarañado que constituye un verdadero
filtro - (que puede, empero, ser ocasionalmente también rubio, sobre todo en la
juventud), en los labios gruesos, salientes. Con menos frecuencia se manifiesta
en ellos la figura zancuda de ciertas tribus de negros hamíticos: piernas muy
largas y desprovistas de pantorrillas.
Es por los caracteres negroides que el judío se diferencia más nítidamente de
nuestros pueblos europeos.
De igual intensidad que el componente asiático, es entre los judíos el
oriental.
Pero no es debido a estos diferentes componentes raciales que se originó la índole
especial de los judíos que tan nítidamente se destaca, sino debido a la
estrecha consanguinidad de una duración actualmente de más de dos mil años.
Por cierto que no es posible reconocer de inmediato a cada judío como tal, y si
los judíos afirman con respecto a sí mismos que reconocen de inmediato a cada
miembro de su pueblo en un grupo, probablemente ni eso será siempre el caso.
Con todo eso puede decirse que en el pueblo alemán se reconoce como judío de
inmediato al 80 por ciento de éstos, en el francés sureño y más aun en el
italiano sureño o hasta en el pueblo español quizás solamente un 60 por
ciento, quizás aún menos. Una mayor práctica en esta tarea permitirá entre
nosotros reconocer de inmediato como judíos a un porcentaje aún mayor. Tal
entrenamiento es de todas maneras necesario pues el judío, desde tiempos
antiguos, se esfuerza con sumo afán de igualarse en todos los caracteres
exteriores al pueblo entre el cual vive en ese momento: adopta la vestimenta, el
corte de cabello, etc., y gusta emplear también el dialecto especial, sobre
todo en Berlín y en Viena.
No es en virtud de ciertas características excepcionales por las que se
reconoce al judío, sino por la frecuencia de determinados caracteres que por lo
demás también pueden aparecer en la población no judía, pero son allí mucho
más raros. Ciertamente existen muchos alemanes, franceses, ingleses, que tienen
cabello crespo o los pies planos, pero, por supuesto, no todo hombre de
cabello crespo y de pies planos es judío, ni siquiera medio o un cuarto judío:
pero entre los judíos el cabello crespo y los pies planos aparece con mucho
mayor frecuencia que entre los alemanes, franceses, ingleses etc. Por lo
general, sin, embargo, se encuentran varios caracteres reunidos. Sí un hombre
tiene cabello crespo, pies planos, una nariz retraída en forma de 6, piel
grasosa, orejas colocadas en forma peculiar, y la mirada melancólica, astuta e
indefinida que en los judíos se observa con tanta frecuencia, será difícil
suponer que se esté en presencia de un ario total. En tales casos es por
consiguiente indicado hacer confeccionar el árbol genealógico exacto de la
persona en cuestión -por parte de padre y madre antes de dar crédito a su
eventual protesta de que de ninguna manera tiene sangre judía.
Dado que los judíos, como hemos explicado, constituyen un grupo consanguíneo
tan cerrado, estos caracteres típicamente judíos aparecen en ellos automáticamente.
Por lo general, mientras que en los alemanes, franceses ingleses, etc. se
presentan en la mayoría de los casos, aisladamente. El que acaso tenga cabello
crespo, no presenta en el resto de su cuerpo a menudo otro signo de esta
naturaleza, es decir, de ninguna manera nariz en forma de 6, colocación
"Judía" de las orejas, etc.
El modo peculiar de hablar el alemán de los judíos no es de manera alguna
solamente una costumbre. También en este caso: no todo judío habla como judío,
pero la inmensa mayoría de los judíos hablan de ese modo y hablan como judíos
en cualquier idioma, en cualquier dialecto, en el idioma particular de cada círculo
social. El acento judío en su forma de hablar es tan intenso, que ni uno solo
de los escritores judíos de lengua alemana se encuentra libre de él. Mientras
que p. ej., es difícil leer a Schiller o a Goethe en alta voz al modo judío,
notándose muy pronto que en ese caso el tono del idioma contradice por completo
el estilo judío de hablar. No existe casi ningún renglón escrito por un judío
que no pueda ser leído al modo judío, quedando luego grabado indeleblemente en
la entonación judaica. El que alguna vez se haya recitado para sí mismo en voz
alta al modo judío la Loreley de Heinrich Heine, ya no puede escucharla en otra
forma:
Ich
weiss nicht, was sofi es bedeuten,
Dass ich so traurig bin .. . ("Yo no sé lo que debe
ello significar, que yo estoy tan triste. (N. del T.)).
La simple frase "Ich weiss
nicht, was soll" es típicamente el modo de expresión judío. Y lo mismo
experimenta todo aquel que posea un oído algo fino, con Arthur Schmitzler, Hugo
von Hofmannsthal, Stefan Zweig, Jakob Wassermann y como se llaman todos estos
judíos literarios "alemanes" de hoy día. Si un judío no habla como
judío, lo ha logrado únicamente mediante una severa práctica. En la mayoría
de los casos necesita además, para lograrlo, la ayuda de los no-judíos con los
cuales habla. En cuanto haya varios judíos en un círculo, no tardarán a pesar
de todo en hablar como judíos, sobre todo, si constituyen la mayoría. Cuando
se encuentren entre sí, es seguro que todos hablan al modo judío.
La expresión judía se encuentra por otra parte también en la música judía y
eso por igual en los músicos judíos "creadores" que en los intérpretes.
El que observe en tal sentido la música de Félix Mendelssohn y de Gustav
Mahler, comparándola con la música de artistas arios como Johann Sebastian
Bach, Mozart, Liszt, Wagner, Bruckner, etc. debe darse cuenta de esto aunque no
esté especialmente dotado en el campo musical o interesado en el mismo.
Igualmente se expresan en forma judía los pianistas y violinistas judíos y muy
especialmente los tenores y barítonos.
Günther escribe en el estudio de referencia (p. 59) con respecto al modo de
hablar judío: "Seguro es que el modo de hablar judío no puede ser
explicado únicamente por disposiciones corporales, factores hereditarios de los
órganos del lenguaje, sino también por los rasgos heredados de comportamiento
psíquico de las razas que actúan dentro del judaísmo. Las influencias de
factores hereditarios físicos se habrán de buscar más bien en los sonidos de
una lengua, las influencias de índole anímico-racial en la entonación---.
Los judíos manifiestan inequívocamente, además, por su tendencia hacia
determinadas profesiones, la preferencia que dan a las mismas y la frecuencia de
determinados delitos entre ellos, su posición especial con respecto al mundo
circundante. El judío se comporta en todos estos puntos de una manera peculiar.
Siempre y en todas partes en un primer momento el judío ha tenido acceso a
todas las profesiones, si se deja a un lado el sacerdocio de las religiones no
judías, para las cuales sin embargo habilitaba de inmediato la conversión. Los
judíos pudieron llegar a ser siempre y en todas partes labradores y artesanos,
pero sólo llegaron a serlo en muy pocos casos. Ya en la antigüedad no se les
ve fuera de Palestina en ningún lado como cultivadores del campo. Tampoco la
artesanía los atrae. La inmensa mayoría de los judíos se dedica a los
negocios, y en forma especial, a los negocios con dinero. Los judíos son casi
completamente extraños a los demás pueblos y al producto de la laboriosidad de
éstos. Sólo se sienten a sus anchas frente al dinero puro. Este, que es
considerado por la auténtica economía natural aria únicamente como un medio
para un intercambio más fácil del producto del trabajo, tiene para ellos un
valor propio, y sus esfuerzos están dirigidos en el sentido de hacer creer a
los pueblos arios igualmente en un valor propio del dinero que está en sus
manos. Desde este punto de vista se comprende el rabioso combate contra el
quebrantamiento de la servidumbre del interés por parte de los judíos y de los
no-judíos que de algún modo están comprometidos con ellos o son sus
tributarios.1
Por lo que se refiere a los delitos, aquellos que estén relacionados con el
comercio, con el negocio, ante todo con el negocio financiero, son entre los judíos
incomparablemente más frecuentes que en los no-judíos. No se tiene
conocimiento de manipulaciones delictuosas algunas por parte de los orgullosos
banqueros de Frankfurt del Main pre-roffischileano, los Betmann y los Schonemann
de la época de Goethe. Recién la inundación de la actividad bancaria por los
judíos ha quebrado en este terreno la anterior severa moral comercial haciendo
aparecer fenómenos tales como los que precisamente desde noviembre de 1918 son
entre nosotros triviales. Sobremanera frecuente son entre los judíos los crímenes
relacionados con la sexualidad. Pero solamente una reducida parte de los mismos
adquiere estado público. Pues, como los judíos tomados en su totalidad poseen
incomparablemente más dinero, ante todo más dinero en efectivo que la
generalidad de los no-judíos, están en condiciones de tapar muchísimos crímenes
con dinero. De ahí se explica que los judíos, como hace notar Günther (p.
277) "dentro del Reich alemán participan menos de los delitos contra la
moral tales como estupro, impudicia contra niñas y pederastía". En cuanto
sea ello necesario, la solidaridad judía aboga por el criminal contra la moral
de la misma manera que lo hace por cualquier otro judío criminal,
logrando por lo común que sea considerado y tratado como un infeliz enfermo
mental, digno de la mayor conmiseración. A fin de preparar los ánimos para
tales casos, también los criminales lascivos no-judíos -recuérdense los casos
Harmann y Kürten - son presentados en los diarios judíos como enfermos
mentales igualmente dignos de lástima, y su condena a penas de prisión o hasta
de muerte es calificada como un acto de barbarie, que está en contradicción
con las ideas "modernas".
La posición de los judíos hacia su mundo circundante es fijada por el
hecho que los judíos siempre y en todas partes erigieron una barrera sanguínea
entre sí y el pueblo en medio del cual habitaban, sintiéndose frente a él
como un pueblo extraño y elegido. El Talmud expresa esto en un pasaje muy
citado (Tratado Baba mezia, 144 b) con la siguiente frase: "Vds. judíos,
sois llamados seres humanos, los pueblos del mundo, empero, no son llamados
seres humanos, sino bestias. ("Vieh")." En forma similar dice en
el Jalkut Rubeni (10): "Los judíos, dado que sus almas provienen de Dios,
son seres humanos; las almas de los no-judíos, en cambio, provienen del espíritu
impuro, y por tal razón son llamados cerdos o bestias. Y en diversos
lugares se repite que "a los gojim (pueblos, no-judíos) se les ha dado
figura humana solamente para que los judíos no tuvieran que dejarse servir por
animales con figura de animales, sino que fueran servidos por animales con
figura humana" Esta opinión con respecto a sí mismos y a los no-judíos
culmina en el hecho que al judío le está todo permitido con respecto al no-judío,
igual que con respecto a un animal, que no existe por lo tanto un crimen
cometido contra el no-judío, como tampoco contra un animal. Hasta se encuentran
pasajes en los que aparece "como una obra grata a Dios" el haber
llevado a un no-judío de la vida a la muerte,", y una expresión similar
suele ser conocida en su texto hebreo y es familiar a todo judío, aún a aquél
que se halle apartado del mosaismo y que no entienda ya ninguna palabra de
hebreo: "Tob sche begoim harog. Esto quiere decir; También al mejor entre
los no-judíos has de matar a golpes. Se hallará esta frase en el Sohar (III,
14/3). En forma similar dice el Schulchan Aruch, (recopilación extraída del
Talmud) y en el Choschen hamischpat (425 Haga): "Todos aquellos que
renieguen de la Thora, pueden y deben ser ultimados. Si se tiene el poder, deberá
hacérselo públicamente. Si no, se lo hace secretamente "
Estas y otras frases análogas que en gran número pueden ser recopiladas en los
libros de la ley religiosa de los judíos, son la expresión del "alma,
racial judía", y el hecho de que en ellas hablase la autoridad religiosa
actuó poderosamente para reforzar tal rasgo, y de este modo la falta de escrúpulos
en los procedimientos mercantiles frente al no-judío, alcanzó en el judío un
nivel sorprendente. Günther escribe a este respecto (p. 275): los judíos
acusan "una participación mayor, en parte mucho mayor, en diversos delitos
conexos con los oficios, el comercio y el tráfico del dinero", citando la
siguiente síntesis de Wulffen: "Los judíos, que en su mayor parte actúan
en la industria y el comercio, también muestran en los delitos de estas ramas
de la economía, en los renglones defraudación, extorsión, falsificación de
documentos, bancarrota fraudulenta y simple, usura y delitos contra la
reglamentación de los oficios, una más elevada criminalidad frente a los
cristianos".
En nada se manifiesta en forma tan patente la predisposición a ciertas clases
de crímenes como en la jerga de los ladrones, en el Chochemer Loschen. Hubiera
sido completamente imposible que este idioma estuviere entretejido de centenares
de palabras hebraicas y en jiddish, si no hubieran participado
extraordinariamente muchos judíos en la actividad del hampa desde la Edad Media
hasta hoy, y constituido sus jefes. En la época de la post-guerra se observó
en tal sentido que numerosas expresiones propias de la jerga que integraban el
idioma de los judíos durante la guerra y después de ella, penetraron en la
comunidad alemana, siendo en parte aún hoy conocidos y usuales.
8. EL JUDIO COMO NOMADA
La historia del judío, tal como ha sido ya descrita a grandes rasgos, es por un
lado el resultado de su heterogeneidad racialmente condicionada, y por el otro,
los destinos del pueblo judío han exaltado más aún esta heterogeneidad, llevándola
a un desarrollo cada vez mayor.
Los judíos de la totalidad de la diáspora (golus) han sido desde un comienzo,
mercaderes y financistas. Solamente en una medida mucho más reducida se
ocuparon también de oficios, en mayor medida ya desde la época del Imperio
romano de arte dramático y literatura y sólo en casos muy raros se dedicaron a
la agricultura y ganadería, que por lo general solamente habían practicado en
tiempos anteriores en Palestina, ascendientes, ya muy lejanos. La generalidad de
los judíos del golus ha sido completamente extraña al cultivo de la tierra. A
lo sumo habían desempeñado algún oficio o profesiones intelectuales; había
tenido lugar así una selección con miras a las ocupaciones comerciales y al
mismo tiempo un descartamiento con respecto a las actividades relacionadas con
la tierra. Por esa causa tampoco se produjo en lado alguno un arraigamiento en
el pueblo. En ninguna parte la nueva tierra de residencia llegó a ser para el
judío realmente una patria. Si la ley racial ya le impedía unirse íntimamente
al nuevo pueblo, aun se agregó esto: la patria del judío es siempre y en todas
partes solamente su pueblo. Unicamente sentimientos muy secundarios lo conectan
a la tierra sobre la cual vive y con la lengua que habla. Aun en aquellos casos
en que ha perdido por completo el hebreo originario o tampoco habla ya el
jidish, sino únicamente alemán, francés o inglés, pasa con la mayor
facilidad de un idioma a otro.
El judío del golus es siempre y en todas partes nómada. Esto ya lo ha
demostrado en la década de 1890 el orientalista Gustav Adolf Wahrmund en un
trabajo especial. La Ley del Nomadismo y la dominación actual de los Judíos
(1887). Como nómade, que realmente es, y por su separación respecto al pueblo
entre el cual vive, el judío no puede ser entre los alemanes, alemán, entre
franceses, francés, entre ingleses, inglés. Es por consiguiente, absolutamente
falso cuando Jakob Wassermann, el escritor judío nacido en Alemania afirma que
él es simultáneamente judío y alemán. Mi Senda como Alemán y Judío es el título
del escrito que pretende demostrarlo (1921). Confiesa ya en el prólogo que una
"desarmonía atraviesa todo su quehacer y su ser, y que con los años cada
vez más dolorosamente la ha sentido y tomado conciencia de ella y su obra se
limita a dar siempre de nuevo expresión a esta desarmonía. Así dice p. 119:
"Un no-alemán es imposible que se pueda formar una idea de la situación
en que se encuentra un judío alemán. Judío alemán: tome Ud. estas dos
palabras con todo énfasis. Tómelas Ud. como el despliegue final de un
laborioso curso evolutivo. Con su doble amor y su lucha contra dos frentes, he
sido empujado muy cerca de la sima de la desesperación. El alemán y el judío:
he soñado una vez una parábola, pero no sé si la misma es comprensible. Yo
puse las placas de dos espejos una contra la otra, y tuve una impresión como si
las imágenes humanas contenidas y conservadas en ambos espejos debieran
lacerarse mutuamente".
Jakob Wassermann hubiera podido con más facilidad, resolver su enigma.
(Suponiendo que se haya expresado con honestidad, y que no solamente, como por
lo demás sucede en la mayoría de los casos, haya querido generar compasión
para obtener, ventajas de ella). Él no es alemán en manera alguna. Esto ni se
discute. Él es judío, únicamente judío. Cierto es, como lo expone en su
escrito, que sus antepasados han estado en parte establecidos en el mismo lugar
desde hace siglos, pero siempre como judíos, siempre sin relación con el
pueblo, ni la tierra. Solamente contactos completamente externos con el pueblo
alemán y con la tierra alemana realizaron él como sus antepasados: hicieron
sus negocios en parte con alemanes y habitaron el suelo alemán como efectúa -
como escritor - su negocio con parte de alemanes, aunque principalmente son, los
judíos los compradores de sus libros, e igualmente en suelo alemán, dado que
su editor (el judío Samuel Fischer) tiene su negocio en Berlín.
El nomadismo es quizás el rasgo más importante del judío: Constituye la causa
que explica su natural situación de apátrida, su natural indiferencia con
respecto al pueblo entre el cual posee sus negocios: este pueblo tiene para él
importancia siempre únicamente en cuanto pueda sacarle beneficios. En aquel
momento en el cual el nómada ya no encuentra la deseada postura en un
determinado sitio, lo abandona y se traslada a otro. Así procede él, y él
sabe que su prole procederá de igual forma, ya que son carne de su carne, son
una generación más del mismo grupo consanguíneo que ya data, como dijimos, de
más de dos mil años. El judío no tiene apego al lugar de sus negocios ni
personalmente ni con referencia a sus descendientes. Su interés en la pastura
como tal es solamente pequeño. Como puede abandonarla en cada instante, anhela
explotarla hasta lo último, realizando por consiguiente sin escrúpulo alguno
la más desmesurada explotación rapaz. Esto lo lleva a cabo en cualquier
terreno, tanto como arrendatario o propietario de cualquier tierra que como
negociante, como hombre de prensa o en el campo literario.
A ello se agrega que el judío religioso, conforme al Talmud, aún de vigencia
general, considera al Goym, al no-judío, como inferior, como animal o al menos
como animal de trabajo para el judío, aserción para la cual se encuentran los
pasajes probatorios en el Manual del Problema Judío (p. 124 y sigs.). Según
esta teoría explicado queda además por qué el Talmud y los escritos de la ley
religiosa de los judíos que le siguieron, conoce únicamente el adulterio de un
judío con la mujer de un judío no con la mujer de un no-judío. El matrimonio
no-judío tiene para el Talmud el mismo valor que el matrimonio de las bestias.
El profesor de teología católico August Roffling resume en su Judíos Talmúdicos
(obra muy combatida, reprimida pero no refutada) los correspondientes pasajes
del Talmud y manifestaciones de maestros de la ley de la siguiente manera: 'Los
rabinos Bechai, Levi, Gerson y otros dicen lo mismo, de modo tal que por la boca
de muchos "sabios" se sabe ahora que el judío no cree cometer un
adulterio cuando viola una cristiana. Aun el "aguila" (Maimonides),
por lo demás un filósofo, observa (Jad chas.): "Uno puede abusar de una
mujer en estado de incredulidad (es decir, una no-judía)-,- en algunas
ediciones, empero, parece que esto ha sido suprimido. Otro ejemplo de ello se
encuentra en la opinión de un rabino que vivió en Francia en el siglo XIII
Rabbenu Tam, así se dice, enseñaba que la cohabitación adúltera con un
no-judío o una no-judía no tiene pena alguna ya que la doctrina ha desamparado
a su prole (la de los no-judíos) y se ha dicho: "Su simiente es simiente
de caballo".
Los judíos, partidarios de la "asimilación" objetan a esto que tales
judíos no conocen en absoluto el Talmud y los escritos interpretativos del
mismo. Esto no tiene el más mínimo significado. El Talmud y los escritos de
los talmudistas son expresión de la idiosincrasia de este grupo cuya
consanguinidad, la más estrecha que existe, la expresión de todos los judíos,
no la de algunos de ellos. La generalidad de los judíos, por imperio de la
naturaleza, por imperio de la sangre, no puede sino pensar y obrar de acuerdo
con la esencia que se manifiesta en el Talmud. Y esto seguirá así aún cuando
el Talmud fuera derogado oficialmente como libro religioso y no fuera ya enseñado
o citado en la instrucción religiosa judía en parte alguna. Seguiría siendo
lo mismo también si la totalidad de los judíos se convirtiera a la doctrina
del cristiano amor al prójimo. Esto provendría siempre únicamente de los
labios, pero no del alma.
Los judíos, por el hecho de haber continuado siendo un grupo consanguíneo
aislado y que en ninguna parte ni siquiera se arraigó en el suelo de su nuevo
lugar de residencia constituyen en todos lados, nómadas entre los pueblos
no-judíos, y forman entre éstos un Estado dentro del Estado, que con respecto
al Estado no-judío y a los ciudadanos del mismo se sienten libres de toda
atadura del modo que se ha explicado; que no reconoce obligaciones morales
frente a ellos, que por consiguiente dejan actuar desenfrenadamente la esencia
de su nomadismo como ocurre siempre.
La esencia del nomadismo ha sido definida fundamentalmente por Gustav Adolf
Wahrmund en el trabajo mencionado, La Ley del Nomadismo y la Dominación actual
de los judíos" - "Aún las situaciones políticas y sociales más
firmemente establecidas se hallan sujetas a determinadas modificaciones; pero
este cambio adquiere en los Estados de los arios un carácter paulatino mientras
que entre los semitas y en los Estados semitizados, los cambios repentinos, el
derrumbe de sus fundamentos (subversión) son la regla (Como es notorio las
subversiones de todo tipo -políticas, culturales, religiosas, filosóficas,
etc.- en el mundo ario han sido inspiradas y conducidas por judíos (David
Ricardo, Marx, Engels, Freud, Picasso, Kardec, etc. etc.) (N. del T.)). Un
trastorno de tal naturaleza se llama en árabe ingilab el umur, reversión de
las cosas, o sarfed-da`hr, "giro del destino".
La imagen primitiva típica o el prototipo de estos "giros del
destino" en la vida de los nómadas dentro de los territorios desérticos
mismos, lo constituye el atraco de una tribu que ha sentado campamento por
alguna otra, atraco que realizado por lo general en horas de la noche, da como
resultado, después de pasar a cuchillo a los hombres, la captura como botín
del ganado y de los utensilios, llevándose consigo las mujeres y las criaturas
como esclavos. A esta imagen primigenia igualan más o menos en los Estados
dominados por nómades también los "giros del destino" político y
social en cuanto a su aparición repentina y sangriento rigor, corno se han
repetido hasta hoy día en gran número y con reducidos intervalos. Estos
repentinos vuelcos del destino corresponden en lo político a la subversión, en
lo económico a la catástrofe financiera. Llamarnos la atención sobre el hecho
de que los semitas que viven entre nosotros han denominado la subversión en
abstracto, la "estrella de Judá" y que ellos han introducido en
nuestra vida económica la catástrofe, así como en la bolsa el sorpresivo degüello
del adversario en los días de liquidación y prácticas similares, y que se
esfuerzan por hacer que se repitan la subversión política y el Krach
financiero mediante rotaciones, cuya secuencia más rápida o más lenta depende
principalmente de la fuerza de la resistencia que la tenacidad aria contrapone
al constante movimiento semítico. Al proceder así, solamente obedecen a la ley
del desierto y del nomadismo.
Pero al abandonar el nómada su verdadera madre patria, el desierto y atravesar
los territorios de los labradores sedentarios, no puede en absoluto presentarse
a éstos en una forma que no sea la de bandido o de devastador. La palabra árabe
para tales atracos -razzia- se ha generalizado últimamente entre nosotros traída
por los franceses, que la conocieron, junto con tales hechos, en Argelia. Es
realmente sorprendente cómo todo lo que el semita realiza con respecto a las
obras del trabajo material e ideal y sus creaciones culturales, siempre de nuevo
ofrece el cuadro de una devastadora razzia. En todas partes nos encontramos aquí
como diría Goethe, con el mismo fenómeno primigenio como cambiante disfraz de
una ley que reza: el nómade es, frente al trabajo del sedentario, lo que el
semita frente al trabajo del ario, un razziante (Razziarit),
El sedentario se mantiene por lo pronto del rendimiento del cultivo del
campo, el nómada de la cría de ganado; la tierra de labor es inamovible, el
ganado camina. De este modo, para el nómada la movilidad forma parte de los
caracteres esenciales de la posesión, es más, constituye uno de los más
esenciales de todos, razón por la cual en todas partes donde arriba persigue la
movilización de toda su posesión, también de la propiedad de los Estados,
como por ejemplo, el campo y el bosque, que el agricultor considera como
propiedad comunitaria, de la cual solamente el rendimiento deberá ser vendido y
capitalizado. En cuanto el nómada haya logrado la destrucción del concepto de
propiedad comunitaria, con eso sólo ha transformado en esclavos suyos a los
sedentarios, tal como su ley lo exige.
La ley vital del desierto obliga al nómada a la permanente movilidad de la
persona y de los bienes. El caballo y el camello deben llevarlo a él y a la
totalidad de su haber con rapidez de un lugar de pastoreo a otro, dado que sus
reducidas existencias pronto se agotan, y deben sustraerlo con la rapidez de un
rayo del asalto de un enemigo más fuerte. Mas esta movilidad exige también ya
bajo circunstancias comunes, de los conductores de los sectores tribales y de
tribus enteras, un cierto talento de organización, el cual se halla más
exigido aún por los procedimientos de ataque en las correrías por saqueos y
especialmente por las razzias mayores, de más larga preparación.
A este talento de organización, que en grado más elevado se desarrolla únicamente
en personalidades sobresalientes se agrega, en el nómada, un don de espionaje,
bien desarrollado también en las capas inferiores. También bajo condiciones
comunes, el nómada está obligado a mantenerse enterado en forma continuada con
respecto a la situación en la vecindad más o menos cercana, ya que debe saber
si éstos o aquellos lugares de pastoreo son utilizados o no, quién los utiliza
momentáneamente o tiene el propósito de hacerlo y si son amigos o enemigos los
que se han fijado como meta su posesión. Pero como las secciones que
aisladamente levantan carpas y forman campamento a menudo son muy pequeñas, y
al disminuir el número crece el peligro, el sentido del espionaje ha alcanzado
un mayor desarrollo en una cantidad muy grande de individuos que también en
adelante, en todas las condiciones, exigirá actuar, situación que es
completamente extraña al agricultor. Pero si una tribu emprende migraciones más
dilatadas o si hasta sale en pie de guerra, entonces depende en la más alta
medida de la habilidad de sus espías. Una vez que un territorio extranjero ha
sido conquistado en forma duradera, entonces el don de espionaje de los nómadas
transformados en soberanos, por el solo hecho del reducido número de éstos
frente a los antiguos ocupantes mucho más numerosos, encuentra permanente
aplicación, y ello en una medida aún mayor si un antagonismo religioso agudiza
la animadversión, como sucede con los musulmanes y los judíos frente a los
cristianos. Fuera de ello, la propia actividad comercial de los judíos los
induce a desarrollar su sentido de espionaje para la rápida captación de las
fluctuaciones de los mercados, y su posición de enemistad para con los
cristianos, les ordena el espionaje de las debilidades económicas de sus
enemigos.
Pero si estas cualidades de nómadas, tan extremadamente peligrosas para la
comunidad cristiana y para la índole de vida cristiana, son reducidas a un
estado de menor peligrosidad mediante leyes restrictivas, entonces el talento de
organización y el sentido del espionaje se vuelcan sobre la actividad
conspirativa El sentido tribal, desarrollado en grado sumo en el nómada, no
permite en manera alguna una comunidad de sentimientos con los otros pueblos, y
puede llegar a un estado de plena satisfacción solamente mediante el
irrestricto dominio sobre los mismos. Pero si este dominio es quebrado, y si
hasta se agregan de parte de heterodoxos sumisión o limitaciones, aquel
profundo y natural sentimiento los empuja hacia la conspiración, para la cual
el talento de organización y el sentido de espionaje toman al nómada semítico
especialmente apto, mientras que en el judío el antagonismo religioso contra el
cristiano dominante requiere, bajo todas las circunstancias, la preparación de
una nueva campaña en la guerra santa mediante la conspiración".
Debe recalcarse que Gustav Adolf Wahrmund publicó tales conceptos ya en el año
1887, cuando no tenía a la vista las manifestaciones del tiempo de la guerra y
de la postguerra, que han dado a sus palabras una confirmación tan cabal. Hasta
la "guerra santa" -ya que esto constituyó la Guerra Mundial para los
judíos, y como tal finalizó también para ellos con la recuperación de la
"tierra santa"- se ha cumplido, tal como el hombre de ciencia dedujo
del simple hecho del nomadismo de un pueblo.
En forma pública confesó el nomadismo de su pueblo poco antes de la Guerra
Mundial, el judío Paul Mayer en su conocido poema:
Alegre canción de caminante de Ahásvero (El judío eterno).
Ved, yo soy el desarraigado.
Un no unido a su mundo circundante.
Ninguna narcosis por sueño de añoranza del terruño,
me hace bajar el corazón a los pantalones,
pues he sido templado por los padecimientos.
Si me echáis de vuestros umbrales,
yo soy sin embargo el más apetecido.
Vuestros clamores de envidia resuenan estridentes,
ya que yo bebo vuestras fuentes y yo pondero (En el sentido de analizar y
fiscalizar (N. del T.)) vuestros valores.
Las lisas membranas de mi alma ocultan,
lo que expié mendigando;
mas se eleva como torre mi botín,
y lanzan gritos de júbilo vuestras novias a mí,
el excremento de un desierto foráneo.
Bostezando hacéis humear
vuestra picadura,
para asegurar la digestión honesta,
pero yo soy el inteligente manipulador,
y yo excito vuestros vicios,
para la máxima edificación propia.
Así prosigo con los juegos
de mi madura temeridad.
Extraños, muy sutiles,
últimos, para vosotros embozados objetivos,
de mi sangre de asiático.
9.
EL ANTISEMITISMO EN ALEMANIA
Entre los pronunciamientos de alemanes prominentes contra los judíos, que
pueden consultarse en el Anual del Problema Judío (P. 387 y sigs.) se hallan
los nombres más célebres: Lutero, Federico el Grande, María Teresa, Kant,
Herder, Goethe, Schiller, Fichte, Schopenhauer, Bismarck, Moltke, Billroth,
Franz Liszt, Richard Wagner. Nuestros mejores hombres se han pronunciado con
suficiente claridad contra los judíos.
El antisemitismo en Alemania, el único que trataremos aquí, tiene su historia
especial.
Toda la Edad Media, de acuerdo con su orientación religiosa general, se
afirmaba en esta creencia: en cuanto el judío se hace bautizar, se modifica
todo su ser. En todas partes donde los habitantes se vieron en la necesidad de
expulsar al judío por su calidad de enemigo del pueblo, se le ofrecía la
alternativa de hacerse cristiano y de permanecer en el país. Debe ponerse énfasis
en el hecho que, exceptuando los marranos en España, sólo unos pocos grupos más
considerables se hicieron bautizar, y la extradición de los judíos de España
tuvo lugar recién al final del Medioevo (1492). También los judíos tenían en
la Edad Media una orientación religiosa severa: solían vengar la conversión
al cristianismo, siempre que de algún modo pudieran hacerlo, con la muerte o al
menos amenazaban al apóstata en sus escritos religiosos con ella. Por
consiguiente, podemos admitir que solamente poca sangre judía se infiltró
durante la Edad Media en nuestro pueblo.
En el Reich Alemán, además. tuvieron lugar en todas partes únicamente
extradiciones puramente locales. Así p. ej. los judíos de Nuremberg, al ser
expulsados, se trasladaron a la vecina Fürth, que no pertenecía al territorio
de la ciudad de Nuremberg. Extradiciones más extensas de las regiones del Rhin
dieron lugar a la ya mencionada migración a Polonia, a la que Casimiro el
Grande, presuntamente por la influencia de una amante judía, se ofreció
gustosamente a recibir.
Muy reducido fue también en los dos primeros siglos de los tiempos modernos la
conversión de judíos al cristianismo, y eso igualmente en las regiones católicas
de Alemania que en las protestantes.
Lutero mismo se expresó en la forma más tajante contra los judíos, y publicó
dos escritos especiales contra ellos. Su conclusión es: "Según mi
parecer, la cuestión va a parar en esto. si no queremos hacernos partícipes de
la blasfemia de los judíos, debemos ser separados y ellos expulsados de nuestro
territorio".("Meines Dünkens will's doch da hinaus: Sollen wir der
Juden Lasterung nicht teilhaftig werden, so müssen wir geschieden sein und sie
aus unsern Lande vertrieben werden - )
A partir de la época de Lutero se observan en el pueblo alemán dos tendencias
de antisemitismo. En el catolicismo se continúa la orientación medieval: en
cuanto el judío esté bautizado, ya no es judío sino católico pleno. El
antisemitismo de la Iglesia católica concernía tan sólo a la religión, como
acaece hoy, claro que en la medida en que en ella haya aún vestigios de
antisemitismo. Dado que la Iglesia católica rechaza la idea de raza, no puede
tampoco concebir el antisemitismo racial (Rasseantisemitismus). No quiere con
ello decirse que el protestantismo haya concebido desde un principio el
antisemitismo racial, al que pudieron llevar consecuentemente los dos escritos
de Lutero, y tampoco que, dado el caso, el católico no pueda ser antisemita
racial (Rasseantisemit). También dentro del protestantismo se encuentran
reiteradamente en determinadas épocas, judíos que ocupan altas posiciones
eclesiásticas y políticas, a continuación de lo cual suele hacerse presente
nuevamente con mayor claridad el antisemitismo. Desde aproximadamente 1700 hasta
1720, habiendo aparecido recién poco tiempo antes los escritos científicos más
rigurosos contra los judíos -entre ellos el de Eisenmenger-, se convierten al
protestantismo judíos aislados, hasta rabinos, tornándose en eclesiásticos
evangélicos. Este hecho ha dado pie a que se consideraran y se declararan
judaizadas las familias sacerdotales evangélicas por el simple hecho de ser
tales. - Pero tal proceder no tiene en cuenta que en realidad se trata de muy
pocos casos, que no pudieron causar un daño demasiado grande, ante todo no,
porque el estamento sacerdotal se completaba siempre con gente nueva tomada del
pueblo en general. Es completamente inadecuado sospechar p. ej. en
Lessing, como se ha hecho, un aditamento de sangre judía por el hecho de que
era hijo de un sacerdote. Una invasión más pronunciada de judíos sufrió el
estamento de sacerdotes y, profesores de teología evangélicos a partir de
1820, dado que en Berlín un tercio de los judíos se pasaron al protestantismo.
De inmediato, toda una serie de estos neófitos llegaron a ser sacerdotes y
maestros de teología evangélicos, de un modo exactamente igual a como nuestros
judíos polacos después de dos meses en Berlín ya se atreven a instruir al
alemán en cuanto a su idioma alemán. Es un hecho que alrededor de 1850, prácticamente
toda facultad evangélica poseía su judío propio o -como Berlín - hasta
varios de ellos. Entre los predicadores prominentes hubo también toda una serie
de judíos y, más adelante, de semi-judíos. Las facultades católicas, que en
la misma época tuvieron igualmente numerosos nuevos cristianos entre sus
maestros, estaban en ese sentido en una situación más favorable, porque tales
maestros, en su calidad de célibes no procreaban, no cubriendo, por lo tanto,
las cátedras en los tiempos subsiguientes con sus vástagos. En la época después
de 1820 también en la política de los países protestantes hubo un fuerte número
de judíos. Unicamente dos casos han de mencionarse: el judío Stahl (1802-1861)
llegó a ser el jefe del partido conservador y fundador y director de la
Kreuzzeitung (Periódico de la Cruz), y el judío Simson (1810-1899) fue elegido
para ofrecer al rey Guillermo de Prusia en 1848 la corona imperial alemana y de
brindársela otra vez en 1871, de modo que aún en este acto más glorioso del
pueblo alemán de aquel tiempo, un judío desempeñó el rol de intermediario.
Sin embargo, en los países protestantes se ha reconocido muy pronto el peligro
judío, y fue aquí donde surgieron los primeros y fundamentales escritos y
movimientos para la liberación de nuestro pueblo de las influencias perniciosas
de los judíos.
La intensa ola antisemita de principios del siglo XVIII en los países
protestantes ya fue mencionada. Poco después del año 1800, al hacerse cada vez
más ruidosas las tentativas de emancipación, se produjo una nueva avanzada de
literatura contra los judíos, que estaba dirigida, ante todo, contra la
exigencia formulada por cristianos pagados o engañados de otorgar completa
igualdad a los judíos respecto a los cristianos. Pero para nosotros recién los
escritos y las pretensiones posteriores a la equiparación de los judíos con
los alemanes tienen una significación más que histórica, vital, pues
solamente ellos conciernen a nuestra propia situación. Entre ellos debe
mencionarse en primer lugar a Richard Wagner con su escrito sobre el judaísmo
en la música (1850), que despertó la mayor sensación y fue la causa de una
lucha de decenios contra Richard Wagner. Y aún todavía hoy, cuando tantos judíos
se llaman según personajes de Wagner, Siegfried y Elsa, el odio íntimo queda
mal encubierto. Judíos tales como Franz Werfel y Emil Ludwig (Cohn) hacen todo
lo que pueden para empujar a Wagner detrás de Verdi o hasta de Bizet. Círculos
nacionalistas poco instruidos afirmaron que Lessing como Richard Wagner tenían
sangre judía simplemente porque algunos judíos lo han declarado, lo mismo que
de casi todos los hombres célebres no-judíos. Richard Wagner asestó mediante
su escrito un golpe extraordinariamente fuerte al judaísmo, ya que puso de
manifiesto la completa ineptitud del mismo en un terreno, que alrededor de 1850
fue dominado por ellos: un Meyerbeer fue el soberano de la ópera de París y en
todos lados, un Mendelssohn que entre sus músicos no toleraba ninguna persona
rubia, como refiere Wagner, dominaba en su posición de director general de música
de Berlín, la totalidad de la vida musical en Alemania, y se dejaba celebrar
igualmente en Inglaterra. Pero el mayor golpe que asestó Richard Wagner al judaísmo
fue mediante su arte, que era alemán en su sentido más profundo, y eso
en la música misma, e igualmente en los temas y en su plasmación única en su
género. Con Richard Wagner han cobrado vida en nuestra imaginación los
antiguos dioses alemanes así como Sigfrido y Hagen, y nos ha dado el más
hermoso cuadro de los viejos burgos alemanes (en los "Maestros
Cantores") y con ello elevados prototipos y altas metas del más hondo
efecto en todo el pueblo alemán.,
Diez años después del trabajo de Richard Wagner sobre el judaísmo apareció
un escrito suscrito por H. Raudh El Judaísmo y el Estado alemán (1861), cuyo
autor debe ser considerado seguramente Lothar Bucher, el asesor literario de
Bismarck; pues el presunto autor, el hacendado Heinrich Nordmann, no se ha
destacado de ningún modo. El trabajo apareció hasta 1879 en nueve ediciones, a
pesar de ello su efecto se limitó a un círculo solamente pequeño. Pero en el
transcurso de este tiempo el judaísmo una vez más llamó la atención aún de
los más obtusos sobre su naturaleza perniciosa. Fueron los años de la época
de las catástrofes en la bolsa. Innumerables ahorristas alemanes perdieron,
debido a promesas frívolas y maniobras criminales, su futuro. Judá efectuó
sus ricos, sus sobremanera ricos ejercicios de red. En aquel entonces el periódico
Gartenlaube (Glorieta), poniendo de manifiesto una mentalidad que más
tarde no habría de encontrarse ya por mucho tiempo en los así llamados periódicos
familiares, publicó una serie de artículos de Otto Glagau: "Estafa en la
Bolsa y en las Fundaciones en Berlín" (1876) ("Borsen-und
Grundungschwindel in Berlin"). En ellos se encuentran frases como ésta:
"No debe ser que por más tiempo una falsa tolerancia y sentimentalidad,
enojosa debilidad y temor nos hagan desistir a nosotros, los cristianos, de
proceder contra los abusos y las petulancias de los judíos. No podemos tolerar
por más tiempo que los judíos atropellen en todos lados para colocarse en el
primer plano, en la cima, se apoderen en todos lados de la conducción, de la
primera palabra... Desde el ministro bautizado hasta el gorrón polaco forman
una única cadena, y fuertemente solidarios hacen frente contra los cristianos
en cualquier oportunidad, Vos. tenéis diez veces más franquicia de ofender al
canciller del Reich que al judío más raído. Echad solamente una mirada
oblicua a un judío ropavejero, e inmediatamente resuena desde Gumbinnen hasta
Lindau, desde Meseritz hasta Bamberg y Oppenheim el grito: ¡Israel está en
peligro! Mendel Frenkel, encarcelado en un pueblucho de Galicia por fraude o
robo, exige en la prisión comida "pura", y como no la recibe, toda la
prensa vocifera por asesinato judicial".
En los próximos años se publicaron como escritos antisemitas más importantes
los de Wilhem Marz: La Victoria del Judaísmo sobre el Germanismo (1878), los
dos de Eugen Dühring: El problema judío como Problema de Raza, de Moral y, de
Cultura (1879) y El Problema Judío como Problema de Prejuicio Racial (1880), el
segundo escrito de H. Raud: Israel en el Ejército (1879), y el más importante
de todos, el tratado del célebre historiador Heinrich von Treitschke en los
Anuarios Prusianos (1879). Luego Paul de Lagarde con su Judíos e Indogermanos,
Gustav Adolf Wahrmund, Friedrich Langbehn: Rembrandt como Educador (l890) y
Houston Stewart Chamberlain: Los Fundamentos del Siglo XIX (1899).
Pero en esta época el antisemitismo se hizo presente por vez primera también
en la política del Estado: el predicador de la corte de Berlín, Adolf Stöcker,
que por de pronto también había creído poder hacer inocuos a los judíos
mediante el bautismo, fundó en 1878 el Partido Cristiano-Social de los
Trabajadores, del que parte todo el antisemitismo parlamentario en Alemania (y
en Austria). En una petición de 255.000 firmas Adolf Stöcker exigió la
prohibición de la inmigración judía, exclusión de los judíos de cargos públicos,
de la profesión de maestro en las escuelas primarias, así como en los
institutos de enseñanza media, y de la justicia. Bismarck dejó esta petición
sin respuesta; a esta altura del tiempo no recordaba ya su alocución en el
parlamento prusiano de 1847, en la cual había exigido exactamente lo mismo.
Todo lo enumerado hasta ahora procedía del protestantismo. Cuando el "alemán
del Rembrandt" -Friedrich Lengbehn -se convirtió al catolicismo, introdujo
de inmediato en su libro las tachaduras que allí agradaron. Gustav Adolf
Wahrmund empero, que tuvo que convertirse al ser nombrado profesor en Viena -eso
era usual en aquel tiempo -. no dejó por eso de defender el antisemitismo de
igual manera que su amigo y colega orientalista Paul de Lagarde, y si bien no en
el Reich Alemán, pero sí en Austria surgió del catolicismo, dominante allí
casi con exclusividad, un antisemitismo parlamentario de acuerdo con el modelo
del fundado por Adolf Stöcker, que también habría de alcanzar suma
importancia para el Reich Alemán; Adolf Hitler aprendió de él cuando joven a
observar las circunstancias con ojos claros, tal como se ha expuesto en el capítulo
correspondiente. No debe sin embargo encubrirse que el Partido Cristiano-Social
--el nombre fue adoptado del partido de Adolf Stöcker bajo su jefe Dr. Karl
Lueger, en cuanto se ligó a los clericales designando a relativamente muchos
sacerdotes católicos como sus representantes, puso una cantidad crítica de
agua en su vino, dando expresión al antisemitismo en realidad ya tan sólo ante
los electores y en los periódicos provinciales, haciendo por lo demás
tranquilamente negocios con los judíos y manteniendo con ellos relaciones
personales (el segundo burgomaestre de Viena del Dr. Lueger fue el medio-judío
Porzer), pero el antisemitismo, una vez representado pública y
parlamentariamente, se mantuvo desde entonces vivo en la Austria alemana, y
constituye aún hoy la base de la acción y, de las influencias del NSDAP. La
liga alemana de deportistas que en aquel entonces fue fundada en Viena
constituyendo también en el Reich Alemán grupos locales, incluyó en su
programa: Unidad Popular y Pureza Racial". Especialmente debe recordarse
aquí a Georg Ritter von Schonerer el intransigente admirador de Bismarck, para
el cual el pueblo alemán en el Reich y en la "Monarquía" (Austria)
formaba igualmente una unidad tanto nacional como política. En cuanto a él y
su movimiento se refiere, deben consultarse las palabras de Adolf Hitler en Mein
Kampf.
El antisemitismo en la Austria católica y el hecho que también muchos
sacerdotes se unieron a él y lo defendían en su forma incondicional, dan fe de
que de ninguna manera la Iglesia católica se encuentra impedida por sus dogmas
de ser antisemita, como podría quizá creerse. Su actuación en Alemania en
contra del antisemitismo y especialmente contra el nacionalsocialismo no se basa
por consiguiente tampoco en consideraciones dogmáticas, sino es simplemente la
manifestación de una tendencia que de una manera exactamente igual dominó en
el protestantismo alemán durante decenios, y que hoy día con toda seguridad es
defendida aún por numerosos sacerdotes y profesores de teología, especialmente
por aquellos que pertenecen a la francmasonería, los que sin duda alguna no son
pocos de entre los más viejos. Ahora bien, si, como sucede realmente, podemos
comprobar que una parte muy significativa de los sacerdotes evangélicos apoya
al nacionalsocialismo y que los estudiantes de teología evangélicos hasta son
preponderantemente nacionalsocialistas, podremos abrigar la esperanza que también
el catolicismo alemán abandonará su posición inaccesible con respecto al
nacionalsocialismo; la justicia de la lucha contra los judíos, tanto más por
cuanto seguramente la mayoría de sus fieles en Alemania son
nacionalsocialistas, no podrá escapar tampoco a sus jefes religiosos.
10. LOS JUDIOS EN ALEMANIA ANTES
DE LA EMANCIPACION
La senda hacia el antisemitismo racial (Rasseatitisemitismus) pasó por el
humanitarismo del siglo XVIII, que sin embargo no impidió de manera alguna a un
Herder, a un Goethe de expresarse con toda claridad en contra de los judíos. Así
como en la Edad Media el judío debía inmediatamente dejar de ser judío cuando
era bautizado, a fines del siglo XVIII se pretendía que el judío sería
"mejorado en sus condiciones ciudadanas - así gustábase expresarse en
aquel entonces - por el hecho de adoptar nombres alemanes, a continuación también
el idioma alto alemán y la vestimenta europea. Pues en aquella época surgió
la convicción de "la igualdad de todo lo que tenga faz humana". Esto
fue teoría, a la que la realidad contradecía siempre y en todas partes. Pero
los "humanitarios" no quisieron ver la realidad. Quisieron someterla a
su teoría. Mas la teoría aún no ha hecho nunca y en ningún lado, una cabeza
de repollo de una cabeza de col, o que un manzano diera peras. El Salvador lo
dice con la misma claridad en los Evangelios: "¿Puede también cosecharse
racimos de uva de las espinas, o higos de los cardos?" El emperador José
II, que se transformó en herramienta del humanitarismo teórico, se preocupó
por "mejorar en sus condiciones ciudadanas" no sólo a los gitanos
sino también a los judíos. Hoy día, después de 150 años, los gitanos, a
pesar de todo, continúan siendo gitanos y los judíos continúan siendo judíos.
El edicto de José II ordenó a los judíos adoptar nombres alemanes, mejor
dicho, de un modo general nombres de familia (apellidos). Pues hasta ese
momento, hasta 1780, los judíos usaban comúnmente sólo su denominación de
acuerdo con la procedencia. P. ej. Schmul hijo de Leib, hijo de Eisig, hijo de
Schlome, en los registros de las sinagogas naturalmente en idioma hebreo. Si un
judío se radicaba en un nuevo lugar, por lo común era llamado según éste.
Moisés Mendelssohn de Dessau, que fue considerado filósofo, haciéndose de él
el "amigo" de Lessing, se llamaba así por su padre, de nombre Mendel,
pero entre los connacionales se le conocía como Moisés Dessau. Es que
alrededor de 1750, al actuar en público Moisés Mendelssohn los judíos aún no
tenían nombres de familia.
Es importante recalcar esto. El que lleve un apellido que ahora es considerado
como judío, tal como Rosemberg, Blumenthal, Schonfeld, necesita solamente
remontar el rastro de sus antepasados portadores de este nombre más allá de
1780 -y hasta tal época se llega fácilmente en la investigación de los
antepasados -, a fin de obtener claridad con respecto a la eventual procedencia
de la estirpe así denominada. Si esta estirpe se llamaba ya antes de 1780
Rosemberg, Blumenthal, Schonfeld, debe ser considerada como no-judía, si no es
que esté atestiguado realmente que algún judío haya adoptado este nombre en
ocasión de su bautismo. Cierto es que los judíos, al ser bautizados. gustaban
darse nombres tales que atestiguaban en forma especial su cristiandad, así ante
todo el nombre Cristo mismo, que con casi completa seguridad permite deducir la
procedencia judía del antepasado originario de tal nombre. También Christlieb
("Amor de Cristo"), Treu ("Fiel") y Bleibtreu
("Permanece fiel") constituyen nombres adoptados frecuentemente en el
bautismo.
Quiere decir, que recién por el edicto de José II la generalidad de los judíos
adoptaron nombres de familia, Con placer eligieron aquéllos que les gustaban,
como Rubinstein, Saphirstein, Goldstein, Veilhenfeld (Campo de Violetas),
Rosenfeld, también Grün (Verde), Blau (Azul), Schwarz (Negro), Rot (Rojo),
Gelb (Amarillo), Weiss (Blanco), luego nombres indicadores de la procedencia
como Lindauer, Wiener, Berliner, Breslauer, Dessauer (ahora Dessoir para que
parezca francés), o también solamente Lindau, Wien, Berlín, Breslau, Dessau.
Ocasionalmente uno se contentaba con el país de procedencia. De este modo
Oesterreicher, Hollander, Frieslander, Pollak, Franzos, Englander, luego Deutsch
(en italiano Tedesco) constituyeron casi exclusivamente nombres de judíos, a
menos que alguno de ellos pueda aquí o allá remontarse a antes de 1780
En casos más raros se eligieron denominaciones profesionales, como Wechsler
(cambista), Kantor o Singer (cantante), Sofer o Schreiber (o sea Copista de la
Thora); cuando un judío era vástago de sacerdote, Kohanida o Levita. También
agradaron los nombres Kohn en sus diversas formas, como Kohen, Kahan, Kogan,
Kagan, Coogan semejantes o Levy en las diversas formas como Löwy, Levit,
Levitus, Löwit. (El nombre germánico antiguo Kuhn, que en holandés se escribe
Coen y se pronuncia Kuhn, el germánico antiguo Ley, el céltico Lewis, pronúnciese
Ljuis, no pertenecen a ese grupo.) Algunos pronombres de judíos traducen un
nombre judío al alemán o a algún otro idioma. Así Hirsch (Ciervo), Hirschl y
Jellinek (checo = Hirschl es traducción del prenombre hebraico Zwillerz (Corazón)
y HerzI, del pronombre hebraico Leib. Solamente en aquellos casos en los que los
judíos se negaban a elegir ellos mismos un apellido, y eso lo hicieron con
bastante frecuencia porque temían al nombre como un signo distintivo
amenazador, recibieron los nombres de la Comisión, que en algunos casos no
resultaron del todo agradables, pero seguramente sólo en aquellos casos en los
que el candidato al nombre mostraba especial obstinación. Entonces se dio con
nombres como AchseIschweiss (Transpiración Axilar), Kanalgeruch (Olor de Canal)
y semejantes.
El "mejoramiento ciudadano" de los judíos se aplicó, por lo pronto,
únicamente a un pequeño círculo, la selección de aquellos que ya se
encontraban en el medio de la vida mercantil de la comunidad general, la mayor
parte de las veces en la esfera comercial. El actuar en esa esfera no estaba
vedado a los judíos en todos aquellos lugares donde tenían derecho de
residencia, como igualmente no estaba vedado a ningún extranjero. En los
gremios naturalmente no se los admitía, ya que éstos estaban constituidos por
miembros del pueblo. En otros lugares tenían acceso a los mercados y ferias
mientras éstos duraban, en otros más se les permitía la permanencia solamente
durante un determinado lapso. Es que estaban bajo la ley de extranjeros, y donde
su radicación o su estadía eran indeseables, se les podía negar la entrada.
Pero por pequeño que fue el círculo de aquellos judíos que ya tenían
relaciones con la generalidad del pueblo alemán, por mucho que la tendencia
"humanitaria" de la época viniera a su encuentro -Lessing le dio
expresión en su temprana comedia Los Judíos y, aunque ya no sin restricciones,
en su drama Nathan el Sabio -, Herder, Kant, Goethe se dirigieron, como queda
dicho, contra los judíos. Aún estaba vivo en aquel entonces un sano instinto.
La teoría "humanitaria" no fue capaz aún de enturbiar la clara visión
de las realidades. Es que Herder, Kant y Goethe conocieron al verdadero judío.
En forma distinta a Lessing, quien recién como estudiante en Leipzig llegó a
ver judíos durante la época de feria, ya en su temprana juventud aquellos habían
tenido oportunidad de observar a judíos: Goethe en el ghetto de Frankfurt, Kant
y Herder en el Este, donde al judío se lo encontraba tal como es, sin
disfraces.
En otros círculos, en cambio, que a semejanza de Lessing llegaban a conocer a
los judíos tardíamente o no los conocieron en absoluto, el
"humanitarismo", con su supuesto mejoramiento ciudadano de los judíos,
condujo como era de esperar a un estado de privilegio de los judíos. Dos
circunstancias fueron ante todo las causas: El romanticismo y la compasión.
Especialmente en el protestantismo existía un fuerte romanticismo con respecto
a los judíos. Precisamente en los territorios de su mayor expansión vivían
pocos judíos, mientras que en los territorios marginales total o al menos
principalmente católicos en el oeste, el sur y el Este los judíos eran muy
numerosos. En la mayor parte del territorio protestante se conocía a los judíos
únicamente por la Biblia, que para los creyentes constituía un libro
religioso, un libro santo. Se estaba mucho más familiarizado con los personajes
de la Biblia que con aquéllos, de la propia historia, se sabía mucho más del
rey Saúl y del rey David que de Federico Barbarroja. La descomunal obra de
Martin Lutero, la creación de la lengua escrita alemana general mediante su
Biblia alemana, que llegaría a constituir el vínculo más fuerte de los
troncos alemanes entre sí, por encima de las confesiones y de los límites.
estatales, que incorporó la Alemania del Norte con su lengua bajo alemana y la
Suiza alemana con sus dialectos particulares, a la alemanidad general, tuvo como
consecuencia secundaria el peligroso espejismo romántico con que se enfocaba a
los judíos precisamente en la parte protestante del pueblo alemán, que en lo
demás se manifestaba en tan distintas maneras como la más activa desde el
punto de vista estatal por la rápida ascensión de Brandenburg-Prusia.
Este romanticismo y exaltación heroica de las figuras bíblicas pasó
completamente por alto el hecho que, por el contrario, el Antiguo Testamento está
lleno de las más repugnantes e infames acciones, que su Dios en parte sugiere,
aprueba o al menos deja sin castigo. El fraude de Jacob cometido contra Esaú,
los muchos pecados de lujuria, violaciones, vicios antinaturales, las maniobras
mercantiles de José en Egipto, las duras alocuciones de reprimenda de los
profetas en contra de su propio y profundamente degenerado pueblo, las
alocuciones de reprimenda igualmente duras del Salvador en contra de los judíos
en los Evangelios todo ello hubiera podido abrir los ojos, mas el devoto pasaba
por alto estos pasajes, precisamente porque se trataba de un libro
"santo" dentro del cual leía todo eso. No fue el más pequeño de los
factores este romanticismo primero del judío del Antiguo Testamento y más
tarde también del judío del presente, entre los que facilitaron al judío
del presente su camino de rápidos progresos en la vida cultural, económica y
política del pueblo alemán.
Los judíos por su parte reconocieron con claridad cuán extremadamente el
romanticismo a su respecto fomentaba sus intereses y aspiraciones, y reforzaron
más aún la ventaja así lograda haciéndose pasar como los oprimidos, los
sufrientes, no tardando en declarar como culpables a los alemanes: que los
alemanes habían perseguido en la Edad Media con la máxima crueldad a los judíos,
matando a muchos de ellos y encerrando a los supervivientes en el ghetto. Los
judíos sabían muy bien que mediante tal proceder mucho se consigue del ario
(siempre que no se deje que llegue a revisar sus afirmaciones) que por
naturaleza, posee el sentido de justicia y el espíritu elevado. Con esto
especularon los judíos y lo hacen aún hoy día. Sin cesar se lamentaron
entonces los judíos de opresión, persecución, encarcelamiento, apartamiento,
y siguen lamentándose por ello en la actualidad.
Al mirar con más detenimiento, todo resulta ser una patraña. Los judíos habían
entrado al territorio alemán sin ser llamados, pero a pesar de ello pudieron
realizar aquí como extranjeros sus negocios sin encontrar obstáculos, pudieron
vivir donde quisieron, gozando del libre ejercicio de su religión y hasta de su
propia justicia en todos aquellos casos que no atañían simultáneamente a la
población autóctona. Todo lo que los judíos experimentaron realmente de
desagradable en el ulterior transcurso de la Edad Media en los países alemanes
-e igualmente en los demás países cristiianos de Europa - lo ocasionaron
culposamente ellos mismos. Eran nómadas en el territorio alemán y como tales
sin escrúpulos morales algunos en la vida comercial y en todas sus relaciones
con el pueblo entre el cual, sin haber sido llamados, vivían. Sus ilícitas
actividades comerciales hicieron que en muchos lugares una gran parte de la
población quedara reducida a la más oprimente servidumbre por deudas, que al
final en uno u otro lugar condujo a un pogrom y ocasionalmente a expulsiones y
al cierre de algún lugar por mayor o menor tiempo. Precisamente en aquel
entonces se formuló repetidamente contra los judíos la acusación de que
empleaban sangre de cristianos con fines rituales y que asesinaban a criaturas y
a doncellas cristianas. No nos incumbe ocupamos aquí de esta acusación del
llamado asesinato ritual, solamente una cosa debe ser acotada: los judíos,
hasta el presente, han tratado de hacer valer su influencia sobre todas las
vistas judiciales por presunto asesinato ritual y en la mayoría de los casos
han sabido desbaratar las sentencias, cuando al contrario se debería suponer
que ellos mismos tuvieran el mayor interés en dejar que alguna vez una vista se
pudiera desarrollar completamente libre de influencias, a fin de que la supuesta
inocencia quedara probada. Pero al contrario: la prensa de todo el mundo
conjuntamente con campañas llevadas a cabo con el auxilio de descomunales
medios financiaron se levantaron -prestamente cuando, en cualquier punto de la
Rusia más ignorada cualquier judío fue aprehendido en ocasión de un asesinato
con las características conocidas y llevado ante la justicia. ¿No está
entonces permitido preguntar por qué la totalidad de la judería se levanta de
inmediato en defensa de los acusados? ¿Dónde se encuentra algo semejante en
cualquier otro pueblo? ¿No constituye este proceder una explicación
irrefutable de la estrecha consanguinidad de este grupo?
Los judíos se sintieron en la avanzada Edad Media, debido a su posición
financiera, en muchos lugares los amos omnipotentes de la población natural del
país, y se permitieron todo. Especialmente supieron someter a su voluntad a
muchas mujeres cristianas, de modo tal que reiteradamente tuvieron que
promulgarse edictos que establecían que ningún judío puede entrar en una casa
cristiana sin acompañante cristiano.
Todo lo que los judíos de la Edad Media experimentaron de desagradable,
constituyeron solamente MEDIDAS DE DEFENSA contra los huéspedes que no habían
sido llamados al país. Nunca jamás tiene el judío ni el más mínimo derecho
de quejarse por ello, y hasta de inculcar al alemán un sentimiento de
culpabilidad. Claro que como el judío considera al no-judío según el Talmud y
el Schulchan Aruch solamente como "ganado" solamente como "animal
con figura humana", puede ante sí mismo considerar justificados el lamento
y la acusación. Pero se guarda muy bien de manifestar esta razón de sus
lamentaciones y acusaciones allí
donde arteramente se procura compasión.
Igualmente los judíos en el ghetto. ¿Quién encierra hoy día, cuando los judíos
poseen el dominio de las finanzas de todos los países, a los judíos en el
ghetto? Y a pesar de ello, todas las ciudades de alguna magnitud tienen sus
ghettos: Viena, Berlín, Londres, Nueva York. Nadie ha obligado a los judíos a
residir en determinados barrios, mas ellos mismos han preferido estar allí
entre sí. Y no solamente los judíos más pobres habitan de este modo juntos,
también los judíos ricos poseen en los barrios residenciales de las grandes
ciudades siempre sectores especiales donde viven solamente judíos. Dada su índole
racial, les resulta natural constituir ghettos en todos lados. En la Edad Media
esto no fue de otra manera. Pero como en aquel entonces todos los judíos eran
devotos, se agregaba un factor especial. Al judío devoto no le está permitido
durante el Sabbath -desde el atardecer del viernes hasta el del sábado - más
de un número determinado de pasos fuera de su casa. Por consiguiente, al
comienzo del mismo, el viernes al atardecer, se tendía una soga a través de
cada calle, encerrando así todo el barrio judío para formar una sola casa,
dentro de la cual entonces cada uno podía transitar tanto como quisiera. (Toda
la ortodoxia judía está llena de tales recursos y subterfugios destinados a
embaucar al propio "dios"). Pero no solamente en la Edad Media y
aproximadamente hasta la emancipación esto influyó -junto con otros motivos -
para la formación de un ghetto. En el año 1905 se produjo en Konigsberg, la
ciudad de Kant, una presentación de la judería ortodoxa ante el comandante en
jefe, porque se había derribado una parte de las murallas de la fortaleza
que como tal había tenido el valor de una sola casa, con lo cual las leyes
referentes a una casa cerrada en sí ya no pudieron ser aplicadas. El asunto
llegó hasta el ministro de guerra, y éste ordenó, aunque no precisamente la
reconstrucción de la muralla en aquella parte, pero que la brecha debía ser
cerrada mediante un alambre; con esto los judíos se dieron por satisfechos.
En numerosos casos las ciudades que poseían barrios judíos erigieron a su
entrada torres, dentro de las cuales ponían una guardia para ofrecer protección
a los judíos para el caso de que el pueblo esquilmado por su usura y oprimido
por ellos, se volviera contra ellos. Es que el gobierno de la ciudad obtenía
también sus recursos a través de los judíos -los impuestos a los judíos -, y
no habrán sido raros los casos en que los judíos habrán sabido subordinarse a
uno u otro de los consejeros. No es por lo tanto el caso que los judíos fueran
obligados a vivir en el ghetto: ellos formaron, y siguen formando hasta
hoy día, los ghettos por causas inherentes a su carácter de grupo consanguíneo,
por su interés comercial, etc., (dentro de este ghetto voluntario fueron aún
protegidos especialmente en muchos lugares).
Algo similar ocurre con el signo amarillo judío, por cuya causa aquellos se
quejan tan frecuente como lastimeramente. Ellos mismos exigieron un distintivo
exterior para el israelita. En el 4º libro de Moisés dice (capítulo 15, v.
37-39): "Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel,
y diles que se hagan pezuelos en los remates de sus vestidos, por sus
generaciones; y pongan en cada pezuelo de los remates un cordón de cárdeno; y
serviros ha de pezuelo, para que cuando lo viereis, os acordéis de todos los
mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro
corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales fornicáis".
La razón por la cual se mandó a los judíos cumplir ésta, su propia
prescripción, fue que ellos se introducían a menudo furtivamente, bajo la
apariencia de cristianos afincados, en las casas y en las familias, y allí
seducían doncellas y provocaban toda clase de calamidades. El establecimiento
de la marca judía o de similares signos diferenciales constituyó únicamente
una medida de defensa frente a los más graves peligros.
Con la persecución en la Edad Media, el ghetto y la marca judía, los judíos
engañaron con demasiada frecuencia al alemán crédulo y lo engañan en muchos
casos aún hoy.
La época desde 1780 hasta 1848 ve a los judíos, especialmente en Berlín y
Viena, a causa de] romanticismo y de la compasión despertada y del sentido de
culpabilidad, desempeñar ya un importante papel en la vida social alemana. Los
judíos que se "plegaron" a la cultura europea constituyeron, sin duda
alguna, una selección formada ya de por sí con miras a la inteligencia,
naturalmente, ante todo, a la inteligencia comercial. Personalidades tales como
Henriette Herz y Rahel Levin encandilaron en aquel entonces, tal como hoy día
encandila un negro que toca el piano. Hubo entonces más placer por una sola judía
superficialmente ingeniosa que por noventa y nueve mujeres alemanas nobles e
intelectualmente destacadas, e igualmente mayor placer por un joven pianista y
compositor como Félix Mendelssohn, el nieto del Moisés Mendelssohn de Dessau,
que por noventa y nueve jóvenes alemanes altamente dotados.
De una trascendencia especial fue que ya entonces se difundió la opinión que
la mejor manera de reparar la presunta injusticia cometida contra los judíos
(manera mediante la cual se atestiguaría mejor la propia mentalidad
"humanitaria" liberal), era casarse con una judía. De esta manera el
consejero de legación historiador Varnhagen von Ense se casó con la judía
arriba citada Rahel Levin, y anotó con profundo respeto sus sentencias. El príncipe
Louis Ferdinand convivió con la judía Henriette Fromm y tuvo un hijo de ella,
el que, como vástago ilegal (wilden Bruch), recibió el nombre de von
Wildenbruch; el nieto de Henriette Fromm fue el poeta Ernst von Wildenbruch. La
judía Marianne Meyer llegó a ser como señora de Eybenberg, la esposa morganática
del príncipe Heinrich XIV von Reuss-Greizy, su hermana Sara la esposa de un barón
von Grothus. Entre 1820 y 1830, un buen tercio de la judería berlinesa, como ya
se mencionó, se convirtió al cristianismo. De inmediato se celebró con gran
afán el connubio con los jóvenes judíos y las niñas judías
bautizadas. Los salones judíos llegaron a tener la voz cantante, y el tono que
ellos indicaban, la insolente petulancia, llegó a constituir en adelante aquel
espíritu berlinés que ataca los nervios de todos los demás alemanes y a los
propios berlineses exentos de aditamento judío.
En aquella época, la emancipación de los judíos constituyó la
palabra-impacto. Se trataba de otorgar a los judíos la plenitud de los derechos
ciudadanos, la completa equiparación con los ciudadanos. De inmediato se
levantaron voces de alerta en su contra. Ya en 1791 aparece una publicación:
Sobre la condición física y moral de los judíos actuales, que vaticina que
Berlín llegará a ser así una verdadera ciudad judía (un extracto de este
escrito se halla en la Historia del Judaísmo de Otto Hauser); en 1803 la
publicación de Grattenauer, Contra los judíos, causó una gran sensación pero
ante una reclamación de los judíos berlineses fue prohibida por el Estado. En
1816 la obra del francmasón Johann Christian Ehrmann El Judaísmo en la masonería,
se dirige contra la penetración de los judíos en la orden francmasónica desde
Napoleón, quien autorizó su admisión. Mas las disposiciones fueron cayendo
sucesivamente en un país alemán tras otro. La subversión de 1848, en la cual
los judíos desempeñaron un papel tan importante, exigió como uno de los
primeros puntos la total emancipación de los judíos. Es significativo al
respecto la proclama para la protección de los judíos del 8 de marzo de 1848,
dictada desde Mannheim:
"Con profundo dolor, compartido por todos los verdaderos amigos de la
libertad del pueblo y de la patria, nos hemos enterado que los días que llenan
de sublime entusiasmo los corazones de todos los ciudadanos esforzados, los días
que han de salvar a nuestro pueblo todo de la presión de una servidumbre de
decenios, mejor dicho, de siglos, habrían de ser profanados por una ciega saña
de destrucción y riesgo de las personas y de las propiedades de nuestros
conciudadanos de fe mosaica, que el luminoso pendón de la libertad habría de
ser embadurnado por ignominiosos excesos... Conciudadanos, nosotros sabemos que
hablamos en consonancia con los sentimientos de todos ustedes, si os gritamos:
Constituye un sagrado deber de todo hombre de honor, que no hace un juego vil de
la libertad, que no quiera abusar de su nombre para satisfacer otras pasiones,
constituye un sagrado deber de todos los amigos del pueblo y de la libertad, el
oponerse con toda energía a tal criminal proceder. Solamente los servidores de
la reacción, o aquellos que han sido desviados por ellos, son capaces de
prestar su apoyo a las persecuciones de los judíos, porque nunca las conoció
un país libre, pero sí el despotismo". Dicha proclama está firmada por
Hecker, Helmreich Y. Itzstein, v. Soiron, L. Weller M. Sachs Karl Mathy y Fr.
Bassermann
Aquí no se pregunta qué motivos pueda haber provocado el antagonismo a los judíos,
simplemente se decreta que toda defensa es un "proceder criminal" y
que solamente servidores de la reacción y personas engañadas por éstos pueden
ser adversarios de los judíos. Uno de los principales subversivos de 1848,
Georg Herwegh, estaba casado con una judía sumamente rica, Emma Siegmund y llevó
desde París un grupo de voluntarios a la lucha. Su mujer lo acompañó vestida
de hombre (entre los judíos los Transvestit esto es, los individuos que
utilizan la vestimenta del otro sexo, son especialmente frecuentes), pero tanto
él como ella se mantuvieron, en ocasión del único combate que tuvo lugar, en
la segura retaguardia, y se ocuparon en confeccionar cartuchos para aquellos que
tiraban y que eran muertos a tiros. Georg Herwegh no era judío él mismo. En la
vida privada representaba, ahora enriquecido, al hombre distinguido. Alfred
Meissner, el amigo de Heine y enteramente adicto a los judíos y contemporáneo
de Herwegh, escribe: "Él tuvo no sólo el aspecto sino también la
melancolía de un oriental; descansaba echado sobre sofás opulentos de
terciopelo verde de las fatigas de la campaña badense. Los visitantes eran
anunciados por un criado de vestimenta distinguida y se encontraba al poeta
todavía al mediodía en bata de seda"- Vivía en Francia. Poco tiempo
antes de su muerte, que acaeció en 1875 en París, le dijo a su hijo menor:
"Si tu assistais aprés ma mort á lánéantissement de la Prusse, écris
sur la pierre de mon tombeau: Rejous-toi, mon pere, la Prusse nést plus!
("Si tu eres testigo después de mi muerte del total aniquilamiento de la
Prusia, escribe sobre mi losa sepulcral: ¡Alégrate, padre, mío, la Prusia ya
no existe!)" Los hijos de Georg Herwegh y de Emma Siegmund fueron
franceses". Georg Herwegh es el autor de la Marsellesa de los Trabajadores:
Todas las ruedas quedan paradas
si tu fuerte brazo así lo quiere ...
He creído necesario hablar y
referirme a Georg Herwegh ya que su modo de ser y su actuación en pro de la
socialdemocracia, que él representaba, son típicos, no en último término por
su odio final contra el pueblo alemán -ya que no solamente se refiere a la
Prusia, sino a toda la Alemania victoriosa de 1870/71- al que ya traicionó en
su esencia por sólo el hecho de unirse a una judía.
El Parlamento de Frankfurt de 1848, en cuyo seno ya se sentaban varios judíos,
exigió en interés del judío:
Incondicional libertad de prensa.
Total libertad de religión, de conciencia y de enseñanza.
Derecho ciudadano alemán general.
Abolición de todos los privilegios.
Tal como en Alemania, también en Austria los judíos participaron activamente de la "revolución". En Viena, el representante del estudiantado "alemán" fue el judío Ludwig August Frankl. En todas partes en la vida social alemana se abrieron paso a la fuerza los judíos. En aquel entonces (1841) Dingelstedt escribió las amargas estrofas:
Sie sind dahin die
vielgeschmähten Tage,
Das Blattlein hat schon leise sich gewandt,
Der Jude ringt uns unter ewger KIage
Listig das Heft aus ungeschickter Hand. . .
(Han pasado, los días tan
vituperados,
la hoja quedamente ya se ha dado vuelta,
El judío nos arranca, bajo eternos lamentos
astutamente el mango de la mano torpe . . . )
Was kann dem Stamm
Emanzipieren frommen,
Der nie vom Schacher sich emanzipiert?
Was ihr ihm schenken wollt, hat er sich längst genommen, Dieweil ihr un
Prinzipien disputiert.
(¿De qué puede servir la
emancipación a la tribu
que nunca del chalaneo se emancipa?
Lo que queréis regalarle, ya ha mucho se lo ha tomado,
mientras ustedes disputabais por principios.)
Wohin ihr fasst, ihr
werdet Juden fassen
Allüberall das Lieblingsvolk des Herrn.
Geht, sperrt sie wieder in die alten Gassen,
Eh sie euch in die Christenviertel sperrn!
(Adónde miréis veréis judíos,
Por todas, todas partes el pueblo preferido del Señor.
¡Id, volved a encerrarlos en las viejas callejuelas
antes de que ellos os encierren en barrios cristianos!
En la época que siguió al año 1848, el antisemitismo se limitó a personas aisladas y a más bien pequeños movimientos de defensa. Recién las estafas colectivas que causaron gran escándalo en los últimos años de la década de 1860, con el gran crac financiero de 1873, hizo nacer el antisemitismo moderno. En el ínterin, los judíos habían llegado a constituirse en los amos de la prensa y de la totalidad de las transacciones monetarias y habían sabido alcanzar ellos mismos numerosas posiciones de influencia o a través de testaferros. El Hofprediger (Predicador de la corte (N. del T.)). Adolf Stöcker fundó en los años de la década de 1880 el Partido Cristiano-Social, tal como ya señalamos, pero fue obligado en 1890 a dejar su cargo. En Austria, Georg von Schonerer actuaba ya en un sentido más estrictamente nacional, pero pospuso demasiado lo social con relación a los otros puntos del programa de lucha. Gran importancia llegó a adquirir el Movimiento del Martillo (Hammer-Bewegung. (N. del T.).). Los pequeños folletos del valiente Theodor Fritsch, que hoy (1932) cumplen ya casi 31 años de vida han hecho extraordinariamente mucho para el esclarecimiento con respecto al peligro judío, tanto en lo fundamental como en innumerables detalles. Después de la guerra, la Liga de Defensa y Resistencia desplegó una profunda labor de esclarecimiento. Esta época llevó a la judería a una cima de poder tal como ni siquiera habían alcanzado en España antes de la expulsión de los judíos. Recién ahora, la gran masa del pueblo reconoció plenamente el peligro judío. El Nacionalsocialismo tuvo desde un comienzo la completa claridad. Especialmente los excelentes artículos de la Weltkampf (Lucha mundial) fundada por Alfred Rosemberg, sirvieron y sirven a la lucha contra la influencia judía en todos los terrenos. La cruz gamada ha llegado a constituirse en símbolo de esta lucha y en la permanente advertencia para los judíos -a los que se ha captado en su modo de ser como en sus viles actividades - que se está en guardia y no se hará alto hasta que el problema judío haya encontrado la solución adecuada.
11. LOS JUDIOS EMANCIPADOS EN
ALEMANIA
Como grupo consanguíneo (con todas las propiedades de una liga secreta) y como
nómadas (a los que nada ataba al pueblo y a la tierra en la cual vivían) los
judíos de Alemania -hasta 1866 también Austria formaba parte de ella -
lograron alcanzar en un tiempo llamativamente breve una posición de poder, que
no guardaba relación alguna con su porcentaje dentro del pueblo.
Ya alrededor de 1800, en Berlín y poco tiempo después en Viena, mujeres judías
abren sus salones "estéticos", los cuales fueron frecuentados pronto
también por nobles y príncipes interesados en la literatura, los que son
rodeados de halagos y dominados. Instituciones bancarias judías se hacen rápidamente
de enormes fortunas en la época de las guerras napoleónicas. Los Rothschild de
Frankfurt llegan a ser los dominadores de las finanzas alemanas y a continuación
de toda Europa. Pero están además los Ephraim e Itzig, los Arnstein, Eskeles,
Pereira, Wertheimstein, etc. El brillo de estas casas y de sus salones encandila
a muchos alemanes de buena fe. Desde aquí la fe en la naturaleza todopoderosa
del dinero penetra en círculos cada vez más amplios, preparándose la
servidumbre de mammón, el craso materialismo del dinero y del goce.
En el párrafo precedente se mencionaron algunas mujeres judías con las cuales
celebraron uniones miembros de la nobleza y príncipes. Quizás mayor aún que
la influencia de esas mujeres, incluyendo a la Rahel Levin, fue la de Dorothea
Mendelssohn, la hija de Moisés Mendelssohn, de Dessau, que como esposa de
Friedrich von Schlegel se dedicó a la propaganda católica en la Viena del
Congreso. Ambas habían pasado poco tiempo antes al catolicismo. En su primera
época de actuación Meternich tuvo muchas relaciones con el salón de ambas. Se
practicaba allí un determinado "romanticismo", destinado a sumir en
la niebla el claro sentido del hombre alemán, táctica que tuvo éxito en
muchos casos.
Desde entonces el salón judío se mantuvo hasta la época de la Guerra Mundial
inclusive, como un factor de la política judía. El sucesor de Bismarck,
Caprivi, frecuentaba el salón de la judía señora v. Lebbin; durante el primer
tiempo de la Guerra Mundial sostuvo su salón la más adelante arrestada
"condesa" FischIer v. Treuberg.
El que reflexiona sobre los tan rápidos progresos de la influencia judía
dentro del pueblo alemán (exactamente lo mismo ha sucedido en los demás
pueblos arios), y observa cómo al lado de la conquista del poder del dinero
progresa la pérdida del sentido natural de los alemanes en forma realmente
sistemática, no puede dejar de admitir un gobierno secreto judío. Un Gran
Consejo de los Sabios de Sión, desde el cual es dirigido todo y cada uno en
particular, tal como un jugador de ajedrez maneja las figuras de su juego. Pero
no es necesario hablar de esto. Es suficiente tener siempre ante la vista que
cada judío se halla unido con los otros judíos -y no nos cansaremos de
reiterar esto por medio de una endogamia de más de dos mil años que cada judío
necesita obrar solamente tal como su naturaleza le impele, y obrará, por
supuesto, en función de su peculiar pueblo. Cada judío es, en todas sus
acciones, expresión del carácter de su pueblo.
Es indiferente que los judíos estén dirigidos por los sabios de Sión o
solamente por su voluntad racista interior, puesto que el resultado es el mismo:
en cuanto esté dada la posibilidad, los judíos penetran en todas partes dentro
de los diversos círculos de su pueblo huésped, se entremezclan en ellos y los
corrompen, y constituyen, hoy como en la antigua Roma, el "fermento de la
descomposición nacional".
La primera emancipación de los judíos en Alemania la trajo Napoleón en
Renania ya en el año 1800. También fue Napoleón el que permitió formalmente
el ingreso de los judíos a la francmasonería y, por de pronto, la formación
de logias judías. En el año 1808 el barón von Stein (quien en otro sentido
fue en cambio adversario de los judíos) otorgó a los judíos en Prusia la
ciudadanía en las ciudades, y el conde Hardenberg, a quien nada menos que
Goethe consideró un sobornado, promulgó el 12 de marzo de 1812 un edicto para
Prusia que inauguró la total equiparación de los judíos con el pueblo autóctono.
En el año 1823 Weimar, como primer Estado, permitió el matrimonio mixto entre
judíos y cristianos, lo que, según refiere el canciller Müller, provocó en
Goethe un verdadero arranque de cólera. Entre otros eminentes alemanes, también
Fichte se volvió contra la emancipación de los judíos. En 1793 escribió:
"Casi a través de todos los países de Europa se está difundiendo un
Estado poderoso, de intención hostil, el que se encuentra en guerra permanente
con todos los demás, que de muchas maneras oprime con terrible peso a los
ciudadanos: se trata de la judería. Yo no creo que ésta sea tan temible por el
hecho sólo de que constituye un Estado separado y tan firmemente encadenado,
sino porque este Estado está cimentado sobre el odio a la totalidad del linaje
humano. Derechos humanos, los deben tener, a pesar de que ellos a nosotros no
nos los conceden... Para darles a ellos derechos ciudadanos no veo otro medio
que éste: en una noche cortarles a todos las cabezas y colocarles otras, dentro
de las cuales no se oculte ni una sola idea judía".
Pero todo eso no fueron sino los comienzos. Recién la subversión de 1848 y la
época inmediata posterior completaron la emancipación de los judíos, colocándolos
en todas partes y en todos los aspectos en igualdad (La famosa igualdad de
derechos de los judíos conduce -nos lo enseña la historia - a la esclavitud de
los no-judíos (N. del T.)) de condiciones con el pueblo autóctono, a lo sumo
que aquí y allá la admisión en el ejército, sobre todo en Prusia, la
pudieron obtener por lo pronto y hasta cerca de la Guerra Mundial, solamente por
el bautismo. Ahora bien, dado que se trataba de un grupo consanguíneo, de una
liga secreta natural, basada en la sangre, y de nómadas extraños, el pueblo
autóctono quedaba de tal modo casi sin protección, a merced de los judíos. Se
produjo entonces en innumerables ocasiones lo que el Talmud prevé para tales
casos: "Se enseña: si un israelita llega ante ti con un no-judío para ser
juzgado, entonces debes, si puedes, darle (es decir, al israelita) la razón según
la ley judaica, y decir a aquél, que así es de acuerdo a nuestra ley. Si la
ley de los pueblos mundanos fuera favorable al judío, entonces debes darle a él
(al israelita) la razón y decirle a aquél: así es de acuerdo a vuestra ley.
Pero cuando no lo fuera, usa la perfidia" (Baba kamma 113a.). El judío de
la liga secreta estuvo de este modo con respecto al alemán -que erróneamente
juzgaba al judío - quien no era miembro de tal liga secreta, siempre en situación
ventajosa, y, de acuerdo a sus particularidades sacó amplio provecho de esta
situación. Cuán grave peligro representaba la liga secreta judía para la
totalidad del pueblo, seguramente muchos lo reconocieron (el análisis del
antisemitismo lo atestigua), pero la liga secreta supo siempre de nuevo, con sus
recursos y subterfugios, hacer reprimir los sanos impulsos por intermedio de sus
cómplices.
Uno de los recursos principales para confundir al alemán, es apelar al supuesto
brillante talento de los judíos, cuya eficacia reside principalmente en el
plano comercial, y lo comercial se extiende para el judío muy profundamente
dentro de la literatura, el arte, la ciencia y la política. De los otrora tan
vastamente célebres nombres judíos, poco ha quedado. ¿Quién sabe algo del
poeta dramático Michael Beer, el hermano del compositor de óperas Meyerbeer,
de los líricos y épicos Stieglitz, Karl Beck, Mirtiz Hartmann, Ludwig August
Franl, de la poetisa Betty Paoli (Elisabeth Glück), algunos de los cuales
murieron recién en la década de 1890? ¿Quién lee aún a Borne, Auerbach,
Fanny Lewald, Max Ring? dónde un teatro representa aún piezas de Mosenthal? Y
todos éstos son nombres que en su tiempo figuraban en la cúspide de la
literatura alemana. De todos ellos, únicamente Heinrich Heine, hijo de una
sefardí, ha conservado alguna fama. (De él dijo Morike "no hubiera
deseado vivir ni un cuarto de hora con Heine a causa de la mentirá de todo su
modo de ser"). Pero para la época en la cual vivieron, todos estos poetas
y poetisas judíos cumplieron su misión judía: encandilar los ojos del alemán.
Tal como se hace hoy, también se procedió en aquel tiempo: un judío ensalzaba
al otro y era a su vez ensalzado por éste. Así se llegaba a estar en boca de
la gente. A veces también, lo que era igualmente eficaz, haciéndose trizas
mutuamente. Visto desde arriba, comprobamos una confabulación con papeles
distribuidos que se explica por el hecho de que todos los judíos están
emparentados entre sí, siendo al mismo tiempo, nómadas de procedencia extraña
en el país de su residencia.
Lo mismo sucede en la música. Los en otro tiempo tan célebres Ignaz Moscheles,
Kalkbrenner, Thaussig, Meyerbeer, Fromenthal, Halevy, Offenbach, Mendelssohn han
sido en parte olvidados por completo y en parte mantenidos artificialmente con
vida a duras penas por óperas y radioemisoras conducidas por judíos. La Judía
de Halevy y los Hugonotes de Meyerbeer constituyen algo así como festejos
sinagogales que mantienen aún su habitual público judío. Maestros alemanes
tales como Bach, Handel, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms,
Franz Liszt, Richard Wagner, Bruckner poseen, en cambio, pese a todas las
trabas, verdadera vida.
¿Y en la pintura? ¿Sábese que hace dos generaciones Philip Veit, el primer
marido de la arriba citada Dorothea Mendelssohn, y Eduard Bendemann eran
considerados figuras descolorantes del arte pictórico alemán? ¿Qué se encargó
a ellos, judíos bautizados, la decoración de numerosas iglesias, y que se
colgaban sus esperpentos multicolores en los museos? Algunos siguen colgados allí,
pero prácticamente nadie ya se detiene ante ellos. Estos y otros astros judíos
eclipsaban en su tiempo a docenas de artistas alemanes honrados, pero que siguen
brillando hoy día luminosos en nuestro firmemente artístico, mientras que aquéllos
se desvanecieron hace mucho.
La actividad de los judíos en la literatura, la música, la pintura, etc.,
sirve a la destrucción del sentido estético de nuestro pueblo alemán, sobre
todo, de muchos que poseen altas cualidades. Por tal razón constituyen un
peligro grande. Aquéllos que en la lucha contra el judaísmo deberían ser
embargados de veneración por los judíos "talentosos", como para no
pensar ya en absoluto en la lucha, es más, voluntariamente se constituyen en
abogados de los judíos aún allí, donde se trata de cosas muy distintas de la
literatura, música o pintura. Al proceder así no tienen en cuenta que fácilmente
encontrarían por cada seudo creador judío cien verdaderos artistas alemanes.
Además del nivel intelectual en razón de que el artista alemán crea en el
idioma de su corazón y el judío en un idioma extraño sobre la base de las
tradiciones artísticas de un pueblo que le es extraño. El artista judío,
dentro del pueblo que le da hospedaje, por más brillantes que puedan ser sus
dotes, siempre podrá ser únicamente un "virtuoso", indistintamente
que su arte se exprese en palabras, en sonidos o mediante colores, o en piedra y
bronce. Pero constituye uno de los cometidos establecidos por la misión de los
judíos, sea por conciencia de su falta de auténtica capacidad propia o
inconscientemente, el callar en lo posible en la prensa las creaciones de los
artistas de su pueblo huésped. Esto incide más duramente sobre los artistas
alemanes. Porque probablemente en ninguna parte la prensa estuvo tan
completamente en manos judías y lo está aún a pesar del desprestigio que le
causó la prensa nacionalsocialista, como en Alemania. Solamente en los casos en
los que un poeta, un artista se puso a merced de los judíos con las manos
atadas, o en los que se casó con una judía -como Richard Dehemel, Thomas y
Heinrich Mann etc.-, encuentra alabanza también en su prensa. Pero estos no-judíos,
de tiempo en tiempo deben reiterar su adhesión pública a los judíos, y
ninguna de sus obras puede tener una acción contraria a la misión judía. De
este modo, ambos Mann sirven de un modo completamente idéntico a la misión judía
de obnubilar la mente de los alemanes, como los literatos judíos Jakob
Wassermann, Franz Werfel, Lion Feuchtwanger, Emil Ludwig (Cohn), los sucesores
de los difuntos Büme, Auerbach, Fanny Lewald, Max Ring, etc.
Pero éstas son situaciones indignas para el pueblo alemán. Al contrario, de la
misma manera que los sionistas en Palestina no quieren que escritores gojim los
representen frente al extranjero, que éstos sean los creadores de la literatura
para los judíos, que directores de teatro no-judíos en Jerusalén y Tel Aviv
representen casi exclusivamente piezas no-judías y dirigentes no-judíos
traigan casi exclusivamente programas no-judíos y productores de filmes no-judíos
rueden casi exclusivamente filmes no-judíos, nosotros exigimos: que los
teatros, conciertos, radioemisoras, filmes sean conducidos por alemanes y que
ante todo se ofrezca arte alemán por artistas alemanes.
El judío Moritz Goldstein escribió en el año 1912 en el Kunstwart
"Nosotros, los judíos, administramos los bienes de un pueblo que nos niega
el derecho y la capacidad de hacerlo... Nadie duda seriamente del poder que los
judíos poseen en la prensa. Particularmente la crítica se halla en vías, al
menos en las ciudades capitales y sus diarios influyentes, de constituir
realmente un monopolio judío. Igualmente conocido es el predominio del elemento
judío en el teatro; casi todos tus directores de teatro de Berlín son judíos,
una gran parte, quizás la mayor parte de los actores igualmente y que sin público
judío la actividad teatral y los conciertos en Alemania sería prácticamente
imposible, eso se ensalza o deplora siempre de nuevo. Un fenómeno completamente
inédito es que también la ciencia literaria alemana parece hallarse a punto de
pasar a manos judías".
Hoy en día, dos decenios más tarde esto no ha cambiado. En todas partes en el
Reich Alemán y en el Reich austríaco se observa que la mayoría de los
teatros, emisoras de radiodifusión y empresas cinematográficas están en manos
de judíos. Los artistas judíos son lógicamente preferidos por ellos, los
no-judíos son obstaculizados, empujados a un lado, perseguidos. Miles de
artistas alemanes han quedado sin empleo por tal causa. Los grandes conciertos
son dirigidos por judíos, y se repiten las tentativas de imponer al sano
instinto musical alemán la atonalidad bolchevique, a fin de corromperlo de este
modo. No fue otra la situación en las artes plásticas. Todas las malas prácticas
de las tendencias bolcheviques, del cubismo y de los otros . . .ismos,
constituyen una hechura judía, y los horrores que involucran son ciertamente la
genuina expresión del alma racial judía. Nuevamente, nadie de nosotros tendrá
algo que objetar si en Jerusalén y Tel Aviv tales "obras de arte" son
alabadas y adquiridas para museos y las plásticas hasta sean erigidas en
parques y ante edificios monumentales; pero donde viven hombres alemanes, este
"arte" judío está fuera de lugar.
Menos evidente fue durante largo tiempo la penetración y la descomposi-ción
de la ciencia alemana por los judíos. Cierto es que numerosos judíos enseñaban
ya desde los principios de la emancipación entre otras funciones en calidad de
profesores universitarios juristas, médicos, filólogos, teólogos católicos y
evangélicos (estos naturalmente estaban bautizados); los judíos alzaban su
"objetividad científica'' como escudo y mostraban su verdadera cara únicamente
cuando se hacía necesario un sucesor para alguno de los suyos. Entonces cada cátedra
ocupada una vez por un judío era considerada como de propiedad permanente de
los judíos, levantándose un gran alboroto por injusticia, relegación,
intolerancia confesional, etc., si acaso el judío propuesto como sucesor no
fuera nombrado. Un gran número de cátedras llegó a ser de esta manera
patrimonio judío. Algunas universidades apelaron al recurso de mantener siempre
dos docentes para una materia, uno de los cuales puede ser, hasta ahora, un
no-judío. Especialmente en las grandes universidades, tan apetecidas, los judíos
pululan en forma impresionante, apoyados por una prensa también controlada por
ellos. Se recordará la bambolla que se hizo alrededor de Ehrlich luego de
Steinach. Cada uno de ellos fue pregonado como un segundo mesías.
Hoy día los dos mesías son Albert Einstein y Sigmund Freud, el primero con
"su" teoría de la relatividad, el segundo con su psicoanálisis.
Ambos sirven a la misión judía de paralizar la capacidad racional de los
no-judíos. No solamente que mediante una hábil propaganda judía se pregona a
todos los vientos que son ellos los más grandes genios de los tiempos
presentes, y que los cándidos otorgan fe a tales ditirambos e infinitos
festejos y ahora repiten constantemente: "está visto que los judíos son
los que generan los espíritus más excelsos de toda la humanidad"; no
solamente eso, sino que las doctrinas de ambos sirven ya como tales a la misión
judía. Pues la teoría de la relatividad de Albert Einstein halla en todos
lados la interpretación popular de que todo es relativo, nada seguro, nada
firme, tanto en la matemática como en lo moral, y el psicoanálisis de Sigmund
Freud retrotrae prácticamente todas las emociones e impulsos a la sexualidad,
empujando con ello a ésta en una forma tal al primer plano que en todo caso
para el ario es inadecuada. El psicoanálisis se usa ahora para aguijonear el
instinto, de imbuir toda la atmósfera de erotismo, reclamando finalmente
tolerancia para las mayores atrocidades en este terreno. Y allí el psicoanálisis
coincide en sus efectos con las intenciones "humanitarias" de un
Magnus Hirschfeld y con el bochornoso erotismo de tantos escritores judíos, que
están llamados a realizar una parte especial de la misión judía: pervertir la
vida sexual, sobre cuya limpieza descansa todo el futuro de un pueblo. Pero al
menos aquí el peligro judío no parece ser ya tan grande como lo era aún hace
cinco o seis años. La juventud alemana de hoy y en especial la del
Nacionalsocialismo ya no es amenazada por la pornografía judía, burda o
"refinada". Ella ha reconocido al enemigo y tiene ante sí una gran
tarea. Servir a ésta le exige toda su fuerza, todo el valor, la totalidad del
ser.
12. LOS JUDIOS Y EL ESTADO
ALEMAN
La voluntad racial judía no pudo contentarse con los éxitos alcanzados en la
vida comercial y en el terreno de la cultura. Desde que el judío estuvo
emancipado, quiso tener también participación en la vida del Estado,
persiguiendo el dominio dentro del mismo. También aquí el hecho de que los judíos
constituían una liga secreta natural y que eran nómadas de origen extraño en
su país de residencia, sin ser valorados como tales por el pueblo genuino, ni
ser reconocidos como tales, significó para ellos ventajas enormes.
Se repite en Alemania con los asquenazis el mismo juego que con los sefardíes
en España, que bajo la dominación en decadencia de los godos apoyaron a la
nueva estrella surgiente de los moros, entregándoles ciudades godas y, bajo el
dominio de los moros, después de que ellos mismos los hubieron infiltrado y
corrompidos, prestaron su ayuda y ante todo su dinero a los godos que habían
recobrado fuerzas. Ciertamente los judíos pudieron en Alemania fingir
ocasionalmente al patriota alemán, pero un verdadero interés en Alemania y en
su pueblo no lo tuvieron, ni pudieron tenerlo. Walther Rathenau lo confesó
abiertamente en 1902 en sus Impresiones (más tarde retiradas de circulación):
''¡Extraña visión! En medio de la vida alemana, un tronco humano de índole
extraña, apartado, ataviado brillante y llamativamente, de comportamiento
exaltado y vivaz. Sobre la arena de la Marca (de Brandenburgo) una horda asiática...
En estrecha conjunción entre sí, en estricta separación del mundo exterior:
así viven en un ghetto invisible, semi-voluntario, no un miembro vivo del
pueblo, sino un organismo extraño dentro de su cuerpo". Ya al comienzo de
la emancipación, cuando Napoleón convocó en 1807 en París un sanhedrín para
el "mejoramiento ciudadano" de los judíos, y uno de los prominentes
de entonces, el rabino alsaciano Lipman Cerf-Berr, declaró: "¡Olvidemos
de dónde provenimos! ¡Nada más de 'judíos alemanes', nada más de
'portugueses'!
Diseminados sobre toda la Tierra, formamos sin embargo únicamente un solo
pueblo". En nuestra época, muy poco antes del final de la Guerra Mundial,
un prominente sionista, el Dr. Jakob Klatzkin, habló en la ciudad de los
congresos sionistas, Basilea, ante estudiantes judíos y no-judíos exactamente
en el mismo sentido: "Nosotros no somos alemanes, franceses, etc., y encima
judíos, nuestro judaísmo no es una supra-estructura de la alemanidad, etc.,
tal como no es su infra-estructura. Estas existencias se excluyen recíprocamente.
Somos judíos sin trazo de unión, porque lo somos sin deducción, judíos sin
cláusulas intrincadas y sin reservas. Somos simplemente seres de esencia extraña,
somos -lo tenemos que repetir - un pueblo extraño en medio de ustedes y también
queremos seguir siéndolo. Un abismo insalvable se abre entre ustedes y
nosotros. Extraño nos es vuestro dios, vuestro mito y leyenda, vuestro
patrimonio nacional, vuestros santuarios religiosos y nacionales, vuestros
domingos y días feriados; extraños nos son vuestros días de conmemoración
nacionales, las alegrías y los dolores de vuestro devenir como pueblo, la
historia de vuestras victorias y derrotas, vuestros himnos guerreros y cánticos
de combate, vuestros crueles actos heroicos, extraños nos son vuestras
veleidades y conquistas, vuestros afanes, anhelos y esperanzas. Las fronteras de
vuestro país no limitan a nuestro pueblo, y vuestros litigios de fronteras no
son los nuestros: más allá de ellas existe nuestra unidad, por encima de todas
las conexiones y separaciones de vuestro patriotismo
En su calidad de nómades de elevada inteligencia mercantil, los judíos
consideraban a su pueblo huésped, tanto en cuanto a las personas individuales
como en su totalidad, únicamente como objeto de explotación. El alma, el corazón,
la emotividad no intervenían. Tan pronto como cabía esperar más ventajas del
enemigo, uno se pasaba al mismo. Esto nos parece una deslealtad, una traición.
Para el judío significa lealtad frente a su propio pueblo. De todos modos, al
pueblo huésped lo considera según el Talmud, únicamente como equivalente al
ganado. Obligaciones de índole moral frente el no-judío, pecados contra él no
existen para el judío. Existen solamente negocios logrados y negocios
frustrados.
Más aún que la penetración de los judíos en la prensa, la literatura, el
arte y la ciencia, se manifiesta la penetración de los judíos en la vida
estatal alemana como producto de directivas emanadas de un amplio plan. Judíos
bautizados tales como Stahl y Simson constituyeron el inicio. (Aún el mismo
Karl Marx fue un judío bautizado, más exactamente: hijo de judíos bautizados.
Por cierto hizo poco uso de su cristianismo y se dirigió a los judíos siempre
como judío). Stahl actuó como conservador, Simson corno alto funcionario
judicial, más tarde presidente de la cámara de diputados prusiana y bajo el
kaiserismo como presidente del Reichstag alemán y por último presidente de la
corte de justicia del Reich en Leipzig. Simson ofreció en 1849 y nuevamente en
1871 al rey Guillermo de Prusia, la corona imperial alemana, como hemos señalado.
Mientras que en Inglaterra el judío sefardita Benjamín Disraeli fue bajo el
nombre de Lord Beaconsfield, primer ministro, en Francia los sefardíes Gambetta
y Crémieux, y en Italia el sefardí Luzzatti, ocuparon sítiales de ministros,
no se encuentra en la Alemania de la época del káiser presidentes de ministro
judíos, pero entre los ministros y los altos funcionarios del Reich y de los
estados federados hubo por cierto varios judíos bautizados y no-judíos casados
con judías, desde alrededor de 1875 también semi-judíos, vástagos de los
matrimonios mixtos liberales de los años de la emancipación. El espíritu y
las formas del estilo prusiano en la función pública --que en aquel entonces
determinaba en un todo el comportamiento de los agentes--- , ocultó ese hecho
ante el pueblo. Con todo, se hicieron sentir vínculos subterráneos. Los
Pensamientos y Recuerdos de Bismarck, así como sus cartas, lo atestiguan. En público
el judío aparecía entonces como político de la oposición, de cuño liberal o
"nacional liberal", más tarde como marxista. Las cámaras de
diputados de Prusia y del Reich estuvieron ya infiltradas peligrosamente de judíos.
Pero a Bamberger, Lasker y Friedberg se recurrió ya hasta para la creación de
leyes nuevas, ¡bajo Bismarck! Con mayor intensidad que estos diputados judíos
actuaron Ferdinand Lassalle, quien originariamente se llamaba --menos típicamente
francés - Feist Lasal, y Karl Marx proveniente de la familia rabínica de
Trier, Mardochai, de acuerdo con el objetivo de la misión judía, como
"fermento de descomposición nacional".
Ambos se constituyeron en abogados de los trabajadores, con los cuales no tenían
ni el más mínimo vínculo de unión ni el judío intelectualizado Marx, ni el
rico "culto" judío, elegantemente vestido a la moda, Lassalle. Ellos
fueron en grado superlativo herramientas de la misión judía de los sabios de
Sión. No interesan aquí interpretaciones subjetivas acerca de si Lasalle y
Marx tenían plena conciencia de la misma -aunque estamos, convencidos de ello -
sino los hechos por ellos realizados por impulso de su voluntad racial.
Bajo Guillermo II se llegó a constituir -después de la breve influencia,
prontamente desbaratada por los judíos, de los libros raciales de H. St.
Chamberlain sobre el káiser - directamente un gobierno adlátere judío. Estos
judíos, en número de veinte, treinta, en las más diversas posiciones de la
industria y de la alta finanza, con su facción en la prensa y en la literatura,
fueron escuchados mucho más por Guillermo II que su canciller y sus ministros o
hasta los Junker y los alemanes nacionales, con respecto a cuya influencia
"inconmensurable" la prensa judía difundía ocasionalmente, con
intención translúcida, las más gruesas mentiras. Por otro lado, el periodista
judío Walther Steinthal escribió en el Berliner Tageblatt (del 10 de junio de
1912): "Gobernar bien a Alemania, eso quiere decir actualmente: ser un buen
calculador, tal como los descendientes de Sem siempre lo han sido. Por tal razón,
hoy día, en los lugares desde los cuales es dirigido nuestro destino hacen
falta hombres de intelecto económico frío y sobrio, calculadores,
pronosticadores de valores materiales. ¿Sería tan equivocado buscarlos de
entre las filas de la raza judía? No será uno de los mejores instintos de
gobernante de Guillermo el Instintivo, si cuando en situaciones delicadas
necesita un buen consejo les pide a los Ballin, Rathenau, FriedIánder que
concurran al palacio? ".
Agréguese a esto que alrededor de 1914, cuando el cerco de Alemania estaba prácticamente
completado y la guerra contra Alemania estaba en preparación (y los judíos,
gracias a sus relaciones con sus congéneres de los otros países, estaban
perfectamente al tanto de esto) no solamente estaba el káiser rodeado de una
muralla impenetrable de judíos, sino que la corrupción de los guardianes del
orden y de los mandos del orden en Alemania y en la Austria-Hungría aliada había
alcanzado ya un punto tal, que Judá podía estar seguro de su propósito. No
necesitaba contar con la traición propiamente dicha de los judíos, vástagos
de judíos y de los secuaces de los judíos dentro del cuerpo de funcionarios y
dentro de la socialdemocracia, su "tropa protectora", y con los
semi-judíos, los judíos bautizados y los maridos de mujeres judías en el ejército,
no necesitaba impartir instrucciones a sus leales: la mera compenetración de
estos círculos con su espíritu, el materialismo del dinero y del goce, la
descomposición que ya se había tornado evidente en muchos lados, le
garantizaba por sí solo el concurso deseado. Judá no podía sino ver en
Alemania su presa, una presa gorda. Para los judíos como liga secreta y como nómadas,
la Guerra Mundial, fue en verdad una "guerra santa". Con razón dijo
el judío A. H. Fried,
el "apóstol de la paz mundial" en su Atalaya de la Paz, en diciembre
de 1918, al haber sido alcanzado el derrumbe de Alemania: "Con corazón
alegre debemos nosotros (los judíos) agradecer a las democracias del Oeste por
haber ellos vencido. También nos han liberado a nosotros (los judíos). "
y el amigo del káiser Walter Rathenau, durante la guerra el dirigente
todopoderoso de la economía de guerra alemana confesó después de la subversión
(en su escrito El Káiser – Un Estudio, 1919): "Al comenzar la guerra,
nos encontramos los dos (Rathenau y uno de sus amigos), convencidos del mal
desenlace. De nuevo no me contradijo cuando le manifesté nunca llegará el
momento en el que el káiser atraviese como vencedor del mundo con sus
paladines, sobre caballos blancos, el Portón de Brandemburgo. Ese día, la
historia mundial hubiera perdido su sentido" De qué sentido se trataba lo
sabemos nosotros, que hemos reconocido a los judíos, tanto en su naturaleza
como en sus objetivos.
De todos modos, en la cúspide del Estado tampoco en la época inmediatamente
anterior a la guerra no se encontraba un judío. Belthmann-Hollweg del cual por
lo demás poco de positivo tendríamos que referir, fue acusado injustamente de
ascendencia judía. Los Bethmann, en los cuales se sospechaba procedencia judía,
siempre habían sido calvinistas. Pero a su lado se hallaba como colaborador
imprescindible el judío Riezler, el yerno del acaudalado pintor judío Max
Liebermann, y el íntimo de Bethmann fue, entre otros judíos, el judío
ennoblecido mayor v. Hermann, quien luego durante la guerra tenía a su cargo en
el comando general del Cuerpo de Guardia (!), el control total del tránsito con
pasaporte hacia el Este, es decir, el lugar tan importante de invasión de los
judíos. Los tiempos en los cuales los judíos habrían de ocupar abiertamente
los más altos cargos como dominadores nómadas de su pueblo-huésped (consúltense
los pasajes-citados de la obra de Wahrmund) aún no habían venido. La guerra lo
preparó ¡Considérese la ceguera de la conducción superior: ella confió la
totalidad del abastecimiento económico del ejercito y de la población en el
interior del país a los judíos! El General Ludendorf mariscal general de logística,
declaró en ocasión del proceso por el Hitlerputsch que "llegó a conocer
el peligro que representan los judíos recién durante y después de la guerra y
que sólo entonces se ocupó seriamente del mismo". La gran masa de la
literatura esclarecedora sobre los judíos, que por cierto existió ya mucho
antes de la guerra, no había penetrado en los círculos de los oficiales, cuyo
arte de conducción por más brillante que fuera, unido a la ejemplaridad
realmente única del soldado alemán, debía quedar perdido donde los judíos,
cumpliendo la misión que les impone su sangre, saboteaban aquella segunda parte
de la conducción de la guerra. Recién durante la guerra empezó en las
posiciones decisivas la consideración del peligro judío, que bien pronto quedó
desvelada. También se produjeron efectivamente diversos levantamientos en el ejército
y en las oficinas de economía de guerra. Mas la publicación de las primeras
actas fue desbaratada, mas tarde ya las investigaciones mismas, que en la prensa
judía fueron difamadas en forma enmascarada como "husmeo confesional"
y en forma desembozada como "persecución de los judíos", fueron
impedidas, y hasta fue prohibido desde arriba mencionar en los diarios siquiera
los nombres de los amos judíos de la actividad económica de la guerra. Es que
existía una "tregua" que los judíos según acreditada costumbre talmúdica
supieron aprovechar hábilmente para sí mismos. El material, que casi
seguramente ya no existe, debe haber sido sumamente comprometedor. En una reunión
sionista en Berlín en el año 1919 manifestó un señor Landau: "Que él
tuvo oportunidad de tomar vista del material de cargo contra los judíos durante
la guerra. La publicación de este material hubiera traído como consecuencia
que se hubiera matado a golpes a los judíos en las calles. Él deploraba que
los judíos hubieran dado motivo para ese material y los exhortaba a un profundo
agradecimiento frente a la socialdemocracia, cuya victoria fue la única salvación
de los judíos en Alemania (Citado en el Libro de las Culpas de Judá de Wilhem
Meister, 1919)".
Los dominadores más encumbrados de la economía de guerra lo fueron los amigos
del káiser Walther Rathenau y Albert Ballin. Con mucho, la gran mayoría de los
más elevados cargos en las diferentes secciones estaban ocupadas por judíos no
bautizados, en su mayor parte de importación reciente del Este. Pero hasta muy
abajo en la escala había en todos lados judíos y en los puestos más
inferiores también judías, y casi no hubiera sido posible que allí hubiera
podido mantenerse un antisemita. Tan pronto como hubiera sido reconocido como
tal, la próxima comisión lo hubiera declarado como "k.v." (apto para
la guerra), así hubiera sido un lisiado. La organización, con respecto a la
cual los nómadas son muy hábiles bajo las condiciones dadas en este caso
(comp. Wahrmund), funcionó perfectamente según lo que se deseaba. La sujeción
por el hambre del pueblo alemán se llevó a cabo en forma planificada por los
sabios del Sión.
Ya muy pronto la totalidad de la "tropa de protección" de los judíos,
la socialdemocracia, dirigida por judíos, vástagos de judíos y secuaces de
judíos, en todos sus matices desde el rojo sangre hasta el rosado, vio los
mayores beneficios en que "no viniera nunca el momento en que el káiser
atraviese como vencedor el Portón de Brandemburgo". Y uno de sus
prominentes, el no-judío Philipp Scheidemann, pero que está casado con una judía,
dijo el 23 de setiembre de 1918, cuando ya estaba cerca, a un solo mes de plazo,
la subversión: "Por otra parte, nosotros (los socialdemócratas) siempre
cuando nuestra situación militar era la más brillante, estuvimos en la más
impetuosa oposición".
La puñalada en la espalda, preparada mediante huelgas en el área de municiones
y así como en todas partes, acompañada de amotinamientos, tuvo éxito: Judá
fue el vencedor y ocupó ahora abiertamente sus puestos como vencedor, aun
cuando no el lugar más elevado. Este le fue dado al socialdemócrata Friedrich
Ebert, cuyos "merecimientos" eran en todo caso lo suficientemente
grandes como para constituirlo en representante del pueblo alemán ante el
mundo. Este mundo por cierto había odiado hasta la demencia a los alemanes
durante la guerra, también los había calumniado, pero a pesar de ello los había
admirado. Las personalidades que ahora aparecieron en la escena y sobre todo las
que celebraban las negociaciones, no eran como para mantener viva esta admiración,
si se exceptúa la buena postura del conde Brockdorff-Rantzau, por lo demás
completamente sumiso a los judíos y acompañado por un judío (Cahen).
Después de la subversión se hallan los siguientes judíos de procedencia
alemana, polaca, galiciana, checa y rusa en altos puestos y también en los más
encumbrados (según Arios y Judíos de Paul Kurth, 3a. ed., 1925, p. 46 y
sigs.):
Hirsch, presidente de ministros de Prusia; Gradnauer, presidente de ministros de
Sajonia; Lipinski, presidente de ministros de Sajonia; Eisner presidente de
ministros de Baviera; Hirsch, ministro del interior de Prusia; Haas, ministro
del interior de Baden; Freund, subsecretario de estado de Prusia; HerzfeId,, en
el ministerio del interior en Prusia; Bernstein, en la tesorería del Reich;
Schiffer, secretario de Estado de la tesorería del Reich; Simon, ministro de
finanzas de Prusia, copropietario de una gran casa bancaria judía; Busch
(Friedlander), subsecretario de Estado en el ministerio de finanzas prusiano;
Jaffé, ministro de finanzas y de relaciones exteriores de Baviera; Thalheimer,
ministro de finanzas de Württemberg; Wurm, jefe de la oficina de alimentación
del Reich; Löwe, en la oficina del Reich para la desmovilización económica;
Cahen, asesor personal del secretario de Estado de relaciones exteriores,
Kautzky, director ministerial en el ministerio de relaciones exteriores; Simons,
director ministerial en el ministerio de relaciones exteriores; Cohn, jefe del
ministerio y de justicia del Reich; Rosenfeld, ministro de justicia de Prusia;
Preuss, secretario de Estado del interior de Prusia; FuIda, ministro del
interior de Hessen; Futrau, director ministerial en el ministerio de culto
prusiano; Heymann, ministro de culto de Württemberg; señora de Hirschfeld,
consejero relator en el ministerio del trabajo del Reich; Haase, exterior y
colonias; Konigsberger, ministro de guerra de Baviera; Levi, presidente de la
policía de Essen; Steiner, presidente de la policía de Munich; Sinzheimer, en
la presidencia de la policía de Frankfurt del Maine; Hermann, presidente del
superior juzgado en lo administrativo de Prusia; Amdt, jefe de prensa en el
ministerio de culto prusiano; Breuer (Friediander), jefe de prensa suplente;
Norden jefe de Prensa en la tesorería etc.
En realidad se han mencionado aquí solamente algunos pocos de los judíos más
destacados, que después de noviembre de 1918 se hicieron cargo repentinamente
del gobierno del por ellos subyugado pueblo alemán. De todos modos ya en aquel
entonces se hicieron oír voces de alerta provenientes de sus propios círculos.
El Jüdische Echo (Eco judío) de Munich; escribió ya en noviembre de 1918:
"Hay demasiados judíos en el gobierno, tanto en el Reich como en Baviera,
ésta es la impresión dominante. . . Si la tendencia general lucha contra estos
conductores, que no han sido elevados mediante elecciones de fundamento legal a
las posiciones que la revolución les ha otorgado, entonces quizás no procedan
con cordura si permanecen en los cargos de conducción. Su capacidad (téngase
presente lo que hemos dicho con referencia a la misión judía) no encuentra
bajo tales circunstancias el juicio objetivo que tenían derecho a esperar. La
malevolencia y la desconfianza perjudica no sólo a ellos sino también a la
generalidad y ante todo a la judería". (Transcripto de El Libro de las
Culpas de Judá, p. 14).
La posición de los judíos después de la subversión por ellos preparada, y
aclamada en forma unánime fue extraordinaria. El "padre de la constitución
del Reich" mismo era un judío, el Dr. Hugo Preuss, y el comité
investigador ante el cual tuvieron que justificarse generales alemanes estuvo
constituido por los judíos Dr. Sinzheimer, Gothein, profesor M. J. Bonn y Oskar
Cohn Colaborador en las publicaciones oficiales con respecto al problema de la
culpabilidad por la guerra, de las que pendía el futuro del pueblo alemán, fue
el socialdemócrata Bernstein, judío oriundo de la actual Checoslovaquia; además,
aun antes de la publicación del material, Bernstein vendió importantes
informaciones, en desmedro de Alemania, a periódicos extranjeros.
El propósito de los judíos era y es, el de llevar a Alemania -y al mundo-
hacia el bolchevismo, el que les ha de permitir, disponer plenamente de todo el
pueblo para su completo saqueo y esclavitud. En la tristemente destrozada Hungría
los judíos consiguieron realmente erigirse por 133 horrendos días en los amos
de la ciudad capital y de una gran parte del resto del mutilado territorio. Los
judíos Bela Kun (Kohn), Kunfi Pogany, etc. y el asesino de masas Tibor Szamuely
procedieron allí con furia contra propiedades no-judías y personas
no-judías. Llevaban ellos mismos -en el hotel Hungaria - con sus mujeres
perdidas, una vida de intemperancia, y al amenazar el derrumbamiento aun
pusieron a buen resguardo oro y joyas por valor de muchos millones,
amigablemente ayudados en tal actividad por los rojos de Viena. Una imagen muy
modesta de las monstruosas atrocidades y devastaciones en Hungría es el dominio
de los soviets judíos en Baviera. Ella duró del 13 de abril hasta el 10 de
mayo de 1919, momento en que el general Epp con su grupo rescató a Munich. Su
fin incluye el asesinato de los diez "rehenes", de la condesa de
Westarp y del anciano profesor Beyer entre ellos. En el patio del colegio
secundario de Luitpold fueron muertos a tiros desde atrás, mientras cientos de
guardias rojos miraban por las ventanas. (Comp. al respecto Desde Eisner hasta
Eglhofer. La Revolución de Munich desde noviembre de 1918 hasta el derrumbe del
dominio de los soviets, Munich, 1922). Los judíos que actuaron durante la
Rateherrschaft (Dominio de 108 soviets N. del t.) en Munich, cuya última fase
fue recién el verdadero bolchevismo, son: como preparador Kurt Eisner (fue
muerto a tiros el 21 de febrero de 1919 por el joven conde Arco-Valley) judío
de Galicia, periodista, desde el 8 de noviembre de 1918 presidente de ministros
de Baviera; Ernst Toller, judío polaco de Samotschin cerca de Bromberg,
periodista; Erich Mühsam, judío alemán, periodista; Gustav Landauer, judío
alemán de familia pudiente, periodista; luego como jefe del bolchevismo
propiamente dicho Max Levien, judío ruso de acaudalada familia de comerciantes,
periodista; Leviné (que ocasionalmente se llamaba Leviné-Nissen), judío ruso,
hijo de ricos comerciantes de Moscú, cuñado de Levien, periodista; Tobías
AxeIrod, judío ruso, hijo de padres de considerable fortuna, periodista.
En Berlín se produjeron únicamente los disturbios de los espartaquistas en
enero de 1919, pero no pudo llegarse a la proclamación del soviet. Los
cabecillas de los espartaquistas fueron Karl Liebknecht, hijo del no-judío
Wilhem Liebknecht y de una judía, judío íntegro por su tipo, y Rosa
Luxemburg, una judía polaca, físicamente atrofiada. En la región del Ruhr los
disturbios fueron organizados por los judíos Eppstein, Ruben, Hammer Ochel y
Rosi Wollstein.
En los años que siguieron a la subversión vemos a los judíos ocupando
numerosos sillones ministeriales y puestos públicos de la mayor importancia, el
ascenso de una especie particular de judíos estafadores, cuyo tipo está dado
por los Barmat, Kutisker, Sklarek. Buenas relaciones con judíos y secuaces de
judíos en posiciones oficiales permitían obtener suministros clandestinamente,
con los cuales hacían ganancias fabulosas. De todos modos se llegó también a
audiencias judiciales, cuyo transcurso fue por lo general muy significativo para
los conceptos legales oficialmente en vigor en la Alemania actual. Los diarios
judíos y los pertenecientes a los lacayos de los judíos, tuvieron ocasión de
exaltar las nobles cualidades de carácter de los especuladores y delincuentes
que esquilmaban al pueblo alemán y de quejarse por persecuciones a los judíos.
También aquí debe hacerse resaltar, que para el judío no existe ningún
delito que pueda cometer contra el no-judío, que nada, absolutamente nada lo
ata al pueblo alemán y a la tierra alemana. La socialdemocracia alemana ha
hecho suyo en forma total esta opinión. También el no-judío Wilhem
Liebknecht, que ciertamente fue esposo de una judía, pudo decir - ya mucho
antes de la guerra -: "La palabra patria que ustedes (los
conscientes de su alemanidad) traen siempre en la boca, no tiene para nosotros
(los socialdemócratas) hechizo alguno; patria en el sentido que ustedes le dais
constituye para nosotros un punto de vista superado, un concepto antagónico a
la cultura", y el célebre, - aunque sólo célebre por tal frase,- Arthur
Crispien dijo: "Nosotros los proletarios no conocemos ninguna patria que se
llame Alemania".
El remate de la victoria judía sobre el pueblo alemán lo debía traer la
inflación, dado que el judío austríaco Hilferding, en su carácter de
ministro de finanzas del Reich dominaba las prensas de los billetes. Al término
de esta época ignominiosa, que despojó al honesto ahorrista alemán de su último
bien, se halla la marcha hacia la Feldherrnhalle (Pórtico de los generales. N.
del t.) el 9 de noviembre de 1923, ocasión en la cual nuestro joven Movimiento
recibió su bautismo de sangre.
13. LA SOLUCION DEL PROBLEMA
JUDIO
Nosotros vemos, de acuerdo con el claro texto de nuestro programa, la
solución del problema judío en que los judíos sean considerados dentro del
pueblo alemán como extranjeros, tales como son y, como ellos mismos se
consideran, y por lo tanto deben ser sometidos a la ley para extranjeros. Esto
no significa ningún pogrom contra ellos. Los judíos tienen únicamente la
misma posición dentro del Estado que los ingles, franceses, italianos,
japoneses o negros que viven entre nosotros. A qué Estado quieren pertenecer,
si al sionista de Palestina, o al país de origen de la mayoría de ellos,
Polonia, esto no nos afecta mayormente, esto queda enteramente a criterio de
cada uno de ellos.
Como miembros de un Estado extranjero no tienen derechos dentro del Estado alemán,
y también el derecho de residencia solamente mientras se sometan a las leyes
del Estado, no se constituyan en criminales contra él o contra sus miembros, y
mientras el Estado alemán no vea a sus propios ciudadanos perjudicados en sus
condiciones de trabajo y de alimentación debido a su permanencia. El francés,
inglés, italiano, etc., que se haga culpable de determinados delitos puede ser
expulsado como "extranjero indeseable". El mismo derecho debe
corresponder al Estado alemán en cuanto a los judíos. El derecho de residencia
de los judíos individualmente deberá ser reexaminado como tal. Delitos que
fueron cometidos antes de la vigencia de la ley de los judíos no han quedado
extinguidos por el eventual cumplimiento de una pena. Pues el delito como tal no
ha sido llevado a la situación de no cometido. El delito incumbe a la moral.
(Al que por malicia ha hecho que sufriera daño un hijo mío, a ése no le
confiaré un segundo niño, aun cuando quizás haya expiado la pena por aquel
hecho). Pero, la mayoría de los delincuentes judíos no han sido castigados en
absoluto. Por esa razón exigimos sin cesar, en escritos y en discursos, que los
criminales contra el pueblo alemán -y no solamente los judíos, que por cierto
constituyen mayoría - sean emplazados ante la justicia.
La colocación de los judíos bajo el derecho de extranjeros, que forma una
parte esencial de nuestro declarado inalterable programa, tiene en realidad únicamente
y exclusivamente como base el conocimiento de que los judíos son un pueblo
extranjero y continuarán siéndolo a raíz de su especial naturaleza. El
"mejoramiento ciudadano" de los judíos según el concepto del káiser
José II ha evidenciado ser un error. Este mejoramiento no estaba dado en
absoluto por el hecho de que se hiciera llevar a los judíos nombres y
vestimenta europeos y finalmente se los equiparara al pueblo autóctono. Fueron
judíos, son judíos y seguirán siendo judíos, porque su consanguinidad de más
de dos mil años de existencia impide que dentro de su pueblo-huésped sean otra
cosa que una liga secreta y nómada, con todas las cualidades y los efectos que
de este hecho emergen. No sería posible -como pretenden algunos - absorber a
los judíos, es decir, incorporarlos por casamientos en el curso de
generaciones. Esto ha sido propuesto y ensayado, pero en las primeras
generaciones, que se ha podido comprobar, ha traído un número
extraordinariamente elevado de seres humanos de aún mayor divergencia racial y
por consiguiente en sí mismos infelices, melancólicos y para la generalidad, a
menudo peligrosos, y sería completamente desacertado cargar con ellos al pueblo
alemán a causa de los judíos y de su estirpe foránea. No deseamos dentro del
pueblo alemán vástagos de judíos, todo lo contrario, apoyamos una
re-nordización y una de las primeras condiciones para ello es que de ahora en
adelante no sean incorporados ni judíos, ni negros, ni gente de color en
general a la sangre alemana.
Mucho gustan los judíos mismos presentarse como imprescindibles para su pueblo
huésped. El judío vienés Bettauer, que con sus escritos impúdicamente
pornográficos sirvió mejor que ninguno a la misión judía de pervertir la
juventud de su pueblo-huésped, redactó una novela: La Ciudad sin Judíos,
dentro de la cual, después de la expulsión de los judíos, hace surgir
circunstancias tales que es necesario implorar a los judíos que regresen. La
gloriosa salida para recibirlos con solemnidad forma el final burlón.
Reiteradamente los judíos se muestran ante los crédulos alemanes como grandes
impulsores de la cultura, haciendo valer ante ellos supuestas "realidades
históricas": todo país que ha expulsado a los judíos habría sucumbido
irremediablemente. El ejemplo más en boga es España. España ha expulsado a
los judíos en el año 1492, y habría caído desde entonces en un estado de
impotencia estatal, habría devenido pobre y yerma, sin cultura. No. ¡Exactamente
lo contrario es cierto! La gran ascensión de España a Estado de potencia
mundial y el florecimiento de su cultura tuvieron lugar recién después de la
expulsión de los judíos. Esta se encuentra al inicio del ascenso, es la
primera expresión del mismo. Es una prueba de la vigorización de la nobleza
goda de los españoles que trataron de deshacerse de los judíos. La
consecuencia es no sólo la gran prosperidad económica, sino también la gran
cultura de los dos primeros siglos que siguen a la expulsión de los judíos.
Nombres que pertenecen a la cultura mundial son los poetas dramáticos Lope de
Vega y Calderón, junto a los cuales deberían mencionarse aún varios otros, de
casi igual mérito. Cervantes, el único, pintores como Velázquez, Murillo y
Ribera, cada uno de los cuales encarna una cúspide inalcanzada dentro de su
arte. E igualmente importante fue la ciencia española en aquellos dos siglos.
Simultáneamente se vieron a generales españoles llevar a la victoria sus
tropas en todos los campos de combate de Europa y a diplomáticos españoles
demostrar su habilidad. Entre todos estos genios españoles no se encuentra ni
un judío, ni un vástago de judío. Un Velázquez fundaba su mayor orgullo en
el hecho de ser caballero de la Orden de Cristo, que se otorgaba sólo a aquél
cuyo árbol genealógico resultara libre de sangre mora y judía. Cierto que
España halló sólo una solución imperfecta al problema judío, únicamente al
modo medieval de que el judío que se convertía en cristiano podía quedarse en
el país. Estos "cristianos aparentes" habían permanecido, como ya se
explicó, en un número por cierto demasiado grande en el país y en sus
posiciones y estos judíos bautizados dominaban, al igual que antes, la vida
económica, ante todo las finanzas del Estado. Ya bien pronto su idiosincrasia
judaica que había sido ocultada en parte, volvió a manifestarse abiertamente,
y entonces comenzó la tiranía de un crudo mammonismo: el oro del nuevo mundo
fluyó a los grandes bancos, y la servidumbre del interés se hizo sentir,
brutal e insoportable, produciéndose aquí también la decadencia.
Hoy día estos cristianos ficticios, que desde 1492 habían permanecido
aferrados a sus leyes judías y que, sobre todo, no se habían mezclado con la
población peninsular, han erigido la república española. No se muestran en
absoluto, por supuesto, como propulsores sino como destructores de los últimos
restos de cultura de los españoles.
No es la ruina la consecuencia de la solución del problema judío conforme a
nuestro Programa, sino una nueva ascensión. España vivió su más alto período
histórico recién después de la expulsión de los judíos; Francia conoció la
plenitud histórica y la prosperidad también después de tomar igual medida en
el año 1394 bajo Enrique IV y Luis XIV; la ruta de Inglaterra hasta la dominación
mundial se realiza sin judíos, a los que expulsó en 1291. A partir de Cromwell
se autorizó el afincamiento de una pequeña colonia de judíos portugueses,
pero sólo con posterioridad al año 1840, comenzó la inmigración de numerosos
judíos alemanes, a los que siguieron luego los provenientes de Polonia, Rusia y
Hungría. De resultas de lo cual el judaísmo desde alrededor de 1900 ejerce el
control de toda la vida política y económica inglesa, cuyo resultado es una
visible e inexorable decadencia que comenzó aceleradamente cuando Inglaterra
-en contra de sus más profundos interesees- - se colocó al lado de la Francia
dominada por los judíos y luchó en la Guerra Mundial con esa Francia al
servicio de la judería mundial. Inmediatamente después de la
"victoria" se inició su desmoronamiento. (En la última contienda
reiteró esta política suicida –obedeciendo al dictado del judaísmo
internacional - y esto ha significado su desaparición como potencia mundial,
tal como había advertido reiteradamente Adolf Hitler.- (N. del T.).)
La solución del problema judío -tal como lo indica el Programa
Nacionalsocialista - constituye la base de la re-vigorización de nuestro pueblo
alemán (y de todos los que adopten esta auténtica e integral solución), y
entrañará su consolidación interior así como un nuevo desarrollo, el
despliegue de la potencia de su sangre, puesta inequívocamente de manifiesto a
través de sus grandes hombres.