De neófitos a iniciados.
El movimiento neocatecumenal
y sus ritos de admisión
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María del Carmen Castilla Vázquez
Universidad de Sevilla
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Introducción
El interés científico por los ritos en general y por los
rituales de iniciación se produjo en la segunda mitad del siglo
XIX con el establecimiento de la antropología evolucionista. Robertson
Smith, estableció las bases para un análisis ritual, estableciendo
dos grandes niveles en el mundo de la religión: el nivel de las
creencias y el nivel de la conducta. Fue, sin embargo, Frazer quien definió
los ritos de iniciación como ritos de pubertad y las ceremonias
de admisión en las sociedades y cultos secretos. Al igual que los
restantes estudiosos, Frazer también estuvo interesado por el origen
de la religión en las diversas partes del mundo
Frente a las especulaciones de los evolucionistas sobre los orígenes
de la religión, Durkheim, enfocando el tema desde una perspectiva
más sociológica, se interesó por las relaciones entre
el ritual y la sociedad. Señaló, así, una distinción
entre las creencias y los ritos, en el sentido de que las primeras consistían
en estados de opinión, en simbolismos, mientras que los segundos
serían modos de actuación determinados. Caracterizado por
la acción, frente al inmovilismo propio de la creencia, el rito,
sin embargo, sólo tiene razón de ser a través de ésta,
convirtiéndose así en la expresión de las relaciones
establecidas por los hombres con la divinidad (Roca Girona 1986: 306).
No obstante, a pesar de la influencia de Durkheim y de Frazer, la tesis
más conocida sobre el ritual fue la elaborada por Arnold van Gennep
con su libro Los ritos de paso. Estudio sistemático de los ritos.
El presente artículo se detiene en el rito, entendido éste
como «conducta formal prescrita (...) y relacionada con la creencia
en seres o fuerzas místicas» (Turner 1980). Respecto a la
tipología ritual está plenamente aceptada la clasificación
en los denominados ritos de paso, de tránsito o de las crisis vitales,
por una lado, y los ritos de intensificación, solidaridad, aflicción
o mágicos, por otro. En esta ocasión, nuestro estudio versará
sobre los ritos de paso, es decir, acontecimientos cruciales existentes
en numerosas culturas, religiones, o asociaciones, deteniéndonos,
asimismo, en los rituales de iniciación que se desarrollan dentro
de las comunidades neocatecumenales a lo largo de lo que ellos llaman «camino»
de salvación. Cuando hablamos de rituales de iniciación,
nos referimos al «conjunto de ritos y enseñanzas que tienen
como finalidad la modificación de la condición religiosa
y social del sujeto iniciado» (Prat 1988: 437).
El movimiento neocatecumenal y los ritos de iniciación
El movimiento neocatecumenal es una organización (dentro de la
Iglesia católica) que se inició en Madrid -en las chabolas
de Palomeras Altas-, a mediados de los años 60, de la mano de Francisco
Argüello -conocido popularmente como Kiko- y que se ha ido introduciendo
en la sociedad a través de su actuación en las parroquias
y por medio de la creación de pequeñas comunidades. Kiko,
pintor de profesión y miembro de una familia acomodada, vivió
la experiencia del ateísmo y en un momento dado decidió dejar
su cómoda vida y marchase a este barrio pobre de Madrid, donde inició,
con una serie de charlas a los gitanos de las chabolas, lo que más
tarde se convertiría en el movimiento neocatecumenal (neo porque
es un nuevo catecumenado). Hoy en día esta organización está
presente en más de dos mil parroquias de todos los continentes,
con 5.118 comunidades, cada una de las cuales con 25 ó 30 miembros
(Blázquez 1988: 13).
Con respecto a la organización interna del movimiento neocatecumenal
conviene empezar hablando del equipo director (comunidad madre) integrado
actualmente por Kiko Argüello y dos colaboradores (Carmen Hernández
y el sacerdote italiano Mario Pezzi). Ellos son los que establecen las
directrices a seguir, convirtiéndose en un modelo para el resto.
Dentro de esta misma organización tenemos que distinguir el llamado
trípode de evangelización, que se compone de los catequistas
itinerantes, las familias en misión y los presbíteros. El
equipo itinerante está compuesto por un matrimonio formado en comunidades
que un día decide, voluntariamente, dejar su trabajo, su vivienda,
en definitiva su vida anterior y se ofrece para dedicarse a predicar. Normalmente
se trata de parejas que han acabado el camino y son enviados a catequizar
aquellos lugares donde no hay comunidades. Una vez que el matrimonio se
instala en el lugar de destino, se pone a disposición del obispo
de la diócesis y comienza a catequizar.
Hace pocos años apareció otra figura evangelizadora que
son las familias en misión. Este grupo está formado por un
presbítero, tres o cuatro matrimonios pertenecientes a comunidades,
con una media de cinco o seis hijos, y algunas chicas solteras que apoyan
esta evangelización. Por último, los presbíteros son
los sacerdotes que, agregados a estos grupos, coordinan y mantienen la
doctrina, realizando la eucaristía. Para que no haya dificultades
a la hora de ejercer el ministerio de la forma en que lo hacen los neocatecumenales,
se han creado los seminarios o colegios diocesanos para formar a estos
sacerdotes. Son los llamados seminarios Redemptoris mater, que pretender
tener una proyección misionera, es decir, aquellos sacerdotes que
se ordenen en estos seminarios, tendrán que desarrollar su actividad
como misioneros.
Los catequistas itinerantes y las familias en misión son mantenidos
económicamente por la comunidad neocatecumenal de la cual proceden,
ejerciendo su proselitismo en los lugares donde se les envía. Los
itinerantes catequizan tanto a personas ya iniciadas en el «camino»
neocatecumenal como a personas que aún no han comenzado, pero normalmente
dentro de un mismo país. Sirven de nexo de unión entre las
comunidades más antiguas y el resto y son los que se reúnen
con Kiko a principios de octubre en una convivencia, donde se les informa
de los pasos a seguir. Posteriormente, los conocimientos adquiridos en
esa convivencia serán transmitidos por los itinerantes a sus comunidades
correspondientes. Este grupo se preocupa de aquellas comunidades que catequizaron;
es decir, «vigilan» y se interesan por el comportamiento y
la continuidad de los miembros de aquellas comunidades de las que se encargan.
Asimismo, y al menos una vez al año transmiten puntos doctrinales,
disciplinares, litúrgicos y pastorales, nombran los diversos cargos
dentro de las comunidades, predican las catequesis de los distintos pasos,
dirigen los escrutinios correspondientes, actuando como «jueces»
y determinan si la comunidad se halla preparada para «caminar».
Las familias en misión, al igual que los itinerantes predican el
evangelio, aunque en este caso fuera de su país de origen, pues
son enviados normalmente por el propio Papa, a países subdesarrollados.
No obstante, lo fundamental es la creación de comunidades neocatecumenales
-como hemos dicho de 25 ó 30 mieembros-, fórmula que se convierte
en el cauce de reproducción del movimiento neocatecumenal. ¿Qué
son las comunidades neocatecumenales? Se trata de asociaciones religiosas
y voluntarias de laicos (aunque siempre están acompañados
de un sacerdote) en torno a un objetivo común: convertirse en «verdaderos»
cristianos a través del «camino neocatecumenal»·.
Con éste pretenden seguir el modelo de las primitivas comunidades
cristianas -como aparecen descritas en los Hechos de los apóstoles-
llevando como estandarte simbólico ese ideal comunitario.
La decisión de formar una comunidad nace de los catequistas itinerantes
que se ofrecen en las distintas parroquias para impartir catequesis. A
raíz de ahí una serie de catequistas se desplazan a la parroquia
para impartir las catequesis iniciales. Este ciclo de charlas serán
anunciadas previamente por el cura en la misa del domingo, para que todos
los feligreses queden enterados de que se van a impartir. Estas catequesis
duran dos meses y son reuniones a razón de dos por semana a lo largo
de dieciséis charlas. Una vez acabada esta catequesis, con los que
quieran quedarse, se lleva a cabo una convivencia de un fin de semana,
donde se les informa de aquello en que consiste el camino neocatecumenal.
Posteriormente se organiza una comunidad, eligiendo democráticamente
a su responsable, que será el nexo de unión entre los nuevos
miembros y los catequistas.
Volviendo de nuevo al tema que nos ocupa, el rito, es evidente que para
su realización, como acto social, se requiere la cooperación
de los individuos. Éstos serán los verdaderos protagonistas
del ritual y formarán parte, por un lado como conjunto de neófitos
o novicios y por otro como los ya iniciados y conocedores del saber tradicional.
En esta misma línea, los miembros de estas comunidades están
convencidos del valor de aquellas, para convertirse en portadores del «verdadero
mensaje de Cristo». Son ellos los que, «elegidos» (como
se llama uno de los últimos pasos del camino), con la Biblia de
Jerusalén, su libro sagrado que leen e interpretan, se sienten dispuestos
a participar en todas las actividades comunitarias a lo largo de años
y años, en un estado liminar o de tránsito, hasta el bautismo,
rito final del camino, en constante solidaridad. Todo ello los convierte
en merecedores de un estudio profundo desde la disciplina antropológica
al ser considerados sus actos como ritos de paso y al camino en sí
como un rito de iniciación. Asimismo, dentro de este camino, existen
a su vez otros actos que también pueden ser considerados ritos de
iniciación, que aunque no comparables entre ellos, su superación
es fundamental para la continuidad de los miembros en la comunidad.
Pese a las múltiples variantes existentes dentro de los ritos
de paso, nos vamos a limitar a las ceremonias de iniciación. «Para
van Gennep, la iniciación es un ritual de paso típico que
incluye una gran variedad de ceremonias» (Prat 1988: 438). Éstas
presentan además multitud de formas diferentes; sin embargo, a pesar
de la aparente diversidad de tales ceremonias su estructura es similar
y se puede formular un esquema básico de desarrollo que responde
al modelo iniciático común a diversos pueblos, aplicándolo
a nuestro estudio de caso: separación, liminaridad (transición
o margen) e incorporación.
En este sentido nos encontramos con una primera fase caracterizada por
la separación. Los neocatecumenales, una vez que empiezan a funcionar
como comunidades, se separan de alguna manera del ámbito de estados
definidos normalmente. Se trata, en cualquier caso de una separación
tanto física como afectiva. Por un lado, comienzan a realizar los
actos fuera de la iglesia(1), en salones destinados para tal fin, o en
algunos casos en lugares construidos para el desempeño de sus ritos,
cuando no en sitios alejados de su lugares de origen cuando celebran las
convivencias (el término nativo para el período liminar es
«lugar de retiro»). Una vez producida la separación,
los neófitos son trasladados al lugar elegido. Este lugar apartado
se prepara a tal fin (si se trata de convivencias, normalmente, el lugar
elegido suele ser un hotel, donde uno de los salones se destina para que
los neocatecumenales realicen allí sus actos). En este sentido,
el salón se adorna con flores diversas y se colocan sillas formando
un círculo para que todos puedan verse. En el centro de este círculo
se colocan el sacerdote y los catequistas, que ya iniciados, serán
los encargados de dirigir la convivencia. En lo que respecta a la periodicidad
de las convivencias, es diversa. Está establecido que hay que hacer
una convivencia a final de cada mes. La duración de esta convivencia
es de un sólo día que, normalmente, suele ser el domingo.
Además el final de cada paso o etapa está marcado por otra
convivencia cuya duración es de un fin de semana completo. El día
o días de convivencia está perfectamente distribuido. La
mañana la dedican a rezar y por la tarde, después de compartir
la comida, se celebran los dos momentos más llamativos de las reuniones:
la historia de la salvación y el rito de «lavar el vaso».
El primero consiste en que cada uno relata sus experiencias religiosas
desde la última convivencia. De esta forma y voluntariamente contarán
su vida a través de los acontecimientos más significativos
por los que han pasado. Asimismo, si alguno no quiere hablar recurre a
la fórmula del «yo paso». En estas reuniones, todos
escuchan y se desahogan con la seguridad y la confianza en que lo que allí
se diga, de allí no sale. De tal forma que no sólamente se
cuentan experiencias religiosas sino que cualquier problema personal puede
salir a colación. A continuación, después de un breve
descanso, se sortean -entre los miembros- los grupos para trabajar el próximo
mes, y tiene lugar el segundo momento significativo de la convivencia,
el rito llamado «lavar el vaso». Éste es el momento
en el que uno a uno expone sus quejas o problemas bien con la comunidad
en general o con alguno de sus miembros, y los responsables que presiden
el acto actuarán de mediadores entre ellos. El rito final de la
convivencia es la eucaristía. Una vez finalizada la convivencia
todos marchan a sus casas convencidos de que en ellos se ha producido un
cambio. Estas reuniones son utilizadas para poner de manifiesto que el
ser transicional no poseía nada, no tenía cargos, no tenía
ropas y ahora viste sus mejores galas, pues ha muerto el ser desposeído
(con palabras del Rey Lear, «hombres desnudos desposeídos»)
y ha nacido un hombre nuevo.
Se alejan, de esta forma, los neófitos, del entorno parroquial
de donde proceden una y otra vez a lo largo de toda la duración
del camino, al menos hasta que los ya iniciados -los catequistas- crean
que aquéllos están en disposición de ponerse al servicio
de la parroquia y comenzar una nueva andadura, esta vez dentro del ámbito
parroquial.
Asimismo, hablábamos también de una separación
con respecto a las relaciones sociales. Efectivamente es así. En
este caso, se produce un alejamiento de los anteriores vínculos.
En este sentido los antiguos amigos o los vecinos, perciben este cambio
de actitud para con ellos. Su lugar es ocupado por otros amigos, otras
actividades, en definitiva, otros contactos. Todo ello se deriva de la
puesta en práctica del ideal comunitario. Por otro lado, junto a
estos nuevos vínculos hay que mencionar las relaciones que se establecen
entre los neófitos y sus instructores y entre los neófitos
entre sí, conformando una estructura social muy específica.
Si por un lado la obediencia y sumisión caracteriza a la relación
entre el neófito y sus catequistas, la igualdad es la nota característica
entre los neófitos. Todos se relacionan intensamente con todos,
pero esta intensidad es dentro de la comunidad y no con los de fuera. Entre
los miembros, algunos de los cuales ni siquiera se conocían antes
de entrar, se establece una red de relaciones muy densa y duradera gracias
a la intensidad y asiduidad de las reuniones(2).
Los actores de este rito de iniciación son separados también
de las rutinas asociadas a su vida anterior. En este sentido siempre habrá
un antes y un después en la vida del iniciado en el camino. De esta
forma, todos aquellos que han sido iniciados conjuntamente constituirán
en adelante un grupo de hermanos(3), definido por ciertas relaciones de
solidaridad. El grupo liminar es un «grupo de camaradas» e
incluso se podría añadir que todos deberán seguir
vinculados por lazos especiales que mantienen aún después
de terminar el camino.
Estas separaciones, como hemos dicho anteriormente, se suceden a lo
largo de todo el proceso, no podemos decir que se realicen en una primera
fase de un rito determinado, sino que a lo largo de todo el trayecto neocatecumenal
y al inicio de un nuevo paso o etapa habrá una nueva separación,
aunque en este sentido será física, pues la afectiva o relacional
tuvo lugar nada más entrar en la comunidad.
Dentro de este rito iniciático llamado camino neocatecumenal
descubrimos un nuevo punto a tratar, que será la transición
o período liminar, que incluye a su vez varios elementos destacables.
Durante el período liminar que acaba al finalizar el camino, las
personas tienen una serie de definiciones esencialmente religiosas que
coexisten con éstas, que verdaderamente definen a este «ser
transicional». Los neófitos se definen por las etapas en las
que se hallen. En este sentido, nos encontramos con un período de
instrucción -que no necesariamente tiene que ser antes, durante
o después de las convivencias o actos de separación-. Estos
conocimientos y líneas de conducta se inculcan al neófito,
con una verdadera intención pedagógica, desde su entrada
en la comunidad y continuarán hasta finalizar el camino. Los ya
iniciados ponen a los neófitos en contacto con la divinidad, con
aquello que es considerado como ilimitado. Sin ninguna duda, los elementos
esenciales de la iniciación los constituyen las experiencias y enseñanzas
que recibe el neófito durante este período. Por un lado,
se le inculcan ciertas líneas de conducta. De esta forma cambiarán
de actitud respecto a su visión de la religión anterior y
respecto a su condición de cristiano. Por otro, esta instrucción
se convierte en una auténtica pedagogía al tratar de transmitir
al neófito la historia sagrada a través de la Biblia de Jerusalén.
Es significativo el hecho de que muchos de los miembros de las comunidades
han aprendido a leer y escribir a través de la biblia. Progresivamente
el individuo irá tomando conciencia de la grandeza de este pasado
sagrado, conocerá el origen y comprenderá el significado
de todas las cosas (las normas, valores y símbolos nuevos), aprendiendo
igualmente qué debe hacer para ser un cristiano «verdadero».
Estos conocimientos progresivos a lo largo del camino les llevan a que
el mundo y la vida cobren un significado distinto y se volverán
sagrados en el sentido de que han sido creados por Dios(4).
Finalmente, respecto a la instrucción recibida por los individuos
de estas comunidades, cabe señalar que el neófito debe guardar
secreto y no revelar a nadie de fuera de la comunidad aquello que le ha
sido transmitido. Este halo de misterio constituye un punto crucial de
la liminaridad. Se supone que es la propia experiencia la que cuenta. Luego,
si alguien que no pertenece a las comunidades conoce previamente los pasos
a seguir no le beneficiará tanto como si lo experimentara él
mismo. Éste es el sentido que ellos dan a ese ocultar lo que hacen.
Sin embargo, se podría añadir que se puede ir más
lejos y deducir que ese secreto, ese silencio para el exterior, da fortaleza
al grupo, los une, a la vez que les da garantía de eficacia y continuidad
de la comunidad. Esa amistad compartida entre los miembros permite con
su familiaridad un estado de bienestar producto de la liminaridad. Turner
nos dice que las personas «pueden ser ellas mismas» cuando
no están actuando roles institucionalizados (Turner 1973: 63). En
estos estados de transición, el neófito se descarga de sus
roles (la igualdad llega al extremo de que la posición social de
los miembros no es pertinente; los ricos y los menos ricos son de igual
modo neófitos y por tanto iguales dentro del grupo) y serán
los catequistas quienes los «modelen» para así poder
enfrentarse a una nueva situación. Entre ellos se habla de «crecer
en ellos un ser nuevo, un hombre nuevo». Este término de «crecer
en» expresa el modo en que muchas personas se ven en los ritos de
transición.
Dentro de este período iniciático y liminar se incluyen
además pruebas(5) (entrega de bienes, ayuno, etc.) donde se percibe
la evolución del propio iniciado y su superación supondrá
la aceptación de su permanencia en el grupo por los ya iniciados
(los catequistas). El hecho de pasar las pruebas con éxito demuestra
la aptitud del candidato para el nuevo estatus y son indicadores de la
eficacia de la forma de realizar esos ritos. La no superación no
supone la expulsión de la comunidad, sino que deberán repetirse
de nuevo. A veces les provoca una frustración ver que sus amigos
y compañeros acceden a la etapa siguiente y él o ella, no.
Todo ello puede llevar, en casos extremos, al abandono de la comunidad
por iniciativa propia.
A la vista de los datos, parece importante resaltar que estos conocimientos
inculcados hacen establecer diferencias entre aquellos miembros de las
comunidades y los extraños. De esta forma definen fronteras, ya
que los participantes no sólo se transforman sino que van subiendo
de categoría.
De todo ello se desprende que los rituales de iniciación muestran
símbolos con múltiples significados inspirados en los distintos
miembros de estas comunidades. Desde supuestos acerca de su visión
del mundo, de los seres humanos, hasta ideas abstractas deducidas de su
contexto, no sólo de un ritual, sino de otros, ejecutados en la
misma sociedad, así como de la vida secular.
Por último llegamos a la incorporación o final de la iniciación.
Así, una vez que han superado todas las pruebas o «pasos»,
se retorna a la vida cotidiana (aunque en este caso no la abandonen, se
dice en sentido figurado). Cuando el neófito vuelve de una convivencia
retorna de nuevo a su vida normal. De nuevo cada semana volverá
a acudir a las actividades que se desarrollan los miércoles y los
sábados, así hasta una nueva convivencia. Cuando tiene lugar
la última de las etapas o pasos, se desarrolla el último
de los escrutinios o exámenes y hay una convivencia final. En ella,
los que pasen recibirán la instrucción definitiva y el bautismo
por inmersión. Se trata de que se abandone todo vestigio del mundo
anterior a la entrada en la comunidad. Para el retorno, el neófito
se viste con una túnica blanca, en señal de pureza, y de
esta forma recibirá el bautismo sumergiéndose en el agua.
En este sentido hay algunas parroquias que disponen de una gran piscina
en el mismo centro de la Iglesia (un ejemplo lo tenemos en la parroquia
de La Paloma, en Madrid), donde, la noche de Pascua de Resurrección,
se realiza este rito del bautismo por inmersión. Pasada esta etapa
volverán de nuevo a su vida cotidiana, aunque seguirán realizando
los actos semanales (las reuniones del miércoles y sábado),
ya no habrá escrutinios ni pruebas que pasar. Ahora se dedicarán
a las catequesis de adultos que ellos una vez recibieron, y llevarán
a cabo las actividades necesarias para formar nuevos iniciados(6).
Comentario final
Para analizar estos ritos hemos considerado dos puntos de vista: el
observador y el participante. Desde el punto de vista del observador, estos
ritos pueden tender hacia un fin simple, marcando una línea divisoria
que distingue diferentes estatus sociales (grupo y extraños) y en
ese cruzar la línea divisoria está el cambiar de estatus.
Por otra parte, desde el punto de vista del participante, son ritos que
incluyen conocimientos secretos, conocimientos esenciales para el grupo
y que otra gente no conoce. Levantan pues la barrera entre la gente que
sabe y la gente que no lo sabe, evitando la comunicación entre unos
y otros.
Los iniciados son precavidos en sus conversaciones con personas con
las que anteriormente habían conversado libremente. Hay cosas que
no deben ser contadas. La experiencia personal es más importante
que la contada por otro. En cambio los secretos compartidos crean un lazo
que es la base de la solidaridad entre los miembros de la comunidad. El
ritual mismo y la experiencia de la iniciación son una parte importante
de aquello que se comparte. La experiencia se considera como parte de la
actividad compartida, identificada por los participantes como algo que
confiere al iniciado un conocimiento, unos derechos que le posibilitan
la obtención de un estatus diferenciado y reservado para los miembros
de estas comunidades. Además, ello es reconocido por toda la comunidad
(si las pruebas son pasadas con éxito demuestran la capacidad del
candidato, indicando la eficacia del rito mismo). Pero, estos derechos
llevan también implícitos unos deberes específicos:
obediencia a los ya iniciados.
Los ritos de iniciación en las comunidades neocatecumenales son
pues experiencias artificiales creadas por este grupo, organizadas y representadas
del modo, momento y lugar elegido por los participantes: la determinación
del momento, el sitio y los detalles dan lugar a un discurso muy elocuente,
provocando discusión entre ellos. También se recurre a efectos
especiales, los adornos, las canciones, la danza alrededor del altar y
cogidos de la mano, todo ello provocará impresiones en los actores
de una sociedad dominada por la gris monotonía y la rebosante ansiedad
que produce la soledad. Los neocatecumenales sienten el placer de ataviarse
con sus mejores galas (estrenar ropa la noche de Pascua de Resurrección),
siendo un motivo de encuentro con la comunidad, permitiendo agasajar y
ser agasajado. En este sentido, al final de cada celebración nos
encontramos con lo que ellos llaman «el ágape». Éste
consiste en llevar platos de comida preparados de casa y al final de la
celebración de que se trate, normalmente algo importante para el
grupo, comparten lo que han traído. Unos comen, otros cantan, pero
lo más importante es el inicio de una reciprocidad y comensalidad
mutua entre ellos.
El camino neocatecumenal es un rito iniciático y la multitud
de etapas y ritos incluidos en él son un motivo de reunión
y de fiesta, con unas normas fijas, aunque también existen variaciones
aceptadas. Éstas van a depender del contexto donde se esté
desarrollando este camino. En cualquier caso, se desarrolle donde se desarrolle,
la iniciación cumple una función social importante al ser
una acción para transformar individuos(7)y para demostrar el poder
de un conocimiento que, aunque tradicional, legitima un orden social continuado
dentro de la comunidad.
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Notas
1. Los actos semanales que organizan las comunidades neocatecumenales
son dos. En este sentido, se realiza «la palabra», que tiene
lugar el miércoles, justo a mitad de semana y la eucaristía
(una misa cuya duración es de dos a dos horas y media) que se realiza
el sábado por la noche. Asimismo están los llamados anuncios,
que son como presentaciones de algunas fiestas especiales como el anuncio
del Adviento, en Navidad o el de la Pascua en Semana Santa. A lo largo
del año se suceden numerosas convivencias. Estas se celebran una
vez al mes y duran un solo día, normalmente el domingo, o si son
el rito final de la terminación de un determinado paso duran un
fin de semana completo (viernes, sábado y domingo). El lugar de
celebración de estas convivencias suelen ser hoteles alejados de
las ciudades o pueblo de donde procede la comunidad.
2. Los vínculos familiares, sobre todo aquellos que se refieren
a la familia extensa, también se ven afectados, debido al tiempo
que la comunidad absorbe al individuo. Durante la semana los actos que
realiza la comunidad impide el desplazamiento de los miembros a otras actividades
que no sean las de aquélla. Cuando llega el fin de semana, el sábado
tiene lugar la eucaristía, su rito semanal principal y los domingos,
al menos una vez al mes, tienen una convivencia. De ello se deriva que
el tiempo de dedicación a la comunidad es lo suficientemente amplio
como para que se fortalezcan los vínculos internos, pero se abandonen
los externos.
3. Los miembros de las comunidades suelen denominarse entre ellos «hermanos
de comunidad». En este sentido se llamaran «hermano tal, hermana
cual».
4. Es muy significativo el cambio de actitud que se observa entre los
neocatecumenales. Es un cambio que se refleja no solamente en el aspecto
religioso, sino en su propia vida. Todo aquello que les ocurra les parecerá
bien pues ha sido porque Dios lo ha querido. Les invade un conformismo
tal que les lleva, de alguna manera a no revelarse contra lo establecido.
Pueden rechazar el mundo, pero por otro lado lo creen necesario para aplicar
en él lo que Dios les ha encomendado.
5. Una de las pruebas más llamativas es aquella en las que los
neófitos, al comienzo del camino, deben desprenderse de aquello
que más apego le tengan. De esta manera unos se desprenderán
de dinero, darán limosna a los pobres o lo entregaran a la parroquia
para obras de caridad. Otros venderán sus vestidos, sus libros,
y el dinero sacado se lo entregaran a los pobres. Estas cosas no se suelen
decir, salvo cuando el catequista les pregunta si han hecho alguna cosa
en beneficio de su salvación.
6. Estos neocatecumenales ya iniciados se incorporan a la actividad
de la parroquia. Darán catequesis de bautismo, cursillos prematrimoniales,
catequesis para formar nuevas comunidades neocatecumenales, siempre desde
la óptica que aquéllas pregonan.
7. Eliade ha resaltado el carácter existencial de los ritos de
iniciación ya que «la muerte iniciática significa al
mismo tiempo el fin de la infancia, de la ignorancia y de la condición
profana (...), pues hace tabula rasa de la vida anterior en la que vendrán
a inscribirse las revelaciones sucesivas, destinadas a formar un hombre
nuevo» (Eliade 1975: 12-14).
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Bibliografía
Castilla Vázquez, C.
1991 «Relaciones del hombre con lo sobrenatural: Estudio de Antropología
Social a partir del caso de Calañas (Huelva)» en Anuario Etnológico
de Andalucía. Sevilla: 59-68.
Blázquez, R.
1988 Las comunidades neocatecumenales. Bilbao, Desclée de Brouwer.
1994 El camino neocatecumenal según Pablo VI y Juan Pablo II.
Madrid, Ed. San Pablo.
Eliade, M.
1975 Iniciaciones místicas.Madrid, Taurus.
La Fontaine, J.
1985 Initation. Ritual drama and secret knowledge across the world.
London, Penguin Books. London.
Prat, J.
1988 Voz «Iniciación», en Diccionario temático
de antropología. Ángel Aguirre (coord.). Barcelona, PPU.
Roca Girona, J.
1986 Las razas humanas. Barcelona, Ediciones Océano Éxito.
Vol. 3.
Turner, V.
1973 Simbolismo y ritual. Lima, Pontificia Universidad Católica
del Perú.
1988 El proceso ritual. Madrid, Taurus.
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María del Carmen Castilla Vázquez. Universidad de Sevilla.
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Resumen
De neófitos a iniciados. El movimiento neocatecumenal y sus ritos
de admisión
Este estudio versa sobre los ritos de paso, es decir, realizados con
motivo de ciertos acontecimientos cruciales existentes en todas las culturas,
religiones o asociaciones. En particular, se centra en los rituales de
iniciación desarrollados dentro de las comunidades neocatecumenales,
a lo largo de lo que ellos llaman «camino» de salvación.
Como en todo proceso iniciático, el conjunto de ritos y enseñanzas
tienen como fin modificar la condición religiosa y social de las
personas iniciadas.
Abstract
From neophytes to initiates. The neo-catechumenal movement and its admission
rites
This study examines rites of passage, that is to say, those rites carried
out in all cultures, religions, or associations to mark certain crucial
events. In particular, it is centered in the initiation rituals developed
inside the neo-catechumenals communities, along what they call the «way»
of salvation. As in all initiatic process, the collection of rites and
teachings intend to modify the religious and social condition of initiated
people.
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