Para que lean los jóvenes y los adultos que no lo vivieron
[Septiembre 2004]
Los libros de historia que leímos y con los que nos enseñaron en las escuelas nos hablan de nuestros próceres, de sus vidas y sus obras, así como también de gobernantes, legisladores y otros funcionarios, a quienes conocimos gracias a lo que esos libros nos contaron. Todos hemos aprendido y abrevado de lo que escribieron los historiadores y como ni nosotros ni nuestros mayores vivimos en esa época, simplemente aceptamos y convalidamos lo que nos enseñaron. Creo que todo el mundo honra a sus próceres. Ahora bien: en mi condición de “no joven y más que adulto”, habiendo vivido un pasaje de la historia que “no me contaron”, me pareció oportuno escribirla para que la lean quienes quieran, aunque sin pretender ser el dueño de la verdad ni mucho menos querer emular a un verdadero historiador. Simplemente puedo relatarles una época que ustedes no vivieron y así, utilizando su sentido común y enriqueciéndolo con otro que puedan leer o escuchar de otro señor “grandecito”, podrán sacar sus propias conclusiones, que son en definitiva LAS QUE VALEN.
El 4 de junio de 1943 un golpe militar interrumpió el gobierno legítimo y democrático encabezado por el Dr. Ramón Castillo quien, como vicepresidente del Dr. Ortiz, heredó el cargo al fallecer éste como ordena nuestra Constitución. Ese golpe militar se transformó en un “Gobierno de Facto” como los que ustedes conocieron posteriormente y con toda la carga negativa que estos estigmáticos “procesos”- como se los llama actualmente- conllevan, siendo altamente descalificados principalmente por estar integrados por miembros de las Fuerzas Armadas que, hoy más que nunca, reciben de parte de las actuales autoridades gobernantes un profundo rechazo y el mayor de los desprecios, como quedó claramente demostrado con la humillación sufrida por el Comandante en Jefe del Ejército cuando, en un acto montado con la presencia de todos los medios de información y mucho público de su misma ideología, el Presidente de la Nación le ordenara descolgar un cuadro de un ex militar culpable de integrar el último gobierno de facto en la década del `70. Como vemos, los militares- todos- son despreciados.
Pero ahora, volviendo nuevamente al golpe militar de 1943, si hacemos memoria y repasamos los hechos ocurridos aquel 4 de junio (¡perdón, ya me salió el “historiador”!) observaremos que entre los militares que protagonizaron ese golpe de Estado se encontraba el entonces Capitán Juan Domingo Perón, que fue copartícipe de ese despreciable hecho. Durante aquel gobierno de facto o “proceso”, el mencionado Capitán Perón fue rápidamente escalando posiciones hasta llegar a ocupar un cargo muy estratégico y conveniente en el Poder Ejecutivo, nada menos que Ministro de Trabajo y Previsión, desde donde le fue muy fácil catapultarse para posteriormente hacer campaña política aspirando a la presidencia de la Nación apoyado por una enorme masa de trabajadores a quienes mimaba y adulaba demagógicamente ofreciendo importantes conquistas sociales que no apuntaban nada más que a “conquistarlos” sin tener en cuenta las negativas y perjudiciales consecuencias económicas de esas ofrendas demagógicas: inflación, devaluación de la moneda, el desaliento a la inversión, etc., etc., etc., como efectivamente se propone y declara en su famosa marchita: “…combatiendo al capital…”
Y así fue como, de la mano de tan demagógica campaña proselitista, la fórmula Perón-Quijano ganó las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946, apoyados mayormente por toda esa masa trabajadora que el Capitán Perón supo conquistar desde el lugar de privilegio que ocupaba dentro de un gobierno de facto que le permitió gastar dinero indiscriminadamente, disponer de toda la logística y los medios de prensa, en contraste con la escasez de recursos, tanto económicos como publicitarios, con que contaba la oposición.
Pero, ¿qué ocurrió después? Resulta que el flamante presidente Perón, alentado por el triunfo, se sintió dueño de un poder absoluto, con un país lleno de dinero (según sus propias palabras: “No puedo caminar por los pasillos del Banco Central porque me rallo las botas con el oro que allí se encuentra”- el mismo “oro” que amasaron anteriores gobiernos sin dilapidarlo con fines demagógicos), con una oposición temerosa ya que los medios radiales y escritos que osaban hablar mal y criticar al gobierno empezaron a tener problemas económicos por “falta de papel”, “falta de publicidad del gobierno”, etc., etc., etc. En tales circunstancias, el presidente Perón se puso a gobernar con todo a su favor: las reservas extraordinarias en las arcas del Estado, la mayoría de los legisladores apoyándolo en el Congreso, muchos medios de prensa (diarios, radios, noticiosos cinematográficos- la TV no existía, claro) forzosamente oficialistas para gozar de la bendición del gobierno, otros medios lisa y llanamente del Estado, con una oposición absolutamente acallada ya que resultaba muy peligroso hablar mal del gobierno y ser “contrera”. Y así, envuelto en una competencia de aduladores que jugaban a ver quién era el más “chupamedias”, entre los que se encontraba la central de trabajadores, que era peronista aunque se nutriera de los aportes de todos los trabajadores- fueran o no peronistas por convicción, ya que se veían obligados a afiliarse al partido para mantener sus puestos de trabajo- extasiado ante las multitudes que, convocadas y trasladadas por la C.G.T. (Confederación General de Trabajadores), colmaban la Plaza de Mayo para escuchar sus discursos y lo motivaban a lanzar consignas a favor de “SUS” trabajadores- como la famosa: “Alpargatas sí, libros no”, en franca oposición a muchos universitarios que, debido a su nivel intelectual, no estaban de acuerdo. En definitiva, todo estaba armado y organizado como para convertir al país en una gran fiesta para los peronistas y en una verdadera pesadilla para quienes no lo fueran.
Para explicarlo de una manera más sencilla y accesible, se puede tomar el siguiente ejemplo: supongamos que el presidente de la Nación es fanático del club de football BOCA y gobierna sólo para los boquenses olvidando que, sin embargo, el país también está habitado por millones de personas que son de otros clubes como RIVER, INDEPENDIENTE, RACING, SAN LORENZO, etc., etc., etc. Indudablemente, con ese presidente los boquenses estarían de parabienes ya que los árbitros de los partidos no se atreverían a cobrarles nada en contra por temor y, de esta manera, se cumpliría lo que yo le oí decir a ese presidente en un discurso desde el balcón de la emblemática Plaza de Mayo: “para un BOQUENSE (léase “peronista”) no hay nada mejor que otro BOQUENSE” (léase, también, “peronista”). Como también le oí decir en otra oportunidad: “A los amigos, TODO; a los enemigos, NI JUSTICIA”. Y aclaro que esto no lo leí en ningún libro ni me lo contó nadie sino que lo viví y presencié yo mismo.
Así las cosas, siguió la marcha de esta verdadera TIRANÍA que derrochaba hasta la última moneda del Banco Central en prebendas, obras faraónicas, compra de ferrocarriles (que eran pura chatarra que se caía a pedazos) para manejarlos y administrarlos desde el Estado- “Ahora son nuestros”, le oí decir a ese presidente. También le vendieron la “Bomba Atómica” en los lagos del sur, una payasada que costó cualquier cantidad de dinero y fue un total papelón. Y muchas otras cosas por el estilo que sólo sirvieron para seguir chupando de las arcas del Estado hasta secarlas completamente.
Después también se apoderó del dinero de las cajas de jubilaciones y empezó a descubrir que emitiendo papel moneda sin respaldo de la Nación, había inventado la pólvora, que aumentando los sueldos para ganar a “sus” trabajadores pagándoles con “papel pintado”, se ganaba el cielo. Hasta que se dio cuenta de que ese invento no funcionaba y entonces le oí decir: “Los sueldos suben por la escalera y los precios por el ascensor”.
Claro, con plata y demagogia distribucionista, fomentó la falsa impresión de que todo era premios sin esfuerzos, enfrentando a la clase trabajadora (su “clientela”) con la patronal, en lugar de ponerlos a pensar que ambas se necesitan y son socias en una misma tarea. Ya lo dice la “marchita” partidaria en una estrofa: “Combatiendo al capital”, y en un discurso celebrando el 17 de octubre (Día de la Lealtad), finalizó diciendo: “Y mañana, San Perón. Que trabaje el patrón.”
Todo esto, aparte de envalentonar a los trabajadores, producía un efecto no deseado pues estos jornales pagos (“que trabaje el patrón”) sin contrapartida productiva encarecían aún más la mano de obra, lo que se trasladaba lógicamente a los costos y agravaba automáticamente el problema de la inflación, que era una palabra desconocida por los argentinos de entonces que vivían en un país donde dos más dos son cuatro y con esa fórmula llegaron a tener una de las economías más sanas del mundo, sin deuda externa y con el oro que le rallaba las botas al general (porque era general- o sea, militar- y, además, militar golpista ya que integró un gobierno de facto, algo que ya nadie recuerda ni menciona. En fin, ¡qué país generoso!).
Cuando se acabó la plata y la inflación se desbocaba, cambió el discurso y yo le oí decir en uno de ellos: “Cada trabajador debe producir por lo menos lo que consume”, también dijo: “De casa al trabajo y del trabajo a casa” y el nuevo slogan era: “Producir, producir y producir”. Repito: a mí no me lo contaron, yo lo viví.
A consecuencia del desborde inflacionario empezaron los “controles de precios” para evitar artificialmente y por medios burocráticos lo imposible: actuar sobre la “ley de gravedad”, pues los precios son la suma de los costos y nadie quiere perder una venta en la medida en que cubra la reposición del producto. Pero una vez más se recurrió a enfrentar a comerciantes, industriales, etc., etc., etc., como los malos de la película inventando la “ley contra el agio y la especulación”, que lo único que consiguió fue el mercado negro- que era el verdadero y el que mostraba el precio real de las cosas. Los precios no son una expresión de deseo ni tampoco lo que dispone un funcionario “iluminado”. Como curiosidad, asistimos a eufemismos cuando nos enterábamos por medio de los informativos que los precios habían experimentado “un deslizamiento”, que era una forma de llamar a los aumentos. O sea, es como llamar piadosamente “señora de vida licenciosa” a lo que en realidad se conoce con otro nombre.
Otra de las “cosas hermosas” a las que asistimos fue que, a raíz de compromisos de exportación pactados por el gobierno, que era el único que se ocupaba de esto ya que la “soberanía” del país no podía estar en manos privadas, y ante la necesidad de dinero verdadero (dólares), nos hizo comer pan negro. Pero no el pan negro integral sino el amasado con el desecho de la harina blanca y con olor a rebacillo, que es lo que se les da de comer a los chanchos. Hago aquí una acotación al margen para recordar que el presidente, subestimando la moneda norteamericana, dijo: “¿Para qué quieren los dólares?” y “¿alguno de ustedes vio alguna vez un dólar?”. Ojo que a mí no me lo contaron.
También tuvimos que usar azúcar negra, que es el desecho de la blanca que se exportaba, y comer carne congelada que cuando se cocinaba quedaba como hervida. Y TODO ESTO EN EL PAÍS DEL TRIGO, LA CARNE Y TODO EL “MORFI” JUNTO.
Además asistimos a un hecho inédito: las COLAS, colas para todo, para comprar papas, kerosene, vino y un montón de cosas más que escaseaban en plaza a raíz de los famosos “precios máximos”. ¡Toda una incomodidad y mendicante humillación!
Pero con otro detalle agregado: todos con la boca calladita, no sea cosa que el “jefe de manzana”- porque en cada manzana había una persona del régimen que tenía marcado al “contrera”- lo informara a las autoridades (ésa era la democracia que se vivía). Esta “felicidad” duró mucho tiempo, de manera que el disfrute fue muy, pero muy largo.
También asistimos a la baja de tensión en el suministro eléctrico ya que la falta de mantenimiento del parque energético (nos quedamos sin dólares) fue deteriorando el servicio y se tenía que recurrir a los famosos “elevadores de tensión”, aparatos que debíamos comprar y colocar en nuestras casas para paliar en parte la falencia. Y les aseguro que fue muy, pero muy largo ese “disfrute” también, además de los cortes de electricidad que alegraban nuestras vidas y desaceleraban la producción, etc., etc., etc. ¡Por fin conocimos EL TERCER MUNDO! A eso se referiría el presidente cuando se ufanaba en decir orgullosamente que pertenecíamos a “la tercera posición”.
Esto podría ser mucho más largo pero estoy tratando de sintetizar. Lo que no puedo pasar por alto es la operación OBSECUENCIA- así, con mayúsculas, porque no puedo apelar a letras más grandes para estar a tono con semejante fenómeno ya que no creo que existan. Se jugó el mayor campeonato de la historia en materia de obsecuencia, chupada de medias, y el peor de los sinónimos con el presidente y su esposa: no había calle principal de ningún pueblo o ciudad que no llevara el nombre del general y de su señora esposa y se daba muchas veces el caso de que ambas se cruzaban formando la avenida Fulano esquina Fulana. También estaba el caso de la localidad de Victoria que cambió su nombre por el de Evita. Y recuerdo al avioncito que propalaba la publicidad desde el aire y decía: “Tienda El Combate- y seguía la lista de ofertas- para finalizar anunciando la siguiente dirección: “Avenida Perón, esquina Eva Perón, Evita”… ¡¡¡ESO ES OFICIALISMO!!!
La provincia del Chaco se llamaba Perón. La de La Pampa se llamaba Eva Perón. La estación ferroviaria de Retiro se llamaba Perón. La estación Constitución se llamaba Eva Perón. Si se inauguraba un hospital, se le ponía de nombre Perón. Si se botaba un barco, se le ponía el nombre de Eva Perón. Y así con todo. Hay que reconocer que imaginación no les faltaba. Llegó un momento en que yo le oí decir al general- y les aseguro que no me lo contaron- “estoy caminando rodeado de adulones y alcahuetes”. Pero yo creo que esto sucedió porque él se la creyó y le gustaba, ya que no se llega tan lejos sin la complacencia de los “homenajeados”.
Bueno, termino repitiendo varias de las frases pronunciadas por el presidente de mi Nación en distintas oportunidades:
Casi me olvido de lo que fue la “libertad de enseñanza” en las escuelas: era obligación leer en clase el libro “La Razón de mi Vida”, que no era otra cosa que ensalzar y endiosar a la Primera Dama ya que estaba escrito especialmente para ella, editado en cantidades ilimitadas y pagado por el Estado, como también los libros de lectura infantil en los que en vez de “Yo amo a mamá” se leía: “Yo amo a Evita”. Y así, toda la maquinaria estaba al servicio de la adulación llevada al relajo. Me imagino cómo sobrellevarían semejante humillación las maestras que no eran peronistas.
Y aquí voy a terminar porque, por respeto a la muerte, no quiero relatar hasta dónde se llegó cuando falleció esta mujer. Sólo me voy a permitir recordar que, siguiendo con el campeonato a la obsecuencia, en cada municipalidad de cada pueblo o ciudad se levantó una especie de altar con su foto donde todos pudieran saludarla. Y recuerdo que los “contreras” llamaron a esto “VELORIO CON SUCURSALES”.