Enero 2007

DISCURSO DE CAMPAÑA (si yo fuera candidato)

SLOGAN: “ACOMPÁÑENME, LOS VOY A DEFENDER”

Si me acompañan, yo me comprometo a garantizar la SEGURIDAD como una prioridad de mi gobierno.

Sin perjuicio de continuar las cosas que están bien, corregiré las que están mal y, sobre todo, las que están “muy mal”. Y dentro de éstas últimas se encuentra la INSEGURIDAD que estamos padeciendo desde hace mucho tiempo y que nos ofende además de provocarnos temor.

No es posible que tengamos que vivir angustiados padeciendo los robos, atracos, secuestros, etc., etc., etc., viendo cómo estamos desprotegidos por las leyes, el código penal, los reglamentos y todo lo que está a favor de los delincuentes, quienes disfrutan de la benevolencia de jueces que se ajustan a las “leyes” existentes.

Cuando yo era chico y joven, a la policía la respetábamos porque nos cuidaba (estaba “el vigilante de la esquina”) y no le temíamos para nada. Los que sí le temían eran los delincuentes y “chorros”, y eso nos parecía bien porque así debe ser.

Hoy resulta que las instrucciones que tiene la policía la inhiben de actuar porque hay una palabra que suena muy mal a nuestros gobernantes: REPRESIÓN. Por ejemplo, en un pequeño pueblo de 17.000 habitantes en Santa Cruz, a raíz de un problema gremial de petroleros, una multitud se enfrentó a la policía en la misma comisaría y éstos recibieron la orden superior de “dejar sus armas en los depósitos” y presentarse ante la multitud DESARMADOS. Consecuencia: mataron a un policía y ametrallaron toda la comisaría pero todavía no se ha encontrado al o a los asesinos (en un pequeño pueblo donde todos se conocen).

Yo pienso que ordenar a la policía que deje sus armas es como exigir a los bomberos que vayan a apagar un incendio sin mangueras. Si esto no fuera tan serio y dramático, sería una broma de mal gusto.

Con esta filosofía “progresista” de defensa de los “derechos humanos” se está incentivando a los delincuentes a que actúen tranquilamente pues saben que no arriesgan casi nada, multiplicándose así cada vez más los hechos delictivos con el resultado que tenemos hoy a la vista.

¿Cómo sigue y cómo termina esto? Mal. Muy mal: los buenos, encerrados y con miedo en nuestras casas y los malos, cada vez más contentos y dueños de la calle.

Mi plan de gobierno en materia de SEGURIDAD es el siguiente: devolverle a la policía las facultades que tuvieron siempre para combatir a los delincuentes y el prestigio necesario para sentirse orgullosos de su misión, acompañados y apoyados por leyes idóneas para ese cometido, aumentando la cantidad de efectivos bien preparados con la infraestructura y la logística necesarias. Como hará falta una mayor capacidad de “alojamiento” para los delincuentes que ya no van a “entrar por una puerta y salir por la otra”, se llamará a licitación a empresas particulares para la construcción y explotación de cárceles en lugares a determinar y con especificaciones técnicas y arquitectónicas adecuadas para albergar a los detenidos, abonando el Estado un arancel mensual por cada uno de ellos que seguramente será mucho más barato que lo que cuesta mantenerlos hoy en las cárceles del Estado.

De la misma manera se necesitará también capacidad para albergar a menores que ya no gozarán de impunidad después de una determinada edad y que tendrán otro régimen de detención acorde a su condición pero que no saldrán en libertad hasta cumplir lo que ordenen las sentencias de los jueces. Estos establecimientos serán también licitados en las mismas condiciones que los anteriores.

¿Qué necesitaremos para lograr esto? Decisión política respaldada por votos que nos autoricen a hacerlo y recursos que gustosamente emplearemos para dotar a nuestras fuerzas de seguridad de todo lo necesario para terminar con el flagelo que día a día se incrementa al amparo de esta filosofía “garantista” que significa ni más ni menos que poner “patas para arriba” nuestra forma de vida, a la que estábamos acostumbrados siguiendo el ejemplo de nuestros mayores, quienes hicieron grande esta querida patria.

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