Quando durante la plegaria
sentimos el gozo de la comunión con el Cristo y somos juzgados dignos de llevar su cruz, esto no quiere decir que la plegaria haya llegado a su término. Por el
contrario, ésa es una invitación para comenzar a iniciarnos en el misterio de
la plegaria que supera el entendimiento humano: descubrimos que nuestras
plegarias se convierten para las demás en una, fuente de potencia espiritual.
Aquél a quien el Cristo
confía los secretos de su corazón y de su misión hacia los pecadores, recibe de
El la potencia para consumar su obra y vivir su amor. El que ama a los
pecadores como el Cristo los ama, que se compadece del sufrimiento de los
pobres y de los enfermos y que está dispuesto a ocupar se de ellos, ése es
justamente capaz de orar por ellos y obtener su curación, su consuelo y su
aliento.
Incluso puede obtener
para otros la remisión de sus pecados. Pues el hombre que se une al Cristo por
la plegaria se hace capaz de ponerse en el lugar del pecador, de tomar sobre si
el pecado del otro y toda su debilidad, y de soportar la corrección y el castigo.
Por este hecho, y gracias a esta disposición y su unión con el Cristo, puede
pedir para los otros el perdón de sus pecados y obtenerlo.
Aquí, la plegaria
empieza a tener una de las funciones más importantes para la salvación de los
otros y la manifestación de la misericordia divina en aquellos que están lejos
de Dios por indiferencia o ignorancia.
Se convierte así en un
apoyo potente para la predicación, en una fuerza misteriosa que otorga
Dios
emplea nuestras oraciones para la salvación de los demás
Debemos saber que cuando
Dios nos atrae hacia la oración no tiene en cuenta solamente nuestra salvación,
sino que el desea también emplear nuestras plegarias para la salvación de los
demás. Por eso la oración es una de las obras más fundamentales y más preciosas
a los ojos de Dios.
El hombre que se
esfuerza en el vida de plegaria y progresa rápidamente en el espíritu de
abandono y de obediencia a la voluntad de Dios se convierte en "un buen
soldado del Cristo Jesús". El Señor mismo lo llama todos los días a su
presencia y lo ejercita en la intercesión a favor de los otros hasta ser
escuchado. Recibirá pronto del Señor la potencia para salvar a numerosas
personas y conducirlas del camino de la muerte hacia el seno de Dios.
El progreso de nuestra
vida de oración se traduce por la intimidad de nuestro amor con Dios. Esta
intimidad es la consecuencia directa tanto de la satisfacción que Dios siente
por su condescendencia hacia nuestra debilidad, como de la amplitud del
horizonte de nuestra humanidad; es decir, la conciencia aguda que tenemos de
nuestro deber absoluto hacia los demás, de nuestra responsabilidad espiritual
hacia los pecadores y aquellos cuya fe o caridad desfallecen, hacia los que
sufren o están oprimidos, los que predican y anuncian la palabra.
Los grados superiores de
la oración, en los cuales ésta se lanza a su perfección, tienen por signo la
súplica ferviente con lágrimas a favor de los demás. Es como si nuestro
progreso en la vida de oración nos fuera otorgado de hecho para bien de
nuestros hermanos más débiles y que no saben orar. "Orad los unos por los
otros, para ser curados". Y cuando Santiago nos exhorta a llamar a
"los presbíteros de
Solo podemos progresar
en los grados de la oración, adquirir una verdadera estabilidad junto a Dios y
recibir el don de lágrimas en la medida del progreso de nuestra compasión hacia
los que sufren y están maltratados (sea por los hombres, sea por el pecado):
"Acordaos de los prisioneros como si estuvierais prisioneros vosotros
mismos con ellos, y de los maltratados como miembros también de un cuerpos".
Nuestra
comunión con Cristo, nuestra comunión con los sufrimientos de los hombres
Nuestra comunión con la
pena de los que sufren, de los que están enfermos o mal tratados, y nuestra
capacidad de llevar sus fardos no nos vienen de una simple filantropía humana,
de una compasión pasajera o del deseo de ser bien vistos o bien considerados;
pues una compasión de este tipo estaría destinada a disminuir muy rápidamente y
a desaparecer. Es por la oración perseverante, pura, sincera, que recibimos
esos sentimientos como un don de Dios; y ese don nos hace capaces no sólo de
perseverar en esta comunión con los más débiles, sino también de progresar
hasta el punto de ya no poder vivir sin ellos y encontrar reposo sólo
compartiendo sus penas y sufrimientos. El secreto de este carisma reside en
nuestra comunión con el Cristo, en nuestra participación de su naturaleza, y
sus cualidades divinas, de manera que es El, ahora, "quien a la vez opera
en nosotros la voluntad y la operación misma. Así, nuestra comunión con los
sufrimientos de los hombres y nuestra comunión con el Cristo dependen
fundamentalmente una de la otra hasta el más alto grado; de modo que llevar la
cruz del Cristo significa participar de la cruz de los hombres, sin
restricciones y hasta el fin...
Olvidarse
a sí mismo en la oración es convertirse en embajador del Cristo
El olvido de sí comienza
por un esfuerzo voluntario. Pero cuando se persevera con sinceridad ante Dios,
Dios nos lo otorga como un don gratuito. Entonces, espontáneamente "ya no
buscamos más nuestros propios intereses, sino que cada uno se preocupa de los
de los demás ...
Cuando abandonamos
deliberadamente nuestras propias necesidades em la plegaria, y encontramos
nuestro gozo únicamente pidiendo, suplicando y dedicándonos a los otros,
entonces Dios mismo empieza a ocupar se de nosotros y a encargarse de toda
nuestra vida, tanto en el plano material como en el plano espiritual, hasta en
los menores detalles. Es decir que cuando nos ocupamos de los demás, Dios se
ocupa de nosotros; y cuando limitamos nuestra plegaria y nuestra súplica a las
necesidades de los demás, Dios colma nuestras necesidades sin que se lo
pidamos.
Así se realiza, por
medio de la plegaria, el designio salvífico del Cristo, que dice a sus
Apóstoles:" Id y haced discípulas a todas las naciones”
Dios le basta al hombre
que le abrió su corazón, y ese hombre ya no debe pedir nada para si. Aquél que
todavía no abrió su corazón a Dios necesita corazones amigos que intercedan por
él ante Dios, para que Dios lo escuche por la oración ferviente de sus
hermanos...
Los que amaron al Cristo
y le son fieles, se convierten en verdaderos embajadores del Cristo en la
tierra. Por sus oraciones y su don de sí, reconcilian a Dios con los hombres ya
los hombres con Dios... En muchos casos es imposible entrar en relación con los
pecadores o los extraviados, sea por su hostilidad, sea por la vergüenza que
sienten ante nosotros. Pero por la oración superamos estos obstáculos que nos
separan de ellos,... pues por la oración podemos acercarnos secretamente a su
corazón, deslizarnos en él sin que lo sepan y gemir, identificándonos con
ellos, como si nosotros mismos fuéramos pecadores y extraviados; todo eso, aun
antes de que nos conozcan o nos hablen. Si desde el fondo de su corazón oramos
y clamamos hacia Dios, soportando el peso de sus faltas y sus extravíos, Dios
los escucha a través de nosotros; a pesar de su desobediencia natural, el
arrepentimiento asalta su conciencia y el llamado al retorno se hace tan
imperativo que rápidamente se dirigen hacia Dios y hacia nosotros, pidiendo
nuestra ayuda.
La oración es una fuerza
por la cual el hombre, por intermedio del Espíritu Santo, atrae a su hermano;
pues es por el Espíritu que el Cristo atrae todo a El y transforma la dualidad
en unidad.
Mons. Dom ++ Paulo
Jorge de Laureano – Vieira y Saragoça
(Mar Alexander I
da Hispânea)