http://www.sadpro.ucv.ve/agenda/online/vol6n1/a06-2.htm

 

 

INDICADORES DE GESTIÓN PARA LAS UNIVERSIDADES VENEZOLANAS:
UN PROYECTO DE ALCANCE NACIONAL 
(CONTINUACIÓN)
 

Hernando Salcedo Galvis
Profesor Titular Jubilado, UCV
[email protected]


 

 

Presentación de Cuentas y Estado Evaluativo 

El concepto de presentación de cuentas se ha convertido en uno de los lugares comunes de uso más frecuente en el ámbito educativo venezolano, y en particular de las universidades. Una explicación posible de tal frecuencia en el uso de esta expresión reside en las deficiencias generalmente asociadas a la gestión de estas instituciones, y a la preocupación concomitante de ciertos sectores de la sociedad por disponer de alguna evidencia respecto de la racionalidad y eficiencia con las cuales se utilizan los recursos financieros otorgados por el gobierno a las universidades públicas. Así, la  presión que se registra por parte de algunos sectores respecto de la necesidad de una rendición o presentación de cuentas (“accountability”), tanto al Estado como a la sociedad, está estrechamente vinculada a la crisis económica que confronta el país, y la consiguiente contracción de recursos disponibles para la educación superior, unidas a la necesidad de sustituir el modelo del Estado benefactor acostumbrado a suministrar grandes recursos financieros a estas instituciones sin exigir, a cambio, resultados que se correspondan, en cantidad y calidad, con la magnitud de tales erogaciones.

Esta situación está asociada al surgimiento, en los países europeos durante la década de los años ochenta, del denominado Estado evaluativo, como respuesta a la necesidad de mantener o mejorar la calidad de la educación superior dentro de nuevas circunstancias tales como el incremento del estudiantado, el número de áreas de estudio y las restricciones presupuestarias que comportan cuestiones relacionadas con la calidad de los procesos y productos de la educación superior. Como señala Brunner (1997),

“ ... los gobiernos se han visto llevados, por este camino, a ser más cuidadosos con el gasto público, a exigir value for money y a reclamar de las instituciones de educación superior que se hagan responsables frente a la sociedad y las autoridades por el uso de los recursos provenientes del tesoro público y por la efectividad de sus resultados y la calidad de sus productos (accountability)” (p. 38). (Subrayado en el original)

Se trata, como expresó Neave (1988) a finales de los años ochenta, de un nuevo tipo de relación entre el Estado y las universidades, caracterizado por la coexistencia de múltiples ideologías como alternativa a la regulación burocrática y el énfasis en la evaluación de los resultados de la educación impartida por dichas instituciones. 

En el caso de los países latinoamericanos, Brunner (1994a, 1994b) concluye que los problemas que causan el malestar que caracteriza a la educación superior tienen su origen en la estructura de relaciones que se ha establecido entre los sistemas de educación superior, la sociedad y los gobiernos durante las últimas décadas, por lo que es necesario sustituir ese tipo de relaciones mediante cambios orientados a establecer un nuevo contrato social entre las partes. Este contrato se basaría en la sustitución de relaciones de control administrativo del Estado por una “relación de evaluación”, así como en la sustitución del compromiso estatal de proporcionar recursos, por la exigencia de que las instituciones diversifiquen las fuentes de ingresos, en tanto que el Estado establece objetivos y metas en convenio con dichas instituciones. 

Puede concluirse entonces, que no obstante la esencia eminentemente contable inherente al concepto de “presentación de cuentas”, y la importancia que se atribuye a los productos o resultados asociados a la efectividad de las instituciones de educación superior, es evidente que tal concepto está asociado al concepto de calidad, especialmente si ésta es concebida, según  Bogue y Saunders (1992), como “conformidad con la especificación de la misión y el logro de finalidades, dentro de estándares públicamente aceptados de presentación de cuentas e integridad.” (p. 20). Para estos autores, tal definición presenta varias ventajas, entre ellas: (a) la afirmación de la diversidad de la misión institucional y su contexto histórico y ambiental; (b) la definición operacional de la misión y fines, en la cual han de participar los diversos actores involucrados; (c) centra el debate en los propósitos;  (d) somete al escrutinio público la misión, los fines y los resultados del desempeño institucional, y (e) destaca la función ética en el logro de la misión y objetivos institucionales. Sin embargo, como se ilustra a continuación, esta es sólo una de las múltiples definiciones del concepto de calidad existentes actualmente.

El Concepto de Calidad: Diversas Acepciones

Existen múltiples definiciones de la calidad, las cuales provienen de campos diferentes, derivadas unas de la vasta bibliografía existente en el mundo empresarial (por ejemplo, Crosby, 1979; Deming,1991; Ishikawa, Juran, 1988; 1993; Peters y Waterman, 1984), y   extrapoladas al ámbito de la educación, y aquellas generadas en el contexto de las instituciones de educación superior (Astin, 1985, 1993; Bergquist, Bogue and Saunders, 1992; Mayhew, Ford, and Hubbard, 1990; Brunner, 1997). 

En cuanto a las definiciones generadas en el mundo empresarial y extrapoladas a la educación superior, Harvey y Green (1993) y Green (1994), en su análisis del concepto de calidad en relación con la educación superior en Gran Bretaña (UK), han formulado un conjunto de consideraciones las cuales sirven de apoyo a las connotaciones del concepto de calidad que se presentan a continuación, con referencia al contexto venezolano.

El Concepto Tradicional de Calidad

Este concepto está asociado a la idea de proporcionar un producto o servicio distintivo y especial, el cual confiere estatus al propietario o usuario  y supone el establecimiento de elevados estándares, así como costos muy elevados que hacen tal producto o servicio inaccesible a la mayoría de personas. Desde este punto de vista, la calidad es algo exclusivo, es decir, al alcance sólo de unos pocos. Además, la calidad no es determinada mediante una evaluación del producto o servicio que se ofrece, sino que es identificada con la exclusividad o inaccesibilidad de éste,  por lo cual la calidad es convertida en una suerte de categoría metafísica la cual escapa a la evaluación según ciertos criterios, considerándose inherente al objeto que la posee. Este concepto “apodíctico” de calidad puede encontrarse, según Harvey y Green (1993), en la educación superior alemana, en la cual, aunque el sistema no es de carácter exclusivo, el proceso de garantía o “aseguramiento” de la calidad es “auto-evidente”: no existen agencias externas o dentro de la institución cuya función sea garantizar la calidad, y se considera que “los valores del sistema son internalizados por el personal académico y seguidos en todo lo que hacen.”  (p. 11).

En el caso venezolano, es posible encontrar ejemplos de tal percepción de la calidad. Sin embargo, juzgar a las universidades de conformidad con los estándares de excelencia de Harvard, Oxford o Cambridge sería, además de injusto, inútil, por cuanto no es posible establecer criterios y estándares de validez universal y además sería irreal pretender hacerlo, dados su carácter exclusivo y los elevados estándares que supone. El concepto de calidad es relativo y no absoluto, y en consecuencia debe responder al contexto sociocultural en el cual se utiliza

Una versión educativa del concepto de calidad como algo distintivo o excepcional asocia ésta con la excelencia, en el sentido de sobrepasar altos estándares, e identifica sus componentes destacando la dificultad presente en el logro de dichos estándares. Este concepto de calidad como excelencia tanto de los “inputs” como de los “outputs” se asocia, en términos de Astin (1985, 1993), a dos concepciones de la excelencia: una basada en los recursos con que cuenta la institución y la otra basada en la reputación adquirida (“resourcesand  “reputational views”). La concepción basada en los recursos descansa en la idea según la cual la excelencia depende fundamentalmente de la abundancia de recursos, existiendo una relación directa entre ambas. Tales recursos son de tres tipos: financieros, personal docente y de investigación de alta calidad, y estudiantes de alto rendimiento, para cada uno de los cuales existen los criterios de evaluación correspondientes. En cuanto al punto de vista basado en la reputación adquirida por la institución, éste se basa en la idea de que las instituciones de mayor excelencia son aquéllas que poseen la mejor reputación académica, por lo que su excelencia estaría “determinada por su posición en una jerarquía u orden social.” (Astin, 1993, p. 6). 

Calidad como Conformidad con Ciertas Especificaciones o Estándares

Este concepto está asociado a la noción de “control de calidad” en la industria, y supone que la calidad de un producto se evalúa en términos de su correspondencia con ciertas especificaciones, y se atribuye a aquellos productos que satisfacen estándares mínimos establecidos por el fabricante, descartándose los que no satisfacen tales estándares. Según este punto de vista, la calidad mejora si se elevan los estándares, por lo que una educación que satisface elevados estándares es considerada como de alta calidad. 

En el caso de Venezuela, si se considera la educación como un servicio y a los estudiantes, padres o representantes como los “usuarios”, de aplicarse estrictos controles de calidad al desempeño de estas instituciones, probablemente surgirían conflictos de difícil solución.  Según Green (1994), este concepto presenta varias limitaciones: (a) no dice qué criterios se usan para o establecer los estándares, y la sola conformidad con éstos no garantiza que sean los más adecuados; (b) es un modelo estático, e implica que una vez que los estándares han sido establecidos no es necesario revisarlos; (c) implica que la calidad de un servicio o producto puede se definida en términos de estándares fácilmente medibles y cuantificables, situación improbable en educación superior. Sin embargo, como ocurre con cualquier otro punto de vista respecto de la calidad de la educación superior, las limitaciones evidenciadas en un contexto sociocultural y político determinado no tienen por qué operar de manera similar en los países latinoamericanos, por lo que es conveniente explorar su viabilidad en el contexto venezolano.

Calidad como Adecuación a un Propósito

Según este punto de vista, la calidad es juzgada en términos del grado en que un producto o servicio satisface los propósitos establecidos previamente. Este concepto es utilizado con frecuencia por los analistas de la educación superior, ya que ofrece un modelo que especifica lo que el producto o servicio debe ser en diferentes niveles de la institución, y además toma en consideración los cambios en el tiempo. Sin embargo, su mayor desventaja reside en las dificultades que comporta la definición de los propósitos o finalidades de la universidad, ya que puede haber tantos propósitos como puntos de vista, dependiendo de los sectores y grupos sociales y políticos involucrados y de quiénes tengan acceso a la definición de tales propósitos. Evidentemente, existen modelos diferentes de universidad, cada uno con propósitos más o menos definidos. Así, existe la universidad cuya finalidad fundamental es ofrecer educación al mayor número de personas; la universidad con fines eminentemente académicos y profesionales, y la institución cuyos fines fundamentales son la investigación. 

En Venezuela, la redefinición del rol social, la misión y funciones de la universidad constituye un problema prioritario. Por consiguiente, los dilemas de excelencia frente a masificación, calidad frente a cantidad, universidad elitesca frente a universidad popular, eficiencia frente ineficiencia, entre otros, tendrán que ser analizados en profundidad y habrá de decidirse cuál es el modelo de universidad que más conviene al país, ante los cambios que tienen lugar en ámbitos diversos. Así, las funciones tradicionales de docencia, investigación y extensión tendrán que ser revisadas críticamente, y habrá que establecer sistemas de indicadores de calidad y excelencia para cada función que se defina, de conformidad con la situación y los nuevos roles que le corresponda cumplir a la universidad venezolana en particular y a la educación superior en general.

Calidad como Efectividad en el Logro de Fines Institucionales

Este concepto es una variante del concepto de calidad como adecuación a un propósito, 
pero referido a la evaluación de la calidad a nivel institucional general. Desde este punto de vista, “una institución de alta calidad es aquella que establece su misión (o propósito) claramente y es eficiente y efectiva en el logro de las metas que ha establecido” (Green, 1994, p. 15). En el caso de Venezuela, la misión establecida en la Ley de Universidades -promulgada en 1958 y reformada en 1970- para estas instituciones, se expresa, aunque no en forma explícita, en las finalidades de docencia, investigación  y extensión, correspondiendo la realización de las dos primeras a las escuelas y los institutos, respectivamente, y la tercera a la institución en su conjunto, a través de programas diversos, auspiciados a diferentes niveles organizativos.

Aunque se han registrado numerosos intentos orientados a introducir alguna forma de control en el desarrollo de las actividades de docencia, investigación y extensión, y cada nuevo equipo de autoridades generalmente trae en su agenda de gobierno nuevas ideas y nuevos proyectos los cuales son ampliamente promocionados durante el primer año de la gestión respectiva, se trata siempre de proyectos que no logran la credibilidad y el apoyo necesarios como para propiciar la participación de profesores, estudiantes y personal técnico y administrativo en las proporciones requeridas por un proyecto de carácter institucional. Cada rector y cada vice-rector suelen ser conocidos o recordados por algún plan innovador cuya denominación varía según el estilo personal y los propósitos que cada uno persiga: auditorías académicas, planes de reforma académica, evaluaciones académicas o institucionales, rediseños curriculares y otras denominaciones, las cuales son sólo variaciones sobre el mismo tema de la innovación y el mejoramiento académico. Un proceso similar tiene lugar en el ámbito de cada facultad o estructura equivalente, pero generalmente bajo un clima de improvisación, discontinuidad en el esfuerzo y desconocimiento de los resultados, si es que alguna vez se obtienen.

El clima mencionado, el cual caracteriza a la mayoría de las universidades públicas venezolanas, pone de relieve la ausencia de mecanismos y procedimientos que aseguren o garanticen, en algún grado, el logro y mantenimiento de la calidad institucional, por lo que resulta muy difícil la puesta en práctica del concepto de la calidad como efectividad en el logro de las metas o misión institucional, ya que éste está asociado a la existencia de los mecanismos y procedimientos mencionados antes. De aquí que el presente estudio constituya un paso de avance en la dirección de realizar estudios que conduzcan a la puesta en práctica de procesos de planificación, toma de decisiones y evaluación que contribuyan efectivamente a canalizar los recursos disponibles en la dirección de obtener resultados que puedan ser sometidos a discusión por los diversos sectores y grupos que integran la educación superior. 

Calidad como Satisfacción de las Necesidades de los Consumidores

Este concepto está asociado a la industria y fue propuesto por Deming (1991), quien considera que “la dificultad en definir la calidad está en traducir las necesidades futuras del usuario en características medibles, de manera que un producto pueda ser diseñado y elaborado para dar satisfacción a un precio que el usuario pagará” (p. 169). Según Deming, la calidad es susceptible de apreciar mediante múltiples escalas, y conceptos aparentemente simples,  como el de “consumidor”, resultan ser complejos cuando se intenta definir la calidad de un producto, por lo cual considera que “la calidad debe ser medida por la interacción entre tres participantes: (1) el producto mismo; (2) el usuario y cómo él usa el producto ... ; (3) las instrucciones para su uso ...” (p. 176). 

La definición de calidad como “satisfacción de las necesidades de los consumidores”, como las definiciones anteriores, comporta algunos problemas para los cuales no hay soluciones fáciles. Uno de tales problemas se refiere a los conceptos de “cliente”, “usuario” y “consumidor”. Quién es el consumidor en educación superior? Es el usuario del servicio, en este caso el estudiante, o es la entidad u organismo que paga por el servicio, el empleador? Y en cuanto al estudiante, es éste el consumidor, el producto o ambos? En efecto, los conceptos de “productor” y “consumidor” difícilmente pueden ser equivalentes a los conceptos de profesor y estudiante, respectivamente, dadas las características de la relación que tiene lugar entre ambos, por lo cual adquiere aun mayor importancia definir la calidad tomando en consideración las características específicas de la educación superior en cada contexto sociocultural y político, sin perder de vista que la calidad y la excelencia no están en conflicto con la utilidad y la pertinencia social.

Sin embargo, si bien la suposición de que el cliente determina las especificaciones del producto es, según Harvey y Green (1993), “una idealización”, ya que quien determina los requerimientos del cliente es el fabricante o proveedor, el permitir a los estudiantes y otros grupos interesados expresar sus puntos de vista acerca de lo que la educación superior debería ser, tendría sentido en Venezuela, país en el cual quienes han tenido en sus manos las grandes decisiones respecto de gobierno, economía y educación, generalmente han fracasado o no han tenido el éxito esperado. ¿Por qué entonces no ofrecerles la oportunidad de que expresen sus puntos de vista? Además, es de suma importancia tomar en cuenta que Venezuela es un país con una población predominantemente muy joven, lo que constituye un factor a considerar muy seriamente ante cualquier decisión que pueda afectar el futuro del país. De utilizarse al menos parcialmente o en forma complementaria  este concepto de calidad en educación superior, se estaría  dando cabida a lo que los sectores interesados o “clientes” consideran que debería ser el producto, en este caso la educación, lo que comportaría además la ventaja de responder a los cambios que tengan lugar en el tiempo y en consecuencia la evaluación constante de los propósitos de tal educación.

Calidad como Presentación de Cuentas (“Value for moneyoraccountability”)

El concepto de calidad asociado a la “presentación de cuentas” es, sin duda, el concepto más controversial respecto de la calidad de la educación superior, debido a las implicaciones que presenta. Evidentemente, por una parte, supone la competición por recursos financieros entre instituciones o programas, así como una estrecha relación entre el mercado y sus fluctuaciones y mecanismos y, por otra, el proceso de financiamiento está relacionado con la evaluación de la calidad, y en consecuencia implica la injerencia del gobierno en la evaluación de la institución, lo cual puede implicar a su vez el uso de la evaluación con propósitos punitivos o de discriminar entre instituciones de “baja” y “alta” calidad. 

En estrecha relación con el concepto de calidad como “accountability” o expresión de la eficiencia de una institución o programa, se ha desarrollado, durante los últimos veinte años, aproximadamente, especialmente en los países de Europa Occidental, el concepto de “indicadores de desempeño” (performance indicators), los cuales cumplen una función de gran importancia en el control de la calidad de los procesos propios de la educación superior.  Según la definición de la OECD, “los indicadores son señales derivadas de bases de datos o de datos de opinión que indican la necesidad de explorar las desviaciones con respecto a niveles normativos u otros niveles preseleccionados de actividad o ejecución.” (Kells, 1992, p. 133). Esta noción ha sido diferenciada por la OECD en tres categorías: (a) indicadores para controlar la respuesta institucional a metas o políticas gubernamentales; (b) indicadores de enseñanza/aprendizaje, investigación y servicio; y (c) indicadores requeridos en la gerencia universitaria. En este sentido, los indicadores propuestos en la primera fase del Proyecto Interinstitucional Indicadores de Gestión para las Universidades Venezolanas, incluye indicadores que corresponden a las dos últimas categorías, en tanto que la primera puede ser incluida en la segunda fase. 

Desde la perspectiva de los países de Europa Occidental, la selección y refinamiento de indicadores de desempeño (“performance”) ha constituido una tarea de gran importancia, no obstante las dificultades de diversa índole confrontadas hasta ahora. Sin embargo, en los países latinoamericanos, y particularmente en aquellos con sistemas educativos centralizados, como es el caso de Venezuela, las reservas y dudas respecto del uso de indicadores no son del todo infundadas, ya que tales indicadores se prestan a ser utilizados como fines en sí mismos, en lugar de como medios para el logro de un fin legítimo como es el mejoramiento de la calidad de una institución o programa. En efecto, el uso inadecuado de indicadores en evaluación de la educación superior podría conducir a una situación análoga a la de “estudiar para el examen”, es decir, focalizar la atención de la institución o el programa en ciertos aspectos generalmente cuantificables y relativamente fáciles de observar, en desmedro de otros de mayor relevancia o trascendencia, y de aspectos o dimensiones cualitativas difíciles de evaluar. 

Calidad como Transformación

El concepto de calidad como transformación sugiere ciertas reminiscencias filosóficas, en tanto que alude a la concepción dialéctica de los fenómenos, es decir, a la conversión de ciertas cosas en otras mediante cambios cualitativos. En el contexto educativo esta noción de calidad adquiere una relevancia extraordinaria, por cuanto el objeto central del proceso educativo, el estudiante, no es de la misma naturaleza ni puede ser considerado de la misma manera que se consideraría cualquier otro  “consumidor” o “usuario”. De hecho, el proceso educativo es interactivo, dialógico, y en consecuencia entraña cambios significativos en el estudiante, no sólo expresados en la adquisición de conocimientos y destrezas, sino más importante aun, en sus cambios actitudinales y de valores. El concepto de calidad como transformación está así asociado a la generación de cambios sustanciales en la vida del estudiante, cambios que incrementan su comprensión del mundo circundante, así como su capacidad o poder “para influir su propia transformación” (Harvey y Green, 1993, p. 25). Esto, en síntesis, significa “agregar valor” a la experiencia de la persona como estudiante o como “participante” en el proceso  transformador de la educación, en términos no sólo de conocimientos, habilidades y destrezas, sino también en términos de su poder para influir su propia transformación, estimulando su capacidad crítica y auto-crítica, así como su capacidad de auto-evaluación y su honestidad intelectual.

Como puede observarse, el concepto de calidad como trasformación tiene un cierto matiz utópico, pero no hay que perder de vista que la impronta o el impacto resultante del  paso por la institución, espera aún por su evaluación en términos comprensivos y realmente válidos.

Respecto de las definiciones generadas en el propio seno de la universidad, éstas también son múltiples, pero en general se relacionan con los conceptos de insumos, procesos y productos de una institución, así como con el concepto de “valor agregado”. En consecuencia, definir la calidad de la educación superior supone definir criterios que reflejen tales conceptos. Así, juzgar la calidad desde el punto de vista de los insumos, significa tomar en consideración la naturaleza y magnitud de los recursos disponibles, las características de los estudiantes que ingresan, las características del profesorado, la dotación de las bibliotecas y otras instalaciones y los recursos financieros, en tanto que evaluar la calidad de los procesos supone considerar la participación de los diferentes grupos que interactúan en los procesos académicos, administrativos y gerenciales de la institución. Respecto de los productos o resultados, han de considerarse las características y número de graduados, el éxito estudiantil, las publicaciones académicas y el servicio a la comunidad. Finalmente, en relación con criterios de valor agregado, deben ser considerados el impacto o diferencia causada por la institución en todos los miembros de la institución, incluyendo su desarrollo moral, social, físico y espiritual (Bergquist, 1995).

La definición de la calidad según criterios de valor agregado ha sido sustentada en muchos años de investigación realizada por Astin (1985, 1993), quien propone una definición de calidad como “desarrollo del talento”. Según esta definición, 

“ ...la excelencia es determinada por nuestra habilidad para desarrollar los talentos de nuestros estudiantes y profesores al máximo grado posible. La premisa fundamental que subyace al concepto de desarrollo del talento es que la verdadera excelencia descansa en la habilidad de la institución para afectar a sus estudiantes y profesores favorablemente, para propiciar su desarrollo intelectual y académico, para causar una diferencia positiva en sus vidas. ... [Así], las instituciones más excelentes son, desde este punto de vista, aquellas que tienen el mayor impacto –´agregan más valor´, como dirían los economistas- al conocimiento y desarrollo personal de los estudiantes.” (pp. 6-7)

Puede concluirse, entonces, que la definición de la calidad constituye un problema más propicio a la negociación que al logro de un acuerdo unánime, dado el carácter relativo de este concepto. En efecto, siempre habrá tantas definiciones de calidad como puntos de vista de los sectores o grupos involucrados en el debate. Además, la definición de la calidad dependerá también de las circunstancias y de los cambios sociales, políticos y culturales que tienen lugar en un período de tiempo determinado. Como el concepto de belleza, el concepto de calidad no es estático sino dinámico, cambiante y sujeto a los factores sociales circundantes en el momento en que es definido. Por consiguiente, la evaluación de la calidad de la educación superior requiere, como condición básica, la definición clara y precisa de los criterios e indicadores a partir de los cuales se han de emitir juicios de valor acerca de sus aspectos o dimensiones relevantes. Sin tal definición y una clara articulación entre los criterios e indicadores seleccionados y los instrumentos y procedimientos a utilizar, la evaluación que se realice carecerá de validez, es decir, no reflejará plenamente el acuerdo y la congruencia que debe existir entre los resultados obtenidos y los valores implícitos en los diferentes puntos de vista expresados por los distintos actores involucrados.

Las consideraciones anteriores conducen a concluir que la evaluación de la calidad y la excelencia de la universidad requiere tomar en cuenta dos premisas: en primer lugar, la búsqueda sistemática y continua de la calidad sin perder de vista el concepto de  pertinencia, pero desde una perspectiva multidimensional, como la concibe García Guadilla (1997), es decir, no sólo como la atención a necesidades locales inmediatas, sino también en términos de la selección de la información más relevante en relación con el contexto en que operan las instituciones de educación superior, la organización transdisciplinaria del conocimiento, una nueva concepción de las profesiones, una nueva función social de la universidad y una nueva visión del desempeño de sus egresados. Esta visión de la pertinencia institucional, ha de responder, como se dijo al comienzo, a la contextualización de la evaluación, dentro de una atmósfera de confianza propicia a los cambios que se proponen.

En segundo lugar, una concepción de la evaluación que tenga como marco de referencia la institución en su totalidad, ubicada dentro de un contexto sociocultural con características que lo diferencian de otros contextos y que en consecuencia considera que el mejoramiento institucional continuo sólo es posible si se logra el mayor grado de participación y compromiso por parte de todos los sectores, grupos y personas interesados en el desarrollo y permanencia de la universidad. 

Así, del análisis de todas las definiciones consideradas es posible concluir que el concepto de calidad es un concepto multidimensional, relativo, y fuertemente influido por el aspecto o componente central a considerar, por ejemplo, dentro de una perspectiva sistémica, los insumos, procesos o productos; los fines que orientan su estudio; las funciones que se consideren fundamentales como expresión de la misión institucional: docencia, investigación, extensión y servicio; o criterios extrínsecos e intrínsecos relacionados con la calidad (Brunner, 1997)
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 Sin embargo, el estudio del concepto de calidad no debe conformarse sólo con el análisis de los atributos o rasgos que lo caracterizan, sino que es necesario, además, ubicarlo en el contexto socio cultural e histórico del cual  es parte la institución o programa objeto de evaluación. En efecto, como enfatiza Municio (2000), la calidad es un concepto con profunda raigambre histórica, el cual ha respondido siempre a expectativas muy diversas, asociadas a movimientos y desarrollos sociales pertenecientes a épocas, culturas y momentos definidos, cada uno de los cuales caracterizado por intereses y exigencias relacionados con la calidad, pero susceptibles de integración en una perspectiva de la evaluación y de la calidad cuyo propósito central sea el cambio y mejoramiento general de la institución.

 

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