TEATROSECRETO

Hakim Bey

MIENTRAS NINGUN STALIN nos respire en el cuello, ¿;por qué no hacer un arte al servicio de... una sublevación?

Da igual si es "imposible". ¿;Qué otra cosa podemos esperar obtener sino lo "imposible"? ;Deberíamos quizás esperar a que algún otro nos revele nuestros verdaderos deseos?

Si el arte ha muerto, o si la audiencia se ha disuelto, entonces nos encontramos libres de dos pesos muertos. Potencialmente, cada uno es ya algún tipo de artista; y potencialmente cada audiencia ha recuperado su inocencia, su habilidad para convertirse en el arte que experimenta.

Admitiendo que podamos escapar de los museos que llevamos dentro, admitiendo que podamos dejar de vendernos a nosotros mismos entradas para las galerías de nuestro propio cráneo, quizás podamos empezar a contemplar un arte que recree los objetivos del brujo: cambiar la estructura de la realidad con la manipulación de símbolos vivos (en este caso, las imágenes que nos han sido "dadas" por los organizadores de este salón -asesinato, guerra, hambre y codicia-).

Podemos así contemplar acciones estéticas que posean algo de la resonancia del terrorismo (o de la "crueldad", en palabras de Artaud) que apunten a la destrucción de abstracciones más que de gente, a la liberación más que al poder, al placer más que al enriquecimiento, a la alegría más que al miedo. "Terrorismo poético".

Nuestras imágenes escogidas tienen el potencial de la oscuridad pero todas las imágenes son máscaras, y tras estas máscaras se esconden energías que podemos transformar hacia la luz y el placer.

Por ejemplo, el hombre que inventó el aikido fue un samurai que se convirtió en pacifista y se negó a luchar por el imperialismo japonés. Se volvió un eremita, vivió en una montaña sentado bajo un árbol.

Un buen día un antiguo compañero de armas vino a visitarlo y lo acusó de traición, cobardía, etc. El eremita no dijo nada, sino que permaneció sentado; y el oficial crecido de enojo, sacó su espada y golpeó. Espontáneamente el maestro desarmado desarmó al oficial y le devolvió su espada. Una y otra vez el oficial intentó matarlo, usando cada sutil kata de su repertorio; pero de su mente vacía el eremita cada vez inventaba una nueva forma de desarmarlo.

El oficial se convirtió por supuesto en su primer discípulo. Más tarde aprendieron a esquivar balas.

Podríamos contemplar una forma de metadrama concebido para capturar un sabor de este episodio, que dio lugar a un arte enteramente nuevo, a una forma de lucha absolutamente no violenta -guerra sin asesinato-, la "espada de la vida" más que de la muerte.

Una conspiración de artistas, anónimos como cualquier dinamitero, pero entregados a un acto de generosidad gratuita más que a la violencia -al milenio más que al apocalipsis- dirigidos sin más a un momento presente de choque estético en servicio de la realización y la liberación.

El arte cuenta seductoras mentiras que se hacen realidad.
¿Es posible crear un TEATRO SECRETO en el que artista y audiencia hayan desaparecido completamente; sólo para reaparecer en otro plano, donde vida y arte se han convertido en una misma cosa, la pura entrega de regalos?

(Nota: El "Apocalipsis de salón" fue organizado por Sharon Gannon en julio de 1986).

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MomentoCrítico

 

 

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