Los
nombres señeros de Fray Luis de León y Unamuno, que habitaron
la ciudad, y la relación de Salamanca con grandes textos de la literatura
española, como La Celestina o El Lazarillo de Tormes,
han asegurado la supervivencia de la ciudad del Tormes en la memoria cultural
europea.
El modelo es tan poderoso, en cuanto a Ciudad del Saber, que ejerce su peculiar fascinación sobre la practica totalidad de los escritores y poetas de aquel tiempo, que considerarán Salamanca como el domicilio propio y natural de todas las musas. En ella los intelectuales, teóricos y escritores del antiguo régimen, encontrarán el marco perfecto para su trabajo y su vida de formación y estudio. Se trata del lugar ideal, de la utopia misma de un espacio arquitectónico, urbanístico en amplio sentido, íntegramente dedicado a la actividad de un espíritu que, como escribirá Miguel de Cervantes, queda "hechizado" por ese ámbito, dispuesto como ninguno a favorecer la producción del pensamiento.
El
casco antiguo de Salamanca tiene el color de la miel. Sus edificios históricos
se construyeron con piedras de Villamayor, una cantera cercana a la ciudad
donde artesanos y restauradores han acudido desde siempre en busca de estas
preciadas rocas de color dorado.
La
ciudad del Tormes hizo realidad el viejo sueño humanista de que
pudiera fundarse sobre la tierra una urbe consagrada a un saber sobre la
existencia. Y lo consiguió a través de su universidad. A
finales del renacimiento Salamanca era ya una ciudad mítica cuyo
espíritu de estudio quedó tatuado en cada una de sus piedras.
Según una real cédula del siglo XIII, fue Alfonso IX, rey
de León, el que fundó la Universidad de Salamanca, la más
antigua de España. Desde entonces esta ciudad ha sido conocida por
su activa vida intelectual así como por las majestuosas construcciones
levantadas para albergarla.
