POESIA

 

Romance del viejo Brown


 

 

I
Pregunto al viejo río
Y a la niebla desvelada:
¿Qué luz naval lo sostiene
tan impasible entre las jarcias?

En un galope de espuma
---como caballos del agua----
pueblan los duendes del río
del viejo Brown la mirada.
¿Qué antiguo signo obstinado
hasta la costa lo llama?
Caracolas y sirenas
tienen reflejos de plata,
y entre los sauces dormidos
hay cien navíos fantasmas

La mañana es como un cofre
de sorprendidas nostalgias.

¿Qué proa es aquella, airosa,
que viene cortando el agua,
con su nombre de mujer,
con sus velas desplegadas?
Los bancos de Barragán
le están tendiendo una trampa.

 

La �Elisa�, alegre, no sabe
que con la noche cercana
ha de bailar con la muerte
una danza solitaria.
¡Que cuerpo gracil tenía
aquella flor de las aguas!...

II
Ya en el verano porteño
el malvón ha florecido

y hay olor a madreselvas
por los caminos del río.

--¿A donde  vas, capitán,
con paso tan decidido?�
Guillermo Brown se sonríe,
Azul, en su azul marino,
ya firme en la nave insignia
ya centinela del rio.
La �Hércules�es como un puma
de puro avanzar felino:
ágil entre cielos duros
y enemigos atrevidos.
¿No es verdad, buen Romarate,
que fue audaz el juego mío?
¡Vencer a tu flota goda
con mis frágiles barquitos!...
El cielo se puso de oro
y brillaba como un ídolo.

Ah ,viejo brown. --¿Qué milagro
que ayuda te prestó el río?

¡El milagro fue el fervor
de un corazón encendido!...

 

 

III
Y ahora ¿por qué solloza
tu corazón almirante?

¿Qué pena te roe el pecho
bajo la luz de la tarde?
Estás callado y sombrío
y entre las sombras te evades
con apagado temblor,
como una llama en el aire

Nunca dolió una pena como  tu pena,
Almirante,
ni hubo dolor mas profundo
que pudiera lastimarte.
Era un grito en la garganta.
Era una muerte en la sangre.

Ella tenía una risa
de fresca inocencia grácil,
nombre de novia y de niña
o de paloma en el aire.
¿quién no mentó en la ciudad
lo lindo de aquel romance
entre el bravo capitán
y la flor del almirante?

Elisa Brown se llamaba
la niña del fino baile.

El se marcho  con el alba
y estaba muerto a la tarde,
mientras las naves del rey
cercaban a Buenos Aires.
Ella se quedo muy quieta,
ya desde entonces distante:
ausente su risa fresca,
opaco sus ojos grandes.
¿Quién no lloró en la ciudad
el drama de ese romance?

Elisa Brown se llamaba
la estrella del almirante.
Entró, callada, en el río:
se alejó tras de los sauces,
y era apenas una ausencia,


pálida máscara grave,
la niña que regresó
en brazos del almirante.
Drummond y Elisa Brown
eran dos sombras nupciales.

IV
Preguntó al viento y al río
y a la niebla desvelada:
¿qué luz naval lo sostiene,
tan distante la mirada?
�¿Qué piensas, hoy, capitán,
en tu quinta solitaria?�

Hombre que nació marino
no vive con nave anclada,
y al viejo Brown ya le duelen
las permanentes amarras.
Las charlas con los amigos
son dolorosas nostalgias.
Por eso sueña y se evade
con sus navíos fantasmas
entre aventuras de corso y
marineras hazañas.

¿Qué busca el hombre en la vida?
¿a dónde va con su barca,
si todos los puertos son,
al fin, un viaje a la nada?

Por eso, grave, muy quieto,
suelta el nudo que lo ata
al viejo sillón de mimbre
e inicia una nueva campaña.

Mas allá de cualquier sueño,
va el almirante del plata,
ya capitán de las nubes,
ya libre de toda amarra.

Como gaviotas lo siguen
sus cien navíos fantasmas.

 

 

 

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