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A 45 años del arribo de la primera expedición
argentina al Polo Sur
Extracto de una nota realizada Por Andres Julio Gugliotta del Boletín NUESTRO MAR
Era enero de 1962, el Día de Reyes las noticias anunciaron que por primera vez en nuestra historia, un grupo de argentinos había arribado al Polo Sur luego de una larga travesía en dos aviones de la Aviación Naval. El Capitán de Fragata Hermes Quijada, Comandante de Transportes Aeronavales, había recibido la orden de preparar un vuelo de exploración. Su objetivo era ubicar un paso libre de hielos a lo largo de la barrera y hacia el Este de la Península Antártica. Hasta ese momento, la penetración debía hacerse de Este a Oeste lo cual insumía un largo tiempo de navegación. Encontrar este paso era fundamental para permitir el tránsito de Oeste a Este del Rompehielos A.R.A. �General San Martín� que, un tiempo antes, se había visto bloqueado por un témpano quedando imposibilitado de relevar un destacamento. Esa dotación debió permanecer un año más en la Antártida debido a ese inconveniente. Un sutil agregado indicaba que debía seguirse lo más al Sur posible en misión aerofotográfica y de reconocimiento.
Un desafío difícil
pero que entusiasmó al entonces Capitán Quijada, que se abocó
a la selección de hombres y aeronaves y al comienzo de la planificación.
Así, se designaron dos �Decetros� el CTA-12 y el CTA-15 (�Total para
que�� y ��te vas a preocupar�) y sus respectivas tripulaciones. Pilotos, navegantes
y tripulantes más el personal de apoyo, fueron seleccionados entre aquellos
con mayor experiencia en DC-3 y en la Antártida. Ni bien fueron designados
comenzaron con los adiestramientos específicos ya que las aeronaves irían
a una región extremadamente fría, para aterrizar en nieve, con
travesías que excedían la autonomía normal, sobrecargadas
para el despegue y con instrumentos de navegación que en la Antártida
sirven de poco.
Todo fue probado, llevado a los límites, corregido una y otra vez,
material y procedimientos, hasta que por fin quedaron listos para iniciar la
expedición.
Un cuatrimotor DC-4, también perteneciente a la Armada Argentina, fue
encargado de cumplir la misión de apoyo aéreo, dado su mayor porte
y autonomía, metiéndose por las rutas para verificar la meteorología
y las condiciones de formación de hielo en las alas, el terror de cualquier
piloto. Un buque de la Armada estaría en el pasaje Drake por si hubiera
un acuatizaje de emergencia. Todo estaba listo. En la Antártida se instalaron
radiobalizas auxiliares para ayudar en la navegación para lo cual, un
grupo terrestre de apoyo, llevado por el Rompehielos y con la colaboración
de la gente de la Base Benjamín Matienzo de la Fuerza Aérea, trasladó
los equipos y marcó la pista para el primer aterrizaje.
Los dos �Decetros� expedicionarios, tras un prolijo aterrizaje con sus
esquís y un período de descanso, se dirigieron a Ellsworth, otra
base argentina próxima a la Base de Ejercito General Belgrano. Habían
recorrido 3320 Km. desde que salieron de Río Gallegos. De allí
al Polo Sur queda-ban 1370 Km. más, desconocidos y hostiles.
Producido el despegue para la etapa
final y con la secreta convicción de que la frase �lo más al Sur
posible� era solo una forma de decir: �Vamos al Polo� los dos aviones enfilaron
al rumbo 180º y con incesantes verificaciones y mediciones, fueron aproximándose
al objetivo. Este, podría uno imaginar hoy, sería una suerte de
monumento de cientos de metros con placas alusivas y una cruz marcada en bronce
en el suelo indicando el punto exacto donde se cruzan todos los meridianos y
donde podría verse un eje sobre el cual gira la Tierra. No era así,
ni ayer ni hoy. Los cálculos y los instrumentos indicaban que se hallaban
en el lugar, las comunicaciones con la Base Amundsen Scott, situada en el Polo
Sur, eran claras e intensas, indicio de que estaban cerca, pero no aparecía,
y la ansiedad crecía. Se inició una búsqueda siguiendo
un patrón hasta que el navegante del CTA-15, a unas treinta millas de
distancia, descubrió unos puntos negros sobre la superficie helada. Inmediatamente
giraron hacia allí y al reconocerlos comunicaron por su radio que habían
llegado al Polo Sur. Las radios, silenciosas por las tensiones previas, estallaron
en vivas, �lo lograron�, �lo hicieron�. Entonces los doce tripulantes sintieron
que dentro de esas aeronaves, no estaban solos, toda la Armada y los camaradas
de las otras fuerzas estaban pendientes de ellos y sintieron su mismo alivio
cuando la misión, por fin, se llevó a cabo con total éxito.
Cumplidas las ceremonias
tradicionales como dar la vuelta al mundo tomados del eje imaginario de la tierra
y comprobar que el Polo Sur, en realidad estaba dentro de un círculo
de unos 60 metros de diámetro pero sin posibilidad de ubicarlo en forma
más precisa, se prepararon para el retorno, que tenía tantos riesgos
como la venida pero con la inmensa satisfacción de la misión cumplida.
Las apuestas sobre el despegue se multiplicaron entre el personal de Amundsen
Scott. Pensaban que con el sobrepeso, la nieve y la altura de la pista (3000
m) sería casi imposible, sin embargo, tras dos minutos y once segundos
interminables de corrida, los dos aviones decolaron rumbo a Ellsworth. Arribar,
reabastecer, salir de nuevo para Campbell y de allí hacia Buenos Aires
con escala en Río Gallegos fueron los pasos recorridos con la ansiedad
del regreso y del reencuentro. Atrás quedaban 13500 Km. de vuelo...
Toda una epopeya dados los medios de los que disponía la Aviación
Naval por esos años, sin embargo, fieles a la tradicional circunspección
naval, las palabras del Almirante Quijada fueron el reflejo del espíritu
de la Armada Argentina desde los tiempos del Almirante Brown.