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El final del bergantín 8 de febrero
El 7 de abril de 1828 zarpa Tomás
Espora como comandante del bergantín �8 de Febrero�, a realizar un crucero
de corso frente S.M. Imperial. Pero, al final, la Gloria, fatigada por la vertiginosa
ascención de quien ha participado en tantos combates como años
cuenta, le tiende una celada.
El león está preso.
Al amanecer del 29 de mayo de 1828, el �8 de febrero� está en la boca
del
Río San Clemente. Aguas traicioneras, chatas, llenas de remansos
y bancos fangosos, casi al ras. Ayudado por la niebla, el enemigo lo ha encerrado
contra la costa. No un barco ni dos: es toda la escuadra bloqueadora de Buenos
Aires: diez naves de variado porte, con 1.200 hom- bres y 29 cañones.
El �8 de Febrero� tiene, para enfrentarlos, sus cién hombres y soldados,
casi todos compadritos de San Telmo �sin sueldo y solo a ración�, que
se han enganchado atraídos por la hombría del Comandante, porteño
de ley como ellos. Tiene, además, ocho cañones. Y los tiene a
Espora y a su bravo segundo, el catalán Toll.
Nadie habla de rendirse. Sería lo lógico, lo prudente. Pero Espora es observado por sus orilleros y deberá rendir cuentas a Brown. Redobla el tambor sobre cubierta. Zafarrancho de combate. El Comandante va a hablar: �Marineros y soldados del �8 de Febrero�: sólo los cobardes se rinden sin pelear y aquí no reconozco sino argentinos y republicanos. Compañeros: arrimen las mechas y ¡Viva la Patria!
El tremendo fragor de la andanada pone el broche a tan viril arenga. Desde ese momento el �8 de Febrero� se convierte en un volcán. El retumbar de los cañones se alterna con las descargas de fusilería de ambas partes. El enemigo concentra sus fuegos, mientras voltejea tratando de acercarse a aquel endemoniado bajel. Mientras tanto, los orilleros de Espora hacen milagros de coraje. ¡ No en vano están acostumbrados a los bravos entreveros en boliches y fondines!. La nave Argentina, acosada, parece multiplicarse, pero ya su cubierta está sembrada con los cuerpos muertos y heridos. Sus cañones tanto han disparado que están al rojo y no se los puede tocar. Espora entre el humo y el hollín, es una vaga sombra que, sable en diestra y anteojos en siniestra recorre constantemente el puente de babor a estribor. El enemigo, por su parte, se va acercando, cauteloso pero constante, en medio de un verdadero huracán de fuego y de hierro. Espora, tratando de alejarse, embica su barco en el fango del bajío de Arregui, en la boca del San Clemente.
Pasan las horas y el adversario
no ceja en su ataque ni los argentinos en su defensa. El �Bella María�
y las cañoneras Imperiales, aprovecharon su poco calado, consiguen acercarse
a tiro de pistola del �8 de Febrero�. Las demás unidades, a tiro de fusil.
Y la nave Argentina es barrida a boca de jarro por la metralla. El sacrificio
continúa. Sobre el bergantín varado llueven las balas y bombas
imperiales. Parece un pontón, con el casco, la toldilla y los palos acribillados.
No le queda una jarcia entera. Cuatro de sus piezas se han desmontado y están
mudas. La cubierta es un montón de escombros humeante en medio
de un charco negruzco de pólvora y de sangre. Cerca de 50 hombres, la
mitad del equipaje, están muertos o heridos. La pólvora escasea.
Los que aún viven, esos bravos �compadritos� de arete en la oreja y pañuelo
en la cabeza, ametrallan y tirotean al enemigo con el furor desesperado del
criollo que le está viendo la cara a la muerte.
Espora, sereno y pálido, continúa desde el puente alentando
y dando órdenes en una maniobra de rutina. Una luz extraña brilla
en sus ojos cuando mira, desecha pero gallarda, a la bandera de guerra que le
confiara la Nación.
Diez horas han pasado desde que se tocara zafarrancho de combate. Diez
horas de infierno, de estrago, de muerte. Diez horas de heroísmo increíble,
las sombras de la tarde van echando un manto sobre tanto luto y gloria.
Llega la noche. Los cañones callan y su estruendo pavoroso y repetido
es reemplazado por los ayes de los heridos y el rumor de las olas espesas que
chocan contra el casco de la desgraciada �8 de Febrero�. Pareciera el barco
un dragón moribundo y jadeante tirado sobre el limo del río...
El enemigo, ansioso de
terminar su obra, espera el repunte de la marea, que vendrá con el alba.
Espora, por su parte, ha decidido incendiar su buque antes de rendirlo.
Pero de salvar, previamente, a los escasos sobrevivientes, sobre todo
a los heridos. Una balsa, preparada en volandas con cuanto madero ha podido
encontrarse, se aleja cargada de marinos hacia la cercana costa del Tuyú,
a remolque de un bote. El teniente Fisher, que lo guía, deberá
volver, antes de que aclare, para recoger a Espora, a Toll, a los ayudantes
de ambos y a cuatro moribundos que quedaban a bordo. Después, el fuego
consumará el sacrificio.
Amanece, pero Fisher no regresa. El enemigo se apresta a reiniciar
el ataque contra la nave de los cuatro hombres y de los cuatro moribundos. Espora
comprende que ha llegado el fin. �Hundir el barco antes que arriar el pabellón�,
ha sido la férrea consigna del Almirante. ¿Deberá cumplirla
al pié de la letra, sacrificando cuatro heridos y dos jóvenes
que aún pueden dar días de gloria a la Patria? Sus hombres, hasta
los cuatro que agonizan en cubierta, le miran en silencio, pero con la sombría
decisión del sacrificio. Han jugado y han perdido. Mas el honor ha quedado
bien a salvo, tanto que el enemigo aún no osa acercarse al casco desmantelado,
varado y solitario.
Y Espora se decide. Gacha la
cabeza, llega hasta el palo mayor, casi tronchado. Con mano trémula y
gesto pausado, iza al tope la bandera azul y blanca y , usando el único
cañón válido, la afirma con un disparo sin bala. Va rebotando
el estampido sobre la inmensidad del río, cuando Espora llorando como
un niño, comienza a arriar despacio, como dolorosamente, el sagrado paño.
Sube luego a la toldilla y, bocina en mano, grita en un sollozo a los diez barcos
enemigos su postrer sarcasmo:
¡Pueden acercarse ya sin miedo, valientes! ¡No me queda pólvora ni para un cigarro!
Extraído de la página web de
la Escuela Naval Militar
Luis Vázquez