
POESIA |
MELANCÓLICA
Yo debí haber nacido
en mil ochocientos treinta y tres
para ser marinero
o pirata tal vez,
o grumete en un ballenero
en el mar del Japón,
o contrabandista de drogas
de diamantes y ron,
O camarero, o cocinero,
O contramaestre, o capitán;
pero una cosa es segura:
mi destino y el mar
estarían enlazados
con hilos de sal.
Mi hombría se hubiera medido
por la fuerza de mi brazo,
por mi lenguaje brusco,
la rapidéz del navajazo,
por mi amor al alcohol,
por mi pecho tatuado,
por la longitud del arpón
cuando fuera arrojado,
por las mujeres llorando
que dejara en cada puerto,
y por las muescas del mango
de mi cuchillo malayo
(uno por cada muerto).
Hubiera sido camorrero,
beodo en las cantinas,
pero buen marinero
en agua brava o tranquila.
Me jugaría la vida
a un naipe o un dado,
o cuanto hubiera ganado
en un año de mar,
pues ¿qué me podría importar
la plata de un año
mientras hubiera otras naves
que zarparan, como aves,
hacia mares extraños?
Y cuando muriera,
en alta mar tal vez,
al mar me arrojarían
con una bala en los pies.
En cámbio, otro destino me a tocado;
nací en mil nueve treinta y dos,
debo pensar
en un porvenir -¿de abogado?
en una posición social y qué se yó.
(En la marina no me aceptaron
porque no distinguía un color).
Además, estoy anclado
con el ancla del corazón:
si yo partiera mi madre lloraría
y no quiero causarle dolor.
Por eso yo amo al mar
aunque no navegue
y aunque tal vez nunca llegue
los acéanos a cruzar.
Por eso mucha gente
me ha visto en los muelles
viendo zarpar,
llorar y soñar.
Norman N. Brown
(Argentino, contemporáneo)