Editorial Por Nayla Siancha

30 Años

30 años, 30.000. Las cifras caen como golpes duros, tragedia hecha vivencia cual si hubiera sido en carne propia, que se impregna en nuestra forma de ver el mundo, de sentirlo, de transformarlo.

No somos sin ese pasado que irrumpe en cada momento, que no deja de asaltar nuestro asombro. Las historias de vida son el primer punto de contacto, el primer puente que se tiende entre nosotros y aquella generación. Testimonios de sobrevivientes, de madres, abuelas, hijos, pequeñas y grandes historias que se nos presentan como familiares, que nos retrotraen a nuestras propias vidas pero que se separan abruptamente en un salto, en un vuelo, desaparecen, se cristalizan inmortalizándose. Y así quedamos azorados ante la incomprensión, ante el vacío existencial que nos dejan esas ausencias físicas, que se tornan aún más incomprensibles, aún más irresolubles ante el impacto que provoca la juventud/vida truncada, la potencialidad apagada. Así cómo impactó la juventud/vida que se fue en Cromañón.

Una vez empapados de testimonios, una vez sobrepuestos del llanto incontenible, la realidad se desnuda frente a nosotros y nos muestra con crudeza el cinismo y la masacre sobre los que se construyó, cual si aquí hubiera habido tierra arrasada, un modelo económico y social de exclusión. Exclusión de las bondades de los avances tecnológicos y científicos, de la mejora en la calidad de vida que se reparte en una franja minoritaria de la sociedad. Exclusión de las voces disidentes, que son apagadas o neutralizadas por un sistema de comunicaciones que tras una aparente multiplicidad de ofertas esconde un mensaje siempre similar. Exclusión de la vida del otro, individualismo que nos compartimenta, que nos deja abandonados a nuestra suerte y nos miente con la promesa del éxito para los que se esfuerzan.
Palabras que toman significados demasiado fuerte, que no pueden ser utilizadas sin que una marea de recuerdos nos invada. Así es como las acusaciones que desde la derecha se le hacen al presidente, "montonero", "setentista" nos interrogan, ¿era esto por lo que peleaban nuestros compañeros?, ¿son las políticas sociales que hubieran querido? Imposible saberlo a ciencia cierta, pero sin duda que la justicia social, la patria liberada, el socialismo aún son materia pendiente. Y nuestra comprensión se ve desafiada una vez más cuando desde Venezuela un militar y encima golpista se instala de manera democrática en el poder, proclamando la revolución bolivariana, haciendo temblar el tablero latinoamericano, renovando los aires, presentando una esperanza.

Es que pasaron 30 años, pero no fueron 30 años de olvido, sino de memoria activa, que fue reconstruyendo una y otra vez nuestra historia, 30 años en los que los signos no fueron borrados sino impresos como fuego en nuestras mentes. 30 años de marchar una y otra vez, de reclamar, de gritar a viva voz, de levantar banderas que habían creído eliminadas, de redoblar la apuesta y seguir luchando. De encontrar en esos fueguitos que creyeron apagar no abatimiento y desazón sino antorchas que no dejan de flamear. Que seguirán haciéndolo. Que seguiremos levantando.


   
 
 
 
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