Dem�ter
Dem�ter ten�a una sola hija Pers�fone (en lat�n, Proserpina, v. Psefone), virgen de la primavera.
Desde el momento que Dem�ter perdi� a su hija, en su inmenso dolor rehus� beneficiar la tierra. Los campos antes verdes y alfombrados de flores se trocaron ahora en desiertos est�riles porque Pers�fone hab�a desaparecido.
Plut�n soberano del mundo subterr�neo y sombr�o,  rey de todos los muertos, la hab�a arrebatado cuando, apartada de sus compa�eras y embelesada ante los narcisos florecidos se par� a recogerlos. Sobre su carro, tirado por corceles negros como el azabache, Plut�n emergi� de una grieta y asiendo a la joven por la mu�eca la coloc� junto as� y se la llev� entre sollozos a su reino.
Atrapada en las elevadas monta�as y los insondables abismos del mar,  al ver esto Pers�fone clamaba a gritos y su madre los oy�. Sobrevol� el mar y la tierra en busca de su hija, pero nadie os� decirle la verdad, "ni hombre, ni dios, ni ning�n fiel mensajero de las aves". Dem�ter, estuvo errante nueve d�as, rehusaba degustar la ambros�a y aproximar el dulce n�ctar a sus labios. Al fin acudi� al sol y �ste le cont� la historia: Pers�fone se hallaba en el mundo subterr�neo entre las sombras de lo muertos.
Dem�ter lleg� a Eleusis y se sent� en una piedra junto a un pozo a la vera del camino. Parec�a una de aquellas ancianas que en las mansiones suntuosas cuidan de los ni�os o de las provisiones. Cuatro hermanas j�venes y hermosas se acercaron al pozo. La vieron, y llenas de compasi�n le preguntaron qu� hac�a all�. Respondi� que hab�a huido de unos piratas que quer�an venderla como esclava, y en aquella tierra extranjera no conoc�a a nadie a quien dirigirse para implorar ayuda. Las hermanas le aseguraron que ser�a bien acogida en la ciudad y ofrecieron hospedarla en su casa; le pidieron que  aguardara s�lo el tiempo necesario para hablar con su madre.
La diosa asinti� con la cabeza, y las j�venes, tras haber llenado con agua sus c�ntaros, marcharon a su casa. Su madre Metanira las hizo volver para invitar a la diosa. Regresaron r�pidas al pozo y hallaron a la diosa sentada todav�a en la piedra, enlutada con tupidos velos y cubierta hasta los pies por negro ropaje. Las sigui� y al trasponer el umbral de la sala donde se hallaba la madre, con su hijo peque�o en brazos, una luz divina la envolvi� tan fulgurante fue que  Metanira se sinti� sobrecogida de respetuoso temor.
Rog� a Dem�ter que se sentara y le ofreci� vino con miel, pero la diosa ni siquiera lo intent� probar. Pidi� agua de cebada perfumada con menta, la bebida refrescante del segador en �poca de siega, que se ofrec�a tambi�n en la copa sagrada a los adoradores de Eleusis. Apagada la sed, tom� al ni�o entre sus brazos y le apret� contra su pecho perfumado. El coraz�n de la madre se llen� de gozo.
Persefone-Prosepina. Busto
Dem�ter.Busto
Dem�ter cri� de esta manera a Demofonte, el hijo que Metanira hab�a dado al sabio C�leo. El ni�o creci� como un joven dios porque, d�a tras d�a, Dem�ter le ung�a de ambros�a y , por la noche le colocaba entre las brasas del hogar: quer�a asegurar al ni�o un juventud eterna.
La madre, entretanto, estaba profundamente preocupada y una noche decidi� velar. Despavorida, grit� cuando vio depositar a su hijo sobre el fuego. La diosa se enfad�: cogi� al ni�o y lo arroj� al suelo. La diosa  lo hab�a querido librar de la vejez y de la muerte, pero en vano. El ni�o, sin embargo, hab�a dormido en sus brazos y deb�a, por ello ser honrado toda su vida.
Despu�s, un perfume embriagador se extend�a alrededor suyo  y Dem�ter dio a conocer su divinidad: Manifest� su belleza mientras ante las mujeres asustadas, mientras les dijo que si quer�an recuperar su favor era preciso que edificaran en su honor un gran templo a la entrada de la ciudad.
Al decir esto, desapareci�. Metanira cay� muda en el suelo y todas las dem�s temblaban de miedo. A la ma�ana siguiente conto a C�leo lo ocurrido y �ste reuni� al pueblo para manifestarle el deseo de la diosa. Se dedicaron con ardor al trabajo y cuando el templo se hallaba ya levantado, Demeter lo eligi� por morada, apartada de los dioses del Olimpo e inconsolable por la p�rdida de su hija.
En toda la tierra fue aquel un a�o terrible y duro para la humanidad. No germin� la semilla y el buey tir� en vano del arado en el surco. Parec�a que toda la especie humana iba a morir de hambre. Zeus decidi� al fin tomar cartas en el asunto. Envi� uno tras otro a todos los dioses  en busca de Dem�ter para calmar su c�lera, pero ella no cedi� siquiera a escucharlos. Hasta que recobrara de nuevo a su hija, impedir�a que diera fruto. Zeus comprendi� entonces, que su ordenando a hermano Hermes que descendiera al imperio subterr�neo y exigiera a su soberano la vuelta de su esposa a casa de su madre.
Hermes los encontr� juntos; Pers�fone disgustada e intentando t�midamente separarse, porque quer�a ardientemente encontrar a su madre. A las primeras palabras de Hermes se levant� de un salto, dispuesta a marchar. Su marido comprendi� que deb�a obedecer las �rdenes de Zeus y devolverla a la Tierra, pero le suplic� que pensara en �l con piedad y no sintiera repugnancia a ser esposa de un dios, grande entre los inmortales, entonces  le hizo comer una pepita de granada, con plena conciencia de que con ello la obligaba a volver.
Hizo preparar su carro de oro y Hermes, empu�ando las riendas, gui� los negros caballos hacia el templo donde se hallaba Dem�ter . Esta, con la rapidez de una M�nade que desciende por la falda de una monta�a, corri� hacia su hija y Pers�fone se arroj� en los brazos extendidos, fundi�ndose en un abrazo. Durante todo el d�a se fueron contando sus aventuras y Dem�ter llor� cuando oy� hablar de la pepita de la granada, porque sab�a que no podr�a mantener junto a s� a su hija.
Despu�s, Zeus le envi� un nuevo mensajero, un personaje principal, que no era otro que su venerada madre Rea, la decana de los dioses.
Descendi� r�pidamente desde las cimas del Olimpo hasta la tierra �rida y est�ril y se acerc� al templo. De pie ante la puerta, se dirigi� a Dem�ter :  Ven, hija m�a, pues el clarividente Zeus te lo pide.
Vuelve a los palacios de los dioses y ser�s honrada, obtendr�s lo que deseas, tu hija, que consolar� tu pena cada a�o que termina, cuando se acabe el duro invierno. porque el reino de la sombra, no la poseer� m�s que un tercio de su vida, y el resto estar� contigo y con los felices inmortales.

Que ahora haya paz. Otorga los hombres la vida, que no procede sino de ti.
Dem�ter accedi� aunque para ella era dura prueba perder a Pers�fone durante cuatro meses al a�o y ver su joven belleza sepultada en el mundo de los muertos. Pero era bondadosa; los hombres la llamaban siempre "la buena diosa" ademas estaba entristecida por la desolaci�n que hab�a tra�do sobre la tierra. Hizo, pues, reverdecer los campos, los huertos se cubrieron de nuevo de abundantes frutos y la tierra toda se llen� de flores y follaje. Volvi� al palacio de los pr�ncipes Eleusis que hab�an edificado su templo y eligi� a uno de ellos, Tript�lemo, embajador suyo ante los hombres para ense�arles la sementera de trigo. Ense�� a �l, C�leo y a otros los ritos sagrados, "esos misterios de los que nadie puede hablar porque un temor profundo paraliza su lengua. Bendito sea aquel que los ha visto; su destino ser� feliz en el mundo venidero�.

Reina de la olorosa Eleusis,
Dispensora de los dones de la tierra.
Conc�deme tus gracias, oh Dem�ter.
A ti tambi�n, Pers�fone,
Hermosa entre todas las muchachas,
Te ofrezco mi canto a cambio de tus favores.
En la historia de estas diosas, Dem�ter y Pers�fone, predomina la idea del sufrimiento. Dem�ter, diosa de las cosechas abundantes, es ante todo una madre divina e inconsolable que cada a�o ve morir a su hija. Pers�fone es la adolescente radiante de la primavera y del verano, cuyo liviano paso, al rozar la ladera tostada y reseca de la colina, basta para hacerla reverdecer y florecer, como cant� Safo.

Percib� el paso de la flor de primavera...

El paso de Pers�fone. Pero �sta sab�a lo ef�mero de su belleza; hojas, flores y frutos mueren cada a�o sobre la tierra cuando llega el fr�o y desaparecen como ella misma bajo el influjo de la muerte. Despu�s de que la arrebatara el soberano del sombr�o y imperio subterr�neo nunca m�s fue la joven radiante y alegre, sin temor y despreocupada, que retozaba en el prado floreciente de narcisos. Es verdad que cada primavera volv�a de entre los muertos, pero la acompa�aba siempre el recuerdo del lugar de su procedencia, y a pesar de su deslumbrante belleza, quedaban siempre en ella ciertos rasgos extra�os y terror�ficos y frecuentemente se le designaba como -aquella cuyo nombre no deb�a pronunciarse-.
Los ol�mpicos eran los �dioses felices�, �los inmortales�, completamente apartados de los seres que sufr�an y estaban abocados a la muerte. Pero en sus penas y en la hora de su muerte, los hombres pod�an volverse, para implorar su compasi�n, hacia las dos diosas, pues una sab�a de dolores y la otra conoc�a hasta la muerte".
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