| Jiddu Krishnamurti |
| SOBRE EL YO |
| K |
| A K. le visitaban muchas personas y juntos examinaban los temas que ellas proponian. A continuacion transcribo uno de estos encuentros con un hombre que habia realizado todo tipo de sistemas para llegar a lo absoluto, sin obtener aparentemente ning�n resultado. En este texto se exponen muchos de los puntos de vista de K. Del libro Comentarios sobre el vivir, segunda serie, editorial Kier,p�ginas 78 a 83. Las frases del visitante estan se�aladas con la I de Interlocutor. EL "YO" Interlocutor.-La meditaci�n es de la mayor importancia para m�; he estado meditando muy regularmente dos veces por dia durante m�s de veinticinco a�os. Al principio todo ello era muy dif�cil, yo no ten�a control sobre mis pensa- mientos y hab�a much�simas distracciones;pero gradualmente las fui eliminando casi por completo. Cada vez m�s consagr� mi tiempo y energia a la meta final. He acudido a varios instructores y he seguido varios sistemas diferentes de meditaci�n, pero en cierto modo yo nunca estaba satisfecho con ninguno de ellos;acaso "satisfacci�n" no sea la palabra acertada. Todos ellos conducian a cierto punto, seg�n el particular sistema,y not� que me estaba convirtiendo en un mero resultado del sistema, lo cual no era la meta final.Pero de todas estas experimentaciones he aprendido a dominar por completo mis pensamientos, y mis emociones est�n tambi�n enteramente bajo control. He practicado la res- piraci�n profunda, para aquietar el cuerpo y la mente. He repetido la palabra sagrada y ayunado durante largos per�odos; moralmente he sido honrado, y las cosas mundanas no tienen atracci�n para m�. Pero, despu�s de todos estos a�os de lucha y esfuerzo, de disciplina y negaci�n, no hay la paz, la gloria de que hablan los Grandes Seres. En raras ocasiones ha habido momentos iluminadores de hondo �xtasis, la promesa intuitiva de cosas m�s grandes; mas parece que no puedo penetrar a trav�s de la ilusi�n de mi propia mente, y me veo intermina- blemente preso en ella. Una nube de confusa desesperaci�n desciende sobre m� y hay creciente pesadumbre. K. -Est�bamos sentados a la orilla de un ancho r�o, cerca del agua. La poblaci�n se hallaba r�o arriba, a cierta distancia. Un ni�o cantaba en la otra orilla. El sol se iba poniendo detr�s de nosotros y hab�a grandes sombras bajo el agua. Era un bello y sereno anochecer, con masas de nubes hacia el este y el profun- do r�o apenas parec�a fluir. A toda esta dilatada belleza, �l parec�a completa- mente inconsciente; estaba totalmente absorto en su problema. Est�bamos calla- dos, y �l hab�a cerrado los ojos; su severa faz manten�ase en calma, pero inte- riormente se estaba desarrollando una intensa lucha. Una bandada de p�jaros se pos� a la orilla del agua; sus gritos seguramente llegaron al otro lado del r�o, porque un momento despu�s otra bandada vino de la orilla opuesta y se uni� a ellos. Un silencio sin tiempo cubr�a la tierra. Durante todos estos a�os, �hab�is dejado alguna vez de esforzaros tras la meta final?. �No forman la voluntad y el esfuerzo el "yo"(que es tiempo), y puede el proceso del tiempo conducir a lo eterno?. I. -Nunca he dejado conscientemente de esforzarme tras de aquello que anhela mi coraz�n, todo mi ser. No me atrevo a detenerme; si lo hiciera, retroceder�a, empeorar�a. Es la naturaleza misma de todas las cosas el luchar siempre hacia arriba, y sin voluntad y esfuerzo habr�a estancamiento sin este impulso deci- dido, yo nunca podr�a ir m�s all� y por encima de m� mismo. K. -�Puede el "yo" librarse jam�s de su propio cautiverio e ilusiones?. �No de- be cesar el "yo" para que lo innominado sea?. Y este constante esforzarse tras la meta final, �no sirve s�lo para fortalecer el ego, por muy concentrado que sea su deseo?. Os esforz�is en conseguir la meta final, y otro persigue cosas mundanas; vuestro esfuerzo puede ser m�s ennoblecedor, pero sigue siendo el de- seo de ganar, �no es as�?. I. -He superado toda pasi�n, todo deseo, excepto �ste, que es m�s que deseo; es la �nica cosa por la que vivo. K. -Entonces ten�is que morir para esto tambi�n, como hab�is muerto para otros anhelos y deseos. A trav�s de todos estos a�os de lucha y constante elimina- ci�n, os hab�is fortalecido en este �nico prop�sito, pero �l est� a�n dentro del campo del "yo". Y quer�is experimentar lo innominable, ese es vuestro anhe- lo, �no?. I. -Desde luego. Sin sombra de duda, quiero conocer el t�rmino final, quiero ex- perimentar a Dios. K. -El experimentador est� siendo condicionado siempre por su experiencia. Si el experimentador se da cuenta de que est� experimentando, entonces la expe- riencia es el resultado de sus deseos autoproyectados. Si sab�is que est�is experimentando a Dios, entonces ese Dios es la proyecci�n de vuestras esperan- zas e ilusiones (y por tanto no es real). No hay libertad para el experimenta- dor, porque siempre est� aprisionado en sus propias experiencias; es el creador del tiempo y nunca puede experimentar lo eterno. I. -�Quer�is decir que aquello que he construido diligentemente, con considera- ble esfuerzo y gracias a prudente elecci�n, ha de ser destruido?. �Y tengo que ser yo el instrumento de su destrucci�n?. K. -Puede el "yo" de manera positiva negarse a s� mismo? Si lo hace, su motivo, su intenci�n, es ganar aquello que no puede ser pose�do. Sea la que fuere su actividad, por noble que sea su mira, todo esfuerzo por parte del yo est� aun dentro del campo de sus propios recuerdos, idiosincrasias y proyecciones, cons- cientes o inconscientes. El "yo" puede dividirse a s� mismo en el "yo" org�ni- co, y el "no-yo" o ego trascendental; pero esta separaci�n dualista es una ilu- si�n en la cual est� presa la mente. Sea el que fuere el movimiento de la men- te, del "yo", nunca podr� librarse a s� mismo. Puede ir de nivel en nivel, de una elecci�n est�pida a otra m�s inteligente, pero su movimiento siempre estar� dentro de la esfera de su propia hechura. I. -Parece que cort�is toda esperanza. �Qu� va uno a hacer?. K. -Ten�is que desnudaros por completo, sin el peso del pasado ni el atractivo de un esperanzado futuro, lo cual significa desesperaci�n. Si est�is en de- sesperaci�n, no hay vac�o, no hay desnudez. No pod�is "hacer" nada. Pod�is y de- b�is estar en calma, sin ninguna esperanza, anhelo, o deseo; pero no pod�is de- terminar estar en calma, suprimiendo todo ruido, porque en ese mismo esfuerzo hay ruido. I. -Pero en mi actual estado, �qu� es lo que hay que hacer?. K. -Si puede se�alarse, est�is tan �vido de avanzar, tan impaciente por tener alguna direcci�n positiva, que realmente no est�is escuchando. EL LUCERO DE LA TARDE SE REFLEJABA EN EL APACIBLE R�O. A la ma�ana siguiente temprano volvi�. El sol acababa de aparecer por encima de las copas de los �rboles, y hab�a bruma sobre el r�o. Una embarcaci�n con amplias velas, muy cargada de le�a, flotaba perezosamente r�o abajo; excepto el que estaba al tim�n, los hombres estaban todos dormidos en diferentes partes del barco. Todo estaba muy tranquilo y aun no hab�an empezado las diarias ac- tividades humanas a lo largo del r�o. I. -A pesar de mi exterior impaciencia y ansiedad, interiormente yo tengo que haber estado alerta a lo que dec�ais ayer porque cuando despert� esta ma�ana hab�a cierto sentido de libertad y una claridad que viene con la comprensi�n. Hice mi acostumbrada meditaci�n matinal durante una hora antes de la salida del sol, y no estoy nada seguro de que mi mente no est� presa en cierto n�mero de vastas ilusiones. �Podemos seguir desde el punto en que lo dejamos?. K. -No podemos empezar exactamente donde lo dejamos, pero podemos mirar en for- ma nueva nuestro problema. La mente exterior e interior, est� en incesante ac- tividad, recibiendo impresiones; aprisionada en sus recuerdos y reacciones, es un agregado de muchos deseos y conflictos. Funciona s�lo dentro del campo del tiempo, y en ese campo hay contradicci�n, la oposici�n de la voluntad o del de- seo, que es esfuerzo. Esta actividad psicol�gica del "yo", del "m�" y de lo "m�o" , tiene que cesar, porque tal actividad crea problemas y produce diversas formas de agitaci�n y desorden. Pero todo esfuerzo para detener esta actividad s�lo contribuye a una mayor actividad y agitaci�n. I. -Eso es verdad, lo he advertido. Cuanto m�s trata uno de calmar la mente, m�s resistencia hay, y m�s se gasta el propio esfuerzo en superar esta resistencia; se convierte pues, en un vicioso e irrompible c�rculo. K. -Si os dais cuenta de lo vicioso de este c�rculo y os convenc�is de que no pod�is vos romperlo, entonces, con esta comprensi�n deja de existir el censor, el observador. I. -Eso parece ser la cosa m�s dif�cil de hacer: suprimir el observador. Lo he intentado, pero hasta ahora nunca he podido lograrlo. �C�mo va uno a hacerlo?. K. -�No est�is a�n pensando en t�rminos del "yo" y el "no-yo"?. �No est�is man- teniendo este dualismo dentro de la mente por la palabra, por la constante re- petici�n de la experiencia y del h�bito?. Al fin y al cabo, el pensador y su pensamiento no son dos procesos diferentes, pero hacemos que lo sean con obje- to de alcanzar un fin deseado. El censor surge con el deseo. Nuestro problema es, no c�mo suprimir el censor, sino comprender el deseo. I. -Tiene que haber una entidad que sea capaz de comprensi�n, un estado que es- t� aparte de la ignorancia. K. -La entidad que dice, "yo comprendo", est� a�n dentro del campo de la mente es a�n el observador, el censor, �no es as�?. I. -Desde luego que lo es; pero yo no veo c�mo puede ser desarraigado este ob- servador. �Y puede serlo?. K. -Veamos. Est�bamos diciendo que es esencial comprender el deseo. El deseo puede dividirse y se divide efectivamente en placer y dolor, sabidur�a e igno- rancia; un deseo se opone a otro, el m�s provechoso entra en conflicto con el que menos beneficio da, etc. Aunque por diversas razones puede separarse, el de- seo es en realidad un proceso indivisible, �no?. I. -Esta es una cosa dif�cil de captar. Estoy tan acostumbrado a oponer un de- seo a otro, a suprimir y transformar el deseo, que todav�a no puedo darme cuen- ta plenamente del deseo como una funci�n o proceso simple, unitario; pero ahora que lo hab�is se�alado, empiezo a sentir que es as�. K. -El deseo puede fragmentarse a s� mismo en muchos impulsos opuestos y en conflicto, pero sigue siendo deseo. Estos muchos apremios contribuyen a formar el "yo", con sus recuerdos, ansiedades, temores, y as� sucesivamente, y la acti- vidad entera de este "yo" est� dentro del campo del deseo; no tiene otro campo de actividad. Esto es as� �verdad?. I. -Haced el favor de continuar. Estoy escuchando con todo mi ser, tratando de penetrar m�s all� de las palabras, profundamente y sin esfuerzo. K. -Nuestro problema, pues, es �ste: �es posible que la actividad del deseo toque a su fin voluntaria, libremente, sin ninguna forma de compulsi�n?. S�lo cuando esto ocurre es cuando la mente puede estar en calma. Si os dais cuenta de esto como un hecho, �no termina la actividad del deseo?. I. -S�lo durante un per�odo muy breve; entonces empieza una vez m�s la activi- dad habitual. �C�mo puede esto detenerse?....... Pero, al preguntar yo ,veo lo absurdo de preguntar. K. -Veis lo codiciosos que somos; queremos siempre m�s y m�s. La demanda por la cesaci�n del "yo" se convierte en la nueva actividad del "yo"; pero no es nue- va, es meramente otra forma del deseo. S�lo cuando la mente est� espont�neamen- te en calma puede lo otro, aquello que no es de la mente, llegar a ser. |