| Jiddu Krishnamurti |
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| LA MEDITACION |
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| Para comprender la meditaci�n, para investigarla bien a fondo, ante todo debemos comprender la palabra y el hecho "meditaci�n", porque casi todos nosotros somos esclavos de las palabras. La palabra misma meditaci�n induce en muchas personas cierto estado, cierta sensibilidad, cierta quietud, un deseo de lograr esto o aquello. Pero la palabra no es la cosa. La palabra, el s�mbolo, el nombre, si no se comprende totalmente, es algo terrible. Act�a como una barrera, convierte a la mente en una esclava. Y lo que nos hace actuar a la mayor�a de nosotros, es la reacci�n a la palabra, al s�mbolo, porque no nos percatamos o somos inconscientes del hecho mismo. Llegamos al hecho, a "lo que es", con nuestras opiniones y evaluaciones, con nuestros juicios y recuerdos. Y nunca vemos el hecho, "lo que es". Creo que esto debe ser claramente comprendido. Para comprender cada experiencia, cada estado de la mente, "lo que es", el hecho real, uno no debe ser esclavo de las palabras; y �sa es una de las cosas m�s dif�ciles. La palabra, al nombrar el hecho, despierta diversos recuerdos; y estos recuerdos hacen impacto sobre el hecho, lo controlan, lo moldean, ofrecen una gu�a al hecho, a "lo que es". Por lo tanto, uno debe estar extraordinariamente atento a esta confusi�n y no generar un conflicto entre la palabra y lo factual, "lo que es". Y �sa es tarea muy ardua para una mente; exige precisi�n, claridad. Sin claridad, uno no puede ver las cosas como son. Hay una belleza extraordinaria en ver las cosas tal como son, no desde nuestras opiniones, nuestros juicios y recuerdos. Uno tiene que ver el �rbol tal como es, sin confusi�n ninguna; de igual manera, tiene que ver el cielo que en un atardecer se refleja sobre el agua; simplemente ver, sin verbalizar, sin despertar s�mbolos, ideas, recuerdos. En eso hay una belleza extraordinaria. Y la belleza es esencial. La belleza es la apreciaci�n, la sensibilidad a las cosas que a uno lo rodean: la naturaleza, la gente, las ideas. Si no hay sensibilidad, no habr� claridad; las dos cosas van juntas, son sin�nimos. Esta claridad es esencial si queremos comprender qu� es la meditaci�n. Una mente confusa, atrapada en las ideas, en las experiencias, en todos los impulsos del deseo, s�lo engendra conflicto. Y una mente que de veras quiera hallarse en un estado de meditaci�n, tiene que estar atenta no s�lo a la palabra, sino tambi�n a la respuesta instintiva de nombrar la experiencia o el estado. Y el hecho mismo de nombrar ese estado o esa experiencia --cualquiera que sea, por cruel, verdadera o falsa que pueda ser--, s�lo fortalece el recuerdo de esa experiencia, con el cual pasamos a una nueva experiencia. Por favor, si se me permite se�alarlo, es muy importante que comprendan de qu� estamos hablando, porque si no comprenden esto no podr�n emprender con quien les habla un viaje por todo este problema de la meditaci�n. Como dijimos, la meditaci�n es una de las cosas m�s importantes en la vida, tal vez la m�s importante. Si no hay meditaci�n, no es posible ir m�s all� de los l�mites del pensamiento, de la mente y el cerebro. Y para investigar este problema de la meditaci�n, desde el principio mismo tenemos que echar los cimientos de la virtud. No me refiero a la virtud impuesta por la sociedad, una moralidad originada en el temor, la codicia, la envidia, en ciertos premios y castigos. Hablo de la virtud que se genera de modo natural, f�cil y espont�neo, sin conflicto ni resistencia de ninguna clase, cuando hay conocimiento propio. Sin conocimiento propio, hagan lo que hicieren, no es posible el estado de meditaci�n. Por "conocimiento propio" entiendo conocer cada pensamiento, cada estado de �nimo, cada sentimiento, conocer la actividad de nuestra mente; no hablo de conocer el "yo supremo", el "gran yo"; no hay tal cosa, el "yo superior", el Atman, sigue estando dentro del campo del pensamiento. El pensamiento es el resultado de nuestro condicionamiento, es la respuesta de nuestra memoria, ya sea ancestral o inmediata. Y tratar meramente de meditar sin establecer primero, profunda e irrevocablemente, esa virtud que surge a la existencia con el conocimiento propio, es totalmente enga�oso y absolutamente in�til. Por favor, es muy importante que esto sea comprendido por aqu�llos que son serios, porque si no pueden hacerlo, la meditaci�n que practiquen y la vida factual estar�n divorciadas, separadas; tan ampliamente separadas que, aunque puedan meditar adoptando posturas indefinidamente por el resto de sus vidas, no ver�n m�s all� de sus narices. Cualquier postura que adopten, cualquier cosa que hagan, no tendr� ning�n sentido. Por lo tanto, la mente que quiera investigar --uso deliberadamente la palabra investigar-- qu� es la meditaci�n, tiene que echar estos cimientos de la virtud que surge natural y espont�neamente, con facilidad y sin esfuerzo alguno, cuando hay conocimiento propio. Y tambi�n es importante comprender qu� es este conocimiento propio, simplemente estar alerta, sin opci�n alguna, al "yo", el cual tiene su origen en un manojo de recuerdos --enseguida examinar� lo que entiendo por percepci�n alerta--, s�lo estar conscientes de �l sin ninguna interpretaci�n, observar nada m�s el movimiento de la mente. Pero esa observaci�n se ve impedida cuando uno meramente acumula, a trav�s de la observaci�n, el conocimiento de lo que debe hacer y no debe hacer, de lo que debe y no debe realizar; si lo hace as�, pone fin al proceso vital de ese movimiento de la mente que es el yo. O sea, tengo que observar y ver el hecho, lo real, "lo que es". Si lo abordo con una idea, con una opini�n --tal como "debo" o "no debo", que son respuestas de la memoria--, entonces el movimiento de "lo que es" se ve obstaculizado, bloqueado; por lo tanto, no hay un aprender. Para observar el movimiento de la brisa en el �rbol, uno no puede hacer nada al respecto. La brisa se mueve con violencia o con gracia o con belleza. Uno, el observador, no puede controlarla. No puede formularla, no puede decir: "La conservar� en mi mente". Est� ah�. Puede que uno la recuerde, pero si recuerda esa brisa en el �rbol la pr�xima vez que lo mire, no estar� mirando el movimiento natural de la brisa en el �rbol, sino s�lo rememorando el movimiento del pasado. Por lo tanto, no estar� aprendiendo; s�lo estar� a�adiendo a lo que ya conoce. Por eso, en cierto nivel, el conocimiento se vuelve un obst�culo para un nivel ulterior. Espero que esto haya quedado muy claro. Porque lo que vamos a examinar enseguida exige una mente clara, capaz de mirar, de ver y escuchar, sin que haya ning�n proceso de reconocimiento. Por consiguiente, ante todo uno debe estar muy claro, no confuso. La claridad es esencial. Entiendo por claridad ver las cosas como son, ver "lo que es", sin opini�n ninguna, ver el movimiento de la propia mente, observarlo con diligencia, con atenci�n y minuciosidad, sin ning�n prop�sito, sin directiva alguna. El simple observar requiere una claridad asombrosa; de lo contrario, no es posible observar. Si uno observa a una hormiga en sus movimientos, realizando todas las actividades que realiza, y aborda la observaci�n con los distintos hechos biol�gicos que conoce acerca de la hormiga, ese conocimiento le impide mirar. As�, uno empieza a ver inmediatamente d�nde el conocimiento es necesario y d�nde se vuelve un obst�culo. De este modo, no hay confusi�n. Cuando la mente es clara, precisa, capaz de un razonamiento profundo, fundamental, se halla en un estado de negaci�n. La mayor�a de nosotros acepta las cosas muy f�cilmente, somos tan cr�dulos porque ansiamos consuelo, seguridad, un sentimiento de esperanza, deseamos que alguien nos salve --Maestros, salvadores, gur�es, rishis. �Ustedes ya conocen toda esa mezcolanza!--. Y nosotros aceptamos con prontitud y facilidad; y con igual facilidad negamos, seg�n c�mo est� el clima de nuestra mente. De modo que la "claridad" lo es en el sentido de ver las cosas como son dentro de uno mismo. Porque uno forma parte del mundo, es el movimiento del mundo. Uno es la expresi�n externa del movimiento que se desarrolla internamente; es como la marea que sale y entra. El mero concentrarse en uno mismo, o el observarse como algo separado del mundo, lleva al aislamiento y a todas las formas de idiosincrasia, neurosis, miedos aisladores, etc. Pero si uno observa el mundo, si sigue el movimiento del mundo y se deja llevar por ese movimiento cuando �ste penetra en lo interno, entonces no hay divisi�n entre uno mismo y el mundo, entonces uno no es un individuo opuesto a lo colectivo. Y tiene que existir este sentido de observaci�n, que consiste tanto en observar como en explorar, escuchar y estar alerta. Uso la palabra observar en ese sentido. El acto mismo de observaci�n es el acto de exploraci�n. Uno no puede explorar si no est� libre. Por lo tanto, para explorar, para observar, tiene que haber claridad. Para explorar profundamente dentro de s� mismo, cada vez que uno llega a esa exploraci�n debe hacerlo como si fuera la primera vez. O sea, uno jam�s ha obtenido un resultado, jam�s ha ascendido por una escalera, y nunca puede decir: "Ahora lo s�". No hay escalera. Y si uno llegara a subir, debe bajar de inmediato a fin de que la mente sea sensible en grado sumo para observar, vigilar, escuchar. Gracias a este observar, escuchar, ver, vigilar, adviene esa belleza extraordinaria de la virtud. No hay otra virtud, excepto la que proviene del conocimiento propio. Entonces esa virtud es vital, vigorosa, activa, no una cosa muerta que cultivamos. Y �sos han de ser los cimientos. Los cimientos para la meditaci�n son la observaci�n, la claridad y la virtud en el sentido en que la entendemos, no en el sentido de hacer de la virtud una cosa que debemos cultivar d�a tras d�a, lo cual es mera resistencia. Entonces, a partir de ah�, podemos ver lo que implican las as� llamadas oraciones, la repetici�n de palabras, los mantras, el sentarse en un rinc�n y tratar de fijar la mente sobre un objeto en particular, o sobre una palabra, un s�mbolo, lo cual implica meditar deliberadamente. Por favor, escuchen con mucha atenci�n. Adoptar una postura deliberada o hacer deliberadamente, conscientemente, ciertas cosas para meditar, s�lo indica que est�n jugando en el campo de sus propios deseos y de su propio condicionamiento; por lo tanto, eso no es meditaci�n. Si uno observa, puede ver muy bien que esas personas que meditan tienen toda clase de im�genes: ven a Krishna, a Cristo, a Buda, y piensan que han logrado algo. Como un cristiano que ve a Cristo; ese fen�meno es muy simple, muy claro: es una proyecci�n de su propio condicionamiento, de sus temores, sus esperanzas, su deseo de seguridad. El cristiano ve a Cristo como ustedes [hablaba ante hind�es] ver�an a Rama o a cualquiera que sea su dios predilecto. No hay nada notable respecto de estas visiones. Son el producto de nuestro inconsciente, el cual ha sido tan condicionado, tan adiestrado en el temor. Cuando nos hallamos un poco quietos, ese inconsciente irrumpe con sus im�genes, sus s�mbolos, sus ideas. Por lo tanto, las visiones, los trances, las im�genes e ideas, no tienen absolutamente ning�n valor. Es como ocurre con un hombre que repite una y otra y otra vez alg�n mantra o alguna frase o un nombre. Cuando uno repite y repite y repite un nombre, es obvio que lo que hace es embotar la mente, volverla est�pida; y, en esa estupidez, la mente se aquieta. Para aquietar la mente, lo mismo podr�a uno tomar una droga --y tales drogas existen--; en ese estado de quietud, estando drogado, uno tiene visiones. Esas visiones son, obviamente, el producto de nuestra propia sociedad, de nuestra propia cultura, de nuestras esperanzas y nuestros temores; no tienen nada que ver con la realidad. Lo mismo sucede con las oraciones. El hombre que ora es como aqu�l que tiene su mano en el bolsillo de otro. El hombre de negocios, el pol�tico y toda la sociedad competitiva oran por la paz; pero lo hacen todo para engendrar guerras, odios y antagonismo. Eso no tiene sentido, carece de racionalidad. Nuestra oraci�n es una s�plica, pedimos algo que no tenemos derecho a pedir, porque no vivimos, porque no somos virtuosos. Queremos algo pac�fico, grande, que enriquezca nuestras vidas, pero hacemos todo lo opuesto: destruimos, nos volvemos vulgares, mezquinos, est�pidos. Las plegarias, las visiones, el sentarse derecho en un rinc�n respirando de modo correcto, haciendo cosas con nuestra mente, todo eso es muy inmaduro, muy infantil; no tiene sentido para un hombre que realmente quiera comprender el pleno significado de lo que es la meditaci�n. Un hombre as� descarta por completo todo esto, �aun cuando pudiera perder su empleo! El no recurre inmediatamente a un peque�o dios, a fin de obtener un nuevo empleo --�se es el juego que practican todos ustedes--. Cuando hay alguna clase de dolor, de perturbaci�n, acuden a un templo �y se llaman a s� mismos religiosos! Todas estas cosas deben ser completa y totalmente descartadas, de modo que ni siquiera los toquen. Si han hecho esto, entonces podemos seguir investigando todo este problema de lo que es la meditaci�n. Tiene que haber observaci�n, claridad, conocimiento propio y, a causa de ello, virtud. La virtud es una cosa que florece todo el tiempo en bondad; uno puede haber cometido un error, haber hecho algo feo, pero eso se ha terminado; uno se est� moviendo, floreciendo en bondad porque se conoce a s� mismo. Habiendo echado esos cimientos, es posible dejar de lado las oraciones, el murmurar palabras y el adoptar posturas. Entonces puede uno empezar a investigar qu� es la experiencia. Es muy importante comprender qu� es la experiencia, porque todos la deseamos. Tenemos las experiencias cotidianas: ir a la oficina, disputar, sentirnos celosos, envidiosos, ser brutales, competitivos, sexuales. En la vida pasamos por toda clase de experiencias, d�a tras d�a, consciente o inconscientemente. Vivimos en la superficie de nuestra vida, sin belleza, sin ninguna profundidad, sin nada propio que sea original, pr�stino, puro. Somos seres de segunda mano, siempre citando a otros, siguiendo a otros, como c�scaras vac�as. Y, naturalmente, queremos m�s experiencias adem�s de la experiencia cotidiana. Buscamos, pues, estas experiencias ya sea por medio de la meditaci�n o tomando alguna de las drogas m�s recientes. El LSD 25 es una de estas drogas recientes; tan pronto lo toman, sienten que tienen un "misticismo instant�neo", no que han tomado la droga. [Risas del p�blico]. Estamos hablando en serio. Ustedes se limitan a re�r ante la menor provocaci�n; por lo tanto, no son serios, no examinan esto paso a paso, observ�ndose a s� mismos; s�lo escuchan las palabras y siguen dej�ndose llevar por las palabras --algo contra lo cual los he prevenido al principio de esta pl�tica--. Est�n estas drogas que nos inducen una expansi�n de la conciencia, que de momento nos tornan altamente sensibles. Y en ese estado de sensibilidad intensificada vemos cosas: El �rbol adquiere una vida asombrosa, es m�s claro y brillante, contiene una inmensidad. O, si tenemos inclinaciones religiosas, en ese estado de sensibilidad acrecentada experimentamos un sentimiento extraordinario de paz y luz; no hay diferencia entre uno mismo y la cosa que uno observa: uno es eso, y todo el universo es parte de uno mismo. Y anhelamos estas drogas porque deseamos m�s experiencia, una experiencia m�s amplia y m�s profunda, confiando en que tal experiencia dar� un significado a nuestra vida; de este modo, comenzamos a depender. Sin embargo, cuando uno tiene estas experiencias, sigue estando dentro del campo del pensamiento, dentro del campo de lo conocido. Por consiguiente, ustedes tienen que comprender la experiencia, o sea, la respuesta a un reto, la cual se vuelve una reacci�n; y esa reacci�n moldea sus pensamientos, sus sentimientos, todo su ser. Y as� suman m�s y m�s experiencias; s�lo piensan en tener cada vez m�s experiencias. Cuanto m�s claros son los recuerdos de esas experiencias, m�s creen ustedes que conocen, que saben. Pero si lo observan, encontrar�n que cuanto m�s conocen, m�s superficiales se vuelven, m�s vacuos. Al volverse m�s vacuos desean m�s experiencias, experiencias m�s amplias. De modo que tienen que comprender, no s�lo lo que he dicho anteriormente, sino tambi�n esta demanda extraordinaria de experiencias. Ahora podemos proseguir. Una mente que busca cualquier clase de experiencia, sigue estando dentro del campo del tiempo, dentro del campo de lo conocido, de los deseos autoproyectados. Como dije al comienzo, la meditaci�n deliberada s�lo nos conduce a la ilusi�n. Sin embargo, tiene que haber meditaci�n. Si meditamos deliberadamente, eso nos lleva a distintas formas de autohipnosis, a distintas formas de experiencias proyectadas por nuestros propios deseos, por nuestros propios condicionamientos; y esos condicionamientos, esos deseos moldean nuestra mente, controlan nuestro pensamiento. Por eso, un hombre que de verdad quiera comprender el significado profundo de la meditaci�n, debe comprender el significado de la experiencia; adem�s, su mente tiene que estar libre de toda b�squeda. Eso es muy dif�cil. Enseguida voy a examinarlo. Habiendo asentado todo esto naturalmente, espont�neamente, f�cilmente, como algo b�sico, debemos averiguar qu� significa controlar el pensamiento. Porque eso es lo que todos persiguen: cuanto m�s pueden controlar el pensamiento, m�s creen que han avanzado en la meditaci�n. Para m�, cualquier forma de control --f�sico, psicol�gico, intelectual, emocional-- es nociva. Por favor, escuchen cuidadosamente. No digan: "Entonces har� lo que me plazca". No estoy diciendo eso. El control implica subyugaci�n, represi�n, adaptaci�n, implica moldear el pensamiento conforme a un patr�n particular, lo cual quiere decir que el patr�n es m�s importante que el descubrimiento de lo verdadero. As�, el control en cualquier forma --resistencia, represi�n o sublimaci�n-- moldea m�s y m�s la mente conforme al pasado, conforme al condicionamiento en que nos educaron, al condicionamiento de una comunidad en particular, y as� sucesivamente. Es necesario comprender qu� es la meditaci�n. Ahora, por favor, escuchen cuidadosamente. No s� si alguna vez han hecho esta clase de meditaci�n. Es probable que no, pero ahora van a hacerla conmigo. Vamos a emprender el viaje juntos, no verbalmente, sino que recorreremos ese camino desde el principio hasta el fin de donde llega la comunicaci�n verbal. Es como llegar juntos hasta la puerta; entonces, o bien pasan ustedes por la puerta, o se detienen de este lado. Se detendr�n de este lado de la puerta si no han hecho todo lo que se ha indicado, no porque lo diga quien les habla, sino porque es cuerdo, sano, razonable y soportar� todas las pruebas, todos los ex�menes. De modo que ahora vamos a meditar juntos, no deliberadamente, porque no existe la meditaci�n deliberada. Es como dejar la ventana abierta y el aire llega cuando quiere --cualquier cosa que el aire traiga, sea como fuere la brisa--. Pero si esperan que las brisas lleguen porque han abierto la ventana, �stas jam�s llegar�n. La ventana tiene que ser abierta por amor, por afecto, desde la libertad, no porque uno desee algo. Y �se es el estado de belleza, es el estado de la mente que ve y no exige nada. Estar atentos implica un estado extraordinario de la mente --estar atentos a cuanto los rodea, a los �rboles, al p�jaro que canta, al Sol que est� detr�s de ustedes; estar atentos a los rostros, a las sonrisas; estar atentos a la suciedad del camino, a la belleza de la tierra, a la palmera contra el cielo rojo del crep�sculo, a la onda sobre el agua--, simplemente estar atentos, sin preferencia alguna. Por favor, h�ganlo mientras prosiguen con esto. Escuchen a esos p�jaros, sin nombrarlos, no reconozcan la especie, s�lo escuchen el sonido. Escuchen los movimientos del propio pensar, no los controlen, no los moldeen, no digan: "Esto es bueno, eso es malo". Simplemente, mu�vanse con ellos. Eso es la percepci�n alerta, en la que no hay opci�n ni condena ni juicio ni comparaci�n o interpretaci�n; s�lo observaci�n pura. Eso hace que la mente sea altamente sensible. En el momento en que nombran, han retrocedido y la mente se embota, porque eso es lo que acostumbran hacer. En ese estado de percepci�n alerta hay atenci�n, no control ni concentraci�n. Hay atenci�n. O sea, escuchan a los p�jaros, ven la puesta del Sol, contemplan la quietud de los �rboles, oyen pasar los autom�viles, oyen a quien les habla; y est�n atentos al significado de las palabras, a sus propios pensamientos y sentimientos y al movimiento de esa atenci�n. Est�n atentos globalmente, sin un l�mite, no s�lo de manera consciente, sino tambi�n inconscientemente. Lo inconsciente es m�s importante; por lo tanto, tienen que investigar loinconsciente. No uso la palabra inconsciente desde el punto de vista de la t�cnica o como un t�rmino t�cnico. No la uso en el sentido en que la usan los psic�logos, sino para referirme a aquello de lo que no son conscientes. Porque la mayor�a de nosotros vive en la superficie de la mente: yendo a la oficina, adquiriendo conocimientos o una t�cnica, disputando, etc. Jam�s prestamos atenci�n a la profundidad de nuestro ser, la cual es el resultado de nuestra comunidad, del residuo racial, de todo el pasado --no s�lo el de cada uno de nosotros como ser humano, sino tambi�n el del hombre, el de las ansiedades del hombre--. Cuando dormimos, todo esto se proyecta en la forma de sue�os, y entonces est� la interpretaci�n de esos sue�os. Los sue�os se vuelven totalmente innecesarios para un hombre que est� despierto, alerta, observando, escuchando, consciente, atento. Ahora bien, esta atenci�n exige una energ�a tremenda; no la energ�a que ustedes han acumulado mediante la pr�ctica, el celibato y todas esas cosas; �sa es la energ�a de la codicia. Yo hablo de la energ�a del conocimiento propio. Gracias a que han echado los cimientos correctos, de ello surge la energ�a que necesitan para estar atentos, energ�a en la que no hay ning�n sentido de concentraci�n. La concentraci�n es exclusi�n; ustedes quieren escuchar esa m�sica [que llega desde una calle cercana], y tambi�n quieren o�r lo que dice quien les habla, de modo que ofrecen resistencia a esa m�sica y tratan de escucharlo a �l; de esta manera, no prestan realmente atenci�n completa. Una parte de su energ�a se ha ido en resistir a esa m�sica y una parte est� tratando de escuchar; por lo tanto, no escuchan totalmente, no est�n atentos. As� que si se concentran, meramente resisten, excluyen. Pero una mente que se halla atenta, puede concentrarse y no ser exclusiva. De esta atenci�n surge, pues, un cerebro quieto. Las c�lulas cerebrales mismas est�n quietas; no aquietadas, no disciplinadas, no forzadas ni condicionadas brutalmente. Pero a causa de que toda esta atenci�n ha surgido naturalmente, espont�neamente, con facilidad y sin esfuerzo alguno, las c�lulas cerebrales no se han falseado, ni se han insensibilizado ni vulgarizado ni embrutecido. Espero que est�n siguiendo todo esto. A menos que las c�lulas cerebrales mismas sean asombrosamente sensibles, vitales y alertas, que no est�n endurecidas ni golpeadas ni agotadas ni especializadas en un sector particular del conocimiento, a menos que sean extraordinariamente sensibles, no pueden estar quietas. Por consiguiente, el cerebro debe estar quieto y, no obstante, debe ser sensible a cada reacci�n, debe estar atento a toda la m�sica, a los ruidos, a los p�jaros, escuchando estas palabras, contemplando la puesta del Sol, sin presi�n ninguna sin tensiones, sin influencias. El cerebro debe estar muy quieto, porque sin quietud, quietud no inducida, no producida artificialmente, no puede haber claridad. Y la claridad puede llegar s�lo cuando hay espacio. Ustedes tienen espacio en el momento en que el cerebro est� absolutamente quieto y, no obstante, altamente sensible, no apagado. Por eso es muy importante lo que hacen todos los d�as. El cerebro se halla embrutecido por las circunstancias, por la sociedad, por los trabajos que ustedes realizan y por la especializaci�n, brutalmente molido por sus treinta o cuarenta a�os en una oficina --todo eso destruye la extraordinaria sensibilidad del cerebro--. Y el cerebro debe estar quieto. A partir de ah�, toda la mente, en la cual est� incluido el cerebro, es capaz de estar completamente silenciosa. Esa mente silenciosa ya no busca, no espera experiencias; no experimenta nada en absoluto. Conf�o en que comprendan todo esto. Tal vez no lo comprenden. No importa, simplemente escuchen. No se sientan hipnotizados por m�, sino presten atenci�n a la verdad de esto. Quiz�s entonces, cuando est�n caminando por la calle o se encuentren sentados en un autob�s o contemplando un torrente o un campo sembrado de arroz verde y abundante, esto llegue inadvertidamente, como un susurro desde una tierra muy remota. As�, la mente queda en completo silencio, sin ninguna forma de presi�n, de compulsi�n. Este silencio no es algo producido por el pensamiento, porque el pensamiento ha cesado, toda la maquinaria del pensamiento ha llegado a su fin. El pensamiento debe terminar; de lo contrario, producir� m�s im�genes, m�s ideas, m�s ilusiones� m�s, m�s y m�s. Por lo tanto, tienen que comprender toda esta maquinaria del pensamiento --no c�mo detener el pensar--. Si comprenden toda la maquinaria del pensamiento --la cual es la respuesta de la memoria, de la asociaci�n y el reconocimiento, del nombrar, comparar y juzgar--, si la comprenden, �sta llega naturalmente a su fin. Cuando la mente est� por completo silenciosa, entonces, a causa de ese silencio, en ese silencio mismo, hay un movimiento por completo diferente. Ese movimiento no es un movimiento creado por el pensar, por la sociedad, por lo que ustedes han le�do o no han le�do. Ese movimiento no pertenece al tiempo o a la experiencia, porque no contiene experiencia alguna. Para una mente silenciosa no hay experiencias. Una luz que arde brillantemente, una luz intensa, no requiere nada m�s, es luz para s� misma. Ese movimiento no es un movimiento en ninguna direcci�n, porque la direcci�n implica tiempo. Ese movimiento no tiene causa, porque cualquier cosa que tenga una causa produce un efecto y ese efecto se convierte en la causa y as� sucesivamente: una cadena interminable de causa y efecto. Por lo tanto, no hay en absoluto ni efecto ni causa ni motivo ni experiencia. Debido a que est� por completo quieta, naturalmente silenciosa, a que ustedes han echado los cimientos correctos, la mente se halla relacionada de manera directa con la vida, no est� divorciada del vivir cotidiano. Si la mente ha llegado hasta ah�, ese movimiento es creaci�n. Entonces no hay ansiedad por expresarse, porque una mente en estado decreaci�n puede expresarse o no expresarse. Ese estado de la mente que se halla en completo silencio tiene su propio movimiento; esa mente se mover� en lo desconocido, en aquello que es innominable. Por consiguiente, la meditaci�n que ustedes practican no es la meditaci�n de que estamos hablando, la cual existe de lo eterno a lo eterno, porque uno ha echado los cimientos no en el tiempo sino en la realidad. 29 de enero de 1.964. Madr�s, India. (Extracto del libro titulado "Dios") |