


El barrio de Barracas guarda una tr�gica historia de amor, en el lugar que perteneciera a la quinta donde vivi� Felicitas de Alzaga, presentada por el escritor Rafael Barreda, como una: "joven atrayente, en toda la plenitud de su belleza y con caudal inagotable, que le dejara su esposo, nombr�ndole al morir, �nica y universal heredera de sus sesenta millones de pesos, no faltaron, natural y l�gico es suponerlo, codiciadores a tan envidiable y apetecible partido".
Felicitas.
Felicitas, queda viuda a los 22 a�os, de Mart�n de Alzaga, con qui�n tuvo un hijo, F�lix, que muri� a los 6 a�os, en 1869, cinco meses antes que su padre. Vida desarrollada bajo un tr�gico destino, as� lo relata Rafael Barreda, refiri�ndose a la historia del "hermoso palacio" de la hoy Av. Montes de Oca, esquina de las calles de Pinz�n y de Su�rez, donde se hallaba iluminado pintorescamente, en su parte exterior, por el claro de la luna llena y por la iluminaci�n de las ventanas y puertas en la noche del 29 de enero de 1872.
Felicitas hab�a ido a la ciudad de compras, para los festejos de la inauguraci�n de un puente sobre el R�o Salado, que ba�aba las orillas de su espl�ndida estancia.
La viuda de Alzaga, era festejada por el joven Enrique Ocampo, perteneciente a una tradicional y acaudalada familia porte�a y, al enterarse que Felicitas prefer�a al estanciero don Samuel S�enz Valiente, fue presa de un evidente desequilibrio mental que lo llev� a consumar su anunciado asesinato.
La espera.
Y aguard�ndola estaba, cuando lleg� un carruaje y se detuvo a la puerta de la quinta, anunciando enseguida un sirviente la llegada de Enrique Ocampo, que deseaba ver a la se�ora de Alzaga. La se�ora de Bernado Demar�a fue a recibirle, y ha hacerle penetrar a la sala que daba al frente de la avenida y decirle: - Felicitas no est� en la quinta en este momento- observ� que Ocampo se hallaba sereno, completamente tranquilo y casi sonriente.
- Puesto que usted me asegura que no est�, me retiro y volver� m�s tarde, pues deseo celebrar una conversaci�n con ella - le dijo en tono amable. Y ya iba a retirarse cuando se oy� que paraba otro carruaje a la puerta de la quinta.
Ocampo debi� distinguir desde all� la persona que bajaba, que hablaba con un sirviente y se dirig�a al quiosco: era su afortunado rival Samuel Sa�nz Valiente.
Otro carruaje lleg� enseguida, de �l baj� una dama.
La llegada.
Ah� est� - d�jole Ocampo a la se�ora de Demar�a, se�al�ndole la dama que entrara y se dirigiera al interior por la parte lateral de la derecha. Le suplico - entonces - a�adi� -, quiera tener la bondad de decirle que la aguardo.
Los Demar�a, conjuntamente con el joven que acababa de entrar, hab�an ya pasado al comedor de la quinta, separado de la sala por un corredor y un pasillo.
La se�orita de Casares acudi� a Felicitas, que ya se encontraba en su tocador cambiando el traje de calle por otro de casa, cuando la se�ora de Demar�a (t�a materna de Felicitas) le particip� que Ocampo le aguardaba en la sala.
Al o�r �sto, Felicitas demostr� en su semblante la profunda contrariedad que le produjo y pidi� a su amiga �ntima, la se�orita de Casares, le dijese a Ocampo que no le era posible recibirlo en aquel momento, con cualquier pretexto. La se�orita de C�ceres volvi� en breve, manifest�ndole que Ocampo estaba firmemente decidido a no marcharse de all� sin antes celebrar una conferencia con la due�a de casa.
Felicitas baj� entonces al comedor y mientras los dem�s la saludaban cari�osamente, not� la mirada expresivamente ir�nica de su futuro (S�enz Valiente) que la contemplaba en silencio, sin acercarse a ella.
La se�orita de Casares la acompa��, pero no permiti� que lo hiciera sino hasta la puerta de la sala, que entorn� tras s�.
Ocampo la contemplaba en silencio, como momentos antes la contemplara su afortunado rival.
Felicitas le indic� que se sentase y ella tambi�n lo hizo. La entrevista comenz� ceremoniosamente. Despu�s de un momento de verdadera expectaci�n, Ocampo le reproch� la situaci�n en que se encontraba.
Felicitas le replic� altanera, casi despreciativa.
El desenlace.
El eco de sus voces alteradas traspuso el recinto en que se encontraban. Lleg� hasta el comedor y los se�ores Demar�a, temiendo un desenlace desagradable, se aproximaron a la sala; pero Felicitas que oy� el ruido de sus pasos, con voz vibrante y nerviosa pregunt�: -�qui�n anda ah�? He dicho que no quiero que venga nadie-.
Los Demar�a padre e hijos no contestaron, pero tampoco retrocedieron. Y entonces Ocampo le exigi� a Felicitas terminantemente que no se uniese a otro hombre.
-�Y con qu� derecho me pide usted eso?-, exclam� ella, en el colmo de la excitaci�n. -Basta ya. Yo si le exijo a usted que no vuelva a poner los pies en mi casa-.
Enrique Ocampo, sin contestar palabra, le dirigi� una mirada de insano, e impulsiva y r�pidamente sac� una rev�lver con el que apunt� a Felicitas. �sta not� su acci�n y corri� espantada, en direcci�n al pasillo, pero antes de que llegase a la puerta son� una formidable detonaci�n y se oyeron gritos despavoridos de mujer.
El primero que acudi� fue don Bernab� y vio a la infeliz dama que, corri�ndole la sangre por la espalda, caminaba tambaleante y, que enred�ndosele la cola de la bata en un mueble, ca�a para levantarse con el rostro tambi�n ensangrentado. Desapareci� por el pasillo, mientras el asesino, sobre el que iba a arrojarse don Bernab�, le dirigi� a �l la boca del rev�lver con gesto de imponente amenaza.
Y entretanto que las detonaciones del arma homicida continuaban, Felicitas ca�a ex�nime en el pasillo, cuando a ella llegaron sus parientes, su amiga la se�orita de Casares y su prometido que, sin proferir palabra, fue a levantarla. Fue conducida a su lecho. Se llam�, con la urgencia que el caso requer�a, a los doctores Montes de Oca y Larrosa. Cuando �stos llegaron se encontraron con el cuerpo agonizante de Enrique Ocampo all� en la sala. �Se hab�a suicidado?. As� consta en la causa criminal de que fuera juez, el historiador doctor don Angel Justiniano Carranza.
Pero las versiones son distintas y hay quien asegura haberle o�do contar a don Bernardo Demar�a que, en el instante de hacerle fuego Ocampo, sin tocarlo, incrust�ndose la bala en el marco de la ventana, su hijo Cristi�n salt� sobre aqu�l, que no solamente esgrim�a el arma de fuego, sino un estoque desenvainado de un grueso bast�n.
Cristi�n fue a �l con la rapidez de un rayo, le tom� ambas mu�ecas. Lucharon y Ocampo cay� soltando el rev�lver del que se apoder� mi hijo para hacerle fuego junto al coraz�n. He o�do muchas veces hablar de un tiro a quemaropa y, efectivamente, yo vi que el chaleco blanco de Ocampo humeaba de sangre y fuego, pero a�n con vida, Ocampo pretendi� herir a Cristian con el estoque.
Cristi�n, entonces, dici�ndole - vas a morir como un perro, miserable, asesino de mujeres - le introdujo el ca��n del rev�lver en la boca y, sonando una nueva detonaci�n, le destroz� el cr�neo-
Fuera como fuera no hubo duda de que Ocampo ten�a el prop�sito de suicidarse despu�s de cometer su espantoso crimen. La noticia de esta horrible cat�strofe, cundi� inmediatamente por todas partes.
Los vecinos de los alrededores de la quinta acudieron enseguida, y los deudos de Ocampo, cuyo cad�ver fue transportado en el mismo carruaje que lo condujera a la quinta, a la capilla de Santa Luc�a, a cuatro cuadras. La se�ora de Alzaga pidi� que se llamara a otros facultativos y acudieron los doctores Blancas y Gonz�lez Cat�n, la examinaron y declararon que todo era in�til. Ni la ciencia ni las fabulosas riquezas contendr�an la inexorabilidad de la muerte.
Se despidi� de esta realidad Felicitas Guerrero de Alzaga en la madrugada del 30 de enero de 1872.
En el terreno que ocupaban las casas de la quinta, al frente de la iglesia, se encuentra hoy la Plaza Rep�blica de Colombia.
Y a la entrada de la Iglesia Santa Felicitas se encuentra la estatua de m�rmol de Felicitas de Alzaga, con su hijo F�lix, que fue levantada por los padres de las v�ctimas para perpetuar su memoria.
Es una historia de amor y desencuentro en esta vida, quiz�s trascienda en otra dimensi�n con un verdadero encuentro, mientras tanto, en este rinc�n del barrio de Barracas quedan las sombras perdurables del recuerdo.

