Semana Santa: FE de siempre
| En el pasado, las mujeres se vestían de negro y bañarse en el mar no era recomendable |
En el pasado los días de Semana Santa eran severa y aparatosamente dedicados a recordar la pasión y muerte de Jesucristo. Desde dos semanas antes se daban procesiones y liturgias multitudinarias. En Domingo de Ramos –que marcaba el inicio de la Semana Santa- los fieles atestaban las iglesias con sus palmas de olivo en alto, dándole a sus recintos el viso de una floresta.
Eran los tiempos que en los altares de los santos se cubrían con un manto morado y la misa se oficiaba en latín, en uno de cuyos pasajes el sacerdote, volviéndose a los fieles con los brazos extendidos, decía: Dominus Vobiscum (el Señor esté con vosotros) que los fieles no entendían ni jota pero que igualmente seguían con piadosa devoción. En tanto que en los confesionarios se formaban largas colas de fieles para revelar sus pecados al sacerdote y, luego, contritos, comulgar.
TRES SANTOS Desde su fundación Lima fue una ciudad abrumadoramente católica. Antes de su primer siglo ya había dado tres santos a la Iglesia: Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo y San Martín de Porres. En los primero tiempos de la ciudad, prácticamente a la vuelta de cada esquina asomaba una iglesia. Y siguiendo esa tradición, entrando el siglo XX, tenía en conjunto 100 lugares de oración y recogimiento; 57 iglesias, 23 conventos, 8 capillas, que eran regentadas por las más diversas órdenes y congregaciones religiosas: Jesuitas, franciscanos, mercedarios, agustinos, pasionistas, etc. Por entonces el almanaque estaba cargado de fiestas religiosas de guardar que durante los últimos gobiernos, con buen tino, se fueron restringiendo a sólo unas cuantas. Por entonces las procesiones eran numerosas; la del Señor de los Milagros, como es de suponer, la que congregaba a más fieles. En esos lejanos días Lima se vestía realmente de morado –miles de personas de toda condición social llevaba el tradicional hábito- y el turrón de doña Pepa era, acaso, más sabroso. En los cuarentas, en días de Semana Santa, las estaciones de radio sólo transmitían música sacra y los chicos se abstenían de todo juego. No se comía carne de res ni pollo ni de chancho; (era pecado hacerlo, a decir de la gente mayor) sólo estaba permitido yantar pescado y mariscos. En esos tiempos el bacalao –que era un plato de lujo- se importaba de Noruega. No se lavaba (la ropa) y no era recomendable bañarse, sobre todo en el mar. De allí que el Jueves y Viernes Santo las playas -así el Sol achicharrase- lucían despobladas de bañistas. La mayoría de mujeres vestían de negro de pies a cabeza. El día Jueves Santo el centro histórico de la ciudad era un ir y venir de gente que visitaba las siete estaciones (templos) y en la noche, en la mayoría de las iglesias, se realizaba el tradicional lavado de pies a doce ancianos o chiquillos, por lo general de extracción humilde. El Viernes Santo era el día del mayor recogimiento. Desde temprano las iglesias se atestaban de fieles para escuchar el Sermón de las Tres Horas –de doce a tres de la tarde. Había entonces oradores extraordinarios que impactaban por su elocuencia, entre ellos monseñor Solano Muente, sacerdote muy querido y popular en los años ´40. El diario El Comercio reveló que el sermón de las tres horas “es peruano, nació acá en el siglo pasado”. A las tres de la tarde el Viernes Santo, hora de la muerte de Jesús de Nazareth, la ciudad se llenaba de silencio. Era como si el tiempo se hubiera congelado. Se conservaba en voz baja y hasta se caminaba suavemente, “para no perturbar el descanso del Señor”. Al día siguiente, Sábado de Gloria, la radio estallaba con música más alegra. Y en algunos hogares, las madres se cobraban la revancha –a latigazos, y en la cama- castigando a los críos que no se habían portado dulcemente durante esos días. La ciudad volvía a cobrar su ritmo; los carros con sus cláxones, a abrirse paso nuevamente por las calles; los mercados a sacar sus carnes de chancho, y las mujeres –después de guardar sus trajes negros cargados de naftalina para volver a ponérselos el próximo año- taconeando garbosas y elegantes.
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