MEMORIAS DE CEDRO Y OLIVO
Alonso Rabí Do Carmo
El
migrante, según razona un proverbio de los indios iroqueses, no tiene un país,
tiene dos: El antiguo y el nuevo. Pero todo es relativo, porque si es cierto
que uno se enriquece al acceder a una cultura distinta a la suya, no es menos
cierto que se produce también un vacío, provocado por la pérdida de los
referentes propios. En palabras de Leyla Bartet –autora de “Memorias de cedro y
olivo”, un libro que nos relata la historia de la inmigración árabe al Perú y
que pronto pondrá en circulación el Fondo Editorial del Congreso -, “lo antiguo
se ha perdido y lo nuevo no se adquiere nunca totalmente”. Pero migrar no es
novedad. Desde que el hombre es hombre, siempre miró más allá de sus fronteras,
de modo que la migración es algo tan conocido con aquellos que poblaron América
a través del estrecho de Bering. En suma: Todo lo vivo emigra.
¿Presencia o Inmigración?
Y
es que, como refiere Bartet, la presencia árabe en el Perú de aquellos tiempos
no tenía un carácter legal; de allí que fuera natural de quien tuviera sangre
mora tratara de ocultarlo. Además dice, “por definición un árabe no tenía
cabida en el Virreinato, pues España entonces, perseguía una homogeneización en
torno al cristianismo y
En el contexto colonial no podemos hablar de una ola inmigratoria propiamente dicha, por más árabes que se hubieran avecindado en estos pagos; de cualquier modo, no fueron tantos. En realidad, la inmigración árabe, oficial y legalmente hablando, se inicia a fines del siglo XIX. Bartet señala que la inmigración árabe al Perú se desarrolló en un marco histórico cuyo rasgo central fue determinado por la situación de los territorios de origen. Así califica la llegada de los inmigrantes árabes a nuestro país en tres etapas claramente diferenciadas:
-
La primera,
que corresponde al período de crisis final del Imperio Otomano, entre 1885 y
1914.
-
La segunda,
provocada por el desmembramiento de dicho Imperio y la situación de los
mandatos europeos en Siria, Líbano y Palestina, entre los años 1918 y 1939.
-
Y por último,
la tercera, el cambio que supuso para Medio Oriente el final de
Se
estima que entre 1860 y 1890, unos 600,000 árabes abandonan Medio Oriente y
tienen como destino América. El problema es que no hay fechas precisas para
fijar el inicio de la inmigración árabe al Perú, aunque, sacando el promedio de
fechas que ofrecen las diversas fuentes que ha contrastado Leyla Bartet en su
estudio, es posible situar este fenómeno entre 1880 y 1896.
Corren muchas versiones sobre la llegada de los árabes al Perú. Fechas que difieren de informante a informante, de investigador a investigador. El palestino-venezolano Kaldone G. Nweihed, por ejemplo, menciona a Said Sahurriyeh, natural de Belén, como el primer árabe –de origen palestino – que llega al Perú, en 1884, procedente de Chile, donde ya se había establecido un grupo de palestinos. Mi abuelo Yadallah Rabí, natural de Beit Yala, según informó mi padre a Bartet – y perdonen la intromisión -, llegó al Perú en 1896 junto con su tío Said y se estableció en Huancavelica luego de atravesar Argentina y Bolivia.
Según refiere Denys Cuche, entre 1880 y 1920, de la veintena de compañías comerciales establecidas en Arequipa, cinco son palestinas: Said e hijos, fundada en 1887; Farah y Said, en 1904; Jorge Majluf y Hermanos, en 1910; Abugattás y Hermanos, que abrió sus puertas también en 1911. El mismo Cuche afirma que uno de los primeros palestinos en establecerse en el país es Issa Said, llegado en 1885. Suele citarse también entre los pioneros a Salah Elías Eresi, quien llegó al puerto de Mollendo en 1890. Otros informantes habla de Butrus y Khalil Mikhael, dos palestinos que arriban a nuestro territorio en 1888, que fueron conocidos vendedores de artículos religiosos que importaban de Belén. De otra parte, el primer miembro de la familia Kahhat, habría llegado a Ayacucho en 1895, fundando un linaje formado actualmente por unas 1200 personas entre la primera, segunda y tercera generación.
Bartet explica que estos primeros inmigrantes – la mayoría palestinos – no tenían una idea muy precisa de la división política y la geografía del continente, pues muchos llegaban huyendo de los problemas en sus tierras de origen, buscaban labrar fortuna y volver a su terruño. Esto justificaría la intensa actividad comercial que desarrollaron desde que llegaron al Perú, aunque las generaciones posteriores, sin abandonar del todo la práctica del comercio o de la industria, han ido integrándose también a potros ámbitos de la vida en el país, desde la actividad profesional y académica hasta la artística, la gastronómica e inclusive la política.
Hoy, la colonia árabe-peruana es una comunidad pujante que ha creado instituciones como el Centro Islámico del Perú o el Club Árabe Palestino, que son espacios de socialización y, hasta cierto punto, de conservación de algunas costumbres heredadas de los pioneros, todo un aporte a la diversidad de nuestro país.
¿Los inmigrantes árabes tiene algún rasgo que los distinga de
otras colonias extranjeras?
¿Qué
aportes han hecho los árabes a la cultura peruana?
Creo que han aportado algunas tradiciones muy interesadas en el Perú, más allá de sus contribuciones al español con miles de vocablos. Solo hago alusión a lo que nos dejaron los inmigrantes que llegaron a partir de fines de siglo XIX. Los comerciantes árabes de esa época introducen en el Perú una forma de comerciar que pone en jaque a las grandes empresas del sur andino en el siglo XIX: Venden barato y contentarse con ganancias menores. Se dice que les debemos también la venta a plazos. Los comerciantes percibieron que existía una población campesina con salarios muy bajos. Por ello deciden establecer sistemas de crédito muy originales: A cambio de la mercadería, el cliente daba una pequeña cuota inicial y el saldo se pagaba en el tiempo que fuera necesario. Inauguran lo que después se llamaría el crédito hormiga, es decir, una cobranza diaria de un crédito dividido en 29 días. Así el comerciante árabe fidelizaba su clientela y el campesino tenía acceso a bienes del mercado moderno que no habría podido conseguir de otra manera.
¿Qué sentido tiene la memoria
en este libro?
Frente a la homogeneización se yergue la memoria histórica. Frente a los excesos de la identidad surge la tolerancia, la aceptación del otro, el respeto a la diferencia. Como ejemplo de esta identidad abierta pero respetuosa de la historia están los jóvenes árabes que entrevisté para este trabajo. Todos afirmaban sentirse árabes y peruanos, árabes por sus raíces y peruanos por lo mucho que le deben culturalmente al país que acogió a sus abuelos.
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El Comercio
5/7/2005