FACULTADES EXTRAORDINARIAS
DE LA MENTE NATURAL

Existen algunos fenómenos mentales naturales, que han tenido lugar desde que existen hombres sobre la tierra, a saber:

1. El magnetismo, o influencia de la energía vital sobre otros cuerpos vivos y aun en un sentido bastante limitado sobre la materia inerte.

2. La telepatía, o proyección a distancia de ideas emitidas repetidamente por la mente del que posee esta facultad.

3. El sueño hipnótico, durante el cual el sujeto dormido por hipnosis, o sea, provocada por la fuerza magnética de las manos de un operador que realiza pases alrededor de la cabeza del sujeto sometido a hipnosis, produce una rara sujeción del hipnotizado al hipnotizador, y ha de pensar del mismo modo que el hipnotizador piensa. En tales ocasiones el sujeto hipnotizado responde a preguntas de los circunstantes con aparente conocimiento de cosas ocultas, pero que finalmente han sido observadas como originarias de la mente más fuerte o más traslúcida del operador, que las ha captado por la telepatía de los circunstantes, y son transmitidas por éste a la mente dominada del hipnotizado.

4. La levitación de objetos ligeros, generalmente de madera, que parecen perder peso, elevándose un poco bajo el influjo mental de sus operadores. Un procedimiento muy usado por los espiritistas es el de una tablilla que se desliza sobre el “ouija-board”, o tablero alfabético, señalando la tablilla movible letras determinadas, con las cuales aficionados a este peligroso juego interpretan mensajes que suponen procedentes de espíritus desencarnados, pero que en realidad no son más ideas mentales de los propios operadores que circunden el tablero, poniendo sus manos sobre el mismo.

5. Visiones y alucinaciones obedeciendo a causas físicas, como son determinados olores que embotan la mente y llevan a soñar lo que no existe.

Todos estos fenómenos metapsíquicos son reales pero no ha podido demostrarse que sean producidos por los espíritus desencarnados por personas fallecidas. Algunos de tales fenómenos parecen más bien obedecer a leyes desconocidas todavía por la ciencia, pero relacionados con leyes físicas y sujetos a las mismas, y en todos ellos parece ser indispensable el influjo magnético de cuerpos vivos.

El ser humano parece ser, pues, un generador de cierta energía que semejante a la electricidad se escapa por los extremos, emitiéndola todo nuestro cuerpo, pero muy especialmente las puntas de los dedos, los ojos, e incluso la palabra y el aliento. Esta fuerza la poseemos todos, en mayor o menor grado, desde nuestro nacimiento, y la recemos en muchas de las relaciones de nuestra vida sin darnos cuenta de ella, pero solamente los que la poseen intensamente, o los que la han desarrollado con ejercicios adecuados pueden emplearla para la realización de sorprendentes fenómenos metapsíquicos, y de ella han usado y abusado algunas religiones, y sobre todo, los devotos e la religión espiritista.

Es evidente que la mente humana es una magnífica computadora de carne, instrumento ideal del espíritu, que los médicos psiquiatras han venido estudiando en estos últimos años sin que nadie haya podido explicar sus más íntimos secretos. Su maravillosísima construcción, por sí sola, nos demuestra, quizá, más y mejor que cualquier otra parte de nuestros órganos físicos, la asombrosa sabiduría del Creador de todas las cosas, nuestro Padre celestial.

Hasta donde se ha podido llegar los psicólogos y psiquiatras es la concepción de tres niveles de percepción, atribuidos a diversas partes del cerebro que, usando una comparación simbólica, pueden ser consideradas de la siguiente manera dentro de la oficina del “yo” individual, o sea, la mente humana.

Continuamente estamos recibiendo impresiones por medio de los sentidos que quedan archivadamente dentro de nuestra memoria. Si ésta es fuerte, quedan por lo menos al alcance y control de la voluntad, pero muchas veces se esconden en el archivo de los recuerdos y no podemos alcanzarlos de nuevo sino con gran esfuerzo mental y a veces inútil a pesar de ello. Sabemos que lo sabemos, decimos que lo tenemos en la punta de la lengua, pero es en vano tratar de definirlo. Se hallan tales recuerdos en algún lugar de la mente donde no llega la voluntad en aquel preciso momento; sin embargo, aparecerá ora vez el recuerdo inopinadamente, por una simple asociación de ideas, una palabra parecida a aquella que habíamos olvidado, un objeto, la presencia de un apersona relacionada con la idea perdida y hasta un olor pueden ser suficientes para traernos por asociación de ideas, el recuerdo que en vano habíamos estado buscando.

Pero algunas veces un recuerdo se halla de tal modo sumergido en las profundidades de nuestro subconsciente que allí queda años y años sin salir a la superficie, hasta que u estado patológico anormal, una fiebre, un delirio, o bien bajo efectos de un narcótico, sirve para desenterrarlo, de allí que se consideren secreto profesional las manifestaciones de los operados, mientras se hallan bajo los efectos del cloroformo.

Los tres archivos de la mente:

Para ilustrar esta operaciones curiosísimas den nuestra mente el Rev. Dr. Heredia usando una comparación simbólica, dicen que pueden ser consideradas estas tres partes dentro del Orebro como en la oficina de un abogado (el yo mental) que tiene tres archivos distintos:

El primer archivo está en su propio escritorio. Es el más usual, si bien el más reducido. Se compone de unos cuantos legajos perfectamente clasificados y ordenados; nos basta alargar la mano para tener inmediatamente el documento (en este caso el recuerdo) que necesitamos.

El segundo archivo mucho más poblado, está en el cuarto vecino. Cuando el abogado necesita alguno de éstos documentos entra en el segundo cuarto; por medio de una intensa búsqueda, relaciona la idea perdida con otras conocidas, hasta llegar a encontrarla.

El tercer archivo está en una vasta bodega imaginaria, que contiene millares de documentos, pero aunque es propiedad del abogado no puede usarlos a voluntad y el encargado de guardarlos es un sujeto muy especial, al que no se consigue hacer trabajar si no es emborrachándole para que deje abierta la puerta. Sin embargo este archivo es el mayor de todos, contiene millones de documentos (o sea, las innumerables impresiones recibidas durante toda la vida) tanto si nos hemos dado cuenta de ello, como si no.

Del mayo o menor número de conocimientos que una persona pueda guardar en el primer archivo depende de su capacidad intelectual, o ciencia, que no es lo mismo que sabiduría. Esta última es más bien una virtud del espíritu: Hay personas que son un pozo de supuesta ciencia, porque poseen una vasta memoria, pero tienen poca sabiduría; en cambio otras que no han tenido la oportunidad de estudiar, o sea de archivar conocimientos, ni en el segundo cuarto, ni en la bodega, sino que manejan tan sólo lo poco que han recibido en el primero, poseen quizá una gran dosis de sentido común, una inteligencia clara que se dan cuenta pronto de las cosas; las sabe distinguir y proceder del modo más conveniente. La coincidencia entre estas dos facultades, una vasta y ágil memoria y un gran sentido común, constituyen la verdadera sabiduría.

Esto es lo que ocurre con los médium. Cuando éstos se encuentran en estado hipnótico, queda patente el archivo número tres y hablan discurseando sobre cosas que ellos conocen, pero de las cuales no hacen uso normalmente en estado consciente. Las personas extrañas quedan admiradas de las cosas que doce un médium en estado de trance, cuando normalmente su inteligencia es muy limitada, y lo atribuyen a los espíritus, pero conociendo las condiciones del médium y la historia de su vida, podrá observarse en la mayoría de los casos, que son cosas que han entrado de alguna manera en su subconsciente y salen al consciente en estado de trance, o de una extraordinaria excitación mental, pero nadie pude hacer uso de ellas en su estado normal.

Es curioso observar en el Nuevo Testamento una advertencia que hace el apóstol Juan, no a un grupo espiritista o docetista de su época, sino a creyentes sinceros y fervorosos a los cuales, sin embargo, sabiendo que van a dorar a Dios en un estado alto de fervor, se ve constreñido a decirles:

“Amados, no creías a todo espíritu, sino probad si los espíritus proceden de Dios, porque muchos falsos profetas han salido del mundo; en esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que Jesucristo ha venido en carne procede de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesús no ha venido en carne no procede de Dios, y este es el espíritu del anticristo, el cual habéis oído que viene y ahora ya está en el mundo”. (1 Juan 4:1-3)

Estudiando la historia de los cristianos muchas veces perseguidos y en estado de alta excitación, ya sea por fervor, o temor de los enemigos, sabemos que se han producido fenómenos ultra físicos de estilo algo semejante a lo referido por el fiel apóstol Juan.

Algunos creyentes opinan que si los primeros hombres no hubieran pecado, y Satanás no hubiese logrado introducir la plaga del pecado sobre las generaciones futuras, las facultades sonambúlicas existirían aumentadas en todos los seres humanos, los cuales nos permitiría comunicarnos a distancia con nuestro prójimo (tal como existe, aún hoy día, en contadísimas personas por efectos de telepatía) y en un supuesto, aún con los mismos ángeles sin peligro alguno, por no haber seres invisibles rebeldes a Dios, alrededor del planeta.

El aparente silencio de Dios es, sin duda, una de las razones por la que los hombres, a través de los siglos, hayan buscado otros medios para hacer frente a su problemas, ya sea por medio de otras religiones idólatras, - como fue el caso tan frecuente en el Antiguo Testamento -, o en los últimos tiempos por invocaciones al mismo Satanás, a través de éstas facultades ultra sensibles que poseen ciertas problemas en un grado superior a otras, pero a veces muy molesto, o muy peligroso.

El hipnotismo era sin duda uno de los medios que usaba el gran enemigo de Dios contra los creyentes en Jesucristo en las religiones del mundo pagano. De todos es conocido el oráculo de Delfos, donde una famosa pitonisa adivinaba los pensamientos de los consultantes y persuadía de este modo a los adoradores griegos de que el culto a los dioses de la mitología grecorromana eran ciertos.

Esta era el alma exterior para combatir la fe cristiana fundada por Jesucristo con su gloriosa resurrección. Como en el caso de Simón, el mago de Samaria, las gentes decían de tan engañosas revelaciones. “Éste es el gran poder de los dioses inmortales que gobiernan el mundo invisible”.

Y les servía de excusa para perseguir a los cristianos con las crueldades propias de aquel siglo nefasto, tal como fueron practicadas contra su amado Maestro y Salvador, el Señor Jesucristo; pero muchos creyentes permanecieron fieles, confiando en sus promesas, arriesgando y entregando gozosamente sus propias vidas.

S. Vila

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