EL CRISTO DE HISPANOAMERICA
![]() | De España ha cantado el poeta: Que la raza está en pie y el brazo listo, que va en el barco el capitán Cervantes y arriba flota el pabellón de Cristo”. Y ha dicho también que la América ingenua que tiene sangre indígena, “aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Esto último es innegable. Cervantes tiene entre nosotros su imperio, aunque no seamos del todo sus fieles súbditos. En cuanto a rezarle a Jesucristo se abren algunos interrogantes, por ejemplo, ¿A cuál Cristo le rezan las masas latinoamericanas? La verdad que existen muchos cristos de hechura humana y uno sólo verdadero, auténtico, que yace oculto detrás de altares que pudieran ostentar la leyenda “al Cristo desconocido”, porque hay miles de millares que lo adoran sin conocerlo. |
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EL CRISTO ESPAÑOL
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Ciertamente, el Cristo llegó a nosotros vía España: La España que dotada de un sentido de misión, de una mística muy propia del espíritu íbero, realizó la conquista y colonización de gran parte del Nuevo Mundo. “Por la primera y última vez en la historia del cristianismo”, dice Juan Mackay, “la espada y la cruz formaron una alianza ofensiva para llevar el cristianismo, o lo que se consideraba como tal, a tierras extrañas”. (1)
Al frente de la empresa venía el almirante genovés don Cristóbal Colón, quién ufanándose de la etimología de su nombre Cristóforo se consideraba un verdadero “portador de Cristo”. ¿De cuál Cristo? Preguntamos. Ningún otro sino el de las austeras vestimentas medievales, el de los rígidos y fríos escolásticos, el Cristo del pueblo español.
Muy extraño debe haberles parecido a los aborígenes americanos este Cristo de sus conquistadores: El dios blanco que muere por toda la humanidad, establece una religión cuyo jefe máximo está en Roma y cuenta entre sus seguidores al rey hispano, quien envía un grupo de sus aguerridos súbditos a descubrir y sojuzgar tierras misteriosas y lejanas al otro lado del mar. En nombre de dios y del rey éstos castellanos, rubios como el sol y cabalgando briosos corceles, matan indios a diestra y siniestra, les despojan de sus tierras, les violan a sus mujeres y convierten a todos, los que sobreviven a la matanza, en esclavos del papa y del gran imperio español.
“En muchos casos”, dice Sante Uberto Barbieri, “el espíritu de la espada fue más fuerte y poderosos que el espíritu de la Cruz. Para muchos, Cristo no era un Salvador que había dado su vida por ellos sino un tirano celestial que destruía las vidas para su gloria, por la conquista de sus dominios terrenos”. (2)
Con excepción de la obra caritativa de algunos frailes misioneros, como del célebre protector de los indios Fray Bartolomé de las Casas, muy poco hicieron los colonizadores en el terreno económico y social para borrar la impresión negativa que los aborígenes habían reconocido en su primer encuentro con el Cristo en cuyo nombre lo habían perdido todo, inclusive la libertad. Los seguidores y defensores de este Cristo seguía oprimiéndolos y degradándolos, y la nueva raza que surgió de la unión de dos sangres no corrió mejor suerte que la sufrida por los autóctonos americanos.
No era éste el Cristo que anunciaban con nota de oro los clarines de la Reforma religiosa del siglo XVI. Esta se quedaría atrás, allá en España, combatida tenazmente por Ignacio de Loyola, aplastada por Felipe II, consumida en las llamas implacables de los autos de fe. Mientras otros países europeos se sacudían las modorra de siglos en el despertar convulsivo de la Reforma, España seguía quieta, inerte, sin experimentar en su religión los dolores de parto de una nueva era.
“El otro Cristo español”, que llegaron a cantar en poetas incomparables los grandes místicos de España, como San Juan de la Cruz y Fray Luis de Granada, fue lento en su peregrinar al nuevo continente. Si tuvo seguidores aquí desde el principio de la colonia, su influencia no fue lo suficientemente poderosa para anular del todo la del Cristo de las tradiciones.
Con todo, mucho empeño pusieron los misioneros para hacer aceptable su Cristo a la mentalidad de la raza oprimida; y en su afán de adaptarse a la cultura indiana, no pudieron evitar el sincretismo religioso. Toleraron y estimularon la mezcla del cristianismo español con las ideas y prácticas de la religión local. Cristo, la virgen y los santos vinieron a aumentar el número de deidades en el panteón americano. Al mismo tiempo muchísimos aborígenes continuaron a dorando a sus antiguos dioses en las imágenes traídas por el catolicismo. Detrás de estos santos de blanca tez y ojos azules, se lazaba la presencia mágica y poderosa de dioses y diosas regionales que seguían muy campantes haciendo de las suyas en la experiencia religiosa de sus adoradores.
EL CRISTO IMAGEN
Muy útil sería en el trabajo catequístico de la Iglesia en tierras americanas le Cristo imagen que tan prominente era ya en la religión de los colonizadores. Era mucho más fácil mostrar una imagen que explicar un dogma; hacer un cambio de imágenes europeas por los ídolos autóctonos que de arrancar de cuajo ideas religiosas que eran producto de siglos. Tampoco era difícil americanizar la imagen de Cristo. El sincretismo religioso se expresaría también en esculturas y pinturas de un Jesús que retiene sus facciones extranjeras pero en color moreno. Hay muchos cristos mestizos y aún negros, en nuestra América hispana.
Aquí también el Cristo se volvería piedra y madera, lienzo y estampa –obra de arte a veces magnífica- escultura y pintura en la gloria de los altares, en el rincón hogareño, en
la celda monacal, en el cruce de los caminos, en la cresta de las montañas. El Cristo imagen habría de proyectar su sombra a lo largo de todo un continente.
Esta figura del Cristo se hizo familiar en campos y ciudades, y al fin despertó en la gente hondas simpatías. Después de todo el Cristo es un niño en los brazos protectores de su madre, inofensivo y dulce como todos los niños. ¿Cómo puede Él ser un déspota o un tirano? Sino es capaz de liberar a la raza de sus ominosas cadenas tampoco puede culpársele de haberlas forjada Él con sus débiles e infantiles manos.
Es el niño que no puede hablar. Su balbuceo es apenas comprendido por María, quien lo sostiene y le cuida. No puede el niño Dios reprocharle a los amos blancos su abuso de poder , su ilimitada codicia y lascivia sus tremendas injusticias contra el mundo humillado y vencido. Carece del don maravilloso de la palabra. Es inofensivo tanto para los poderosos como para los débiles y pequeños. Nada puede hacer contra el pecado de los unos y los otros. Es sólo la imagen de un niño que permanece sonriendo, indiferente a la enorme tragedia que ocurre en su derredor. Se está forjando bajo signos despóticos de una raza, un nuevo mundo, y este niño Jesús no dice nada.
El indígena niño, subyugado por el patrón blanco, tratado como un niño por sus conquistadores, se identifica consciente e inconscientemente con el Jesús niño y corre a refugiarse en los brazos de la madre bondadosa. Así la veneración a María llegó a tener más importancia en nuestra América que el culto a Cristo. Las almas oprimidas buscan a la madre, María, no a su hijo Jesús.
Otra imagen favorita ha sido la del Cristo sufriente. En general, el católico hispanoamericano se ha caracterizado especialmente por la presencia del Nazareno que sufre agoniza y muere. La cristianización de estas tierras fue una siembra abundante de la cruz. Por este signo venció España en la conciencia de sus nuevos súbditos. Era la religión del crucifijo, del Cristo que muere en impotencia clavado al madero de ignominia. La apoteosis de esta religión se efectúa el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección. Por supuesto el Dogma afirma, que el crucificado se levantó al tercer día de entre los muertos, pero el dogma no parece llegar a las masas. Lo que ellas contemplan es el Cristo prisionero, azotado, coronado de espinas, clavado en la cruz, encerrado en una urna funeraria: su aposento de todo el año, de todos los años, de siglos y siglos.
El Cristo imagen está derrotado; la raza autóctona huye llena de pavor; la de las dos sangres, la de los dos mundos, nació vencida.
Hispanoamérica no sólo ha llorado con Cristo; ha llorado por Él. Y más por Él que con Él. Sus palabras pronunciadas en la vía dolorosa se han echado al olvido: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos”.
Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, al Cristo imagen se le pide favores. Se le compadece y se le teme. Inspira lástima y fe. En grandes emergencias se puede acudir a Él, y mucho mejor si la petición se eleva a una de sus imágenes más milagrosas. En su novela El Señor Presidente, Miguel Ángel Asturias pinta a lo vivo la fe de las masas latinoamericanas en el Cristo imagen cuando pone en sus labios de una pobre mujer las siguientes palabras:
A usté es el que yo siento. Debía pasar a pedirle a Jesús de la Merced. ¿Quién quita le hace el milagro? Ya esta mañana antes de irme a la penitenciaría, fui a prenderle a una su candela y a decirle: ¡Mirá, negrito! aquí vengo con vos, que por algo sos tata de todos nosotros y me tenés que oír: en tus manos está que esa niña no se muera; así se lo pedí a la Virgen antes de levantarme y ahora paso a molestarte por la misma necesidad; te dejo esta candela en intención y me voy confiada en tu poder; aunque día cun-rato pienso pasar otra vez a recordarte mi súplica. (3)
La oración de esta mujer no podría ser más sincera, ni su confianza más grande. Así reza nuestro pueblo. Así ha rezado por siglos ante el Cristo crucificado, muerto y sepultado.
EL CRISTO DE LAS MINORIAS
El Cristo desconocido de las masas no ha sido mejor comprendido por las minorías de nuestro continente. No pocos ricos y poderosos han hallado muy cómodo creer en el Cristo imagen que sufre pacientemente su calvario y guarda profundo silencio ante del dolor de las masa paupérrimas que le rodean. Durante casi cuatrocientos años suys labios han estado sellados, sin pronunciar la palabra que el pueblo espera.
En su análisis de esta cosmovisión, James W. Sire (7) distingue tres versiones según la actitud adoptada frente a la naturaleza de la realidad:
Es bastante fácil tolerar a Jesús Nazareno que no irrita a sus adoradores señalándoles sus pecados, que no despierta las conciencias encallecidas en el ejercicio del mal. Basta arrojarle un limosna de cuando en cuando y llevarlo en hombros una vez al año en presencia de las almas devotas. El es el Cristo de la cruz y del sepulcro, amurallado en el templo, encerrado en urnas de cristal, reducido a la impotencia en la seguridad del claustro. El no va a la intimidad de los hogares, ni se interesa en negocios ajenos. Su mundo es la paz sepulcral de los santuarios, de donde raras veces sale para ser admirado, compadecido y llorado por las multitudes.
En círculos intelectuales el Cristo se vuelve fácilmente el símbolo de una figura retórica. Se le observa desde diferentes ángulos y se le presenta como un caudillo espiritual, maestro o filósofo, reformador social o como un pobre visionario que equivocó el camino en su afán sincero de liberar al hombre.
Algunos lo respetan y admiran, otros pasan frente a Él con altiva indiferencia. Estos le prodigan mil elogios y aquellos se burlan de Él. Muchos le toleran con gesto de paternal solicitud. Le tienen lástima porque le ven, como diría Rubén Darío, yendo por las calles “flaco y enclenque”. Es para ellos el Cristo que según Amado Nervo llama en vano a las puertas buscando un sitio donde reposar:
Cristo, la ciencia moderna te arroja sin compasión
de todas partes ¡No tienes donde residir, Señor!
(Hospitalidad)
No han faltado quienes le nieguen al Cristo la realidad de su existencia. No andan ellos, por lo tanto, en busca del Jesús histórico. Para otros, el podrá pertenecer al pasado, pero no al presente, ni mucho menos al futuro. Creen vivir en su era post-cristiana y no ven en Cristo la respuesta para la angustia del hombre contemporáneo.
EL CRISTO DEL PROTESTANTISMO
Si el Cristo católico llegó a nosotros vía España, el Cristo del Protestantismo ha venido de otros países europeos –como Inglaterra, Alemania, Francia y Holanda- y de los Estados Unidos de Norteamérica. De ahí que muchos le hayan identificado con sistemas imperialistas o capitalistas del mundo occidental. Las implicaciones de esta idea son dignas de un estudio aparte.
Por ahora, basta decir que, en general, el Cristo protestante representa la herencia de los reformadores del siglo XVI, aun que Él no se originó con ellos, ni por medio de ellos.
Los reformadores hallaron su fuente de autoridad en las Sagradas Escrituras y a ellas apelaron con finalidad para todo asunto de fe. A la autoridad de la iglesia antepusieron y sobrepusieron la autoridad de la Biblia. Sus gritos de batalla fueron: “La Escritura sola, Cristo solo, Sola gracia y Sola fe como el medio de justificación delante de Dios”.
Su Cristo lo buscaron principalmente no en la penumbra de los altares, ni en los pergaminos vetustos de la tradición eclesiástica, ni en los tratados filosófico-teológicos de los escolásticos, sino en las páginas del Sagrado Texto. La Reforma fue un retorno a la Biblia, un empeño por redescubrir el Cristo del Nuevo Testamento.
Esto nos sugiere la segunda gran característica del movimiento reformador: su mensaje salvífico que tiene como centro y circunferencia a la persona y obra de Jesucristo. El es exaltado al lugar de preeminencia en la teología, la vida y el culto de la Iglesia. Es el Cristo que se introduce en la historia y en la experiencia del hombre por medio de la encarnación. Participa de carne y sangre humanas, vive entre los hombres, vive identificándose plenamente con ellos, sufriendo con ellos y por ellos, y muriendo finalmente a favor de ellos. Pero El es también el Cristo de la resurrección. Por consiguiente, el énfasis cae ahora en el Cristo que vive para siempre y trasciende en el ámbito de lo material y temporal, al mismo tiempo que se hace presente en actividad redentora en el mundo de hoy.
Una tercera característica de la Reforma del siglo XVI es su tendencia individualista. Se luchó con denuedo por la libertad de conciencia y se proclamó que el hombre tiene derecho pleno al libre examen de toda materia de fe. El concepto de sacerdocio universal de los creyentes subrayó que el individuo es libre para acercarse a Dios y su Palabra sin la intervención de la autoridad humana. La reforma dejó al individuo asolas con Dios en el santuario de la conciencia bajo la luz de la revelación divina.
Este individualismo protestante habría de manifestarse además en la experiencia secular del cristiano. El individuo llega a ser consciente de su propia dignidad en la presencia de Dios, de la Iglesia y del Estado. Toda vocación es sagrada. Por lo tanto, el individuo puede y debe glorificar a Dios en cualquier profesión u oficio honorable, no sólo en el aislamiento de una celda conventual. El sacerdote no tiene tampoco el monopolio de los agrado en su carácter vocacional. Toda vocación es sacra ante los ojos del Creador.
Que este individualismo resultaría también en una variedad de grupos protestantes, era de esperarse. Debe así mismo tenerse en cuenta que habiéndose resquebrajado la unida monolítica de la iglesia medieval, no es de extrañar que los que por vez primera respiran un ambiente de libertad religiosa no deseasen edificar otra gran estructura jerárquica para someterse a ella. Tal estructura iría contra el espíritu de la Reforma misma. Cuando algunos líderes protestantes, como Juan Calvino, intentaron volver al autoritarismo del pasado, encontraron seria resistencia entre los que ya habían sido iluminados por el nuevo amanecer de la libertad espiritual.
En cuarto lugar puede mencionarse que la Reforma tuvo también consecuencias político-sociales. Era inevitable el conflicto entre la Iglesia y el poder civil debido a que la Iglesia y el Estado se hallaban estrechamente unidos en la Europa de aquellos tiempos. Luchar contra la Iglesia equivalía a oponerse al poder secular. Por consiguiente hubo ciertas transformaciones in mediatas en lo político y social en aquellos países donde prosperó la Reforma. Esta llevaba, además, simientes de libertad que algún día habrían de germinar para el bien de nuestra civilización.
Sin lugar a dudas el Cristo de la mayoría de los protestantes latinoamericanos es bíblico, en cuanto a que han llegado a conocerle a través de las Sagradas Escrituras. El pueblo evangélico es el pueblo de un libro –la Biblia- y su doctrina es profundamente Cristológica. Cristo es supremo en la Teología, la liturgia y el servicio del protestantismo latinoamericano. En el culto que se le rinde, la cruz y la tumba están vacías. El es el Señor de la vida y el conquistador de la muerte, el Señor que vive hoy y para siempre, el único medianero entre Dios y el hombre. “Sólo Cristo Salva”, “Cristo es la Respuesta”, “Cristo es la Única Esperanza”, han sido los lemas favoritos de los evangélicos en su tarea evangelizadora por todo el continente.
El individualismo protestante se ha reflejado también en la experiencia del evangélico latinoamericano. A la luz de su conciencia y bajo el resplandor de la Palabra divina, el cristiano evangélico se siente libre de toda atadura eclesiástica y jerárquica para disfrutar la comunión con su Dios. No depende de la autoridad humana para mantener su fe. Su relación con Cristo es profunda e intensamente personal. Su conciencia es un santuario inviolable. De donde resulta que en Iberoamérica proliferan los grupos protestantes. Levantar una gran estructura jerárquica con el fin de agrupar y gobernar por medio de una autoridad centralizada a todas las comunidades protestantes, sería una contradicción del espíritu evangélico latinoamericano. Ellos creen que las desventajas de sus divisiones son menores que las de una centralización del poder eclesial.
El evangélico latinoamericano ha sido generalmente, un individualista en cuanto a su responsabilidad social. Que hay factores históricos y sociales que han contribuido a acentuar este individualismo no puede negarse. Aquí hay otro tema apasionante para un estudio ulterior. La verdad es que especialmente entre los elementos más conservadores del protestantismo en Hispanoamérica ha habido cierta indiferencia frénate a los graves problemas que convulsionan a estos países que según el lenguaje de los internacionalistas se hallan en proceso de desarrollo.
Hasta aquí el Cristo de muchos protestantes iberoamericanos ha sido solamente escatológico –en el sentido más estricto del término- cuando se trata de la problemática social. Con su aparente actitud de indiferencia hacia los muchos conflictos que afligen a nuestra sociedad, estos cristianos pueden haber dado la impresión de que para ellos toda dificultad económico-social debe dejarse para que Cristo la resuelva en el más allá y que poco o nada deben hacer ellos a favor del mundo en que ahora viven.
Afortunadamente han comenzado a soplar nuevos vientos que prometen un cambio en esta posición de negligencia social. Aun el Cristo del protestantismo conservador ha empezado a abrir sus labios para decir el mensaje que ha callado sobre los problemas sociales del hombre latinoamericano. Tiempo era ya que se le dejase hablar.
EL CRISTO DE LA NUEVA TEOLOGÍA
Una de las reacciones más grandes al silencio del Cristo tradicional es la que ahora comienza a manifestarse en círculos teológicos de izquierda, dentro del catolicismo y protestantismo latinoamericanos.
Con gesto impaciente y rebelde, y con una mística capaz de subyugar a muchos espíritus selectos, los nuevos teólogos lanzan en nombre de Cristo su protesta de justicia social.
El Cristo que ellos proclaman es antropólogo y sociólogo, maestro de ciencias económicas, perito en estadísticas, sicólogo de masas, experto en política nacional y extranjera, teórico de la revolución, reformador social. Es el Cristo inconforme, activista, rebelde – y aun violento – que se viste a lo proletario y habla el lenguaje complicado de los técnicos de nuestro tiempo. La teología de este Cristo – si teología puede llamársele – es definitivamente antropocéntrica. Viene del hombre para el hombre y no va más allá del hombre. Establece prioridades de orden material. Su reino es de este mundo y consiste en comida y bebida aparte del espíritu. Transformar las estructuras sociales es su objetivo supremo, aun cuando el individuo no cambie. En contraste con el Cristo individualista del protestantismo tradicional iberoamericano, este Cristo de los teólogos de izquierda es un furioso colectivista. Tiene obsesión de masas y está en peligro de perder de vista al individuo. En cierto modo este Cristo es un producto de nuestra ultramoderna civilización que despersonaliza al individuo y lo aplasta bajo la enorme maquinaria económico-social. La presencia del Cristo de izquierda en nuestra América no debiera causarnos sorpresa. Tarde o temprano el Cristo socialmente inactivo vería interrumpido su sueño de siglos por el advenimiento de otro Cristo ansioso de hablar y actuar. Si el recién llegado es el genuino, el auténtico, queda por dilucidarse a la luz del Nuevo Testamento.
¿Por qué a la luz del Nuevo Testamento? Sencillamente porque no hay documentos más autorizados para hablarnos del Cristo verdadero que los escritos novotestamentarios. Es ahí donde por vez primera en esas páginas antiguas se encuentra el testimonio de hombres que le conocieron de cerca y anduvieron con Él. Ahí está la fuente del Cristianismo, el manantial de donde recibimos la enseñanza de su fundador y maestro. Es por lo tanto el Nuevo Testamento la norma que determina la autenticidad o falsedad de nuestros cristos, a la luz que pone al descubierto la verdad o el error de nuestro cristianismo, la espada flamígera que divide entre los que son y los que no son del Cristo, vale decir, el legítimo Cristo.
Un nuevo siglo de esperanza se perfila en el horizonte de nuestra América hispana. Hay un retorno a la lectura de la Biblia en las diferentes comunidades eclesiales. El Libro de ayer, de hoy y de siempre está en muchas manos, delante de muchos ojos ávidos del conocimiento espiritual. De las páginas sagradas habrá de erguirse la presencia majestuosa del Cristo histórico, viviente y verdadero, en respuesta de la búsqueda de fe.
Ha llegado el momento de la valentía moral para hacer a un lado los falsos cristos y abrazarnos al verdadero, al de Pedro y Pablo, Mateo y Juan, Marcos y Lucas y de otros escritores del Nuevo Testamento. Dejemos atrás al Crsito español o anglosajón, al Cristo rubio o moreno, mestizo o criollo. Despojémonos del Cristo de nuestro temor supersticioso o de nuestro orgullo intelectual. Firmemos el acta de nuestra independencia espiritual acogiéndonos al Cristo que dijo:“La verdad os hará libres...si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres”.
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