EL OTORONGO
Con este nombre se conoce en la selva al tigre
americano o jaguar, siendo el más grande de su especie. Por su ferocidad y
color de la piel, se puede decir que tiene cierta semejanza con el tigre de
Bengala. Cuando por alguna semejanza prueba carne humana, se convierte en un
enemigo muy peligroso para el hombre. Su piel es muy cotizada.
Estábamos en el
extremo de una extensa playa, donde habíamos impovisado un pequeño campamento
para dedicarnos a la caza de totugas de rio, conocidas como charapas, taricayas
y cupisos, según su tamaño, siendo las charapas las más grandes y los cupisos
los más pequeños. También a la extracción de los huevos que depositan en la
playa para su reproducción. Tanto los huevos y la carne de estos quelonios son
muy apreciados por los habitantes de la región.
Muy cerca de
nuestro campamento había una entrante en la playa donde penetraba el río a poca
profundidad y aprovechamos de este pequeño brazo para depósitos de la tortugas
vivas que íbamos cogiendo noche a noche. Con este objeto para lograr, que no se
escaparan, hicimos un ligero cerco de varillas alrdedor de la parte elegida
para el depósito.
Siempre esperábamos que pasara la media noche para dedicarnos a recorrer
la playa, cada uno por su lado; salvo en noches oscuras o cuando amenazaba una
tormenta, en que salíamos a cualquier hora de la noche, porque en esas
oportunidades estos animales salen en mayor abundancia sin esperar la
madrugada.
Después de una semana de permanencia en la playa, ya habíamos acumulado
un buen número de tortugas y desde entonces empezamos a contarlas diariamente,
por las mañanas. Pero lo curioso del casoera que todos los días faltaban dos o
tres de los mejores ejemplares entre las charapas, es decir, las más grandes y
no se encontraban entre los indicios de su escapada, porque el cerco se
mantenía intacto y no había otra forma de que escaparan sin romper el cerco.
Tampoco habían huellas de pisadas de ninguna clase que
podrían hacer sospechar de los otros cazadores de tortugas que estaban en diferentes
lugares de la playa.
En vista de estas continuas desapariciones, decidimos montar guardia
nocturna, por turnos, quedándose a vigilar uno de nosostros mientras los demás
salían a la cacería como de costumbre. Sin embargo, pese a estas precauciones
seguían desapareciendo las charapas misteriosamente, hasta el día que me tocó
mi turno.
La noche estaba estrellada pero no había luna y esta circunstancia
permitía distinguir los objetos o cosas a muy poca distancia, bajo la forma de
sombras indefinidas. Provisto de mi machete salí a rondar por los alrededores
del “charapero” (depósito) ya bien netrada la noche. Regresé sin descubrir nada
cuando mis compañeros se disponían a salir a realizar su faena. Poco después se
me ocurrió ir a tenderme en la playa, al otro lado del charapero a fin de estar
más cerca de éste. Para eso tuve que dar un gran rodeo al brazo del río,
evitando pasar por dentro del agua.
Ya muy de madrugada me quedé ligeramente dormido pero sólo sería
cuestión de pocos minutos. Desperté sobresaltado al soñar que alguien se
acercaba a mí ncon el machete en alto, en forma amenazadora. Me restregué los
ojos con la mano para mirar en lamoscuridad y estar seguro de que todo lo que
ví no era sino una simple pesadilla. Sin embargo, me pareció distinguir algo a
corta distancia, muy cerca del corral y eso me hizo poner de pie como movido
por un resorte. Luego, cautelosamente fui acercándome hacia ese lugar, porque
indudablemente allí había algo.
Cuando a estuve a unos diez metros pude ver la sombra de un hombre que
estaba inclinado sobre un objeto negro. Ya no me quedaba dudas de que se trtaba
del ladrón que, noche a noche, iba disminuyendo nuestro depósito. Con esa
seguridad le grité:¡Oiga, suelte la charapa y no se
mueva! ¡Ahora arreglaremos cuentas! Y decididamente avancé sobre él, pero mi
asombro no tuvo límites cuando el sujeto, con agilidad increíble, puso la
charapa a la espalda y echó a correr velozmente, en silencio, hacia el bosque
que se encontraba a unos 300 metros, atravezando todo el ancho de la playa.
Comencé a perseguirle con todas las fuerzas que podían soportar mis
piernas, pero estaba muy lejos de alcanzarle, porque el sujeto con su carga a
la espalda iba alejándose velozmente hasta que desapereció en medio de la
oscuridad. Avancé seguramente algo más de 100 metros, pero ahí nomás caí
exhausto, porque no es fácil correr a gran velocidad en esas arenas suaves y
movedizas de la playa, donde el pie se hunde a cada pisada.
Había fracasado en la captura del ladrón, pero me conformé con haberle
descubierto y haberle perseguido hasta donde dieron mis fuerzas. Después de un
buen rato de descanso, seguí caminando hacia el bosque, en la dirección que fue
el sujeto con el objeto de marcar algunos árboles con el machete para regresar
al día siguiente con la luz del sol y buscar sus huellas por los alrededores.
Hecho esto, regresé a mi puesto de vigilancia y permanecí allí muy
despierto hasta el amanecer, sin qiue se hubiera presentado ningún otro
incidente. En esos momentos, estaban llegando mis amigos a dejar sus preciosas
presas en el charapero.
Cuando les informé de lo sucedido, me increparon por haberme dormido y
haber permitido un nuevo hurto sin descubrir ni capturar al ladrón. De
inmediato comenzamos a recontar los animales y nos dimos cuenta que faltaban
dos hermosos ejemplares de charapa. Eso significaba que el sujeto había
realizado dos viajes, siendo descubierto recién en el segundo. Buscamos las
huellas por todas partes, ya con la luz del día, pero no descubrimos nada; sólo
se veían mis pisadas recientes cerca al depósito, pues las demás fueron
borradas ppor la arena debido a la acción constante de las brisas.
Sin perder las esperanzas de dar con los restos del ladrón, nos
encaminamos todos al lindero del bosque y allí lo primero que hicimos fue
buscar las marcas que había dejado en los árboles para estar seguros de que esa
era la dirección que había tomado el ladrón. Luego, cada cual por su lado,
comenzamos a examinar cuidadosamente parte por parte todos los alrdedores,
tratando de descubrir alguna huella que nos condujera a su escondite.
Al cabo de un rato, uno de los nuestros nos pasó la voz y a la carrera
fuimos a donde se encontraba, muy cerca del bosque. Miren aquí, nos dijo,
señalando el suelo. No hay huellas de pisadas humanas por ningun lado, pero
estas pisadas del otorongo, si son muy claras, añadió. Todas a la vez nos
inclinamos a examinar las huellas que estaban a la vista. Provenían de la playa
y se internaban al bosque. Eran, efectivamente, las enormes pisadas del otorongo
inconfundiblemente.
Sin hacer ningún comentario,
fuimos siguiendo las huellas en silencio y muy atentos con ojos y oídos para no
ser víctimas de alguna sospecha desagradable. Después de media hora de caminata
en el interior del bosque, tropezamos con uno de esos árboles gigantes de la
selva, cuyas enormes aletas se interponían en nuestro camino. Al parecer, aquí
se perdían las huellas porque el suelo estaba cubierto de abundante hojarasca
donde no es posible notar ningun rastro, a no ser que sean movidas las hojas
secas.
Entonces comenzamos a buscar por los alrededores para tratar de
encontrar nuevamente las huellas que veníamos siguiendo. En esas andanzas
tuvimos que bordear el árbol para ir mirando detrás de cada aleta, cuando, sorpresivamente descubrimos un
verdadero depósito de caparazones de charapa en el compartimiento formado por
dos de esas grandes aletas. En todos esos caparazones estaban claramente las
marcas que nosotros acostumbrábamos hacer al capturarlas. Inclusive allí
estaban los 2 cascos frescos de las charapas sustraídasla noche anterior; uno
totalmente vacío y otro todavía con las carnes a medio desgarrar, lo que
significaba que el otorongo estaba en pleno festín cuando sintió nuestra
llegada y huyó.
Reflexión:
Con eso queda demostrado que
el tigre le dsiputa la presa aql hombre en las playas y hay la posibilidad de
que ciertos animales también puedan imitar al hombre en algunas actividades.