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SALVAR
SU ALMA. “¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde
su alma?” (San Mateo 15,2). ¿PARA
QUE SIRVE LA VIDA LA VIDA? No se puede negar estos dos hechos: 1º Hace poco tiempo usted no existía. 2º Dentro de poco tiempo usted no
existirá 1ª
Pregunta: ¿De donde venimos? De Dios. No hay vuelta de hoja ¿tenemos que demostrar
que un reloj necesita un relojero? También su cuerpo y alma poseen un orden
que revela una inteligencia: Dos. “una
inteligencia extraordinaria”. Como dice Cicerón. Y la Sagrada Escritura
agrega: “Por que si pudieron llegar por
su sabiduría a conocer el mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al
Señor del mismo?” (Sabiduría
13,9); y San Pablo: “No tiene excusa
por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron
gracias” (Romanos 1,20-21). 2ª
Pregunta ¿A dónde nos dirigimos? No somos animales. Una mosca, perro, no pueden
escribir ni leer esta página. En la tierra solamente nuestras inteligencias
dominan así la materia. Se necesita un espíritu para pensar y juzgar. Ni
bondad ni justicia pueden dividirse en pedazos; no pueden haber justicia a
medias: una cosa es justa o es injusta A diferencia de nuestras ideas,
nuestro espíritu es inmortal. Así nuestra inteligencia y nuestra voluntad no
pueden morir; pero que lo queramos o no, dejaremos esta vida: “Ustedes no saben ni lo que sucederá
mañana. Pues, ¿qué es su vida? Son humo que aparece un momento y luego se
disipa” (Santiago 4,14). ENTONCES,
¿CUÁL ES EL FIN DE LA VIDA?
¿Quién lo puede decir? Los hombres no. Un carro no escoge por sí mismo
su camino, sino aquel que lo maneja. ¿Existe alguien que haya regresado a
este mundo después de morir para decirnos lo que nos espera después de la
muerte? Pero aunque así fuera, eso no nos importa, ya que “no se persuadirán ni aun cuando alguno
resucite de entre los muertos” (San Lucas 16,31). Un hombre no es más que
eso: un hombre.
Únicamente Dios puede dar la respuesta. Y ya la ha dado. Ha demostrado
que era El quien habló. Ha hecho lo que sólo El puede hacer; milagros crear aquello que no
existe. Los hombres lo han atestiguado a costa de sus bienes, de su
reputación y de su vida. No tenemos certeza mayor que provenga de los
hombres. DIOS
HA HABLADO JESUCRISTO, EL HIJO DE DIOS HECHO HOMBRE NOS HA DICHO: “Los
justos irán a la Vida Terna, los condenados al suplicio eterno” (S.Mat. 15,46).
¿Cómo se dividirán unos de otros? Dios “dará a cada uno según sus obras” (Rom. 2,6), cosa necesaria, pero
que raramente sucede en esta tierra. ¿En qué consiste esta “Vida Eterna” y por qué este
“suplicio”? Acuérdese de que somos inteligencia y
voluntad. Viviremos siempre de este modo. Dios nos ha creado así por amor. “por que Dios es bueno, nosotros existimos”
dice San Agustín. Nuestra felicidad consiste en conocerlo bien, recibirlo y
comunicarlo. “La felicidad de las felicidades- como dice el Santo Cura de
Ars- Es poseer con toda nuestra alma a Dios infinito, que es el “Espíritu de Caridad” (S. Juan 4,24).
Dios es el único que no desaparecerá a nuestra muerte, como desaparecerán los
bienes de esta tierra: y “lo veremos cara a cara, tal cual es” (I Corintios.
13,12).
Así comprendemos mejor lo horroroso que es perder a Dios. Pero no
podemos comprenderlo eternamente, por que no podemos comprender la infinidad
de Dios “El ojo del Hombre no vio, ni
el oído escuchó, ni el espíritu del hombre puede comprender lo que Dios
ha preparado para los que le aman” dice
San Pablo (I Cor, 2,9). Pero podemos comprender mejor una cosa si miramos su
contrario: se debe estar en la miseria para apreciar mejor la comodidad,
enfermo para apreciar mejor la salud, etc. Apliquemos lo dicho a nuestra
salvación eterna. La alternativa es terrible: SALVACIÓN O CONDENACIÓN
Salvación o condenación no hay
solución. Condenarse quiere decir ser coratado y separado de Dios. Esto no lo
podemos comprender, nos excede.
Y para ayudarnos, Dios ha unido el FUEGO a la condenación. “¡Cuánta misericordia!” dice un gran
Doctor de la Iglesia, San Buenaventura, discípulo de San Francisco de Asís
sí, ¡cuánta misericordia! Todos sabemos lo que significa quemar, y lo que es
quemarse. Por lo tanto, el asunto de nuestra salvación es grave. El Cielo o
el Fuego eternos. “Salados al fuego”
dice Cristo (S. Mac. 9,48). Del mimo modo que la sal penetra y conserva los
alimentos, así puede ser que usted queme eternamente en el Infierno. DIOS ES BUENO
(Salmo 72,1)
Sí, Dios perdona. Cuenten con su perdón y su misericordia si cesa de
ofenderle. Pues El ha dicho: “El que me
ama guarda mis mandamientos” (San Juan 14,15). Dios le ama.
¿Seguirán ustedes ignorándolo por su ingratitud? “Considera especialmente el pecado de ingratitud hacia Díos, -dice San Francisco de Sales- que es un pecado general, que atrae a los
otros pecados y los hace infinitamente mayores…abismo de ingratitud…Llaga de
la ingratitud…¿Qué haces por Dios, que tanto hizo por ti?” DIOS OS AMA (S. JUAN 3,16).
Es más ignominioso y despreciable ofender al que ama que al que juzga.
Si usted no ama a Dios y no repara por sus pecado, se aleja del amor de Dios,
de Dios mismo que es Amor. Se aleja de El, y a la hora de la muerte ¡que
terrible despertar! Será irá a las llamas eternas con el rico malo (S.
Lucas16,24) “Un gran abismo” le
separará de Dios que “no puede
salvarle sin usted”, como dice San Agustín. “Si no hacen penitencia, todos perecerán” (S. Luc. 13,3). NO
DIGA: “¡Ocuparse únicamente de la propia salvación es egoísmo, propio
interés! ¡Mejor me ocupo de mejorar este mundo!
Por supuesto que usted debe cumplir su deber en esta tierra. Es más:
usted será juzgado de “toda palabra
inútil”, es decir, de toda palabra que nos se dirija a “lo único necesario” (Mat. 12,36 y S.
Luc. 10,42). Por eso ¿cree usted amar al prójimo sin ayudarlo a ir al Cielo
con sus oraciones, sus palabras y sus actos? Santa Teresa de Jesús dice que
si nos conmovernos por los males de esta tierra, que al cabo sabemos que
tienen que perecer con esta vida, ¿cómo no como no deberíamos tener mayor
compasión por los suplicios eternos?
¿Acaso podemos decir que cumplimos con nuestro deber de amor al
prójimo si lo dejamos en la ignorancia del fuego que le espera? LA
SAGRADA ESCRITURA PRECISA:
“Si tú no previenes, no hablares
para amonestar al impío que se aparte de su perverso camino y viva, ese impío morirá en su iniquidad; mas yo
demandaré de tu mano su sangre. Si tu no amonestares al impío y éste no se
convirtiere de su maldad y su perverso camino, él morirá en su iniquidad más
tu habrás salvado tu alma”. (Ezeq. 3, 18-19) Si ustedes desean el bien de
su prójimo, ¿qué de mejor le podrá procurar sino ayudarlo a salvar su alma? Y
si no alcanza su salvación por la culpa de usted, ¿de qué le habrá servido
sus “obras de caridad”? LA
SALVACIÓN ES UN BIEN MAYOR QUE TODA LA CREACION
“La creación pasará, mientras
que la salvación no”, dice San Agustín. Y es lo mismo que nos dice el
Evangelio: “Granjéense amigos que los
reciban en las moradas eternas” (San Lucas 16,9). San Roberto Belarmino
nos insta a trabajar para nuestra salvación eterna: “Un condenado de más aumenta el sufrimiento y castigo de los que le
precedieron en las llamas eternas, en las que todos se odian y torturan
mutuamente”. ¿POR
QUÉ PREOCUPARSE DE PENSAR EN LA SALVACIÓN?
¿Acaso es usted un ángel pues piensa que sin problema permanecerá
indefectiblemente en el estado en que cree estar? ¿Está usted más seguro que
los niños de Fátima, a los que la Santísima Virgen les mostró el fuego del
infierno en el que queman los pecadores y demonios? “Si no vuelven a hacer como niños no entrarán en el reino de los
cielos” (S. Mat. 18,3). Y San Pablo, el Apóstol de los gentiles, escogido
por el Señor en el camino de Damasco y transportado al Cielo, después de
haber sufrido mucho por Cristo todavía temía poder “condenarse” (I Corintios. 9,27).
“A la hora que menos piensen
vendrá el Hijo del Hombre” (S Mat. 21,44) Y dice Santa Catalina de Sena: “Cada quien puede y debe esperar
adjudicarse esta esperanza para postergar la enmienda de su vida. Que nadie
cuente con esta última hora, que nadie se espere al instante de la muerte
para enmendarse” (Diálogo de la obediencia). PERO,
¿POR QUÉ NO SE HABLAMAS DE ESTE TEMA?
“Ustedes son los únicos que
hablan de estos temas….al cabo hay varias moradas en la Casa del
Padre…ustedes representan solamente un tipo de espiritualidad: la del
terror…”-nos dicen algunos. Cierto que “en la casa del Padre hay muchas moradas” (S. Juan 14,2) pero
para eso es necesario llegar a la Casa y para llegar a ella “el camino es estrecho y pocos son los que
lo encuentran” (S. mat, 7,14). Tome el camino, sea de Cristo que es el
“Camino” (S. Juan 14,6) y escoja la morada. “obren su salvación con temor y temblor” (Filip. 2,12). “LES
ROGAMOS, HERMANOS:…que se ocupen de
su negocio” (I Tes. 4,10-11).
Dios ha querido hacerse hombre para pagar sobre la Cruz el precio de
nuestra salvación eterna, y usted ¿se atreverá a despreciar su Sangre? Si lo
hace morirá solo: “esta misma noche te
pedirán cuenta del alma”. (S. Luc. 12,20), Este negocio se soluciona una
sola vez en la vida: el Cielo o el infierno.
Dice S. Teresa que en el importante negocio de nuestra salvación no
tenemos que darnos por satisfechos hasta que hagamos todo, absolutamente
todo, lo que está de nuestra parte. Y la misma Santa, a ejemplo de San Judas
en su epístola, nos invita a “salvar a
nuestro prójimo arrebatándolos del fuego” (S. Jud 23). Así pues,
solucione el negocio de su salvación, solucionemos nuestro único negocio. San
Agustín decía y no cesaba de repetir. “A
la niñerías de los pequeños las llamamos así; y a las de los mayores, las
llamamos negocios”. Nuestra felicidad está en la búsqueda del camino del
Cielo. Y el mismo San agustín: “Así lo
has dispuesto, Señor, que todo espíritu desordenado se convierta en su propio
suplicio”. SOLO
DE ESTE MODO obtendrá usted la “paz de los hombres de buena voluntad”
(S. Luc. 2,14), “esa paz que sobrepasa
a todo conocimiento” y que “es el
inicio de la vida eterna”. Abandone esa “masa que se precipita al
Infierno” como nos dice San Agustín: “así
el gran convertido de Hipona. NO descuidemos el único negocio de
nuestra vida, LA SALVACIÓN ETERNA. HAGA
UNA Y OTRA VEZ LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES,
“El código más sabio y universal de las
leyes de la salvación” como nos lo enseña EL Papa Pío XI, e
“instrumento incomparable para la Salvación de las almas” como nos lo enseña
El Papa Pío XI, e “instrumento incomparable para la Salvación de las almas”
(encícla Mens nostra). Y el mismo Pontífice dice que los Ejercicios de
San Ignacio son “el código perfecto que
debe emplear todo buen soldado de Cristo”. “No es que se trate de
menospreciar otros ejercicios de este tipo, por cierto en uso, pero en
aquellos que están configurados de acuerdo al método Ignacio todo está
arreglado con tanta sabiduría, todo está en coordinación tan estrecha que si
nos se opone resistencia a la gracia divina, renuevan al hombre desde su
interior y lo devuelven completamente sumiso a la divina autoridad” (medatábus
nobis). Decídase: Venga a los Ejercicios Espirituales de
San Ignacio: ¡Aún es tiempo! Guadalajara, JAL. Capilla San Atanasio Tel (0133) 3825 3354 |
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