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Primera Parte
Necesidad de una verdadera devoción a María
I. La gracia de Dios es absolutamente necesaria.
3) Lo
que de ti quiere Dios, alma que eres su imagen viva, comprada con la
sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida,
y glorificada, como Él, en la otra.
Tu vocación cierta es adquirir la santidad divina; y todos tus
pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos
de tu vida a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer
aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.
¡Qué obra tan admirable! El polvo trocado en luz, la horrura en pureza,
el pecado en santidad, la criatura en su Creador, y el hombre en Dios.
Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma, y a la naturaleza por
sí sola imposible. Nadie si no Dios con su gracia y gracia abundante y
extraordinaria puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo no
es obra tan grande como ésta.
4) Y
tú, alma, ¿cómo lo conseguirás? ¿Qué medios vas a escoger para levantarte
a la perfección a que Dios te llama? Los medios de salvación y
santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio,
explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los
santos. Todo el que quiera salvarse y llegar a ser perfecto necesita
humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono
en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.
5)
Para poner en práctica todos estos medios de salvación y santificación,
nadie duda que la gracia de Dios es absolutamente necesaria y que, más o
menos, a todos se da. Más o menos digo, porque Dios, a pesar de ser
infinitamente bueno, no da a todos el mismo grado de gracia, aunque da a
cada uno la suficiente. El alma fiel con mucha gracia hace grandes cosas,
y con poca gracia, pequeñas. Lo que valora y hace subir de quilates
nuestras acciones es la gracia dada por Dios y seguida por el alma. Estos
principios son incontestables.
II.
Para hallar la gracia de Dios hay que hallar a María.
6)
Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil con que consigamos de Dios
la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar.
Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.
Porque:
7) Sólo Maria es la que ha hallado gracia delante de Dios, ya para sí, ya
para todos y cada uno de los hombres en particular; que ni los
patriarcas, ni los profetas, ni todos los santos de la ley antigua
pudieron hallarla.
8)
Ella es la que al Autor de toda gracia dió el ser y la vida, y por eso se
la llama Mater gratiae, Madre de la gracia.
9)
Dios Padre, de quien todo don perfecto y toda gracia desciende como
fuente esencial, dándole al Hijo, le dió todas las gracias; de suerte,
que, como dice San Bernardo, se le ha dado en él y con él la voluntad de
Dios.
10)
Dios la ha escogido por tesorera, administradora y dispensadora de todas
las gracias, de suerte que todas las gracias y dones pasan por sus manos
y conforme al poder que ha recibido (según San Bernardino) reparte Ella a
quien quiere, como quiere, cuando quiere y cuanto quiere, las gracias del
Eterno Padre, las virtudes de Jesucristo y los dones del Espíritu Santo.
11)
Así como en el orden de la naturaleza es necesario que tenga el niño
padre y madre, así en el orden de la gracia es necesario que el verdadero
hijo de la Iglesia tenga por Padre a Dios y a María por Madre; y el que
se jacte de tener a Dios por padre, sin la ternura de verdadero hijo para
con María, engañador es, que no tiene más padre que el demonio.
12)
Puesto que María ha formado la Cabeza de los predestinados, Jesucristo,
tócale a ella el formar los miembros de esa Cabeza, los verdaderos
cristianos: que no forman las madres cabezas sin miembros, ni miembros
sin cabeza. Quien quiera, pues, ser miembro de Jesucristo, lleno de
gracia y de verdad, debe formarse en María, mediante la gracia de Jesucristo,
que en ella plenamente reside, para de lleno comunicarse a los verdaderos
miembros de Jesucristo, que son verdaderos hijos de María.
13)
El Espíritu Santo, que se desposó con María, y en Ella, por Ella y de
Ella, produjo su obra maestra, el Verbo encarnado Jesucristo, como jamás
la ha repudiado, continúa produciendo todos los días en Ella y por Ella a
los predestinados, por verdadero aunque misterioso modo.
14)
María ha recibido de Dios particular dominio sobre las almas, para
alimentarlas y hacerlas crecer en Él. Aun llega a decir San Agustín que
en este mundo los predestinados todos están encerrados en el seno de
María, y que no salen a la luz hasta que esta buena Madre les conduce a
la vida eterna. Por consiguiente, así como el niño saca todo su alimento
de la madre, que se lo da proporcionado a su debilidad, así los
predestinados sacan todo su alimento espiritual y toda su fuerza de
María.
15)
María es a quien ha dicho el Padre: "in Jacob inhabita", hija
mía, mora en Jacob, es decir, en mis predestinados, figurados por Jacob;
María es a quien ha dicho el Hijo: "in Israel haereditare",
hereda en Israel, madre querida, es decir, en los predestinados; María
es, al fin, a quien ha dicho el Espíritu Santo: "in electis meis
mitte radices", arraiga fiel esposa, en mis elegidos. Quienquiera,
pues, que sea elegido o predestinado, tiene a María por moradora de su
casa, es decir, de su alma y la deja echar raíces de humildad profunda,
de caridad ardiente y de todas las virtudes.
16)
Molde viviente de Dios, forma Dei, llama San Agustín a María y, en
efecto, lo es. Quiero decir que en ella sola se formó Dios hombre, al
natural, sin que rasgo alguno de divinidad le faltara; y en ella sola
también puede formarse el hombre en Dios, al natural, en cuanto es capaz
de ello la naturaleza humana, con la gracia de Jesucristo.
De dos maneras puede un escultor sacar al natural una estatua o retrato:
primera, con fuerza y saber y buenos instrumentos puede labrar la figura
en materia dura e informe; y segunda, puede vaciarla en un molde. Largo,
difícil, expuesto a muchos tropiezos es el primer modo; un golpe mal
dado, de cincel o de martillo, basta, a veces, para echarlo a perder
todo. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gastos,
con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura;
con tal que la materia de que nos servimos sea manejable y de ningún modo
resista a la mano.
17)
El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al
natural un Hombre-Dios, por la unión hipostática, y para formar un
hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta
en este molde; cualquiera que se meta en él y se deje manejar, recibe
allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios; y esto de manera
suave y proporcionada a la debilidad humana, sin grandes trabajos ni
agonías; de manera segura y sin miedo de ilusiones, puesto que el demonio
no tuvo ni tendrá jamás entrada en María, santa e inmaculada, sin la
menor mancilla de culpa.
18)
¡Oh alma querida, cuánto va del alma formada en Jesucristo, por los
medios ordinarios de la que, como los escultores, se fía de su pericia, y
se apoya en su industria, al alma bien tratable, bien desligada, bien
fundida, que sin estribar en sí, se mete dentro de María y se deja
manejar allí por la acción del Espíritu Santo! ¡Cuántas tachas, cuántos
defectos, cuántas tinieblas, cuántas ilusiones, cuánto de natural y
humano hay en la primera! Y la segunda, ¡cuán pura es y divina y
semejante a Jesucristo!
19)
No hay ni habrá jamás criatura, sin exceptuar bienaventurados, ni
querubines, ni serafines de los más altos en el mismo cielo, en que Dios
sea más grande que en la divina María.
María es el paraíso de Dios y su mundo inefable, donde el Hijo de Dios
entró para hacer maravillas, para guardarle y tener en él sus
complacencias. Un mundo hecho para el hombre peregrino, que es la tierra
que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el
paraíso; mas para sí mismo, ha hecho otro mundo y lo ha llamado María;
mundo desconocido a casi todos los mortales de la tierra, e
incomprensible a los ángeles y bienaventurados del cielo, que, admirados
de ver a Dios tan elevado y lejano, tan escondido en su mundo que es la
divina María, claman sin cesar: "Santo, Santo, Santo".
20)
Feliz y mil veces feliz es en la tierra el alma a quien el Espíritu Santo
revela el secreto de María para que lo conozca, a quien abre este huerto
cerrado, para que en él entre, y esta fuente sellada para que de ella
saque el agua viva de la gracia y beba en larga vena de su corriente.
Esta alma hallará a Dios sólo, sin las criaturas, en esta amabilísima
criatura, a Dios, a la vez, infinitamente santo y sublime, e
infinitamente condescendiente y al alcance de nuestra debilidad. Puesto
que en todas partes está Dios, en todas, hasta en los infiernos, se le
puede hallar: pero no hay sitio en que la criatura encontrarle pueda tan
cerca y tan al alcance de su debilidad como en María, pues para eso bajó
a ella. En todas partes es el Pan de los fuertes y de los ángeles, pero
en María es el Pan de los niños.
21)
Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por
ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador. No es ya María
quien vive, es Jesucristo sólo, es Dios sólo quien vive en ella. La
transformación de María en Dios excede a la de San Pablo y otros santos
más que el cielo se levanta sobre la tierra.
Sólo para Dios nació María, y tan lejos está de ¡retener! consigo a las
almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo, y
tanto más perfectamente las une con él, cuanto con ella están más unidas.
María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: María, no responde
más que: Dios; y cuando con Santa Isabel se la saluda bienaventurada, no
hace más que engrandecer a Dios. Si los falsos iluminados, de quienes tan
miserablemente ha abusado el demonio, hasta en la oración, hubieran
sabido hallar a María y por María a Jesús y por Jesús a Dios, no hubieran
dado tan terribles caídas. Una vez que se ha encontrado a María, y por
María a Jesús y por Jesús a Dios Padre, se ha encontrado todo bien, como
dicen las almas santas. Inventa, etc. Quien dice todo, nada exceptúa:
toda gracia y amistad cerca de Dios, toda seguridad contra los enemigos
de Dios, toda verdad contra la mentira, toda facilidad para vencer las
dificultades en el camino de la salvación, toda dulzura y gozo en las
amarguras de la vida.
22) Y
no es que esté exento de sufrimientos y cruces el que ha encontrado a
María mediante la verdadera devoción: lejos de eso, más que a ningún otro
le asaltan, porque María, que es la madre de los vivientes, da a sus
hijos los trozos del Árbol de la Vida, que es la cruz de Jesucristo; mas
al repartirles buenas cruces, les da gracias para llevarlas con paciencia
y aun con alegría (de suerte que las cruces que da Ella a los suyos son
cruces de dulce, almibaradas más bien que amargas); o si por algún tiempo
gustas la amargura del cáliz, que necesariamente han de beber los amigos
de Dios, la consolación y gozo que esta buena Madre hace suceder a la
tristeza, les alienta infinito para llevar otras cruces, aun más amargas
y pesadas.
III.
Una verdadera devoción a María es indispensable.
23)
La dificultad está, pues, en saber hallar de veras
a la divina María, para dar con la abundancia de todas
las gracias. Dueño absoluto, Dios puede por sí mismo
comunicar lo que ordinariamente no comunica sino por
medio de María; y negar que alguna vez así lo haga,
sería temerario; pero según el orden establecido por
la Divina Sabiduría, como dice Santo Tomás, no se
comunica Dios ordinariamente a los hombres, en el
orden de la gracia, sino por María. Para subir y unirse
a Él, preciso es valerse del mismo medio de que Él
se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre
y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es una
verdadera devoción a la Santísima Virgen.
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