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La más
hermosa
misa
POR
JEAN PASQUALINI
Ninguna de las funciones efectuadas aquel día en
las imponentes iglesias de la cristiandad habrá igualado
los sagrados oficios celebrados en la zanja de un campamento
de trabajos forzados.
Hsia se llamaba y, si por casualidad se halla aún con vida, ya habrá salido
de cierto campamento de prisioneros situado al sur de
Pekín. Fue allí donde yo lo vi
por última vez, hacia fines de 1961.
Pero
durante los años transcurridos desde entonces su recuerdo
ha acudido a mi memoria invariablemente al llegar la Navidad: la imagen de un
chino anciano, endeble de cuerpo, con el rostro surcado
de arrugas y una mirada de inquebrantable voluntad.
Lo veo de nuevo
como entonces, erguido serenamente al viento helado,
sosteniendo en sus manos el pan y el vino consagrados
y afirmando su unidad con Dios, a sabiendas de que se
exponía a que lo fusilaran por lo que hacía.
Conocí
al padre Hsia a principios de ese año de 1961, después
de uno de los trasiegos colectivos de prisioneros que
Yang, el jefe de brigada, ordenaba periódicamente con
objeto de ponernos más nerviosos. Se me asignó entonces
a una celda con cabida para 18 individuos, y nos encargaron
limpiar las pocilgas, cargar estiércol y entrenar a
los muertos. Hsia dormía en las estera
contigua a la que yo ocupaba.
Nadie se mostraba
muy contento con la compañía del anciano. Para empezar,
tenía un aspecto tan decrépito y endeble que parecía
inconcebible que pudiera cumplir su parte en el trabajo.
Pero el principal
inconveniente era que, por haber sido monje trapense,
hablaba constantemente de la ayuda de Dios, afirmando
que no nos faltaría si no flaqueaba nuestra fe.
La
mayoría de nosotros habíamos perdido la fe hacía ya
mucho tiempo. De ello se
Encargaron los comunistas.
La
religión había sido desterrada de la República Popular
por juzgarse que era fuente de supersticiones y ¡el
opio del pueblo!, y se habían dictado severos castigos
contra quienes se obstinaran en creer que existía un
poder superior al de Mao Tse-tung.
Se
perseguía especialmente a los cristianos, ya que violaban
doblemente el mandato al adorar al ¡Dios de los imperialistas!
Hsia debía
comprender el peligro mejor que nadie: estaba condenado
a 20 años de trabajos forzados nada más que por el delito
de ser sacerdote.
Y
a pesar de todo, persistía en orar y practicar su religión
lo mejor que podía.
Los
demás evitábamos su trato o lo dejábamos solo. Bastantes
cosas teníamos que temer para añadir, encima, la fe
del viejo Hsia.
No
obstante, nada lo hacía callar. No sé cómo, se enteró
de que yo era el único católico, aparte de él, en aquella
celda, y un día, durante una pausa en el trabajo, se
acercó a mí y me dijo.
-¿Seguirás
siendo un buen católico verdad, Jean? ¿En el fondo del
corazón?
-¡No
soy más que un preso –repliqué fatigado-. Déjame en
paz.
-Podemos
orar juntos, Jean. Puedo confesarte.
-Mira,
Hsia –repuse con brusquedad, asaltado por un miedo mortal
de que alguien pudiera oír a aquel viejo insensato-.
Si quieres que te fusilen, allá
tú. Yo lo único que quiero es seguir vivo.
Cállate pues ¿quieres?
Hsia no pareció disgustarse.
Está bien, hijo mío –concluyó-. Comprendo
perfectamente. Pero ten presente que soy tu amigo.
Y se alejó para
ir a recoger sus cestos cargados con estiércol.
A pesar de
su aspecto lastimoso, Hacia se las arreglaba para avanzar,
tropezando, con los cestos de estiércol que debíamos
llevar sobre aquellos rastrojos.
Bajo
la pértiga que llevaba sobre los hombros, y de la que
pendían los cestos, iba encorvado por el peso. Pero
Hsia desempeñaba su tarea, y a menudo hacía también
la de otros prisioneros aún más débiles que él.
-¿Qué fuerza mantendrá al viejo con vida?
–se preguntó alguien en una ocasión.
-Dios
–Explicó uno de sus compañeros-. Cuando Yan nos mira,
Dios baja de su gloria para llevar a cuestas el estiércol
de Hsia.
Su
comentario nos hizo reír a todos de muy buena gana.
No
teníamos, por otra parte, muchos motivos de risa. Trabajábamos
desde el alba hasta el anochecer, y nuestra ración diaria
consistía en un pan sintético y una taza de caldo margo.
Nuestras celdas eran cubiles inmundos, plagados de moscas
y pulgas, y día tras día los que componíamos el equipo
de enterradores trepábamos por la elevada colina para
llevar hasta el cementerio el cadáver que nunca faltaba.
Por
el verano de ese año creí que había llegado mi hora.
Agotado por la desnutrición y la disentería,
me desplomé sin sentido en el campo y tuvieron que llevarme
a la enfermería.
Durante
días enteros estuve en estado de coma. Una noche, al
recobrar el conocimiento, hallé a Hsia a mi lado, abanicándome
el rostro.
Luego, disimulando
sus movimientos para que nadie lo viera, Hsia comenzó
a darme cucharas de un potaje caliente. Percibí
el sabor de rana y de arroz con verduras y con
cada bocado sentí que volvían las fuerzas.
“Ya
pueden atormentarnos y hacernos pedazos el cuerpo, hijo
mío”, me susurraba el viejo Hsia al oído, “que no podrán
herirnos el alma si sabemos resistir”.
Hsia
volvió a mi lado en otras tres ocasiones, y en cada
una me trajo aquel cocido vivificante. Hasta septiembre
no estuve lo bastante recuperado para volver al trabajo,
y entonces supe que Hsia había convencido a nuestros
compañeros para que, durante el descanso de mediodía,
recogieran hierbas silvestres y atraparan ranas, y que
el mismo Hsia había robado cantidades pequeñas de arroz
hasta reunir el suficiente para llenar una taza que
lo había cocido en un fuego que encendió furtivamente.
Le di las gracias avergonzado.
Un
día Hsia me contó el motivo de su detención. Había ocurrido
en 1947 cuando los comunistas invadieron la provincia
de Yang-Kia-ping, de donde él era natural.
Hsia
se había ausentado del monasterio aquel día y al volver
encontró asesinados a todos los monjes, sus hermanos,
y arrasados por el fuego todos los edificios del monasterio.
Los soldados,
saciada ya su sed de sangre, se contentaron con encerrar
a Hsia en la cárcel. Después de dos años pasados en
un centro inquisitioral, lo
sentenciaron a 20 años de “regeneración por el trabajo”.
-Al menos
todavía estás vivo- comenté.
Hsia
me miró a los ojos.
-Si
sigo con vida es porque Dios lo ha querido así. Creo
firmemente que el Señor me ha asignado una misión. De
otro modo, yo habría preferido compartir la suerte de
mis hermanos.
En
el mes de noviembre Yang me puso al frente de una sección
que debía abrir arrozales en la faja 23. Poco después
me llamó para decirme que había recibido una denuncia
en que se acusaba a Hsia de orar secretamente por la
noche.
-¿Es
verdad eso?- tronó Yang.
Con sonrisa forzada, repliqué:
-Hsia
es ya un anciano. Después de todo un día de trabajo
entre los rastrojos, se siente agotado y empieza a mascullar
entre sueños.
Yang
se me quedó mirando con furor durante largo rato, y
al fin me advirtió:
-Pues
dile que si me entero de que ha vuelto una oración por
corta que sea, él y tú lo pagarán caro.
Apenas
regresé a la celda fui en busca de Hsia.
-Tienes
que andar con cuidado- lo previne-. A mí me incomunicarían
durante unos meses, ¡pero tú te juegas la vida!
-¿Y
que importancia tiene mi vida?- replico con calma.
Era imposible
hacer a aquel viejo.
Hacia diciembre
el tiempo había enfriado de modo inclemente y soplaba
con fuerza un cruel noroeste. Cierto día a fines del
mes. Hsia se me acercó
trabajosamente, al extremo de los arrozales,
y me pidió permiso para descansar durante unos minutos.
-Pronto
llegará el descanso reglamentario –le advertí-. ¿No
puedes esperar?
-NO. A esa
hora vendrán los guardias- repuso.
Y esforzándose en hallar las palabras apropiadas
para decir lo que pensaba, agregó-: ¿Has olvidado que
día es hoy?
-Es
lunes 25 de diciembre_ respondí distraídamente.
Callé
de inmediato al comprender el acto no sólo que era día
de Navidad, sino también que el anciano quería decir
sus oraciones.
-Hsia-
le supliqué-, estás loco al arriesgarte de ese modo.
-Es
preciso- Respondió con sencillez.- Y
quisiera que me acompañaras en mis oraciones.
Tú y yo somos en este lugar únicos que tenemos este
día por sagrado.
Paseé
la mirada en torno. No se veía a los guardias, y los
prisioneros más cercanos se hallaban más allá de la
Faja 23.
-Métete
en la zanja de riego –le dije-. Te doy quince minutos.
¡Es todo! -¿Ytú? –Yo no me muevo de aquí.
Durante
los minutos siguientes creí morir mil veces, oyendo
cada cumio de tono en el rugir del viento, el grito
de algún guardia. Pero hubo algo –no podría definirlo-
que venció en mí al miedo y me llevó hasta la zanja.
Lo
que allí vi fue tan irresistible
que, por primera vez en cuatro años, me olvidé de Yang
y del campamento del trabajos forzados, y recordé lo que significaba la fe en
algo superior al simple hecho de sobrevivir.
Hsia
estaba diciendo la santa misa en el fondo de la zanja
seca. Por templo tenía aquella inmensa soledad del norte
de China, y un montón de tierra helada le servía de
altar. El harapiento uniforme de la prisión remplazaba
a las sagradas vestiduras del oficiante, y una desportillada
taza de peltre hacía las veces de cáliz. De unas pocas
uvas que guardaba desde hacía tiempo, Hsia había logrado
extraer algo parecido al vino, y con un puñado de trigo
que, sin duda, habría robado en la cosecha estival,
había hecho una galleta delgada a modo de hostia. El
altar de Hsia carecía de cirios;
en vez de ellos ardía, sobre una pila de leña menuda,
una llamita débil y vacilante. Hacía de coro el viento
que soplaba del noroeste, entonando un himno sagrado.
Y en aquel momento me pareció que las llamas elevaban
las oraciones del valeroso anciano derechas al cielo
mientras el viento las iba esparciendo por todos los rincones del mundo.
Me
asaltó de pronto de pronto el anhelo de compartir la
fe que animaba a Hsia. En ninguna parte del mundo, pensé,
ni siquiera en los más espléndidos templos y catedrales
de la cristiandad, podría nadie estar celebrando aquel
día una misa tan significativa.
Arrebatado
por tan sublime momento, recité las palabras sagradas:
-¡Et
cum spiritu tuo!
Sin
manifestar sorpresa, Hsia me iba alentando con imperceptibles
movimientos de cabeza.
-Ite,
missa est- dijo él a su vez.
Y
la réplica, que ya tenía yo poco
me nos que olvidada, acudió a mis labios
-Deo
gratias.
La
misa había termina.
-Espero
que el Señor comprenda que no hemos pretendido ofenderlo-
comentó Hsia. Ésta ha distado mucho de ser la forma
apropiada.
Yo
no acertaba a decir palabra. Los firmes, los invariables
principios del anciano –su temor, no de que lo pudieran
fusilar, sino de que quizá hubiera ofendido a Dios-,
me decían claramente por fin lo que Hsia había tratado
de explicarme durante todos aquellos meses: que al hombre
todos aquellos meses: que al hombre no le bastaba con
sobrevivir simplemente, como sobrevive la bestia, por
la astucia y en terror constate. El hombre ha de tener
una razón de ser superior a su propio yo: un ideal,
una fe. Y entonces respondí: -Estoy seguro de que
el Señor comprenderá padre Hsia.
-Gracias,
Jean. Que Dios te guarde hoy y siempre.
Y
por vez primera en cuatro años creía firmemente que
el Señor me guardaría.
En
eso vi a Yang, que venía pedaleando
enérgicamente en su bicicleta hacia la zanja. Difícilmente
tuve tiempo para saltar a ella y tender las manos sobre
el fuego, como para calentarme, antes de que Yang llegar
hasta nosotros y nos mirase encolerizado, gritando:
-¿Qué
están haciendo ahí abajo?
-
Nada, que este viejo chiflado quiso encender una lumbre
para calentarse un poco – le contesté, sonriendo con
humildad.
-¡Suspenderán
el trabajo a la hora del descanso, y nunca antes! –Rugió
Yang-.
¡Vuelvan a sus puestos ahora mismo!
Días
después nos cambiaron nuevamente de celda, y Hsia y
yo nos separamos. Nunca lo volví a ver. Sin embargo
desde ese día en adelante, mientras permanecí en aquel
inhumano campamento, un secreto rincón de mi corazón
se mantuvo a salvo de Yang y de sus guardias; a salvo
y libre de temor.
Puede
ser que el perseverante Hsia haya muerto. Sin embargo,
aunque los comunistas lo hayan matado, solamente abran
destruido la envoltura material que guardaba su indomable
espíritu, porque su alma estará siempre más allá del
alcance de los comunistas.
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JAN
PASQULIN, hijo de padre francés y madre china, estuvo
recluido en un campamento de trabajos forzados en la
China comunista durante más de siete
años acusado de “actividades
contrarrevolucionarias”. Fue puesto en libertad en 1964
¡Sea
para gloria de Dios!
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