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En la Cruz
Esta la Vida
La ley universal,
promulgada en el origen del mundo y a la que nadie escapa sea justo
o pecador, es la ley del dolor, patrimonio común de la humanidad. La
senda que conduce a la eternidad que esta jalonada de multitud de
cruces, grandes y pequeñas, Pesadas o livianas, proporcionadas a la
talla de cada uno. “Vuélvete arriba, vuélvete abajo, Vuélvete fuera,
Vuélvete dentro, y en todo esto hallaras cruz,” dice sabiamente la
Imitación de Cristo. Como sigue la sombra al transeúnte, el
sufrimiento acompaña a cada paso al peregrino de Dios. Toda vida
cristiana es cruz. El sufrimiento se ceba en el hombre entero, en su
cuerpo y su alma, porque es un misterio emparentado con el pecado;
pero Dios quiere que suframos y que suframos bien, con pleno
asentimiento a su voluntad y conforme a sus designios, No esta la
cosa en sufrir, sino sufrir como Dios quiere. Lo que constituye el
valor, la hermosura y la grandeza al dolor, es la calidad de acogida
que se le hace; puede ser bendición o maldición porque en el
calvario hubo dos ladrones sometidos a idéntico suplicio, que hizo
santo a uno y réprobo al otro. El sufrimiento se convierte en acto
religioso, en sacrificio espiritual, cuando lo inspira la fe, se
acepta generosamente y se consuma en la cardad. Quien desconoce su
origen su fin y le soporta estoicamente como una fatalidad; y quien
lo rechaza rebelde y blasfemando, no hace sino agravar su martirio y
hacerse dos veces miserable y desgraciado. El sufrimiento que
glorifica a Dios, santifica el alma y contribuye a salvar al mundo
es el que se conforma en todos los aspectos con la voluntad divina.
Esa misma conformidad consiste en acepta voluntariamente la cruz, de
cualquier parte que venga, y en llevarla en pos de Cristo
silenciosamente, con valentía y amor. Lo menos que se puede esperar
y exigir de un fiel discípulo de Jesús crucificado es la
resignación, paciencia y silencio cuando la cruz llama a la puerta.
Hay otras almas, por cierto muy pocas que aceptan gozosas,
agradecida y amorosamente la cruz que se adhieren a las
disposiciones crusificantes de la providencia
con plenitud, sin condiciones ni reserva; sin murmurar, recriminar
ni desalentarse. De todas las señales de perfecta conformidad con la
voluntad divina en el sufrimiento, la mejor es el silencio, patria
de los fuertes, de cautos que saben trabajar, luchar sufrir y morir
sin despegar los labios. En la pasión de Cristo es más conmovedor el
silencio majestuoso que su terrible martirio. A imitación del
Maestro, guardemos silencio. En los golpes, desgracias y el luto…
silencio. Ante la injusticia de unos y la maldad de otros… silencio.
Que. Nuestro silencio sea la proclamación tácita y el testimonio
mudo de nuestra sumisión amorosa a todos los designo y posiciones de
la Providencia. Y además silencio de lamente, que no discute, juzga
ni critica, sino que sigue dócilmente las reglas de la fe. En la
Cruz… Esta la Vida, Silencio del corazón, que no alimenta tristeza
amarga, rencor o venganza contra los causantes del sufrimiento.
Silencio de la voluntad, que sin protesta ni oposición sorda, se
deja machacar y blandamente se identifica con el beneplácito divino.
Silencio de toda nuestra alma en muda oración ante la majestad y
soberanía de Dios. Porque el sufrimiento es un gran señor, de noble
linaje, que en su fisonomía ostenta rasgos del divino Crucificado. Permitir
que se introduzca en el alma y en la vida, hacerle compañero de ruta
y caminar con él en seguimiento de Jesucristo por el camino real de
la cruz es más que un honor, es exultación y fiesta. Dios quiere que
suframos, y al mismo tiempo, quiere que esa voluntad crucificante aceptadaza, amada, abrazada y
ejecutada se convierta para nosotros en secreto de felicidad. Uno de
los grandes misterios y maravillosos prodigios del cristianismo
consiste en haber sabido unir dos cosas al parecer contradictorias: la
alegría y el sufrimiento, el martirio y la bienaventuranza.“Bienaventurados los pobres. Bienaventurados los
que lloran, Bienaventurados los que padecen percusión”.Ese manantial
de gozo en sufrimiento proviene del amor ardiente, imitador de
Jesucristo, que allá su expresión y testimonio en la perfecta
conformidad de la propia voluntad de Dios. Si miramos las
tribulaciones en si mismas, son espantosas, pero si las miramos en
la voluntad de Dios, son una delicia. El abandono en la voluntad de
Dioses la forma suprema de la conformidad con esta misma voluntad
Divina, que reposa sobre el dogma de la Providencia; su poder
sabiduría y bondad, tres atributos Divinos que intervienen de modo
especial en el gobierno del mundo. Poder infinito y universal, que
extiende su dominio a toda criatura. Nada sucede en la tierra sino
por voluntad de Dios o por su permisión, y querido por el Altísimo.
Por esto, debemos ver el beneplácito divino en todos los
acontecimientos: en la enfermedad, en la muerte en la aflicción, en
el consuelo en las cosas adversas o prosperas, en todas las cosas
que son previstas por Dios para nosotros. Creamos que cuando nos
sucede contra nuestra voluntad sucede solamente por la voluntad de
Dios. En su gobierno, la Providencia obra con tanta fuerza como
sabiduría, es decir, con miras a su gloria. La humanidad parece
titubear entre momentos de histeria o de locura. Son innumerables
los acontecimientos, crímenes, catástrofes que nos sorprenden,
asombran y escandalizan, y de los cuales somos con frecuencia
víctimas inocentes. No comprendemos; y sube a los labios la
espontánea pregunta: ¿Por qué Dios ha permitido esto? En su lugar
hubiéramos actuado de distinto modo. Lo que, por otra parte, no
quiere decir que hubiere sido mejor. En su actividad de gobierno encierra
la Providencia misterios y profundidades que producen vértigo, y en
las que la razón y la fe se ven siempre amenazadas de perecer.
¿Porqué…? Lo sabremos mas tarde y comprobaremos con admiración que
lo que asemejaba locura era sabiduría; que la injusticia aparente en
justicia y que el desorden de un momento desembocaría en orden
supremo y eterno. La gloria de Dios. Hay un último carácter de la
Providencia, que es el conmovedor, hablamos de la bondad Dios
gobierna al mundo no solamente como Creador, sino también como Padre
En nuestra vida se reverla su paternidad en todo momento y en toda
circunstancia. Nos ama desde siempre y ¡con qué amor! Amor
maravilloso, incesante, inmensamente generoso. Nos creó por amor y
con idéntico amor preside nuestro destino temporal y eterno. Su
mirada está fija sobre nosotros como la madre inclinada sobre la
cuna del niño, atento a preservarnos del mal y a colmarnos de
bendiciones. Un padre como Dios solamente puede hacer el bien a sus
hijos. Hemos de creer, aun cuando no siempre lo comprendamos, que
todo lo que viene de su mano, hasta el sufrimiento, procede de su
corazón. De la doctrina de la Providencia se desprende una
conclusión imperiosa, que consiste en la obligación de someterse a
sus decretos ineludibles y en confiar en sus disposiciones
paternales, con la certidumbre de hallarnos en el recto camino.
Desde que entramos en el mundo, Dios nos toma a su cargo y no
tenemos que hacer otra cosa que seguir a quien nos guía y lleva;
pero hemos reseguirle paso a paso, sin querer adelantarnos ni
desvainarnos. Abandono a la Providencia, Expresión recia en
sustancia, que conviene precisar. Abandono no significa resignación,
que no entrega a Dios más que “una voluntad vencida”, ni aceptación,
que “se sitúa frente a Dios como parte contratante”; ni
asentimiento, que implica todavía ligera discusión interna.
Abandonarse es negarse dejarse, perderse y al mismo tiempo, darse
sin medida, sin reserva y casi sin mirar a quien ha de poseer. El
acto de abandono en todos los acontecimientos, ocupaciones,
accidentes y situaciones de la vida, encuentra su perfecta expresión
en un solo “Si” Frente a la voluntad de Dios en sus mil formas, el
alma abandonada pronunciara una sola palabra: “fiat,”
pero espontáneo, pleno, sin reserva ni añoranza; un fiat en el que vierte la plenitud de su fe, de
su confianza y de su amor. Entre los más sabrosos frutos del
abandono se han de señalar la libertad, la paz y el gozo. Si hay
algo que pueda hacer libre el corazón y dilatarlo, es el perfecto
abandono a Dios y a su voluntad santa. Si la libertad consiste en el
poder y el derecho de elegir lo que es mejor el alma abandonada ha
hecho esta elección: ha elegido la voluntad de Dios, y esto es lo
mejor, lo más excelente. Quien constituye el querer Divino en regla
única y soberana de su vida, queda libre de cualquier género de
cautiverio tiranía y encuentra la sola y auténtica libertad, la de
los hijos de Dios. La vida de abandono origina en las almas dos
fuentes profundas nunca agotadas, de paz y gozo. La paz, que San
Agustín define como “la tranquilidad en el orden,” y que consiste en
poner y mantener en su lugar los seres y las cosas, El abandono a
Dios, es decir, a su voluntad eterna y a sus disposiciones
providenciales Sumisión estable, inmutable, porque descansa en la
roca inquebrantable de la perfecta caridad. El abandono en Dios es
también facultad de pacificación por que sitúa en su lugar, la
voluntad Divina, nuestra voluntad y nuestra vida eterna. Por eso los
santos muestran una serenidad de alma sin nubes, que recuerda la
inmutabilidad de Dios Nada les turba ni les agita ni les amarga o
hace rebelar; son dueños de sí mismos entre los peores y inesperados
acontecimientos. Paz que nos legó Nuestro Señor Jesucristo y que es
uno de los frutos del Espíritu Santo. Paz que se dilata en gozo y
exultación espiritual. Las almas que se abandonan a la voluntad de
Dios no cesan de beber en la fuente de la dicha. Nunca se les ve
tristes, descontentas, malhumoradas, quejosas; siempre aparecen
sonrientes, irradiando el apostolado en trono suyo. ¿De qué carecen
y de qué podrían lamentarse? Indiferentes a todo lo creado, Dios,
único necesario, les basta; y a Dios poseen y de Dios gozan,
identificándose con su santa voluntad. Un ser plenamente Feliz es el
que posee cuanto desea; éste es el caso de los que sedientos de Dios
y de sus divinos quererse, encuentran ahí alimento y saciedad para
el corazón.
¡Sea para gloria de Dios!
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